🇪🇸 CUANDO EL LENGUAJE CORROMPE LA FE. Por Vicente Montesinos
Cómo la deformación de las palabras destruye la verdad, oscurece la conciencia y arrastra las almas al error
MANIPULACIÓN POR EL LENGUAJE
por Vicente Montesinos
Director de Adoración y Liberación

No estamos ante un fenómeno superficial ni ante una simple evolución cultural. Nos encontramos en medio de una doble ofensiva: por un lado, la negación directa de las verdades de la fe; por otro, más sutil pero igualmente eficaz, la corrupción del lenguaje con el que esas verdades se piensan, se expresan y se transmiten. Ambas realidades conviven, se refuerzan mutuamente y producen un mismo efecto: la desorientación de las almas.
La tradición filosófica y teológica de la Iglesia ha sido siempre clara al respecto. Desde Aristóteles hasta Santo Tomás de Aquino, se ha enseñado que la verdad consiste en la adecuación del entendimiento a la realidad. El lenguaje no es un adorno, ni un simple vehículo externo: es la expresión formal de ese conocimiento. Por tanto, cuando el lenguaje se altera, no solo se modifica la forma de hablar, sino la capacidad misma de conocer rectamente.
Aquí reside uno de los dramas más profundos de nuestro tiempo. No solo se niegan dogmas, no solo se cuestionan verdades que durante siglos han sido enseñadas con claridad. Se ha ido más allá. Se ha introducido una transformación progresiva del lenguaje que permite que el error se infiltre sin ser percibido como tal. Se puede decir lo contrario de siempre… utilizando palabras que suenan aceptables.
En el ámbito moral, el cambio es evidente. El pecado ya no es pecado: es fragilidad, proceso, circunstancia. El adulterio se convierte en “nueva unión”. La impureza en “expresión afectiva”. La eliminación de una vida inocente se presenta como “derecho” o “decisión personal”. No se trata de meros eufemismos. Es una operación intelectual precisa: al cambiar el nombre, se atenúa la gravedad; al atenuar la gravedad, la conciencia deja de reaccionar. Y cuando la conciencia se adormece, el alma queda indefensa.
En el ámbito doctrinal, el fenómeno alcanza una gravedad aún mayor. La unicidad de la fe verdadera es sustituida por el lenguaje del pluralismo religioso. Se habla de “caminos diversos” hacia Dios, de “riqueza de tradiciones”, de “diálogo entre credos”. Pero este modo de expresarse no es neutro. Implica, de hecho, una alteración profunda de la verdad revelada. Porque si todas las religiones conducen a Dios, entonces la Encarnación pierde su carácter único, la Redención deja de ser necesaria y la Iglesia deja de ser el arca de salvación.
La precisión doctrinal, defendida con firmeza por el Concilio de Trento, es sustituida por fórmulas abiertas, deliberadamente ambiguas, que permiten múltiples interpretaciones. Lo que antes se definía con claridad ahora se presenta como una “aproximación”, un “itinerario”, una “experiencia en camino”. La consecuencia es devastadora: la fe deja de ser adhesión a verdades objetivas y se convierte en vivencia subjetiva.
En la liturgia, el lenguaje tampoco ha quedado intacto. El Santo Sacrificio de la Misa, que la Iglesia ha definido como verdadero sacrificio propiciatorio, es reducido en la práctica a una asamblea, a una celebración comunitaria, a un encuentro fraterno. Se insiste en la mesa, pero se silencia el altar. Se habla de compartir, pero se olvida la inmolación. Y así, sin negar explícitamente el dogma, se debilita su comprensión hasta hacerlo irreconocible para muchos fieles.
Este proceso no es accidental. Responde a una lógica profunda: si se logra modificar el lenguaje, se modifica el pensamiento; si se modifica el pensamiento, se modifica la fe vivida. El hombre termina creyendo aquello que es capaz de expresar. Y si ya no dispone de palabras verdaderas, difícilmente podrá sostener un pensamiento verdadero.
La metafísica clásica ofrece aquí una luz decisiva. Las cosas son lo que son, independientemente del nombre que se les dé. Llamar bien al mal no lo convierte en bien. Llamar error a la verdad no la convierte en error. Sin embargo, el hombre necesita del lenguaje para acceder a esa realidad. Si el lenguaje se separa de lo real, el acceso queda bloqueado. Y entonces se produce la tragedia: no es que la verdad desaparezca, es que deja de ser reconocida.
El resultado final es una fe debilitada, difusa, incapaz de sostenerse frente al error. Se conserva el vocabulario cristiano, pero despojado de su contenido. Se habla de amor, pero sin referencia a la verdad. Se habla de misericordia, pero sin conversión. Se habla de Dios, pero sin doctrina. Es una fe aparente, una estructura vacía que ya no tiene fuerza para salvar.
Frente a esta situación, la respuesta no puede ser tibia. No basta con lamentarse ni con adaptarse. Es necesario recuperar la precisión del lenguaje, la claridad de las definiciones, la firmeza de la doctrina. Volver a llamar al pecado por su nombre. Afirmar sin ambigüedades que la verdad es una. Proclamar que Cristo es el único Salvador y que fuera de Él no hay vida.
No se trata de dureza, sino de fidelidad. Porque la caridad sin verdad no salva. Y la verdad, para ser conocida, debe ser expresada con palabras que correspondan a la realidad.
Hoy, más que nunca, la batalla pasa por el lenguaje. No es una cuestión secundaria. Es el lugar donde se decide si el hombre permanecerá en la verdad o se perderá en la confusión. Porque cuando las palabras dejan de reflejar lo que las cosas son, el hombre deja de ver lo que realmente existe.
Y entonces, sin darse cuenta, puede seguir creyendo que está en la verdad… mientras ya ha sido arrastrado fuera de ella.
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