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Adoración y Liberación

Por Vicente Montesinos

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S.S EL PAPA BENEDICTO XVI

Décimo aniversario del Motu Proprio “Summorum Pontificum”, de S.S el Papa Benedicto XVI.

 

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Este verano se cumplieron diez años de  la promulgación, el 7 de julio de 2007, del motu proprio Summorum Pontificum, mediante el cual S.S el Papa Benedicto XVI, reconoció la igualdad de los ritos nuevo y antiguo de la Santa Misa —llamados desde entonces formas ordinaria y extraordinaria, respectivamente— y autorizó a todos los sacerdotes católicos para celebrar lícitamente en cualquiera de las dos formas.

El texto reconoce además que los fieles tienen el derecho a pedir la celebración de la Misa tradicional y que las autoridades eclesiásticas no pueden negarse.

“Summorum Pontificum”, autorizó el uso del misal tradicional, codificado por varios papas, desde Gregorio el Grande hasta Juan XXIII.

Cuando Pablo VI promulgó, en 1969, el misal nuevo, muchos católicos de buena fe pensaron que podía seguirse usando el antiguo de igual manera, ya que no fue nunca abolido. Ni el Concilio Vaticano II ni ningún Papa lo prohibieron. Pero, en nombre de un entendimiento erroneo, nuevamente,  del Concilio Vaticano II, se impuso la misa nueva de forma obligatoria.

¿Lo obligado a partir de ahí en el uso que fue? Lenguas vulgares, volver los altares, supresión de ritos y gestos sagrados, introducción de músicas profanas, etc…

Pero si todo hubiera quedado ahí… La realidad es que con el tiempo cada celebrante fue agregando por su cuenta interrupciones, liturgias abreviadas, comentarios, coloquios, posturas, ritos que no se sabe de donde salen, innovaciones sin ninguna base litúrgica, etc… En definitiva, en  ocasiones, una absoluta ocultación  del carácter sagrado y ceremonial del Santísimo Sacrificio de la Eucaristía.

Ni que decir tiene que los cuatro caracteres de la Santa Misa (latréutico, impetratorio, propiciatorio y eucarístico) se han ido desdibujando hasta cometerse auténticas barbaridades de la que cada uno de nosotros deberemos dar cuenta ante Dios según nuestras distintas responsabilidades. Sin olvidar nunca que, sobre todo,  la misa es la renovación incruenta del sacrificio del Señor que el sacerdote, actuando “in persona Christi”, ofrece al Padre en nombre propio, de los presentes y de todos los fieles, vivos y difuntos.

Muchos pensamos que el nuevo culto desdibujaba muchas de las características anteriormente mencionadas, lo cual no ha sido óbice para que participemos en cada una de las Eucaristías diarias con la devoción, y atribución del eterno e inconmensurable valor que cada una de ellas tiene. De ahí que esperaramos con impaciencia y obediencia un cambio normativo; y de ahí la enorme alegría que nos supuso el Motu Proprio que ahora cumple diez años.

 

De ahí que esperaramos con impaciencia y obediencia un cambio normativo; y de ahí la enorme alegría que nos supuso el Motu Proprio que ahora cumple diez años.

 

Y es que no hay que olvidar que la cuasi supresión del canon romano tradicional, así como que se sacase al Santísimo de su lugar central sobre el altar mayor, y que el celebrante mirase al pueblo, que no es el punto de referencia; amén de la eliminación de ritos, lengua, vestimentas y silencios sagrados, hacían más daño a la fe, que la pretendida ayuda a la misma que la supuesta “modernidad” iba a aportar.

Por ello ahora hace diez años muchos manifestamos nuestra más profunda complacencia y gratitud hacia S.S. Benedicto XVI, quien satisfizo nuestra esperanza, nos confirmó en la fe y nos hizo un acto de enorme de caridad.

 

Por ello ahora hace diez años muchos manifestamos nuestra más profunda complacencia y gratitud hacia S.S. Benedicto XVI, quien satisfizo nuestra esperanza, nos confirmó en la fe y nos hizo un acto de enorme de caridad

 

Somos  muchos más de los que a simple vista parece (entre otras cosas porque las escasas opciones que los celebrantes siguen dando impiden manifestarse) los que deseamos continuar viviendo nuestro cristianismo dentro de la fidelidad a Cristo, a la Iglesia y a la más exquisita tradición litúrgica.

 

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Por otra parte, todo sea dicho, y gracias a Dios, en algunos lugares, aún celebrando la Santa Eucaristía dentro de la forma ordinaria,  el cuidado de la liturgia y de lo sagrado es exquisito, lo cual palía  la situación de desamparo en qué quedó el católico  que participaba de la forma extraordinaria con absoluta devoción y alabanza (vienen a mi cabeza las Eucaristías tan dignamente celebradas por algunos piadosos sacerdotes que tengo el privilegio de conocer y cuyo cuidado de la Santa Misa es exquisito).

Sin duda, este documento ha sido uno de los más importantes en la Iglesia en los últimos tiempos, y los católicos debemos agradecimiento a S. S. el Papa Benedicto XVI por haberlo promulgado, ya que, con todas las dificultades, y a pesar de los “palos en la rueda” puestos, y que se siguen poniendo  (permítaseme la expresión vulgar) ha dado buenísimos frutos,  a lo largo de la última década; y los lugares en los que es posible asistir a misa en forma extraordinaria (como se la reconoce) se han duplicado. Frutos que esperamos puedan seguir produciéndose. Y aumentando. Por el bien de la Iglesia. Por el bien del Mundo.

Todo a mayor Gloria de Dios

 

                                              Vicente Montesinos

Inhumano desprecio a S.S Benedicto XVI. 

Cardenal Robert Sarah

El Cardenal Sarah ha tenido que salir en defensa de Benedicto XVI, tras las desmesuradas e inhumanas críticas recibidas por el Santo Padre por escribir un epílogo de su último libro.

Sarah ha tachado de “vulgaridad y bajeza” dichas descalificaciones, que considera “diabólicas“.

«La arrogancia, la violencia del lenguaje, la falta de respeto y el desprecio inhumano por Benedicto XVI son diabólicos y cubren la Iglesia con un manto de tristeza y vergüenza», ha afirmado rotundamente el cardenal.

Robert Sarah ha añadido que  «Estas personas destruyen la Iglesia y su naturaleza profunda», ya que el hecho de que S.S Benedicto XVI escribiera el epílogo del libro «La Fuerza del Silencio», tildando de maestro espiritual al cardenal africano, ha motivado un aluvión de críticas desde determinados ámbitos, mediáticos y eclesiales,  acusando al siempre prudente, sencillo, humilde y callado Benedicto XVI de “intervenir” en el papado de Francisco.

Ciertamente no erra Sarah al defender a Su Santidad y calificar de malvadas dichas acusaciones, vertidas sobre un modelo de prudencia como el que está siendo Benedicto XVI desde que se inició el pontificado del Cardenal Bergoglio.

S.S Benedicto XVI

Y es que Ratzinger  ha elegido un estilo de vida monacal. Sólo sale cuando el Papa Francisco se lo pide. No acepta otras invitaciones.

Ahora, el epílogo de un libro para un gran cardenal como Sarah,  le convierten, injustamente, en objeto de todo tipo de infundios.

Gracias a Sarah por su valiente, justa y necesaria defensa a nuestro Papa Emérito. 

Y desde adoracionyliberacion.com, llenos de gratitud hacia ese “humilde servidor”, que es Benedicto XVI, elevamos una oración agradecida y una súplica confiada a Dios Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo, con la intercesión de la Virgen Santísima y de los Santos, por la paz, la salud y las intenciones de Benedicto XVI.

Gracias siempre, y que Dios le bendiga, Santidad.
Vicente Montesinos

La recepción de la comunión por parte de los divorciados que se han vuelto a casar.

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Corría el año de gracia de 1994. Un Cardenal de la Santa Madre Iglesia Católica, llamado Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, escribía a los obispos sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar. El Papa Juan Pablo II aprobaba la carta y ordenaba su publicación.

En este escrito el entonces Cardenal señalaba como en diversos lugares se proponían soluciones a esta cuestión, según las cuales se podría acceder a la comunión eucarística por parte de este grupo de personas en determinados casos, cuando según su conciencia, consideraban que pudieran hacerlo.

Ratzinger puntualizó:  “frente a las nuevas propuestas pastorales, la Congregación para la Doctrina de la Fe siente la obligación de volver a recordar la doctrina y la disciplina de la Iglesia al respecto, esto es, que fiel a la palabra de Jesucristo, la Iglesia afirma que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el anterior matrimonio. Si los divorciados se han vuelto a casar civilmente, se encuentran en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios y por consiguiente no pueden acceder a la Comunión eucarística mientras persista esa situación”.

frente a las nuevas propuestas pastorales, la Congregación para la Doctrina de la Fe siente la obligación de volver a recordar la doctrina y la disciplina de la Iglesia al respecto, esto es, que fiel a la palabra de Jesucristo, la Iglesia afirma que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el anterior matrimonio

Continuaba afirmando el después Papa Benedicto XVI: “El fiel que está conviviendo habitualmente «more uxorio» con una persona que no es la legítima esposa o el legítimo marido, no puede acceder a la Comunión eucarística. En el caso de que él lo juzgara posible, los pastores y los confesores, dada la gravedad de la materia y las exigencias del bien espiritual de la persona y del bien común de la Iglesia, tienen el grave deber de advertirle que dicho juicio de conciencia riñe abiertamente con la doctrina de la Iglesia”.

El fiel que está conviviendo habitualmente «more uxorio» con una persona que no es la legítima esposa o el legítimo marido, no puede acceder a la Comunión eucarística

Por su interés y actualidad, reproducimos abajo textualmente la Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe que nos trae. Porque en el depósito de nuestra fe y en el Magisterio de la Iglesia podemos seguir encontrando siempre respuestas a muchas cuestiones que, a veces, sin saber ni como, ni porqué, ni desde cuando, pareciera que comienzan a estar dudosas.

Como afirmaba El Cardenal Ratzinger, que estos esfuerzos se pongan en práctica “unidos en el empeño colegial de hacer resplandecer la verdad de Jesucristo en la vida y en la praxis de la Iglesia

Vicente Montesinos

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Corpus, silencio, Cardenal Sarah y Benedicto XVI…

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Queridos hermanos: estrenaremos pronto, Dios mediante,  el mes de junio, dedicado al Corazón de Jesús; y además celebraremos una de las fiestas más significativas del calendario católico; y fiesta por excelencia para los adoradores: el Corpus Christi.

La Exaltación del Cuerpo y de la Sangre de Cristo; hecho banquete eterno para nosotros, por pura entrega y sacrificio suyo. Todo un Dios hecho pan, que sustenta la vida diaria de nosotros, pobres peregrinos en este mundo.

La fiesta del Corpus nos debe hace reflexionar en la constante necesidad de oración, adoración, contemplación y alabanza a Nuestro Señor Jesucristo, Santísimo Sacramento, y Pan de Vida. Los adoradores siempre han sido “maestros del silencio y la contemplación”, y así debería seguir siéndolo; en este mundo de hoy, henchido de ruido y distracciones malsanas.

Y meditando sobre esto, no creo que sea coincidencia que haya llegado a mí en recientes fechas el libro del Cardenal Sarah “La fuerza del silencio. Frente a la dictadura del ruido”. Su lectura os la aconsejo con fuerza.

Robert Sarah es un cardenal de la Iglesia católica, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, que en los últimos años está realizando una labor impagable en la defensa y cuidado de la liturgia en nuestro Iglesia, con todas las dificultades a las que se está teniendo que enfrentar en los tiempos que corren.

Robert Sarah es un cardenal de la Iglesia católica, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, que en los últimos años está realizando una labor impagable en la defensa y cuidado de la liturgia en nuestro Iglesia, con todas las dificultades a las que se está teniendo que enfrentar en los tiempos que corren.

Como ha dicho Su Santidad, el Papa Benedicto XVI recientemente; “con el Cardenal Sarah la liturgia está en buenas manos” (demos gracias a Dios).

Como ha dicho Su Santidad, el Papa Benedicto XVI recientemente; “con el Cardenal Sarah la liturgia está en buenas manos” (demos gracias a Dios).

En este gran libro que nos trae, Sarah explica que el ruido nos impone su dictadura, hasta el punto de que rara vez añoramos el silencio. Sin embargo, el ruido genera desconcierto, mientras que en el silencio se forja nuestra identidad. El Cardenal habla de la necesidad de silencio interior para escuchar la música de Dios, para que brote la oración confiada en Él, y para entablar relaciones cabales con nuestros allegados. La verdadera revolución -afirma- viene del silencio, que nos conduce a Dios y los demás, para colocarnos a su servicio”.

El Cardenal se pregunta: ¿pueden aquellos que no conocen el silencio alcanzar la verdad, belleza y amor? La respuesta es innegable: todo lo grande está relacionado con el silencio. Dios es silencio. El habla caracteriza al hombre, pero el silencio lo define, porque lo hablado adquiere sentido en virtud de ese silencio.

En este mes próximo mes tan eucarístico; que sepamos, como nos invita Sarah, descubrir a Dios en el silencio, para desde, ese diálogo íntimo, poder salir al mundo a realizar nuestra labor en clave de Dios.

En este mes próximo, tan eucarístico; que sepamos, como nos invita Sarah, descubrir a Dios en el silencio, para desde, ese diálogo íntimo, poder salir al mundo a realizar nuestra labor en clave de Dios.

¡Que el Señor os bendiga!

Vicente Montesinos

Martes Santo. Perla del evangelio de hoy. 


En aquel tiempo, estando Jesús sentado a la mesa con sus discípulos, se turbó en su interior y declaró: «En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará». Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba. Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús. Simón Pedro le hace una seña y le dice: «Pregúntale de quién está hablando». 

Él, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: «Señor, ¿quién es?». Le responde Jesús: «Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar». Y, mojando el bocado, le toma y se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote. Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dice: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto». Pero ninguno de los comensales entendió por qué se lo decía. Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús quería decirle: «Compra lo que nos hace falta para la fiesta», o que diera algo a los pobres. En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche. 
Cuando salió, dice Jesús: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en Él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto. Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros». 

Simón Pedro le dice: «Señor, ¿a dónde vas?». Jesús le respondió: «Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde». Pedro le dice: «¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti». Le responde Jesús: «¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces».



Hoy en el martes santo contemplamos como el evangelio ya nos acerca al drama que estamos a punto de vivir.

“Ya era de noche, y Judas tras tomar el último bocado, salió.”

Entró el pecado. El pecador es el que da la espalda al Señor para vivir alrededor de sus cosas. Es la arrogancia por la que creemos no tener necesidad del amor eterno, sino que deseamos dominar nuestra vida por nosotros mismos» (Su santidad el Papa Benedicto XVI). Se puede entender que Jesús, aquella noche, se haya sentido “turbado” en su interior. 

Afortunadamente el pecado no tiene la última palabra, y todo el esfuerzo sobrehumano de Dios, que nos disponemos a vivir, lo venció. Pero ojo, Dios nos ha salvado y ya ha vencido el pecado, pero a nosotros nos “toca” utilizar esa salvación.

Que en esta Semana Santa nos dispongamos a vivir de forma que hagamos efectivo el plan de salvación de Dios en Jesucristo sobre nosotros.

VICENTE MONTESINOS

¡Hace falta una gran movilización!

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Monseñor Ocáriz, nuevo Prelado del Opus Dei

 

Estimados hermanos en la fe: dentro de las colaboraciones que recibimos, me remitía en pasadas fechas un asiduo colaborador la siguiente frase del recientemente elegido Prelado del Opus Dei, y tercer sucesor de San Josemaría Escrivá de Balaguer, el hispano francés Monseñor Ocariz. Dice así: “Hoy hace falta una gran movilización de todos los católicos para llevar a cabo el mensaje de Cristo a toda clase de personas, especialmente a los pobres, los enfermos, las familias y los jóvenes”.

 

“Hoy hace falta una gran movilización de todos los católicos para llevar a cabo el mensaje de Cristo a toda clase de personas, especialmente a los pobres, los enfermos, las familias y los jóvenes”.

 

Esta llamada a la acción por parte del nuevo cabeza de la “Obra”, me hacía reflexionar sobre la necesidad de que los católicos traslademos al mundo esa “movilización”; que no ha de ser otra que la de la alegría. La alegría de sentirse hijos de Dios, amados, redimidos y salvados. La alegría que tanto necesita este mundo repleto de caras tristes y amargadas; debido a que se ha abandonado al Señor, se le ha dado la espalda y se quiere vivir sin Dios.

En ese sentido, fundamental es la labor de todos los católicos en cuanto al colectivo de los jóvenes, que viven muchas veces sin ideales y sin esperanzas, drama al que hemos de saber dar una respuesta concreta desde la oración y la confianza en Dios, pero también desde todas las acciones que de ahí emanen.

 

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San Juan Pablo II y Su Santidad el Papa Benedicto XVI

 

No menos importante es la labor a realizar para recuperar en la sociedad la importancia y el lugar preminente que deben de tener las familias, para las que los últimos papas, con mención especial a San Juan Pablo II y al actual Papa Emérito Benedicto XVI, han insistido en la necesidad de una profunda y activa pastoral familiar en pro del modelo de familia previsto por la Palabra de Dios, la tradición y el Magisterio.

 

…los últimos papas, con mención especial a San Juan Pablo II y al actual Papa Emérito Benedicto XVI, han insistido en la necesidad de una profunda y activa pastoral familiar en pro del modelo de familia previsto por la Palabra de Dios, la tradición y el Magisterio…

 

No podemos dejar de lado en ningún caso tampoco la necesidad de volcar nuestra labor en la pobreza, en la enfermedad, en las necesidades apremiantes de nuestros hermanos. El número de hermanos enfermos de cuerpo, y de mente es alto; y nuestra oración y acción han de estar a la altura de sus necesidades.

Desde esta humilde reflexión; os animo, hermanos y hermanas; a la oración y contemplación constante, en especial ante el Santísimo; para que desde ella emanen esas fuerzas necesarias para llevar a cabo tan magna labor.

¡Todo por Amor! ¡Paz y Bien! ¡Gloria a Dios!

 

Vicente Montesinos

Oración de la noche: rezamos con S.S Benedicto XVI



Oh Jesús de mi alma, encanto único de mi corazón. Heme aquí postrado a tus plantas, arrepentido y confuso. Cansado de todo, sólo a ti quiero, sólo a ti busco, sólo en ti hallo mi bien. Tu que me llamaste cuando huía de ti, no me arrojarás de tu presencia ahora que te busco.

Grandes palabras de S.S el papa Benedicto XVI (I)


“Muchos esperamos que haya algo sanable en nosotros, que haya una voluntad última de servir a Dios y de vivir como Dios quiere. Pero hay tantas heridas, tanta inmundicia. Tenemos necesidad de estar preparados, de ser purificados. Esta es nuestra esperanza: a pesar de la inmundicia que haya en nuestra alma, al final el Señor nos lava con su bondad, la cual viene de su Cruz. De este modo, nos hace capaces de estar eternamente con Él”.

Rememorando a Benedicto XVI

Compartimos con todos vosotros por su interés el siguiente artículo de Antonio Cardenal Cañizares; Arzobispo de Valencia, relativo al Papa Emérito Benedicto XVI:



Rememorando a Benedicto XVI
Autor: Antonio CAÑIZARES, cardenal arzobispo de Valencia

La semana próxima, 11 de febrero, se cumple el tercer aniversario del anuncio de una renuncia histórica a la sede de Pedro, la del Papa Benedicto XVI que conmovió al mundo entero. Fue la renuncia de aquel «elegido por Dios» que, en su primera aparición en público como Papa, se definió a sí mismo como «un sencillo, humilde, trabajador de la viña del Señor», y en la Eucaristía de inicio oficial de su pontificado dijo: «Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea Él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia».

No querer otra cosa como programa que hacer la voluntad del Señor es identificarse con Cristo, el Hijo de Dios cuyo envío y misión resume la Carta a los Hebreos diciendo: «Me has dado, Señor, un cuerpo; aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad». Es la voluntad de Dios la que él veía, al iniciar su pontifi cado, simbolizada en el yugo del palio papal: «El yugo de Dios es la voluntad de Dios que nosotros acogemos, y esa voluntad no es un peso exterior, que nos oprime y nos priva de la liberad. Conocer lo que Dios quiere, conocer cuál es el camino de la vida, era la alegría de Israel, su gran privilegio. Ésta es también nuestra alegría: la voluntad de Dios en vez de alejarnos de nuestra propia identidad, nos purifica –quizá a veces de manera dolorosa– y nos hace volver de este modo a nosotros mismos. Y así no servimos solamente a Él, sino también a la salvación de todo el mundo, de toda la historia» (Benedicto XVI).

Releyendo estas palabras de Benedicto XVI se comprende su renuncia: de alguna manera la había anunciado ya. El Papa hablaba a los fuertes, a los poderosos del mundo, los cuales tenían miedo de que Cristo pudiera quitarles algo de su poder, si lo hubieran dejado entrar y hubieran concedido la libertad a la fe. Sí, Él ciertamente les habría quitado algo: el dominio de la corrupción, del quebrantamiento del derecho y de la arbitrariedad. Pero no les habría quitado nada de lo que pertenece a la libertad del hombre, a su dignidad, a la edificación de una sociedad justa. Además, el Papa hablaba a todos los hombres, sobre todo a los jóvenes.


¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo –si dejamos entrar a Cristo total mente a Él–, miedo de que Él pueda quitarnos algo de nuestra vida?¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella?¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad? Y todavía el Papa quería decir: ¡No!, quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y con gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! El no quita nada y lo da todo.

“Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida» (Benedicto XVI). Su programa, cumpliendo la voluntad de Dios, fue y es Cristo, el buen pastor, que, en despojamiento total de sí y en rebajamiento hasta lo último, carga nuestra humanidad sobre sus hombros hasta la cruz y nos invita a llevarnos unos a otros, y cuya «santa inquietud ha de animar al pastor: no es indiferente para él que muchas ovejas vaguen por el desierto. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed, el desierto del abandono, de la soledad del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican porque se han extendido los desiertos interiores. Por eso, los tesoros de la tierra ya no están al servicio del cultivo del jardín de Dios, en el que todos puedan vivir, sino subyugados al poder de los explotados y de la destrucción. La Iglesia en su conjunto, así como sus pastores, han de ponerse en camino total como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquél que nos da la vida, y vida en  plenitud» (Benedicto XVI).

Cristo, pues, fue su programa, Cristo Cordero de Dios, «Dios mismo, pastor de todos los hombres que se ha hecho él mismo cordero, se ha puesto de parte de los corderos, de los que son pisoteados y sacrificados… No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, necesitamos de su paciencia ». (Benedicto XVI). Una de las características fundamentales del pastor debe ser amar a los hombres que la han sido confiados, tal como ama Cristo, a cuyo servicio está. «Apacienta mis ovejas», dice Cristo a Pedro, y también a mí, en este momento. Apacentar quiere decir amar, y amar quiere decir también estar dispuesto a sufrir. Amar significa dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la palabra de Dios, el alimento de su presencia que Él nos da en el Santísimo Sacramento. «Queridos amigos, en este momento sólo puedo decir: rogad por mí, para que aprenda a querer más a su rebaño, a vosotros, a la santa Iglesia, a cada uno de vosotros, tanto personal como comunitariamente. Rogad por mí para que, por miedo, no huya ante los lobos. Roguemos unos por otros para que sea el Señor quien nos lleve y nosotros  aprendamos a llevarnos unos a otros».(Benedicto XVI). Emocionantes palabras, llenas de fuerza profética, fiel retrato de Benedicto XVI, incluida su renuncia. ¡Gracias, padre!

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