Bergoglio, el teatrillo de siempre: no tiene nada por lo que renunciar, el Papa es Benedicto XVI. Por Andrea Cionci

Todo el mundo clama por la renuncia de Bergoglio (esta vez retroactiva). El gran malentendido es que no tiene nada por lo que renunciar, ya que nunca fue Papa

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Por Andrea Cionci

Para Adoración y Liberación

 

Traducción autorizada Maria Luisa Perez Gherlone

 

19 de diciembre de 2022

 

Ya estamos de nuevo: Bergoglio habla de su renuncia, que esta vez -oigan oigan- supuestamente ya ha sido presentada desde 2013.

 

Lo dijo hace dos días durante una entrevista con el diario español ABC: “Las firmé y dije: “En caso de impedimento por razones médicas o lo que sea, aquí está mi renuncia”. Ya los tienes”. No sé a quién se las dio el cardenal Bertone, pero yo se las di cuando era Secretario de Estado”.

 

Al mismo tiempo, el escritor desea anunciar que ya ha preparado su dimisión como director del New York Times.

 

Una broma para señalar lo obvio, a saber, que para renunciar de un cargo primero hay que TENERLO.

 

El punto que se le escapa a todo el mundo es que Bergoglio no puede renunciar PORQUE NO TIENE NADA DE QUE RENUNCIAR, ya que nunca ha sido Papa. Desde el 1 de marzo de 2013, la Sede Apostólica está, de hecho, TOTALMENTE IMPEDIDA, según el canon 335: “Mientras la Sede Romana esté vacante o TOTALMENTE IMPEDIDA, nada se cambie en el gobierno de la Iglesia universal…”. Es impedida porque el verdadero papa Benedicto XVI, el emérito, el que merece ser papa, nunca renunció al munus petrino, a la investidura divina como sucesor de San Pedro, por lo que nunca abdicó y, a sus espaldas, se convocó un cónclave ilegítimo, con un papa anterior que no estaba muerto ni abdicó, sino impedido. Discúlpenos por ser un poco repetitivos, pero en algunos círculos hay mucha dificultad para asimilar este concepto banal.

 

Es el famoso “pontificado de excepción” del que hablaba el arzobispo Gaenswein, citando a Carl Schmitt: una situación en la que se suspende el orden jurídico. Una estrategia perfecta para defender a la Iglesia de una usurpación interna que es canónica, histórica, teológica, escatológica y proféticamente coherente: cuando se oficialice la Sede impedida, el antipapado de Bergoglio tendrá que ser borrado de la historia.

 

De nada sirve, por tanto, toda la efervescencia periodística sobre la “renuncia” de Francisco, que ahora ya no sería próxima, o posible, (el estribillo había cansado de verdad) sino incluso retroactiva.

 

¿Por qué nunca antes había hablado de ello, se pregunta con razón AQUÍ el teólogo Carlo Pace?

 

Un ballet que dura desde hace al menos dos años: renuncia, no, no renuncia, casi, quizá sí, quizá no, no. Ahora, como un conejo sacado de un sombrero de copa salta , la renuncia ya hecha entregada al Card. Bertone. ¿Apostamos a que esta falsa renuncia no fue escrita en latín por Bergoglio? Por supuesto: debería renunciar al munus petrino, que sigue firmemente en manos de Benedicto XVI desde 2013. Habrá escrito que renuncia a su “ministero” ó “ministerio”, jugando con el hecho de que sólo en latín y alemán existen dos términos específicos para Munus y Ministerium. Pero cambia poco.

 

El antipapa recordó también que no será “papa emérito” porque, según él, “el Espíritu Santo no quiere que se ocupe de estas cosas”. En este caso, tiene razón. Nunca podría ser emérito, el que merece ser Papa, porque nunca lo ha sido.

 

Pero cuidado, esta renuncia está cada vez más teñida por el llamado “impedimento”. El intento, torpemente evidente, es canalizar, en la percepción colectiva, el concepto de impedimento, no sobre el fundamental y real de Benedicto XVI, sino sobre el postureo de una posible incapacidad física de Bergoglio. Son astutos en la iglesia antipapal, pero no lo suficiente como para dejar en ridículo a cualquiera que conserve una chispa de espíritu crítico.

 

También inspiran ternura  aquellos  canonistas que trabajan con ahínco en el derecho canónico sobre el tema de la sede impedida intentando cambiarlo. Ahorren energías, Profesores, es el Papa Benedicto el que está impedido desde 2013, así que sin su placet, ni siquiera se pueden ordenar marcadores de cancillería, y mucho menos cambiar el Derecho Canónico.  

 

No es casualidad que este teatrillo se haya intensificado desde agosto de 2021, cuando descubrimos que la Declaratio de Benedicto no era una renuncia papal inválida, sino un perfecto anuncio de impedimento. A partir de ahí, para llamar la atención, Bergoglio empezó a hablar continuamente de su renuncia, nada más que una distracción, un pretexto montado por el “señor del Pathos” argentino para desviar la atención de la insistente Magna Quaestio sobre su legitimidad, que, hoy, por fin, se debate en todo el mundo.

 

El “Código Ratzinger” ya ha vendido 13.500 ejemplares en Italia. La versión inglesa “The Ratzinger Code” y la española “Còdigo Ratzinger” se extienden por todas partes, a centenares, y dentro de unos días saldrá en francés alemán. Cientos de sacerdotes, obispos y cardenales lo han recibido como regalo de los fieles. La próxima presentación, la decimotercera desde septiembre, organizada de forma independiente por los ciudadanos, está prevista en Grosseto el 23 de diciembre.  A través de entrevistas en varios valientes canales web de contrainformación, además de lo publicado aquí en Líbero, se ha llegado -e informado- hasta ahora a unos cuantos millones de personas.

 

La Iglesia bergogliana hace como que no pasa nada y pierde terreno, mientras que, paradójicamente, protegiendo su retirada están las tropas colaboracionistas, los llamados una  cum, o más bien esos cattotradicionalistas que, atados con doble nudo por intereses materiales a la Iglesia antipapal, se cubren de deshonor milenario luchando por la legitimidad del “papa Francisco”, al que odian y atacan en todo, pero nunca en el tema central.

 

Se les ocurren todo tipo de versiones diferentes. Han dicho que Benedicto se equivocó al escribir “renuncio al ministerium“, pero que en realidad quiso escribir “munus”; que munus y ministerium son la misma cosa; que sólo fue un capricho literario intercambiarlos; incluso que no es necesario renunciar al munus; otros ante la evidencia más flagrante, como cuando Benedicto hace la referencia al libro de Jeremías donde dice en letras de molde “YO SOY IMPEDIDO”, permanecen paralizados en una incertidumbre catatónica. Más recientemente, Corrispondenza romana logró afirmar  que, en cambio, la abdicación requiere la renuncia al ministerium (¡!).

 

La siguiente será que ni siquiera es necesaria una declaración para abdicar. Un espectáculo miserable, al menos tan miserable como el teatrillo de la renuncia de alguien que nunca ha sido Papa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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