🇪🇸 LA IGLESIA NO ES UNA ONG: SIN GRACIA, LA JUSTICIA SE CONVIERTE EN IDEOLOGÍA. Por Vicente Montesinos

Entre el espiritualismo que huye de la historia y el activismo que se olvida del Cielo

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La Iglesia no es una ONG

 

 

por Vicente Montesinos

Director de Adoración y Liberación

 

 

 

La misión sobrenatural de la Iglesia no la aleja de los problemas del mundo. Al contrario: es lo único que le permite afrontarlos sin arrodillarse ante las ideologías, los poderes políticos y las modas de cada época.

Hay dos maneras de traicionar la misión de la Iglesia.

La primera consiste en encerrarse en una espiritualidad desencarnada, como si el hambre, la injusticia, la familia, la educación, el trabajo, la economía o la vida de las naciones nada tuvieran que ver con la fe.

La segunda, mucho más extendida en nuestro tiempo, consiste en transformar la Iglesia en una organización humanitaria, una oficina de asistencia social o una plataforma de activismo político. En este caso se habla continuamente del hombre, pero cada vez menos de Dios; se denuncian estructuras, pero se silencia el pecado; se reclama justicia, pero se olvida el juicio; se promete liberación, pero ya no se anuncia la salvación eterna.

Ambos caminos son falsos.

El primero olvida que el Verbo se hizo carne. El segundo olvida que el Verbo se hizo carne para redimirnos del pecado y llevarnos al Padre.

LA IGLESIA NO FUE FUNDADA PARA ADMINISTRAR EL MUNDO

Cristo no fundó la Iglesia para gestionar la economía mundial, redactar programas electorales, diseñar sistemas tributarios o convertirse en mediadora permanente de todos los conflictos políticos.

La fundó para continuar su obra redentora.

La misión primera de la Iglesia es anunciar la verdad revelada, custodiar la fe, administrar los sacramentos, santificar las almas y conducirlas hacia la vida eterna. Todo lo demás debe nacer de esa misión y permanecer subordinado a ella.

Cuando la Iglesia pierde de vista esta finalidad sobrenatural, puede seguir conservando edificios, organismos, campañas, estructuras administrativas e incluso una considerable influencia pública. Pero habrá comenzado a vaciarse por dentro.

Una Iglesia que alimentara cuerpos, pero dejara morir las almas, habría abandonado el corazón de su misión.

Una Iglesia que hablara de todas las pobrezas menos de la pobreza espiritual habría olvidado cuál es la indigencia más grave del hombre.

Una Iglesia que denunciara todas las esclavitudes menos la esclavitud del pecado ya no estaría ofreciendo al mundo la libertad de Cristo, sino una versión religiosa de los programas elaborados por el propio mundo.

Juan Pablo II recordó que la enseñanza social pertenece a la misión evangelizadora de la Iglesia y forma parte del mensaje cristiano precisamente porque muestra las consecuencias de la fe en la vida social. No es una actividad paralela al Evangelio, pero tampoco puede separarse de Cristo Salvador y convertirse en ideología autónoma.

NI HUIR DEL MUNDO NI ARRODILLARSE ANTE ÉL

El cristianismo no permite despreciar las realidades temporales. La familia, el trabajo, la propiedad, la autoridad, la educación, la cultura y la vida política forman parte del orden querido por Dios.

Pero estas realidades no son absolutas.

Son bienes temporales y, por tanto, están sometidas a la ley moral, orientadas al bien común y subordinadas al destino eterno del hombre.

El error espiritualista consiste en creer que la salvación del alma permite desentenderse del prójimo. El error temporalista consiste en reducir la salvación cristiana a la mejora de las condiciones terrenas.

Cristo curó enfermos, dio de comer a las multitudes y tuvo compasión de los afligidos. Pero no permitió que su misión fuese reducida a la distribución del pan. Cuando quisieron convertirlo en rey por haber multiplicado los alimentos, se retiró.

El Señor no vino simplemente a hacer más cómodo el camino del hombre hacia la muerte. Vino a vencer la muerte.

Por eso la Iglesia debe estar presente en el mundo sin pertenecer al mundo. Debe amar a los hombres sin adular sus errores. Debe servir a los pobres sin utilizar su sufrimiento como combustible ideológico. Debe denunciar la injusticia sin convertir el altar en una tribuna partidista.

La Iglesia no puede desaparecer de la plaza pública. Pero tampoco puede cambiar el Evangelio por el aplauso de la plaza.

LA IGLESIA TIENE DERECHO A JUZGAR MORALMENTE LAS REALIDADES TEMPORALES

La legítima autonomía de la política, la economía o la ciencia no significa independencia respecto de Dios ni inmunidad frente a la ley moral.

Un médico posee competencia técnica para decidir un tratamiento, pero no para declarar que la vida de un enfermo ha perdido su dignidad.

Un legislador puede estudiar la forma concreta de una ley, pero no tiene autoridad para convertir en bueno lo que es intrínsecamente malo.

Un economista puede explicar el funcionamiento de los mercados, pero no puede borrar las obligaciones de justicia que pesan sobre la propiedad, el salario o las condiciones laborales.

Un gobernante puede administrar el Estado, pero no puede crear una nueva naturaleza humana por decreto.

La Iglesia no interviene en estas materias como si poseyera una ciencia económica, médica o política revelada. Interviene cuando esas actividades afectan a la dignidad del hombre, a la ley natural, a la familia, a la justicia, al bien común o a la salvación de las almas.

Su juicio es principalmente moral.

No corresponde a la Iglesia canonizar un modelo técnico concreto como si hubiera descendido terminado del Cielo. Pero sí le corresponde recordar que ninguna opción técnica será legítima si exige pisotear los mandamientos de Dios.

Benedicto XVI explicó con precisión que la doctrina social católica no pretende otorgar a la Iglesia poder político sobre el Estado. Su misión es contribuir a purificar la razón, iluminar la justicia y despertar las fuerzas morales sin las cuales las instituciones terminan corrompiéndose. La Iglesia no debe asumir por sí misma la tarea política de construir la sociedad más justa posible, pero tampoco puede permanecer indiferente ante la lucha por la justicia.

LA DOCTRINA SOCIAL NO ES UNA IDEOLOGÍA CATÓLICA

La doctrina social de la Iglesia no es socialismo bautizado, capitalismo bendecido ni una supuesta tercera ideología colocada entre ambos.

Juan Pablo II lo afirmó expresamente: no pertenece al campo de la ideología, sino al de la teología y, de modo particular, al de la teología moral. Su tarea consiste en interpretar las realidades sociales a la luz del Evangelio y de la vocación terrena y trascendente del hombre.

Esta precisión es decisiva.

La Iglesia no recibe su visión del hombre de Karl Marx, Adam Smith, las encuestas sociológicas, los organismos internacionales ni los laboratorios ideológicos de cada generación. La recibe de la Revelación, de la ley natural y de la comprensión del hombre manifestada plenamente en Jesucristo.

Después puede dialogar con la economía, la medicina, el derecho o las ciencias sociales. Puede recoger observaciones útiles y valorar conocimientos legítimos. Pero nunca debe dejarse absorber por esas disciplinas hasta hablar como una sucursal religiosa de ellas.

Cuando la teología deja de partir de Dios, comienza a hablar torpemente de asuntos que otros estudian con mayor competencia.

Cuando la predicación abandona el pecado, la gracia, la conversión y la vida eterna para limitarse al análisis social, termina produciendo mala sociología y peor teología.

La Iglesia aporta algo que ninguna institución puramente humana puede ofrecer: la verdad integral sobre el hombre, creado por Dios, herido por el pecado, redimido por Cristo y llamado a la eternidad.

Benedicto XVI enseñó que la verdad del desarrollo reside en su integridad: si no alcanza a todo el hombre y a todos los hombres, no es auténtico desarrollo. Por eso un progreso que aumente las riquezas mientras destruye la familia, la conciencia, la inocencia o la fe no puede ser llamado verdaderamente humano.

LA CONCIENCIA CRISTIANA NO INVENTA EL BIEN Y EL MAL

Aquí aparece uno de los problemas centrales de nuestra época: la falsificación de la conciencia.

Se repite que cada persona debe actuar según su conciencia. La afirmación es cierta, pero suele presentarse amputada de una verdad esencial: la conciencia tiene el deber de buscar la verdad y dejarse formar por ella.

La conciencia no es una fábrica privada de moralidad.

No convierte el mal en bien porque alguien se sienta tranquilo al cometerlo. No deroga los mandamientos. No sustituye la voz de Dios por la voz de nuestros deseos.

Juan Pablo II enseñó en Veritatis splendor que la conciencia reconoce y aplica la verdad moral a las circunstancias concretas. Su dignidad no consiste en crear autónomamente el bien, sino en escuchar la verdad y juzgar conforme a ella. La libertad de conciencia no es libertad respecto de la verdad, sino libertad vivida en la verdad.

Por eso la Iglesia no violenta la conciencia cuando enseña la ley moral. La libera de la mentira.

Tampoco basta con invocar una conciencia sincera. También una conciencia puede estar deformada, adormecida o cegada por el hábito del pecado, la propaganda, el interés personal o la soberbia.

La conciencia cristiana necesita oración, sacramentos, formación doctrinal, humildad y obediencia a la verdad. Sin todo ello, puede terminar llamando misericordia a la permisividad, libertad a la esclavitud y progreso a la destrucción.

EL MAGISTERIO ORIENTA; NO SUSTITUYE LA PRUDENCIA DEL LAICO

En las cuestiones temporales debe distinguirse entre los principios morales y su aplicación técnica.

La Iglesia enseña principios que obligan: la dignidad de toda vida humana, la primacía de la familia, el destino universal de los bienes, el derecho de propiedad acompañado de deberes, la justicia en las relaciones laborales, la solidaridad, la subsidiariedad y la búsqueda del bien común.

Sin embargo, la aplicación concreta de esos principios puede admitir diversas soluciones prudenciales.

Dos católicos fieles pueden coincidir en la defensa de la justicia y discrepar sobre una medida fiscal. Pueden defender el bien común y proponer distintas políticas económicas. Pueden compartir los mismos principios y juzgar de manera diferente la eficacia de una determinada ley.

Este pluralismo prudencial es legítimo mientras no se utilice para negar principios morales innegociables.

No toda decisión económica es dogma. Pero tampoco todo puede quedar entregado al relativismo.

No corresponde al sacerdote sustituir desde el púlpito la competencia profesional, política o técnica de los laicos. Su misión es predicar íntegramente la fe, formar conciencias, administrar la gracia y recordar los límites morales que nadie tiene derecho a atravesar.

Juan Pablo II enseñó que los laicos tienen una responsabilidad específica en la animación cristiana del orden temporal. No pueden abdicar de su participación en la vida política, económica, social, legislativa, administrativa y cultural cuando está en juego el bien común.

El sacerdote debe formar cristianos capaces de santificar el mundo.

El laico no debe esperar que el sacerdote haga su trabajo de padre, empresario, juez, médico, profesor, político o comunicador. Pero tampoco debe actuar como si su bautismo quedara suspendido al entrar en el parlamento, la empresa, el hospital o la universidad.

El cristiano no tiene dos conciencias: una para el domingo y otra para el lunes.

OBEDIENCIA NO ES SERVILISMO; DISENTIR NO ES DESPRECIAR

No todos los documentos eclesiásticos tienen idéntico objeto, intención o grado de autoridad. Hay que distinguir las enseñanzas definitivas, los principios doctrinales, los juicios morales y las valoraciones prudenciales ligadas a circunstancias históricas concretas.

Pero distinguir no significa despreciar.

La soberbia moderna acepta del Magisterio solamente aquello que confirma sus opiniones previas. Cuando la enseñanza coincide con nuestros deseos, la citamos. Cuando los contradice, la declaramos irrelevante, anticuada o meramente pastoral.

Esa no es una actitud católica.

La instrucción Donum veritatis señaló que incluso ante enseñanzas no irreformables debe existir una disposición de asentimiento leal. También admitió que ciertas intervenciones prudenciales pueden contener aspectos contingentes o suscitar dificultades legítimas, pero rechazó que esto autorice a considerar al Magisterio como habitualmente equivocado o carente de asistencia en el cumplimiento de su misión.

La verdadera obediencia no prohíbe pensar. Prohíbe convertir el propio pensamiento en medida suprema de la verdad.

Y la verdadera prudencia no consiste en buscar una excusa para desobedecer, sino en comprender la naturaleza de cada enseñanza, recibir con docilidad lo que la Iglesia propone y aplicar sus principios con fidelidad.

NINGUNA ESTRUCTURA PUEDE REDIMIR AL HOMBRE

El gran engaño de las ideologías consiste en atribuir a las estructuras una capacidad de salvación que no poseen.

Las leyes justas son necesarias. Las instituciones honestas son necesarias. Una economía ordenada al bien común es necesaria. Pero ninguna reforma estructural puede eliminar por sí sola la codicia, la mentira, el egoísmo, la soberbia o la voluntad de dominar.

Se puede cambiar un gobierno sin cambiar el corazón.

Se puede repartir la riqueza y conservar intacta la envidia.

Se puede promulgar una ley perfecta y confiar su ejecución a hombres corruptos.

Se puede destruir una estructura injusta y levantar sobre sus ruinas una tiranía todavía peor.

Benedicto XVI advirtió que las mejores estructuras sólo funcionan cuando en la sociedad existen convicciones morales capaces de sostenerlas. La libertad humana permanece siempre frágil y debe decidir nuevamente entre el bien y el mal; por eso ninguna organización política puede instaurar definitivamente el reino del bien en la tierra.

Ésta es una verdad que el pensamiento revolucionario no soporta: la raíz más profunda del desorden social está en el corazón humano herido por el pecado.

No significa que debamos resignarnos ante la injusticia. Significa que toda reforma que ignore la necesidad de conversión terminará reproduciendo, con nuevos nombres, los mismos vicios que pretendía destruir.

Antes de transformar las estructuras hay que transformar a los hombres que las crean, gobiernan y utilizan.

Y esa transformación no la produce un decreto.

La produce la gracia.

LA GRACIA RESTAURA, LA MORAL ORDENA Y LA CARIDAD PERFECCIONA

La aportación propia de la Iglesia a la sociedad comienza donde ninguna ideología puede llegar.

La Iglesia ofrece la gracia que restaura la naturaleza herida.

Proclama la moral que permite distinguir el bien del mal.

Forma las conciencias que luego deben actuar en la familia, la cultura, la economía y la política.

Y comunica la caridad sobrenatural, sin la cual incluso la justicia puede endurecerse y convertirse en cálculo, resentimiento o lucha de poder.

Esto no convierte a la caridad en sustituta de la justicia. Nadie puede negar a otro lo que le corresponde y luego presentarse como generoso por entregarle una limosna.

Pero tampoco la justicia puede sustituir a la caridad.

Benedicto XVI recordó que incluso la sociedad más justa seguirá necesitando amor. Ningún Estado puede proporcionar por sí solo consuelo al que sufre, compañía al que está solo, perdón al culpable, esperanza al moribundo o sentido al sacrificio. El hombre necesita siempre algo más que una administración correcta de los bienes materiales.

La caridad cristiana no es sentimentalismo.

Es amor en la verdad.

Sin verdad, la caridad se convierte en emoción manipulable. Sin caridad, la verdad puede ser pronunciada como un arma. Unidas, verdad y caridad hacen posible un auténtico desarrollo humano y una justicia que no deshumaniza a aquel a quien pretende defender.

LA PRIMERA REVOLUCIÓN CRISTIANA SUCEDE EN EL ALMA

El mundo pide constantemente a la Iglesia soluciones políticas inmediatas.

Cristo comienza pidiendo conversión.

El mundo exige nuevos sistemas.

Cristo exige hombres nuevos.

El mundo promete la salvación mediante el poder, la técnica, la riqueza, el partido o la revolución.

Cristo dice: «Convertíos y creed en el Evangelio».

Aquí está el escándalo.

La renovación personal no es una evasión intimista. Es el fundamento de la verdadera renovación social. Un padre convertido cambia su familia. Un empresario convertido cambia la forma de tratar a sus trabajadores. Un juez convertido entiende la autoridad como servicio. Un político convertido deja de considerar al pueblo como instrumento de su ambición.

La santidad no es un lujo privado. Tiene consecuencias sociales.

Pero el orden debe respetarse: primero la verdad recibida, después la conciencia formada; primero la gracia, después la acción; primero el hombre reconciliado con Dios, después el hombre capaz de trabajar justamente por sus hermanos.

Cuando se invierte este orden, la Iglesia deja de evangelizar y comienza a repetir consignas.

NO NECESITAMOS UNA IGLESIA MÁS PARECIDA AL MUNDO

El mundo ya tiene partidos políticos, organizaciones internacionales, asociaciones civiles, sindicatos, fundaciones, sociólogos y agencias humanitarias.

No necesita que la Iglesia imite torpemente lo que todos ellos hacen.

Necesita que la Iglesia sea Iglesia.

Que predique a Jesucristo sin complejos.

Que llame pecado al pecado.

Que anuncie el perdón sin negar la necesidad de arrepentimiento.

Que defienda al pobre sin convertirlo en bandera ideológica.

Que sostenga la justicia sin reducir la salvación a política.

Que forme laicos valientes, competentes y santos.

Que recuerde a los poderosos que también serán juzgados.

Que recuerde a los oprimidos que su dignidad no depende del reconocimiento del mundo.

Que recuerde a todos que ninguna victoria temporal puede compensar la pérdida del alma.

La Iglesia no salva al mundo haciéndose mundana.

Lo salva permaneciendo unida a Cristo.

Y precisamente cuando habla de Dios, de la gracia, de los mandamientos, del pecado, de la cruz, del juicio y de la vida eterna, está ofreciendo al mundo el fundamento más sólido de la justicia.

Porque sin Dios el poder no encuentra límites.

Sin verdad la conciencia se convierte en capricho.

Sin gracia la naturaleza herida vuelve a caer.

Sin caridad la justicia se enfría.

Y sin la esperanza del Cielo, el hombre termina exigiendo a la tierra una salvación que la tierra jamás podrá darle.

 

 

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