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Adoración y Liberación

Por Vicente Montesinos

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PASCUA

Viernes Santo… Hay más amor allí donde el amor sufre su condena…

Vicente Montesinos

 

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Viernes Santo…

Hay más amor allí donde el amor sufre su condena. Por paradójico que parezca, cuanto más se acerca Jesús a la vileza del mundo, más se eleva su oración confiada al Padre, más se ensancha su entraña misericordiosa. De ahí que la humillación de la cruz se haya convertido para nosotros en cauce de salvación; la cicatriz, en bálsamo medicinal. Salva el amor del que lo da todo: su cuerpo, su vida, su corazón entregado hasta el extremo. Salva el amor del que confía del todo: con su silencio, su súplica, su piedad sostenida hasta el final. Salva el amor del que busca a todos: por su intercesión, su perdón, su compasión extendida hasta el último lugar. No hay ninguna situación humana, por débil o empecatada que resulte, que quede lejos o fuera de las lágrimas y la oración de Jesucristo

 

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Perla del evangelio de hoy: sábado III de Pascua. “Tú tienes palabras de vida eterna”


Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con Él. Jesús dijo entonces a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?». Le respondió Simón Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».
Frente a quienes no creen, frente a los duros de corazón, tomemos la postura humilde de Pedro de hoy: ¿a quien vamos a ir, Señor, si tú tienes palabras de vida eterna?

San Agustín lo dice: «No dejan huella en el alma las buenas costumbres, sino los buenos amores (…). Esto es en verdad el amor: obedecer y creer a quien se ama».

Atendiendo a la palabra de Dios del día de hoy, debiéramos preguntarnos donde tenemos puesto nuestro amor. Cuál es nuestra fe y nuestra obediencia en lo que el Señor nos enseña por medio de la Iglesia . En definitiva, con que sencillez, docilidad y confianza vivo las cosas de Dios.
Vicente Montesinos

Perla del Evangelio de hoy: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena nueva”

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Id por todo el mundo y proclamad la Buena nueva

Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con Él, que estaban tristes y llorosos. Ellos, al oír que vivía y que había sido visto por ella, no creyeron. Después de esto, se apareció, bajo otra figura, a dos de ellos cuando iban de camino a una aldea. Ellos volvieron a comunicárselo a los demás; pero tampoco creyeron a éstos. Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado. Y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación».

El Evangelio de hoy, dentro de esta dinámica gozosa de la Resurrección de Cristo, nos invita a redescubrir la Palabra de Dios como una “buena nueva”. A veces podríamos pensar que los que no son cristianos “están más tranquilos que nosotros y hacen lo que quieren”, mientras que nosotros tenemos que cumplir una serie de normas. Sería una visión muy superficial y mundana.

El Evangelio es una buena nueva, una feliz noticia, que nos llena el corazón de alegría y consuelo.

La enseñanza de Jesús es por supuesto exigente, pero no deja de ser la revelación de la ternura de Dios con cada uno de sus hijos, y señala las leyes que llevan a la felicidad. Que sepamos dejarnos transformar por dicho amor.

VICENTE MONTESINOS

Perla del evangelio de hoy: «Las mujeres partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos»


En aquel tiempo, las mujeres partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «¡Dios os guarde!». Y ellas se acercaron a Él, y abrazándole sus pies, le adoraron. Entonces les dice Jesús: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán». 



La alegría de la resurrección hace de las mujeres valientes testigos de Cristo. Y salen a los caminos a ser apóstoles y anunciar la buena nueva.

«No tengáis miedo» (Mt 28,10), dice Jesús a las santas mujeres. ¿Miedo del Señor? Nunca, ¡si es el Amor de los amores! ¿Temor de perderlo? Sí, porque conocemos la propia debilidad. 

Por esto nos agarramos bien fuerte a sus pies. Como los Apóstoles en el mar embravecido y los discípulos de Emaús le pedimos: ¡Señor, no nos dejes!

Perla del Evangelio de hoy: ¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya! 


Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.



¡Vivamos la Pascua con mucho gozo! Cristo ha resucitado: celebrémoslo llenos de alegría y de amor. 

Hoy, Jesucristo ha vencido a la muerte, al pecado, a la tristeza… y nos ha abierto las puertas de la nueva vida, la auténtica vida, la que el Espíritu Santo va dándonos por pura gracia. 

¡Que nadie esté triste! Cristo es nuestra Paz y nuestro Camino para siempre. Él hoy «manifiesta plenamente el hombre al mismo hombre y le descubre su altísima vocación» (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes 22).

Con San Josemaria gozamos al decir: “Cristo vive. Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia. No temáis, con esta invocación saludó un ángel a las mujeres que iban al sepulcro; no temáis. Vosotras venís a buscar a Jesús Nazareno, que fue crucificado: ya resucitó, no está aquí [i]. Haec est dies quam fecit Dominus, exsultemus et laetemur in ea; éste es el día que hizo el Señor, regocijémonos



                                VICENTE MONTESINOS

Viernes Santo: TODO SE HA CONSUMADO. 


Tomaron, pues, a Jesús, y Él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: ‘El Rey de los judíos’, sino: ‘Éste ha dicho: Yo soy Rey de los judíos’». Pilato respondió: «Lo que he escrito, lo he escrito». Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: «No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca». Para que se cumpliera la Escritura: «Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica». Y esto es lo que hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. 

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed». Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido». E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

Hoy celebramos el día de la Cruz. El día de la Cruz victoriosa. Hoy hemos de ser conscientes de que recogemos lo mejor de Jesús. Le recogemos a él mismo, entregado como víctima voluntaria para salvarnos a todos. Recogemos su perdón y la misericordia de Dios. Recogemos a María, que nos da como madre.  Y recogemos una confianza y un abandono total en Dios.
Disfrutemos de la lectura de la pasión, donde cada uno de los pequeños detalles tienen todo su sentido. Aceptemos la invitación de la iglesia para el recogimiento, el silencio, la austeridad y la oración que deben impregnar este día.

Y recordemos que «Nadie tiene mayor amor que el de dar la vida por sus amigos» (Jn 15,13). La oración cristiana no es solamente pedir, sino —antes de nada— admirar agradecidos.

Como predicó San Josemaria,  “El amor a Dios nos invita a llevar a pulso la cruz, a sentir también sobre nosotros el peso de la humanidad entera, y a cumplir, en las circunstancias propias del estado y del trabajo de cada uno, los designios, claros y amorosos a la vez, de la voluntad del Padre…. Jesús continúa: Y el que no carga con su cruz y me sigue, tampoco puede ser mi discípulo. Aceptemos sin miedo la voluntad de Dios, formulemos sin vacilaciones el propósito de edificar toda nuestra vida de acuerdo con lo que nos enseña y exige nuestra fe. Estemos seguros de que encontraremos lucha, sufrimiento y dolor, pero, si poseemos de verdad la fe, no nos consideraremos nunca desgraciados: también con penas e incluso con calumnias, seremos felices con una felicidad que nos impulsará a amar a los demás, para hacerles participar de nuestra alegría sobrenatural.



                         VICENTE MONTESINOS

Jueves Santo: …habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo…


Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. 

Llega a Simón Pedro; éste le dice: «Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?». Jesús le respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde». Le dice Pedro: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Le dice Simón Pedro: «Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza». Jesús le dice: «El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos». Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: «No estáis limpios todos». 
Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros».

Es tan sublime el misterio del Jueves Santo, y tantas las cosas que de él se derivan, que ni mil vidas en la tierra bastarían para glosarlo y dar gracias a Dios por su grandeza y misericordia.

Es el regalo más grande de Dios a los hombres; la santa Eucaristía. Es la institución del orden sacerdotal, el amor fraterno, el mandamiento nuevo, el servicio, la entrega…

En esta santísima cena, Cristo instituyó la eucaristía a la vez que el sacerdocio, que podrá perpetuarla siempre, como regalo continuo para los hombres.

Nos regala su vez el mandamiento del amor a todos, que ya no será un amor que espera algo a cambio, sino un amor gratuito y desbordante, a imitación del eterno amor del Padre.

Por otro lado en el lavatorio de pies, el Señor nos enseña el servicio, la humildad, e incluso el anticipo de su voluntaria humillación total que le llevará a su muerte redentora y salvadora.

La Eucaristía. ¡La Santa Eucaristía! El Centro de la vida del hombre. Como bien dijera San Josemaria hablando de la alegría del Jueves Santo:

¡Qué bien se explica ahora el clamor incesante de los cristianos, en todos los tiempos, ante la Hostia santa! Canta, lengua, el misterio del Cuerpo glorioso y de la Sangre preciosa, que el Rey de todas las gentes, nacido de una Madre fecunda, derramó para rescatar el mundo. Es preciso adorar devotamente a este Dios escondido: es el mismo Jesucristo que nació de María Virgen; el mismo que padeció, que fue inmolado en la Cruz; el mismo de cuyo costado traspasado manó agua y sangre.

Este es el sagrado convite, en el que se recibe al mismo Cristo; se renueva la memoria de la Pasión y, con El, el alma trata íntimamente a su Dios y posee una prenda de la gloria futura. La liturgia de la Iglesia ha resumido, en breves estrofas, los capítulos culminantes de la historia de ardiente caridad, que el Señor nos dispensa.

VICENTE MONTESINOS

Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro…

 

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San Josemaría y el texto de su preciosa oración

 

Mis muy queridos hermanos: Nos hallamos, por gracia de Dios Nuestro Señor,  inmersos en el tiempo de Cuaresma, y caminando hacia la grandiosa Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo; quien nos sana, libera y salva en este gozoso acontecimiento pascual.

Ello debiera ser suficiente para que nunca, jamás; perdiéramos la alegría, la esperanza, y la confianza en Nuestro Señor, y en su amantísima Madre, que nos guían, alivian y acompañan desde sus sagrados corazones.

La confianza en Dios es vital, caros hermanos. El abandono en las manos de nuestro Señor y el enamoramiento de su bendita voluntad deben guiar la existencia de quienes nos decimos católicos.

El abandono en las manos de nuestro Señor y el enamoramiento de su bendita voluntad deben guiar la existencia de quienes nos decimos católicos.

Me vienen a la cabeza en estos instantes las recientes palabras de mi Director Espiritual, quien me adiestraba, con mucho acierto, en una bellísima y… ¡eficacísima!, (para ti y para mí…) oración de San Josemaría Escrivá. Dice así: “Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro; lo pequeño y lo grande; lo poco y lo mucho; lo temporal y lo eterno.”

¡Qué inmensa demostración de fe! ¡Qué paz pascual, pero prolongada y permanente, podrían sentir nuestros atribulados corazones con una confianza, abandono y apego tal a nuestro Dios y Señor! Enfermedades, dificultades familiares, económicas, enfados pasajeros o momentos de tristeza prolongada… Los malos ratos son una experiencia común. Pero… ¿se pueden santificar? ¿son una oportunidad, o un obstáculo en la vida de un cristiano?

¿No sería mejor que pensáramos (que sintiéramos) que es ahí, y así, donde (y como) nos quiere Dios en ese momento? ¿No debiéramos ser capaces de reclinar la cabeza en el regazo misericordioso de Nuestro Señor Jesucristo, para repetir, confiados, la oración de San Josemaria? “Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro; lo pequeño y lo grande; lo poco y lo mucho; lo temporal y lo eterno.”

“Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro; lo pequeño y lo grande; lo poco y lo mucho; lo temporal y lo eterno.” (San Josemaría Escrivá de Balaguer)

Que esta oración, a modo de jaculatoria, nos acompañe, y pueda servirnos para transitar con fe, devoción y recogimiento la Santa Cuaresma, y vibrar gozosos en la Resurrección de Nuestro Señor.

Esto deseo para todos nosotros, y así lo encomiendo a las manos maternales de María, a quien su Hijo, Nuestro Señor, siempre escucha y atiende.

¡Feliz y Santa Cuaresma, pasión y Resurrección de Nuestro Señor!

 

Vicente Montesinos

¡Pan vivo y Divina Misericordia! ¡Gloria a Dios!


En esta efusión de gozo pascual que estamos viviendo, disfrutamos a diario de un Evangelio gozoso; que nos habla de la vida que nos ha traído y dejado el Resucitado en nosotros. Jesús está vivo, hermanos, y es el verdadero pan vivo bajado del cielo.



El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna



El Evangelio de hoy es una delicia. Va finalizando el discurso del Pan de Vida; y nos da la felicidad y la esperanza perpetuas. Jesús permanecerá con nosotros hasta el final de los tiempos. Pero lo hará de verdad. Está presente verdadera y realmente en cada consagración, en cada Eucaristía, en cada Comunión, en cada sagrario, en cada custodia del mundo. Y es que, hermanos… ¡ésta son palabras de Jesús, recogidas en el Evangelio de hoy!:


El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día


No he podido evitar que  mi cabeza y corazón se fueran al meditar hoy el Evangelio a ese punto del diario de Sor Faustina Kowalska en el que Jesús, en su DIvina Misericordia que recientemente hemos celebrado, en el segundo domingo de Pascua,  le dice a la santa lo siguiente:


Al sumergirme en la oración, fui trasladada en espíritu a la capilla y vi al Señor Jesús expuesto en la custodia; en lugar de la custodia veía el rostro glorioso del Señor y el Señor me dijo:  Lo que tú ves [en] realidad, estas almas lo ven a través de la fe.  Oh, qué agradable es para Mi su gran fe.  Ves que aparentemente no hay en Mi ninguna traza de vida, no obstante, en realidad ella existe en toda su plenitud y además encerrada en cada Hostia.  Pero para que Yo pueda obrar en un alma, el alma debe tener fe.  Oh, cuánto Me agrada la fe viva.


“El alma debe tener fe…”

Que confirmación en este bello mensaje de la DIvina Misericordia, de esa pan vivo que nos espera a diario, que nos da la vida, que nos llena, que nos salva, que nos libera y que nos sana.

¡Cómo quiso e impulsó nuestro querido San Juan Pablo II la devoción a la Divina Misericordia!

¡Que nos unamos a nuestra Santísima Madre la Virgen María en la fidelidad diario y a la unión a Jesús Eucaristía!

¡Adorado sea el Santísimo Sacramento del Altar!


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