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Adoración y Liberación

Por Vicente Montesinos

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Evangelio

Tercera parte del discurso del Pan de Vida. La Eucaristía no es sólo un mandamiento.

Vicente Montesinos

Domingo 19 de agosto de 2018

 

 

 

A la luz del Evangelio que la Iglesia nos propone en este domingo, me gustaría centrarme en un aspecto concreto que puede llamar la atención: cómo en el Evangelio de San Juan es en el único en el que no se recoge de forma expresa la Institución de la Eucaristía en la última cena del Jueves Santo; al contrario que ocurre en los tres evangelios sinópticos.

Sin embargo San Juan habla de una “cena” con sus discípulos, que no parece ser la cena pascual, por los datos que se desprenden de la cronología del Evangelio, y en esa cena, vemos como lo que la distingue de los sinópticos es la profusa descripción de la institución del lavatorio de lo pies.

Pero sin embargo, siete capítulos antes, es decir, en el capítulo sexto, San Juan narra el signo de la multiplicación de los panes y los peces, y después de ese signo es cuando escribe este discurso de Jesús que venimos repasando en las tres últimas semanas: el discurso del Pan de Vida. 

 

Algunos exégetas afirman que este discurso fue pronunciado por Jesús durante la Última Cena, después del lavatorio de los pies. En cualquier caso, a nosotros nos ha llegado en la tradición escrita en el Capítulo 6 del Evangelio de San Juan; y así lo acogemos, porque además tiene su sentido: Jesús ha realizado ese signo concretísimo de la multiplicación de los panes y los peces, y después comienza con este discurso del Pan de Vida; el discurso Eucarístico, que nosotros hemos ido descubriendo y orando a lo largo de estas semanas.

 

De la primera parte del discurso, hace ya dos semanas, yo me quedaría con este versículo: “Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que lleva a la vida eterna“.

 

De la semana pasada, y de esa segunda parte del discurso del Pan de Vida, me quedaría con aquella advertencia de Jesús a los judíos: “No murmuréis, no critiquéis…” Es una invitación de Jesús a no ser como aquellos a los que les falta fe, y por ende, al tener una vida replegada sobre sí mismos, se convierten en dueños y señores de todo, con capacidad de mandar, juzgar y dirigir la vida y el alma de todas las personas, según su antojo, y no el de Dios. Y cómo Jesús les dice: “dejaos atraer por Dios”. Porque es Él quien llama… Es el quien busca… Es el quien nos atrae.

¿Y a que nos atrae ese Dios? ¿A que nos llama?

 

Pues hoy, en la tercera parte del discurso, me quedo con un versículo final para estas semanas, que os invito a rumiar. Y es que Jesús nos dice: “El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él“. Eso es a lo que nos llama, a lo que nos invita y a lo que nos atrae el Señor. A habitar en Él. Y a que experimentemos, por pura Gracia, que es Él quien habita en nosotros, y si nosotros  nos preparamos, nos abrimos y le dejamos; nos podemos convertir en Templos donde el mismo Dios quiere habitar.

Por eso la vida de cada uno de nosotros es importante. Cada persona es fundamental para Dios, no porque seamos de una manera o de otra, sino porque somos Templos del Espíritu de Dios.

 

Nuestra vida  es preciosa a los ojos de Dios, porque Dios quiere habitar en nosotros, es decir; quiere establecer con nosotros una profunda relación de vida. Y eso se hace de forma privilegiada en la Eucaristía.

Nosotros, que somos “animales de costumbres” a veces convertimos la Eucaristía en una rutina más. Vamos a misa, y salimos por la puerta pensando que “hemos cumplido” y “hemos hecho lo que teníamos que hacer”.

Y es verdad que hay días en que no estamos bien, o momentos de sequedad, en que no tenemos ganas de acudir a la Santa Eucaristía; y hemos de vivir la misa como un cumplimiento, al tener que hacer un esfuerzo por estar allí. Y está bien que tengamos que  vivir ese esfuerzo. Porque esos esfuerzos nos ayudan a descubrir el valor que tiene la Eucaristía.

Pero no nos quedemos únicamente en que “hemos cumplido”. La Eucaristía no es una costumbre. No es una tradición. No es solo un mandamiento que hay que cumplir para salvarse (que también) . Es un encuentro privilegiado de cada uno de nosotros con el Señor.

 

El Señor te llama. Te llama por tu nombre. Como decía la primera lectura de Ezequiel en el día de hoy: “Venid, venid todos; que he sacrificado las víctimas, he arreglado la casa, he mezclado el vino, he preparado la mesa” Ha cuidado cada pequeño detalle. Cadas’ pequeña cosa. Todo. Para que yo pueda disfrutar de este banquete de salvación, y de este sacrificio inmutable. Esto es lo que el Señor hace con cada uno de nosotros en cada Eucaristía.

Hoy, muchas veces pensamos, y más a la luz de las constantes deformaciones litúrgicas, que somos los protagonistas; porque yo voy, yo leo, yo digo, yo hago, yo…¡Y no! Es el Señor el que lo prepara todo. ¡Es el Señor quien se inmola por nosotros y por muchos, para el perdón de nuestro pecados!

Es el Señor el que coloca las cosas en su sitio. Con mimo, con cariño, con delicadeza… ¡Para ti! ¡Como hemos pervertido este sentido! Lo hace para que puedas descubrirlo, amarlo, y ser protegido, alimentado, amado y salvado en cada Eucaristía.

Es el Pan de Vida. El alimento que nadie más nos puede dar. El manjar de manjares. El pan de la inmolación, el sacrificio y la salvación.

¡No busquemos pues, y volvemos al inicio del discurso, el alimento perecedero! ¡Trabajemos por el alimento que da la vida eterna!

Ese alimento, el Señor nos lo ha dicho, y nadie nunca, aunque quiera, lo podrá cambiar, ni nos lo podrá quitar, es el pan de la Eucaristía. Es el mismo Jesús que se te ofrece, que se te da, de una manera total. Completamente. Gratuitamente. Incondicionalmente.

Y lo hace además porque sabe que en el camino de la vida vamos a hallar problemas, dificultades y sufrimientos; aunque muchas veces no queramos admitirlo; aunque en nuestra diaria exposición, nuestros facebooks o nuestros estados de Whatsapp pongamos únicamente el lado amable de nuestra vida…

Esto es falso. Es completamente falso.

Todos tenemos historias complicadas… Todos tenemos que abrazar la Cruz… ¡Bendita cruz, por la que llegar a la luz!

Y es el Señor, que conoce de tus sufrimientos, de tus dificultades, de lo que nos cuesta perseverar en este camino, el que nos dice: “Lo se. Lo se. No tengas miedo. No te preocupes. Porque yo estoy contigo. Y además te doy el alimento para que puedas recibir la fuerza y la savia para continuar el camino

Dios no nos da una varita mágica para solucionar nuestras dificultades. No. Dios juega en serio. Y nos da el Pan. El alimento. El sacrificio insondable. El que nos da la vida necesaria para seguir recorriendo este camino hacia el Padre.

Que podamos en este día reconocer y agradecer al Señor el Don inconmensurable que es la Eucaristía, prenda de la gloria futura.

De esta forma nadie nos podrá hacer dudar ante qué o ante Quién tenemos o no que hincar nuestra rodilla.

¡Y porque hasta el cielo no paramos, que Dios os bendiga.!

 

 

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Firma invitada: Jesús, Pan del Cielo; manjar del Sacerdote

Pater Christian Viña

Homilía del padre Christian Viña, en la Misa del Domingo XVII del tiempo durante el año, en sufragio de los sacerdotes de la colectividad eslovena, padre Matías Borstnar, a un mes de su fallecimiento; y padre Luis Kukovica, a cinco años de su partida. (Hogar Rožman, San Justo, 29 de julio de 2018).

Lecturas: 2 Re. 4, 42-44.

Sal: 144, 10-11. 15-16. 17-18 (R: cf. 16).

Ef 4, 1 – 6.

Jn 6, 1 – 15.

Jesús, Pan vivo bajado del Cielo (Jn 6, 51), en esta multiplicación de los panes –con la que comienza el bello discurso eucarístico del capítulo 6, del Evangelio de San Juan-, realiza uno de los milagros más famosos de su vida pública. Y, por cierto, comienza a elevarnos hacia el mayor de todos los milagros: la transubstanciación del pan y el vino, que en cada Santa Misa, pasan a ser el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del Señor.

Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos (Jn 6, 4), y el Señor empezaba a anunciar su propia Pascua. Ese misterio que se actualiza cada vez que celebramos la Eucaristía. Conviene recordar, al respecto, que todos los milagros en Jesús no tienen como fin último solucionar problemas materiales y espirituales concretos, a todo el mundo. De hecho no curó a todos los enfermos de su época, ni les dio de comer a todos los hambrientos, ni resucitó a todos los muertos. Esos signos que realizó –ciertamente conmovido ante toda miseria humana- fueron el medio para señalar nuestro destino último, el Cielo; al que debemos llegar, con la gracia de Dios, plenamente limpios y sanos.

Lo cierto es que, con el estómago lleno, y al ver incluso lo que había sobrado (Jn 6, 12 – 13), la gente decía: “Este es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo” (Jn 6, 14). Y concluye el pasaje enfatizando que Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña (Jn 6, 15). No quisieron reconocerlo como Rey de Reyes, autor y consumador de nuestra fe (Heb 12, 2), y Dueño del Reino eterno. Quisieron apoderarse de él no para que reinara en sus vidas, sino para que fuera su sirviente y les diera solo cosas materiales. Poco cambiaron las cosas dos mil años después: ¿cuántos se acercan a Jesús solo para pedirle cosas, y no básicamente para adorarlo? ¡Qué sabias fueron aquellas palabras del entonces Cardenal Ratzinger: El pan es importante, pero más importante es la libertad, y muchísimo más importante es la Adoración!

El pan material está, entonces, al servicio de la Eucaristía. Como peregrinos, debemos comer para estar vivos, y en camino; y alimentarnos con la comunión en el Santo Sacrificio de la Misa. Porque ese es el verdadero alimento que debemos buscar, aquí, en la Tierra. La prenda, el anticipo del manjar del Cielo. Un pan sin Eucaristía solo nos puede abandonar en las cosas terrenas. Porque, como advierte San Pablo, sin fe en la resurrección final, sin fe en la vida eterna, sin fe en lo que viene después de este mundo que pasa (Rm 12, 2), solo nos resta comer y beber que mañana moriremos (1 Cor 15, 32).

En la primera lectura, lejano anuncio del Evangelio, escuchamos cómo el profeta Eliseo dio la orden de alimentar con pan a los cien hombres hambrientos, en Gilgal. Porque, en efecto, el Señor dijo por su intermedio, comerán y sobrará (2 Rey 4, 43). El Dios de la abundancia es fuente inagotable de vida. Por eso, todos los hambrientos de Él son colmados, sin medida.

En la antífona del salmo, como nuestra respuesta a dicho pasaje del Antiguo Testamento, repetimos: Abres tu mano, Señor y nos sacias con tus bienes. Y del salmista escuchamos esta magnífica alabanza: Los ojos de todos esperan en ti, y tú les das la comida a su tiempo (Sal 144, 15). El autor de todo bien está cerca de aquellos que lo invocan, de aquellos que lo invocan de verdad (Sal 144, 18). Gracias a Dios, solo Él conoce la medida y el tiempo de la comida. ¡Qué distinto sería el mundo si, en vez de atragantarse con los placeres de la carne, buscase el alimento que perdura hasta la vida eterna!

Con su clásico fervor, San Pablo, en el pasaje de la carta a los Efesios, enfatiza que tenemos un solo cuerpo, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo (Ef 4, 4-6). En efecto, el Cuerpo de Cristo, la Iglesia, vive de la Eucaristía. Ella hace a la Iglesia y ella se hace en la Iglesia. El Concilio Vaticano II la definió como fuente y culmen de toda la vida cristiana (Lumen Gentium, 11); o sea, de la que todo parte y a la que todo se encamina.

Nunca la Iglesia es más Iglesia que cuando celebra la Eucaristía. En cada Misa, como sabemos, se actualiza, se trae al presente el Santo Sacrificio de la Cruz; se derraman con abundancia los efectos de la Redención. Lo mismo que ocurrió, con efusión de sangre, hace dos mil años, en Jerusalén, hoy ocurre de manera incruenta, sacramentalmente, en millones de altares de todo mundo, gracias a los sacerdotes que actúan in persona Christi capitis, en la persona de Cristo cabeza.

Hoy ofrecemos esta Santa Misa en sufragio de las almas de dos queridos hermanos sacerdotes, que disfrutaron intensamente del manjar de Jesús Eucaristía: el padre Matías Borstnar (a un mes de su fallecimiento), y el padre Luis Kukovica, a cinco años de su partida. Me unió, con ellos, una gran amistad: primero, como hijo espiritual; y, luego, como hermanos en el presbiterio.

Conocí al padre Luis Kukovica hace 28 años, cuando él vivía en la residencia Regina Martyrum, de los jesuitas, en el barrio del Congreso. Me impresionó, de entrada, su silencio, su sencillez, y su mirada penetrante y honda, para ver mucho más allá de cada acontecimiento. Yo, por aquel entonces, era laico; trabajaba en la televisión como periodista, y muy lejos estaba aún de ingresar al Seminario. Como ambos teníamos de común amigo al querido padre Alfredo Sáenz, llegaba hacia ellos una y otra vez en busca de explicaciones a ciertas noticias. Recuerdo, por ejemplo, los reportajes que le hice al padre Luis sobre las sectas; tema sobre el que, incluso, hizo algunas publicaciones. Y, también, sobre el Derecho Canónico, del que era especialista. Sabía que estaba muy ocupado; y me asombraba, igualmente, cómo los fines de semana iba a dar una mano, a la parroquia Nuestra Señora de Luján, de Longchamps; en la que estaban el padre Mirko Grbec, y otros sacerdotes de la colectividad.

El padre Kukovica se emocionó muchísimo cuando le dije que iba a entrar al Seminario. Y, cada vez que me veía, me alentaba vivamente, con su reconocida pulcritud y afabilidad. Llegó a verme Sacerdote y concelebró, conmigo, en la Primera Misa que, para la colectividad eslovena, celebré el Domingo 30 de diciembre de 2012, en la Catedral de San Justo. Ya él estaba con delicados problemas de salud, y perdía la memoria con frecuencia. Fue imborrable, para mí, aquel encuentro previo que tuvimos en la sacristía del templo. Conmovido, no dejaba de repetir: ¡Christian, Sacerdote! ¡Christian, Sacerdote! Años de confesiones, de Dirección Espiritual y de un sinfín de apostolados compartidos, tuvieron en esos momentos un inolvidable broche.

Al padre Matías lo conocí en las peregrinaciones que junto a Berto Malovrh, y otros paisanos de la colectividad, realizamos desde el 2001 hacia el Santuario de Nuestra Señora del Rosario de San Nicolás. Él era todavía párroco de San Nicolás de Bari, en San Justo; pero, como buen sacerdote mariano, iba con nosotros todas las veces que podía. Realizaba, por supuesto, un gran sacrificio; ya que por lo general viajábamos a la madrugada, y regresábamos a primera hora de la mañana. Él, sin dormir, volvía a ponerse a disposición de su feligresía.

Ya en el camino a San Nicolás, iba confesando en los micros, o en las camionetas. Y, cuando llegaba al Santuario, pasaba horas en el Confesonario. Todo lo hacía con un fervor sacerdotal admirable. Recuerdo haberlo visitado, cuando estuvo gravemente enfermo, en el hospital San Juan de Dios, de Ramos Mejía. Había colocado frente a su cama la imagen de la Virgen de San Nicolás. Dios quiso, también, que ella lo acompañase, en sus días finales, con esta imagen peregrina, de paso en esta capilla.

Me alentó vehementemente en mi camino al Sacerdocio. Y tuve el honor de que concelebrara en mi Ordenación. La última vez que vine a verlo, hace unos meses, intuí que era la despedida. Le pedí, solamente, que siguiera hasta el fin celebrando en este Hogar la Santa Misa; confesando y administrando la Unción de los Enfermos. Y así lo hizo. Murió, como el padre Kukovica, con la estola puesta.

En las cosas de Dios no hay coincidencia sino Providencia. El padre Borstnar murió el 29 de junio, solemnidad de San Pedro y San Pablo; y el padre Kukovica, el 31 de julio, fiesta de San Ignacio de Loyola, fundador de su amada Compañía de Jesús. Dos fechas importantísimas para la Iglesia. ¡Que ellos intercedan, en el Cielo, por esta Santa Madre Iglesia que tanto amamos y que, por eso, tanto nos duele! Y que sean, también para nosotros, sacerdotes, verdaderos modelos de coherencia y perseverancia, para la mayor gloria de Dios…

FIRMA INVITADA: Fiesta del Apóstol Santiago – Recuperar el heroísmo (El Heroísmo de los Hijos del Trueno)

Juan Donnet

 

 

 

 

 

La prédica postconciliar, progremodernista, buenista, amariconada y light, ha asfixiado este episodio del Evangelio hasta sofocarlo y no dejarle mas que una penosa y chata moraleja del “servicio”.

¡Por supuesto que es necesario el servicio! Cristo vino a servir y no a ser servido en su Primera Venida mientras estuvo en la tierra cumpliendo su misión.

Pero el asunto es QUE ES EL SERVICIO.

El progremodernismo-buenismo-light post concilio ha reducido y achatado la noción de servicio prácticamente a un cumplimiento horizontal e inmanente de las rutinas mundanas; despojándolo y vacunándolo de todo rastro de heroísmo.

¡Oh aberración criminal y apóstata! Esa mutilación y achatamiento de la relación con Dios viene del antropocentrismo, inmanentismo, humanismo y horizontalismo que nos supo legar como fruto el Concilio.

¡Por supuesto que es necesario seguir a Cristo en las cosas cotidianas y en los deberes de cada día!

¡Pero por favor! ¡no es eso solo! ¡Eso es masacrar la Fe y la concepción de la misión que Cristo nos da!

El cristiano debe estar siempre preparado para ser signo de Contradicción, para el despojamiento, la prueba, la persecución y el Martirio. Debe estar preparado para el testimonio y el anuncio explícito, lúcido y valiente en contra de todo y de todos.

Debe estar siempre dispuesto a llevar la Cruz negándose a sí mismo, entregar todo por Cristo, a priori espiritualmente, pero también literalmente.

Negar este espíritu heroico que Cristo nos pide a todos, es, reitero, masacrar la Fe y reducirla a moralina sosa y mundana del “cumplimiento del deber cotidiano”, sin ninguna pretensión realmente sobrenatural, trascendente ni específicamente cristiana.

Como decíamos, el discurso soso, amariconado, light, progreneomodernista se ha encarnizado con este pasaje, hasta demonizar a veces a los Bonaerges.

Recordemos que no eran precisamente blandengues y lights. Quisieron que Jesús haga bajar fuego del Cielo y consuma un pueblo Samaritano que no recibió a Jesús. Recordemos que Juan quería impedir la acción de un exorcista que echaba demonios en nombre de Jesús pero no iba con ellos. Ellos estuvieron en la Transfiguración; en la Oración de Jesús en el Huerto.

Después de Pedro, eran sus Predilectos; esto es obvio.

Bonaerges, hijos del Trueno. Espíritu de celo fogoso por la Verdad y por Dios; impulsos heroicos; apasionamiento colérico por una misión. A veces sin purificar y todavía recubiertos de violencia bárbara si se quiere. Diamantes en bruto.

¡Pero Jesús ama estos espíritus! ¡Por esto eran sus predilectos después de Pedro!

Jesús no quiere inútiles sonrientes, cobardes que no se jueguen y se disfracen con sonrisas beatíficas y pretendan escapar a todo sacrificio y contradicción pactando con el Enemigo.
¡Esa tibieza es vomitiva para Él!

¡Jesús ama las almas enérgicas y heroicas!
¡Jesús ama los espíritus que se juegan por su Verdad!
¡El Reino de Dios padece violencia, y los violentos lo arrebatan!

En este pasaje, donde los Bonaerges instrumentalizan a su buena madrecita para pedir un lugar a la Derecha y la Izquierda del Reino que viene, fueron casi demonizados por la estúpida prédica buenista progre pos conciliar.

Es verdad, no habían comprendido bien. Jesús mismo lo dice. Pero su pedido muestra un gran afán de Gloria heroica y Celeste, que es característica de las almas sanas.

La Esperanza cristiana ya los ha empezado a trabajar rudimentariamente.

Todavía conciben demasiado carnalmente el Reino, pero tienen una ansia de Gloria que no solo es lícita, sino necesaria para toda alma sana cristiana. Disfrutar la Gloria eterna con el Señor.

Fijémonos la suavidad con que el Señor los enseña. Ni siquiera los reta!!!

A la pregunta del Señor a boca de jarro -nada light-
cuando ellos le responden “Podemos!”, el Señor les reponde, “está bien”.

El Señor ni siquiera se enoja, -como otras veces cuando les falta la Fe- les explica con gran paciencia.

Porque el Señor ama ese espíritu de afán de Gloria, ese espíritu heroico, que hoy con la estúpida y chata y muy humana prédica progremodernista-buenista light, que reduce lo sagrado y el servicio a lo cotidiano y ha proscripto el heroísmo, ha desaparecido.

Recuperar el espíritu de heroísmo y la verdadera esperanza trascendente cristiana es tarea de hoy del verdadero discípulo de Cristo, que debe luchar contra la concienzuda labor disolvente de la prédica “debil”, liviana, buenista, chata, sosa, inmanente, horizontal, estúpida, amariconada, despojada de toda sobrenaturalidad y trascendencia, y rastro cristiano, que nos da la “nueva iglesia de la ternura, la misericordia, la inclusión, la aceptación de lo distinto”……

 

COLECTA

Oh Señor, se el santificador y custodio de tu pueblo, para que fortalecido con los auxilios del Apóstol Santiago, te agrade con sus obras y te sirva con tranquilidad de Espíritu. Por Nuestro Señor Jesucristo….

 

EVANGELIO Mt 20, 20-23

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo.

La madre de los hijos de Zebedeo se acercó a Jesús, junto con sus hijos, y se postró ante él para pedirle algo. “¿Qué quieres?”, le preguntó Jesús. Ella le dijo: “Manda que mis dos hijos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda”. “No saben lo que piden”, respondió Jesús. “¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?”. “Podemos”, le respondieron. “Está bien, les dijo Jesús, ustedes beberán mi cáliz. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes se los ha destinado mi Padre”.

 

 

 

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FIRMA INVITADA – 9º DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS: Cuidado con despreciar la Gracia y el abuso de la Misericordia.

Juan Donnet

 

 

 

 

Hoy en día -pero ya a partir del Discurso de Apertura de Juan XXIII del IICV-  se ha degradado, por parte de la iglesia del nuevo paradigma bergogliano, el concepto de Misericordia; se lo ha convertido en aprobación, convalidación, bendición, por parte de Dios, del pecado, la miseria, la impenitencia, la perversidad, el Mal a fin de cuentas.
Pero la Palabra es clara, al igual que 1962 años de Tradición que la vivió y Magisterio que la interpretó: El desprecio de la Gracia y la desobediencia rebelde atraen el castigo de Dios.

Lo vemos claramente en la Epístola: después de todos los prodigios que vio el pueblo de Israel, en el desierto igual despreciaron los dones de Dios y fornicaron: 23000 murieron en un día. No tentemos a Dios! advierte seriamente San Pablo.

Lo mismo en el Evangelio. Jerusalén despreció al Mesías y lo mató miserablemente: el Castigo se acerca y es profetizado por Jesús. Destrucción y muerte con imágenes fuertes. El Enemigo estrellará a tus hijos delante de tí.

Lenguaje apocalíptico, dirá el imbécil progremodernista, en su luciferino arte de aguar, de vaciar, de licuar la Palabra de Dios.

Ese concepto le alcanza para evadirse de la claridad meridiana de la Palabra.

Pero el que quita algo de la Palabra, el Señor le quitará su lugar del Libro de la Vida dice seriamente el Apocalipsis. A lo cual el cretino progremodernista también contestará sonriente: Lenguaje apocalíptico….es todo símbolo de hombres perseguidos, neuróticos, out systems, brutos que se oponían sin motivo al Poder del Mundo. Nosotros somos mas astutos, inteligentes, civilizados, aggiornados, mejorados; nosotros pactamos con el Poder del Mundo: esto es a la vez astucia y misericordia cristianas.

Pero se enterarán de la gravedad de las advertencias apocalípticas y de la seriedad de su lenguaje cuando desciendan al Lago de Fuego, entre llanto y rechinar de dientes.

 

Colecta
Abranse Señor los oídos de tu misericordia a las súplicas de los que te imploran; y para que los concedas lo que desean, haz que pidan lo que te es grato conceder. Por Nuestro Señor Jesucristo…

 

EPÍSTOLA (I Co 10 6-13)

6 “Estas cosas sucedieron en figura para nosotros para que no codiciemos lo malo como ellos lo codiciaron. 7. No os hagáis idólatras al igual de algunos de ellos, como dice la Escritura: «Sentose el pueblo a comer y a beber y se levantó a divertirse.» 8. Ni forniquemos como algunos de ellos fornicaron y cayeron muertos 23.000 en un solo día. 9. Ni tentemos al Señor como algunos de ellos le tentaron y perecieron víctimas de las serpientes. 10. Ni murmuréis como algunos de ellos murmuraron y perecieron bajo el Exterminador. 11. Todo esto les acontecía en figura, y fue escrito para aviso de los que hemos llegado a la plenitud de los tiempos. 12. Así pues, el que crea estar en pie, mire no caiga. 13. No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito.”

 

EVANGELIO (Lc 19, 41-47)

41 “Al acercarse y ver la ciudad de Jerusalén, lloró por ella, 42. diciendo: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. 43. Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, 44. y te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita.» 45. Entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían, 46. diciéndoles: «Está escrito: Mi Casa será Casa de oración. ¡Pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos!» 47. Enseñaba todos los días en el Templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y también los notables del pueblo buscaban matarle,”

El Padre Aberasturi, tantos otros y los que vendrán; y el Evangelio de hoy.

Vicente Montesinos

 

Aberasturi y evangelio

 

Se oye el silencio del Padre Aberasturi.

Retumban las voces calladas de tantos otros…

Otros no saben cuánto tiempo seguirán siendo protegidos por el Señor de la dictadura de la Misericorditis… Cuanto tiempo resistirán amenazas de excomunión, llamadas intempestivas, cadenas de mensajes entre lobos disfrazados de pastores, y vacío, mucho vacío…

Querido padre José Luis; para usted y para todos esos otros, ¿qué podría añadir yo a lo que les dice Nuestro Señor en el Evangelio de hoy?

Nada. Absolutamente nada.

Lo extraño es que no hayan quitado este texto de la liturgia.

Todo llegará.

Va por ustedes, padres, damas y caballeros.

 

 

EVANGELIO

Jn 15, 18-21.

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros.

Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia.

Recordad lo que os dije: “No es el siervo más que su amo”. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra.

Y todo eso lo harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió».

Palabra del Señor.

 

 

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Perla del Evangelio de hoy: la curación de la suegra de Pedro y la “falsa misericordia”.

Vicente Montesinos

 

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El Evangelio de hoy nos habla de otra curación: la de la suegra de Pedro. Y es que la pasión de Jesús es sanar, curar, restaurar lo que está perdido.

Vemos como Jesús se acerca y coge a la enferma mujer de la mano. Es muy bonito. Porque Jesús tiene el poder de curar desde la distancia. Pero  su misericordia le lleva acercarse y entrar en contacto con la persona para llevarle la salvación. Es la verdadera misericordia. La de quien te exige, como Jesús nos exige; pero te cura y te salva. No es la falsa misericordia, que no salva a nadie, y nos arrastra por el mal camino.

Vemos además otra idea muy bella: el evangelista nos cuenta como Jesús la “levantó”. Y es curioso, porque el verbo en griego que se utiliza para “levantar” a la suegra de Pedro es el mismo que se utiliza al final del Evangelio para hablar de la Resurrección de Jesús; y de como éste fue “levantado”.

El inicio del Evangelio y el final del mismo se enmarcan en ese “levantarnos”, “resucitar”, “salvarnos”; que dan sentido a toda la misión de Jesucristo y a su obra redentora en nosotros; que nos trae ya aquí la sanación; y para siempre la resurrección, a quién se coge de su mano, y no la rechaza.

Porque ciertamente, todos estamos llamados a ser “levantados” por el Señor, ya, y al final de nuestra vida terrena; pero que todos seamos llamados, no significa que todos seamos salvados. La salvación depende del Señor, pero la condenación la elegimos nosotros. A eso me refería antes con la diferencia entre la misericordia de Jesús, y la “falsa misericordia” del “todos vamos al cielo”; “por cualquier religión te salvas”, “quién soy yo para juzgarles” y demás mantras progremodernistas psotconciliares.

El Señor quiere sanarnos ya y levantarnos para la eternidad. Y eso empieza aquí. Los problemas de la vida nos llevan muchas veces a vivir a rastras, desilusionados, insatisfechos, amargados… Y Cristo sale a tu encuentro, te coge de la mano, y te pide que cojas tu Cruz y le sigas.. Y serás salvado… Pero te pide que cojas su Cruz y le sigas… No te pide “vive y dejá vivir”.

Un último detalle del Evangelio de hoy: la suegra de Pedro es “levantada” e inmediatamente… “se pone a servirles”. Podríamos decir que a la pobre mujer no le dejan ni un pequeño tiempo de convalecencia. ¿A qué parece difícil de entender? Pues no desde la lógica de Cristo.

Y esto porque el que se encuentra de verdad con el Señor, con el auténtico Jesucristo, hijo del Dios vivo; no puede guardarse eso para él. Debe salir y ofrecerlo a sus hermanos, al mundo y al Señor en servicio permanente a Cristo, para luchar por su Evangelio y su Verdad. Y cuando uno se ha encontrado de verdad con Cristo, no le importan las consecuencias si defender su doctrina, salvar su alma y las del os demás está en juego.

Ese es un corazón, como el de la suegra de Pedro, tocado por la misericordia. La del Señor. La de verdad. La buena. La que no engaña. La que no promete nada que no pueda cumplir.

Feliz día del Señor, y porque, hasta el cielo no paramos… ¡Qué Dios os bendiga!

 

 

 

Perla del Evangelio de hoy (Mc 5, 1-20): el Señor, nosotros y el Diablo.

Vicente Montesinos

 

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… Entonces los espíritus inmundos salieron y entraron en los puercos, y la piara -unos dos mil- se arrojó al mar de lo alto del precipicio y se fueron ahogando en el mar. Los porqueros huyeron y lo contaron por la ciudad y por las aldeas; y salió la gente a ver qué era lo que había ocurrido. Llegan donde Jesús y ven al endemoniado, al que había tenido la Legión, sentado, vestido y en su sano juicio, y se llenaron de temor. Los que lo habían visto les contaron lo ocurrido al endemoniado y lo de los puercos. Entonces comenzaron a rogarle que se alejara de su término

 

 

En el Evangelio de hoy observamos a una persona, poseída por el Diablo; y vemos, según nos indica la Palabra, como le atan cadenas, le ponen cepos…, y él, de una manera sobrenatural, consigue romperlos; lo cual, ciertamente, nos asombra y nos deja perplejos.

Es verdad que el Diablo cuando posee a alguien le da muchísima fuerza física, y la persona logra hacer cosas que nosotros, humanamente, no podemos ni hacer ni entender.

¿Porqué? Porque el diablo, es un ser espiritual, y posee esas capacidades. Ni más, ni menos.

Quien ha presenciado alguna vez un exorcismo, o se ha documentado mínimamente sobre el tema, sabe que Satanás, entre otras muchas cosas, puede hacer a un cuerpo levitar, puede doblar a una persona, contorsionarla, etc…, de una manera que humanamente es inexplicable; y sí, estas cosas son así. El diablo existe y tiene este cierto poder.

Pero este es sólo un lado de la moneda y el menos relevante. ¿Cuál es el otro lado de la moneda? Nosotros. Sí. Nosotros. Que por tener a Dios podemos hacer muchísimo más que este infecto ser espiritual. Podemos romper más cadenas, podemos romper más cepos… Podemos… ¡más que levitar! Porque tenemos a Dios.

Dios es el Creador. Y el diablo es una creatura. De modo que ojalá que la fuerza y la presencia de Dios en nuestra vida nos ayude a superar cualquier cosa y a vencer cualquier adversidad… A sentirnos fuertes… ¡más que el pobre Satanás!

A veces hablo con personas católicas, sobre todo jóvenes, y les pregunto: ¿pero tú crees que Dios está en medio de tu vida? – Sí, claro – suele ser la respuesta.

A continuación prosigo: – Entonces, ¿crees que podrás salir de este problema? – Uf, no…

Nos hace falta algo más de confianza en Dios. Es Todo Amor y es Todopoderoso. Y con Él sí podemos… Estos son los amores de verdad (y no los falsos); y los “sí podemos” de verdad (y no los torticeros)

Queridos hermanos: que nuestros deseos del corazón sean tener siempre a Dios; darnos cuenta de que le tenemos, y ser conscientes de que con Él podemos superar cualquier adversidad.

Y porque hasta el cielo no paramos, ¡que Dios os bendiga!

 

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Perla del Evangelio de hoy: “Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano…”

Vicente Montesinos (23 de enero de 2018)

 

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En aquel tiempo, llegan la madre y los hermanos de Jesús, y quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: «¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». Él les responde: «¿Quién es mi madre y mis hermanos?». Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».

 

Sorprende la distancia que parece tomar Jesús con respecto a su familia.

Y es que Jesús inaugura un nuevo concepto de familia: los que creen en Él, como Hijo de Dios vivo, forman la familia de Jesús: los doce Apóstoles y muchos otros discípulos como Marta, María y Lázaro… Y hoy… ¿todos nosotros?

Jesús no rechaza a su familia; y el texto hay que ponerlo en contexto con el resto de la Palabra; pero Jesús sí que toma distancia sobre su ligazón con la familia de sangre, queriéndolos mucho, para establecer una intimidad nueva en su familia “apostólica”.

Esto nos sitúa en un contexto de Iglesia como familia, donde todos debiéramos sentirnos familia en Jesús.

Hoy os invito a que cuando veamos curiosa la reacción de Jesús en algunos pasajes, aprendamos a escrutar el sentido profundo de sus hechos para descubrir su relación con el Reino que está instaurando, esa nueva creación, el mundo de la gracia, la Redención.

Jesús nunca se equivoca, sino que es la verdad, y nosotros somos aprendices de esa Verdad, que es Camino a la Vida. Somos nosotros los que nos equivocamos al escucharle y mal interpretarle; al ponernos en contradicción con Él y sus mandatos, y al, directamente, desobedecerle, a veces desde las más altas responsabilidades, y por lo tanto, con las más altas de las culpas.

Así entenderemos como en este Evangelio en lugar de su familia de la tierra, Jesús ha escogido una familia espiritual. Echa una mirada sobre los hombres sentados a su alrededor y les dice: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mc 3,34-35).

Así pues, recojamos el guante de Jesús, para formar parte de su familia, que no es otro que el del cumplimiento de la voluntad divina.

Una voluntad sin medias tintas, sin correcciones políticas y sin relativismos.

¡Y porque hasta el cielo no paramos, que Dios os bendiga!

 

Que no nos la den con queso…; y el libro del Evangelio diario.

Vicente Montesinos

La verdad es que, a veces dan ganas de decir, alto y claro; sí, cualquier tiempo pasado fue mejor.

Porque a estas alturas, y con los correspondientes calificativos de involucionista, reaccionario, retrógrado, fundamentalista, y todo lo que vendrá a continuación; es claro y palpable que hoy por hoy, ya casi no nos podemos fiar de nada; y que cualquier cosa en nuestro ámbito eclesial de las que antes, podíamos hacer uso, sin peligro alguno, y pisando terreno seguro; hoy hay que tener mil ojos abiertos, para que, como dice el refrán, no nos la den con queso.

Ojeaba hoy al alba, ante Su Divina Majestad, uno de esos libros del Evangelio del día; donde junto al texto del Evangelio de hoy, aparecen unas palabras del Papa Francisco; y también una pequeña oración relacionada, se supone, con el texto de hoy.

Sobre las palabras del Papa Francisco, tampoco es, sinceramente, que tuviera grandes expectativas; pero en relación a la Oración; que además no se refería al texto del Evangelio, sino al inicio del octavario para la unidad de los cristianos; he podido leer, con mi dosis de sorpresa, estupefacción y mortificación diaria que gracias a Dios, aún mantengo; que esta semana debe de servir para que todos los cristianos nos juntemos, dadas las pequeñas diferencias que nos separan.

Unas pequeñas diferencias, sí: entre otras leves tonterías:

– La Eucaristía como santo sacrificio de redención y la presencia real de Jesucristo en el pan consagrado; con la debida adoración al santísimo Sacramento del altar.

– La santísima y debida veneración a la siempre Inmaculada, santísima y Purísima madre de Dios, la virgen María.

Y de todas las demás cosas importantes que nos separan, ni hablo; porque teniendo al Corpus Christi y a la santísima virgen María como pequeñas diferencias; para qué seguir.

Ojo con todo lo que escuchamos, vemos y leemos. En esta época, más que nunca, a prepararse, a formarse, y a ser críticos con todo lo que hay a nuestro alrededor; para que no nos la den con queso.

Y puesto que hasta el cielo no paramos, que Dios os bendiga.

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