🇪🇸 OTRA GRAVE DESVIACIÓN DE PREVOST: “LALLA MERYEM” COMO FALSO PUENTE ENTRE CRISTIANISMO E ISLAM. Por Vicente Montesinos

EL SILENCIO CÓMPLICE DE LOS “UNA CUM”: CUANDO LA CONFUSIÓN SE TOLERA, SE JUSTIFICA Y SE NORMALIZA

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por Vicente Montesinos

Director de Adoración y Liberación

 

En un reciente mensaje difundido públicamente el pasado 13 de abril, Prevost ha afirmado que “bajo el manto de Nuestra Señora de África se construye la comunión entre cristianos y musulmanes”, añadiendo que el amor maternal de “Lalla Meryem” reúne a todos como hijos, cada uno en su diversidad. Esta formulación, que a primera vista puede parecer conciliadora o incluso piadosa, encierra sin embargo una ambigüedad doctrinal de enorme gravedad, pues introduce una confusión sobre la identidad misma de la Santísima Virgen María y sobre la naturaleza de la verdadera comunión en la fe.

La cuestión no es secundaria. No estamos ante un matiz pastoral o una expresión retórica desafortunada. Estamos ante una alteración del orden teológico: se presenta a la Virgen María como un punto de convergencia entre religiones que, en su núcleo doctrinal, son incompatibles en lo esencial. Y esto, a la luz de la fe católica tradicional, no puede sostenerse sin caer en error.

 

 

ROBERT PREVOST HEREJIAS VIRGEN
ROBERT PREVOST HEREJIAS VIRGEN

 

 

Para comprender la magnitud del problema, es necesario partir de una afirmación básica: la Virgen María no es una figura religiosa genérica, adaptable a distintos credos según una sensibilidad común. María es, en la fe católica, la Madre de Dios, definida solemnemente como Theotokos en el Concilio de Éfeso. Es la Inmaculada Concepción, preservada de toda mancha de pecado original; es la siempre Virgen; es la asociada de modo singular a la obra redentora de su Hijo; es, en la tradición constante de la Iglesia, mediadora de todas las gracias. Esta identidad no es negociable ni reducible a un mínimo común denominador interreligioso.

Frente a esto, la “Meryem” del islam, aun siendo una figura respetada, no es la misma María. En el islam, María no es Madre de Dios, porque Jesucristo no es reconocido como Dios. No participa en la redención, porque la redención misma no es concebida en los términos cristianos. No es mediadora, ni objeto de culto. Es, en definitiva, una mujer piadosa dentro de un sistema religioso que niega explícitamente la Trinidad y la divinidad de Cristo. Por tanto, identificar implícitamente ambas realidades bajo una misma maternidad espiritual que “reúne a todos como hijos” no es un gesto de apertura: es una confusión teológica.

La Sagrada Escritura es inequívoca en este punto. San Pablo advierte: “¿Qué comunión hay entre la luz y las tinieblas? ¿Qué acuerdo entre Cristo y Belial?” (2 Cor 6,14-15). La comunión verdadera no se funda en afinidades sentimentales ni en símbolos compartidos reinterpretados, sino en la adhesión a la verdad revelada. Y esa verdad tiene un centro absoluto: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, único mediador entre Dios y los hombres.

La tradición magisterial ha sido constante al rechazar cualquier intento de construir una unidad religiosa al margen de la verdad plena. El Papa Pío XI, en la encíclica Mortalium Animos, condena expresamente el intento de promover una falsa unidad entre religiones basada en lo que tienen en común, dejando de lado lo que las separa. La Iglesia enseña que la verdadera unidad solo puede darse en el retorno a la única Iglesia de Cristo, no en la creación de una plataforma espiritual compartida donde las diferencias doctrinales se diluyen en nombre de la convivencia.

El problema del planteamiento de Prevost es precisamente este: no distingue entre el respeto debido a las personas y la verdad objetiva de las religiones. La caridad cristiana exige respeto hacia todos los hombres, incluidos los musulmanes. Pero ese respeto no autoriza a presentar como compatible lo que no lo es. La fe católica no puede aceptar que exista una “comunión” real entre quienes confiesan a Cristo como Dios y quienes niegan su divinidad. Y mucho menos puede atribuir a la Virgen María el papel de garante de esa supuesta comunión.

Además, el lenguaje utilizado —“cada uno rico en su diversidad, unidos por la misma aspiración al amor y a la justicia”— refleja una visión típicamente relativista, en la que las diferencias doctrinales quedan subordinadas a valores éticos comunes. Sin embargo, el cristianismo no es, ante todo, un sistema ético, sino la revelación de una verdad sobrenatural. El amor y la justicia, separados de la verdad sobre Dios, se convierten en conceptos vacíos, susceptibles de ser redefinidos según criterios humanos.

Santo Tomás de Aquino enseña que la fe es una adhesión del entendimiento a la verdad revelada por Dios. No es una experiencia subjetiva ni una construcción cultural. Por ello, cualquier intento de equiparar religiones en un plano de igualdad práctica, como si todas condujeran a una misma comunión espiritual, constituye una desviación grave del orden de la fe.

La Virgen María, lejos de ser un punto de encuentro horizontal entre religiones, es precisamente la que conduce a la verdad plena de Cristo. Su misión no es reunir a los hombres en su diversidad religiosa, sino llevarlos a su Hijo. “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5) es su mandato permanente. No hay en ella ambigüedad, ni neutralidad, ni sincretismo. Hay una orientación clara y absoluta hacia Jesucristo.

Por tanto, presentar a María como fundamento de una comunión interreligiosa no solo desdibuja su identidad, sino que oscurece la centralidad de Cristo y pone en riesgo la integridad de la fe. La paz auténtica no se construye sobre la ambigüedad doctrinal, sino sobre la verdad. Y la verdad, en este caso, exige afirmar con claridad que no existe una comunión sobrenatural entre religiones que niegan los dogmas fundamentales del cristianismo.

Así pues, lo que se presenta como un gesto de apertura y concordia no es sino una manifestación más de esa deriva teológica que, bajo apariencia de caridad, desfigura la verdad revelada. No se trata de un desliz aislado, sino de un síntoma claro de una línea que, paso a paso, diluye lo que la Iglesia siempre ha afirmado con precisión. Y, como tantas otras veces, no faltarán quienes —los llamados “una cum”—, en lugar de discernir con rectitud, opten por callar, justificar o reinterpretar lo injustificable, estirando los conceptos hasta vaciarlos de contenido, con tal de mantener una apariencia de normalidad sacramental. Pero la fe no se sostiene sobre silencios cómodos ni sobre equilibrios artificiales: se sostiene sobre la verdad. Y cuando la verdad es oscurecida de forma reiterada, la responsabilidad no desaparece por ignorarla. Permanece. Y pesa. Porque en materia de fe, perseverar en la ambigüedad no es inocuo: es abrir la puerta a un desorden que compromete la integridad misma de la vida cristiana.

 

 

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