🇪🇸 LA FORMULACIÓN DE LA FE EN SAN JUAN: CREER, CONFESAR Y PERMANECER EN JESUCRISTO. Por Vicente Montesinos
Estudio teológico sobre el contenido cristológico de la fe en el Evangelio y las Cartas de San Juan, a la luz del Magisterio de san Juan Pablo II y Benedicto XVI
LA FORMULACIÓN DE LA FE EN SAN JUAN
por Vicente Montesinos
Director de Adoración y Liberación

La teología de san Juan obliga a plantear una cuestión que hoy vuelve a ser decisiva: ¿qué significa realmente creer en Jesucristo?
La pregunta puede parecer elemental, pero deja de serlo en cuanto se examina el modo en que el cuarto Evangelio y las Cartas joánicas hablan de la fe. En san Juan, creer nunca queda reducido a un sentimiento religioso, a una confianza indeterminada en Dios ni a una adhesión genérica a los valores de Jesús.
La fe implica una relación personal con Cristo, pero esa relación posee un contenido concreto. El creyente no sólo se entrega a alguien: reconoce quién es ese Alguien.
Éste es uno de los rasgos más profundos de la teología joánica. San Juan no separa aquello que en determinadas corrientes contemporáneas se ha intentado enfrentar: la fe como encuentro personal y la fe como aceptación de una verdad revelada. En él ambas dimensiones aparecen íntimamente unidas.
El hombre cree en Cristo precisamente porque reconoce en Él al enviado del Padre, al Mesías, al Hijo de Dios, al Verbo hecho carne. Y, al reconocerlo, se entrega a Él.
El propio Evangelio declara expresamente su finalidad:
«Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre» (Jn 20,31).
Esta frase constituye prácticamente una clave de lectura de todo el escrito. Existe un acto de fe, existe un contenido de esa fe y existe una consecuencia: la vida.
San Juan relaciona las tres realidades de tal manera que resulta imposible conservar una suprimiendo las otras.
LA FE JOÁNICA: ADHESIÓN PERSONAL Y RECONOCIMIENTO DE UNA VERDAD
En el lenguaje de san Juan resulta especialmente significativa la utilización del verbo «creer».
El evangelista emplea repetidamente expresiones equivalentes a «creer en» Cristo, pero también construcciones en las que se cree «que» algo es verdadero respecto de Él.
La diferencia es teológicamente fecunda.
«Creer en» expresa la orientación personal del creyente hacia Cristo. No se trata simplemente de admitir la existencia de Jesús ni de aceptar intelectualmente ciertas afirmaciones. Es una entrega. El hombre se confía a Él, reconoce su autoridad y coloca en Él su esperanza.
Pero san Juan emplea también el «creer que». Hay afirmaciones determinadas que pertenecen al acto de fe.
Jesús mismo dice:
«Si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados» (Jn 8,24).
Antes de resucitar a Lázaro pregunta a Marta si cree lo que acaba de anunciarle acerca de la resurrección y la vida. Ella responde con una auténtica profesión cristológica:
«Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo» (Jn 11,27).
Aquí queda patente que la fe cristiana posee contenido.
Marta no responde únicamente que confía en Jesús. Dice quién cree que es Jesús. Su confianza descansa sobre una verdad reconocida.
Esto impide enfrentar artificiosamente la fe personal con la fe doctrinal. Para san Juan, la doctrina cristológica no es algo añadido posteriormente a una relación originariamente pura con Jesús. Forma parte de esa relación, porque nadie puede adherirse verdaderamente a Cristo sin preguntarse quién es Cristo.
San Juan sitúa así al creyente delante de una realidad que lo precede.
Jesucristo no depende de nuestra interpretación. Su identidad no nace de la experiencia subjetiva que cada uno pueda tener de Él. Es el creyente quien debe ajustar su fe a la verdad de Cristo, y no Cristo quien debe ser adaptado a la conciencia del creyente.
San Juan Pablo II insistirá siglos después sobre esta relación entre fe y verdad.
En Fides et ratio mostrará que la Revelación no entrega al hombre una colección arbitraria de proposiciones religiosas, sino la verdad de Dios que alcanza su manifestación definitiva en Jesucristo.
La verdad cristiana no es, por tanto, una abstracción separable de Cristo: en Él posee rostro, historia y presencia personal.
Precisamente por eso la fe puede ser simultáneamente encuentro y asentimiento, relación personal y aceptación de la verdad revelada.
EL EVANGELIO DE SAN JUAN ESTÁ CONSTRUIDO ALREDEDOR DE LA IDENTIDAD DE JESÚS
Una lectura atenta del cuarto Evangelio permite comprobar que gran parte de su arquitectura gira alrededor de una pregunta:
¿Quién es Jesús?
Las respuestas aparecen progresivamente.
Los primeros discípulos lo reconocen como Mesías. Natanael lo llama «Hijo de Dios» y «Rey de Israel». Los samaritanos terminan confesándolo como «Salvador del mundo». Pedro declara:
«Nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6,69).
Marta confiesa al Cristo y al Hijo de Dios.
Tomás, ante el Resucitado, lleva la confesión a una formulación de impresionante densidad:
«Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28).
Estas confesiones no son elementos secundarios dentro del relato. Señalan momentos decisivos del camino de fe.
San Juan conduce al lector desde los primeros interrogantes sobre Jesús hasta el reconocimiento pleno de su misterio.
El Evangelio comienza afirmando que «el Verbo era Dios» y que «el Verbo se hizo carne» (Jn 1,1.14); termina prácticamente con un discípulo arrodillado ante el Resucitado diciendo: «Señor mío y Dios mío».
Entre esos dos extremos se desarrolla la revelación de la identidad de Cristo.
Jesús es el enviado del Padre, pero no es un enviado como los demás. Ha venido de arriba. Posee una relación única con el Padre.
Puede afirmar:
«Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,30).
Puede decir que quien lo ha visto a Él ha visto al Padre (Jn 14,9).
Habla de la gloria que poseía junto al Padre antes de la creación del mundo (Jn 17,5).
Pronuncia expresiones en las que resuena el nombre divino:
«Antes de que Abraham existiera, Yo Soy» (Jn 8,58).
La fe que san Juan reclama se dirige precisamente a este Cristo.
Por eso cualquier cristología que reduzca a Jesús a maestro moral, reformador social, profeta religioso o símbolo de fraternidad deja de hacer justicia al testimonio joánico.
Todas esas categorías pueden señalar aspectos parciales de su actuación histórica, pero resultan radicalmente insuficientes para expresar quién dice san Juan que es.
El Jesús joánico exige una decisión precisamente porque se presenta como aquel en quien el Padre se ha revelado de manera definitiva.
«JESÚS ES EL CRISTO»: UNA FORMULACIÓN DE FE
Una de las fórmulas centrales de los escritos joánicos es «Jesús es el Cristo».
Hoy corremos el riesgo de leer «Jesucristo» como si se tratara simplemente de un nombre compuesto. Para el cristianismo apostólico, sin embargo, afirmar que Jesús es «el Cristo» constituye una profesión de fe.
Significa reconocer en Jesús de Nazaret al Mesías prometido y confesar que en Él se cumple la obra salvífica de Dios.
La Primera Carta de San Juan concede a esta afirmación un peso extraordinario:
«Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios» (1 Jn 5,1).
Y, en sentido inverso:
«¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo?» (1 Jn 2,22).
San Juan no presenta aquí dos interpretaciones religiosas equivalentes. Existe una afirmación que pertenece a la fe y una negación que destruye esa fe.
Esto resulta especialmente importante en nuestro tiempo, porque estamos acostumbrados a considerar toda afirmación religiosa como expresión subjetiva de una experiencia personal.
San Juan piensa de manera distinta.
La fe responde a una realidad que puede ser confesada o negada.
Precisamente por eso la verdad posee tanta importancia dentro del amor cristiano. Amar a Cristo implica amar la verdad acerca de Cristo.
No sería posible afirmar que se ama a una persona y, al mismo tiempo, considerar indiferente que se falsifique su identidad.
San Juan Pablo II desarrolló esta dimensión en Redemptoris missio.
La misión cristiana sólo tiene sentido porque la Iglesia cree realmente que Jesucristo es el Salvador.
Si Cristo fuera únicamente una expresión religiosa entre otras igualmente intercambiables, el mandato misionero resultaría incomprensible.
La evangelización nace de una convicción cristológica: Dios ha actuado verdaderamente en Jesucristo para la salvación del hombre.
«JESÚS ES EL HIJO DE DIOS»
La finalidad declarada del cuarto Evangelio no se detiene en que creamos que Jesús es el Cristo. Añade inmediatamente:
«El Hijo de Dios».
Esta segunda formulación conduce todavía más profundamente al centro de la cristología joánica.
La filiación de Jesús no puede entenderse como simple proximidad moral con Dios.
San Juan describe una relación singular entre Jesús y el Padre. El Hijo viene del Padre, habla lo que ha oído del Padre, realiza las obras del Padre y vuelve al Padre.
Pero esta relación posee un carácter que rebasa completamente el de los profetas.
El prólogo proporciona la clave.
Antes de hablar de Jesús de Nazaret, san Juan habla del Logos eterno:
«En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios».
Ese mismo Verbo «se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,1.14).
La Encarnación constituye, por tanto, el presupuesto de toda la fe joánica.
Jesús no es un hombre que posteriormente haya sido elevado simbólicamente a una condición divina. Es el Verbo eterno que ha entrado realmente en la historia humana.
Por eso resulta imposible conservar intacta la fe joánica eliminando la divinidad de Cristo.
Puede mantenerse la terminología cristiana durante cierto tiempo, pero se habrá cambiado su contenido.
La confesión «Jesús es el Hijo de Dios» no constituye una elaboración teológica ornamental. Forma parte de aquello que el Evangelio pretende suscitar en el lector.
Benedicto XVI insistirá constantemente en esta realidad.
Desde sus primeras intervenciones como pontífice hasta Verbum Domini, Cristo aparece como la Palabra definitiva de Dios, no simplemente como uno de los numerosos portadores de palabras religiosas.
Dios se ha comunicado a sí mismo en el Hijo.
La fe cristiana, por tanto, no se funda simplemente en un mensaje.
Se funda en una Persona que es ella misma la Palabra hecha carne.
EL VERBO SE HIZO CARNE: LA CONFESIÓN DE LA ENCARNACIÓN
Las Cartas de San Juan permiten apreciar hasta qué punto la confesión cristológica se convirtió muy pronto en criterio para discernir la verdadera fe.
«Todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios» (1 Jn 4,2).
Esta afirmación sólo puede comprenderse adecuadamente si se tiene en cuenta la aparición, desde los primeros tiempos cristianos, de interpretaciones que pretendían conservar alguna forma de espiritualidad cristiana debilitando la realidad de la Encarnación.
San Juan reacciona con extraordinaria firmeza.
El Hijo ha venido verdaderamente en carne.
La historia importa.
El cuerpo importa.
La Encarnación importa.
La Pasión importa.
La Resurrección importa.
La salvación cristiana no acontece únicamente en el interior de la conciencia religiosa. Dios ha intervenido en la historia.
Éste es un elemento decisivo para comprender el carácter objetivo del cristianismo.
Nuestra fe no consiste solamente en considerar verdaderas determinadas ideas acerca de Dios.
Confesamos acontecimientos: el Verbo se hizo carne, Cristo murió, Cristo resucitó.
San Juan Pablo II volvió sobre este punto en Novo millennio ineunte, al señalar que la contemplación cristiana del rostro de Cristo se apoya sobre el testimonio evangélico y apostólico.
La fe trasciende ciertamente la investigación histórica, pero no está construida al margen de la historia.
El cristianismo se refiere a algo que realmente sucedió.
La Resurrección representa el caso más evidente.
Si se reduce a símbolo de esperanza, transformación interior o experiencia comunitaria, se ha abandonado la afirmación apostólica.
Los discípulos no proclamaron simplemente que la causa de Jesús continuaba viva.
Proclamaron que Jesús estaba vivo.
La diferencia es absoluta.
CREER Y CONFESAR
En los escritos joánicos aparece una estrecha relación entre la fe interior y su expresión confesante.
San Juan utiliza el verbo «confesar» para referirse precisamente al reconocimiento público de la identidad de Cristo:
«Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios» (1 Jn 4,15).
La confesión exterior presupone una verdad interiormente creída.
Esto permite comprender mejor el origen y el sentido profundo de las profesiones de fe cristianas.
El Credo no apareció como una construcción burocrática destinada a complicar una religión inicialmente sencilla.
Nace de una necesidad inherente a la propia fe: expresar lo que se cree.
Desde el principio, la comunidad cristiana tuvo que responder a preguntas concretas.
¿Quién es Jesús?
¿Qué significa que sea el Hijo?
¿Ha venido realmente en carne?
¿Ha resucitado verdaderamente?
¿Qué relación existe entre el Padre y el Hijo?
Confesar la fe significa responder.
Por eso el desarrollo dogmático posterior no puede entenderse correctamente como sustitución de una supuesta fe espontánea por un sistema intelectual.
Los concilios y las formulaciones dogmáticas buscarán precisamente proteger la identidad de Cristo confesada desde el principio.
Cuando Nicea declare que el Hijo es «Dios verdadero de Dios verdadero», no estará creando otro cristianismo.
Estará defendiendo la confesión apostólica frente a una interpretación que conservaba muchas palabras cristianas mientras modificaba su significado.
El dogma, entendido correctamente, no sustituye a Cristo.
Protege la verdad acerca de Cristo.
TESTIMONIO Y FE: NADIE INVENTA EL EVANGELIO
Otro concepto esencial del cuarto Evangelio es el testimonio.
Juan Bautista viene «para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él» (Jn 1,7).
Las obras de Jesús dan testimonio.
El Padre da testimonio.
Las Escrituras dan testimonio.
El Espíritu dará testimonio.
Finalmente, los Apóstoles darán testimonio porque han estado con Cristo desde el principio.
Esta estructura posee una enorme importancia teológica.
La fe llega al hombre mediante un testimonio recibido.
El creyente no produce la Revelación desde su interior.
La recibe de alguien que testimonia aquello que, a su vez, ha recibido.
Jesús mismo afirma en la oración sacerdotal:
«No ruego sólo por éstos, sino también por los que creerán en mí por medio de su palabra» (Jn 17,20).
En esa frase estamos incluidos nosotros.
Nuestra fe se encuentra históricamente vinculada al testimonio apostólico.
Ninguno de nosotros estuvo junto al Jordán.
No vimos la multiplicación de los panes.
No estuvimos en el Cenáculo cuando Cristo se apareció después de resucitar.
No escuchamos físicamente su voz.
Creemos gracias a un testimonio que ha atravesado los siglos.
Esta realidad explica también por qué la fe cristiana es necesariamente eclesial.
No significa que la relación con Cristo sea impersonal. Es profundamente personal.
Pero nadie se da a sí mismo el Evangelio.
Benedicto XVI expresó con gran precisión esta realidad en Verbum Domini.
La fe es un acto personal mediante el cual el hombre responde al Dios que se revela, pero se realiza dentro de la fe de la Iglesia.
La misma Palabra que interpela personalmente al creyente ha sido recibida, custodiada y transmitida en el Cuerpo de Cristo.
Esta dimensión eclesial constituye una protección frente al subjetivismo religioso.
El problema comienza cuando se sustituye «Jesucristo» por «mi Jesús» y el testimonio apostólico por «mi interpretación».
El cristiano no cree en una representación privada de Cristo.
Cree en Cristo.
LA FE PUEDE PROFUNDIZARSE SIN CAMBIAR DE OBJETO
San Juan muestra también que la fe conoce un desarrollo.
Los discípulos comienzan siguiéndolo sin comprender todavía plenamente quién es. Las señales suscitan fe, pero la misma fe deberá ser purificada.
Algunos creen de manera todavía imperfecta.
Otros retroceden cuando las palabras de Jesús se vuelven difíciles.
Pedro permanece.
Tomás pasa de la incredulidad ante el testimonio de los demás a la confesión más elevada del Evangelio.
Existe, pues, crecimiento en la fe.
Esto tiene enorme importancia para entender el desarrollo doctrinal de la Iglesia.
La comprensión de la Revelación puede profundizarse.
La Iglesia puede formular con mayor precisión verdades ya contenidas en la fe apostólica.
Nuevas cuestiones pueden obligarla a distinguir conceptos que anteriormente no habían necesitado formulación técnica.
Pero profundizar no es contradecir.
El desarrollo doctrinal auténtico mantiene la identidad del objeto creído.
La Iglesia puede comprender cada vez mejor qué significa que Jesucristo sea el Hijo eterno del Padre.
Lo que no puede suceder es que el desarrollo termine significando que no es verdaderamente el Hijo.
Puede profundizar en el misterio de la Encarnación.
No puede convertir la Encarnación en simple símbolo.
Puede explicar de nuevas maneras la Resurrección.
No puede explicar tanto que termine negando que Cristo realmente resucitó.
San Juan Pablo II ayuda nuevamente a iluminar esta cuestión en Fides et ratio.
La inteligencia de la fe busca penetrar el significado de la Revelación, no reemplazarla.
Las formulaciones doctrinales son necesarias precisamente porque la verdad revelada posee contenido inteligible.
También aquí aparece un peligro muy contemporáneo: conservar las palabras mientras se modifica aquello que significan.
Es posible recitar el Credo y simultáneamente vaciar cada una de sus afirmaciones mediante reinterpretaciones sucesivas.
En ese caso permanece la terminología, pero la identidad de la fe comienza a desaparecer.
La fidelidad no consiste simplemente en repetir sonidos antiguos.
Consiste en conservar la misma verdad.
LA FE NO ES FIDEÍSMO
Nada de lo anterior convierte la fe en un ejercicio puramente intelectual.
San Juan utiliza verbos que implican conocer, ver, escuchar, recibir, permanecer, amar y guardar los mandamientos.
Su concepción de la fe afecta a la totalidad del hombre.
Pero precisamente por eso tampoco permite reducir la fe a emoción.
Creer supone inteligencia y voluntad.
La fe reconoce una verdad y se entrega a ella.
San Juan Pablo II dedicó Fides et ratio a recordar que fe y razón proceden del mismo Dios y no pueden contradecirse.
La Revelación contiene misterios que superan la capacidad natural de la razón, pero no la destruyen.
La gracia no exige al hombre renunciar a su inteligencia.
El cristiano puede estudiar las razones de credibilidad, examinar el testimonio histórico, profundizar en la Escritura, utilizar la filosofía y hacer teología.
El asentimiento sobrenatural de la fe supera todo ello porque se funda finalmente en la autoridad de Dios que revela, pero no lo convierte en irracional.
Existe una diferencia enorme entre misterio y absurdo.
La Trinidad es misterio.
La Encarnación es misterio.
La unión de naturaleza divina y humana en Cristo es misterio.
Pero afirmar que algo supera nuestra comprensión exhaustiva no equivale a afirmar que sea contradictorio.
La tradición católica nunca ha pedido al creyente que deje la inteligencia fuera de la Iglesia.
Le pide que la ponga al servicio de la verdad.
CONOCER Y CREER EN EL AMOR
Benedicto XVI comenzará Deus caritas est precisamente desde una de las grandes afirmaciones de San Juan:
«Dios es amor» (1 Jn 4,8).
Pero hay otra formulación joánica sobre la que construye parte de su reflexión:
«Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16).
Conocer y creer.
Nuevamente las dimensiones que a veces se contraponen aparecen unidas.
Benedicto XVI formulará entonces una de sus afirmaciones más conocidas:
«No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida».
Esa frase no significa que la doctrina haya dejado de importar.
Significa precisamente lo contrario de lo que a veces se pretende hacerle decir.
El contenido último de la doctrina cristiana es una Persona viva.
No adherimos a unas proposiciones en lugar de adherir a Cristo.
Adherimos a esas verdades porque nos dicen quién es Cristo y qué ha hecho por nosotros.
El problema no está en la doctrina.
El problema aparece cuando la doctrina se separa de Aquel a quien confiesa.
Pero el problema contrario es igualmente grave: hablar de un encuentro con Cristo del que progresivamente se elimina toda afirmación precisa sobre la identidad de Cristo.
Entonces el encuentro termina convirtiéndose en proyección.
Uno encuentra aquello que previamente decidió encontrar.
San Juan no permite esa deriva.
El Cristo que encontramos tiene identidad.
PERMANECER EN CRISTO
Entre todos los verbos del cuarto Evangelio, uno adquiere especial densidad espiritual:
Permanecer.
«Permaneced en mí y yo en vosotros» (Jn 15,4).
La fe joánica no consiste únicamente en llegar a reconocer a Cristo.
Hay que permanecer en Él.
Esto introduce una dimensión de fidelidad.
La verdad recibida no es un punto de partida que posteriormente pueda abandonarse en nombre de una presunta madurez.
El discípulo progresa permaneciendo.
San Juan emplea esta categoría también en sus Cartas.
Permanecer en la doctrina, permanecer en la verdad, permanecer en Dios y permanecer en el amor son expresiones estrechamente relacionadas.
La fidelidad doctrinal no aparece, por tanto, como enemiga de la vida espiritual.
Forma parte de ella.
La permanencia no significa inmovilismo cultural.
El Evangelio puede y debe ser anunciado en las lenguas, categorías y circunstancias de cada época.
La teología debe responder a nuevas preguntas.
La evangelización debe encontrar formas capaces de alcanzar al hombre concreto.
Pero existe una diferencia entre expresar de nuevo la misma fe y producir otra fe.
Una Iglesia que ya no supiera distinguir ambas cosas estaría perdiendo la conciencia de su propia identidad.
Benedicto XVI insistió repetidamente en este punto mediante su interpretación de la continuidad de la fe de la Iglesia.
El sujeto eclesial atraviesa los siglos, crece y aprende, pero no puede constituirse en cada generación como si empezara desde cero.
Recibe.
Custodia.
Profundiza.
Transmite.
LA PROFESIÓN DE FE COMPROMETE TODA LA EXISTENCIA
En Porta fidei, Benedicto XVI volvió a recordar que profesar la fe no consiste simplemente en conocer intelectualmente unas fórmulas.
El acto de fe compromete la totalidad de la persona.
Confesar que Jesús es Señor significa aceptar su señorío.
Confesarlo como Hijo de Dios significa reconocer que en Él Dios se ha revelado de manera definitiva.
Confesar su muerte y Resurrección significa reconocer que nuestra existencia ha sido alcanzada por un acontecimiento redentor.
Por eso la profesión de fe tiene necesariamente consecuencias morales.
No porque la moral sustituya a la fe, sino porque una fe verdadera transforma la existencia.
San Juan lo expresa con extraordinaria claridad:
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14,15).
No existe en su teología una oposición entre amor y mandamiento.
Tampoco entre fe y obediencia.
El amor precisamente lleva a recibir la palabra del Amado.
Una espiritualidad que presentara el amor a Cristo como excusa para relativizar sus mandamientos sería irreconocible desde una perspectiva joánica.
El mismo apóstol que escribe «Dios es amor» es quien afirma con enorme fuerza la necesidad de permanecer en la verdad y guardar los mandamientos.
Esto debería hacernos pensar.
Quizá el problema no sea que san Juan resulte contradictorio.
Quizá sea nuestra concepción moderna del amor la que se ha vuelto demasiado pobre.
LA CONFESIÓN DE FE FRENTE AL RELATIVISMO CRISTOLÓGICO
Existe una consecuencia especialmente importante para nuestra época.
Puede mantenerse casi todo el vocabulario cristiano y perderse, sin embargo, la fe cristiana.
Podemos seguir diciendo «Jesús».
Podemos hablar de Evangelio, comunidad, fraternidad, amor, Espíritu, esperanza o Reino.
La cuestión decisiva sigue siendo la de San Juan:
¿Quién es Jesús?
No qué representa para mí.
No qué valores encuentro en Él.
No qué uso cultural, social o psicológico puedo hacer de su mensaje.
Quién es.
La respuesta joánica no admite una indefinición permanente.
Es el Cristo.
Es el Hijo de Dios.
Es el Verbo hecho carne.
Viene del Padre.
Es uno con el Padre.
Ha muerto.
Ha resucitado.
Da la vida eterna.
Y volverá a nosotros no simplemente como recuerdo inspirador, sino como Señor.
Por eso la crisis doctrinal nunca puede considerarse una cuestión menor.
Cuando se altera la identidad de Cristo, termina alterándose todo.
Cambiar quién es Cristo significa cambiar quién es Dios.
Cambiar quién es Cristo significa cambiar qué es la salvación.
Cambiar quién es Cristo significa cambiar qué es la Iglesia.
Cambiar quién es Cristo significa cambiar qué significa creer.
La cristología sostiene el edificio entero.
LA FE DE SAN JUAN SIGUE PLANTEÁNDONOS LA MISMA PREGUNTA
San Juan escribió para conducir al lector a la fe.
No buscaba simplemente transmitir información sobre Jesús, sino hacer posible que quien recibiera su testimonio llegase a reconocerlo y, reconociéndolo, recibiera la vida.
Casi dos mil años después, la cuestión permanece intacta.
La fe cristiana sigue siendo encuentro, conocimiento, asentimiento, confianza, obediencia, confesión y permanencia.
Y todas esas dimensiones encuentran su unidad en una Persona concreta:
Jesucristo.
San Juan Pablo II recordó que la Iglesia existe para conducir al hombre hacia Cristo y que la razón humana alcanza en Él una luz que no la destruye, sino que la lleva más allá de sus propios límites.
Benedicto XVI insistió en que el cristianismo nace del encuentro con una Persona, pero también en que ese encuentro acontece dentro de la fe recibida de la Iglesia y de la escucha obediente de la Palabra de Dios.
Ambos prolongan, desde contextos históricos diferentes, una intuición profundamente joánica:
La fe cristiana no puede elegir entre verdad y vida, entre doctrina y encuentro, entre conocimiento y amor.
Cristo es la Verdad y es la Vida.
Por eso el acto más elevado de la fe joánica quizá no necesite finalmente muchas palabras.
Tomás contempla las llagas del Resucitado.
El hombre que había exigido pruebas se encuentra ante Cristo vivo.
Ya no formula objeciones.
Tampoco ofrece una reflexión abstracta.
Confiesa:
«Señor mío y Dios mío».
En esas cuatro palabras está la inteligencia que reconoce, la voluntad que se entrega, la fe que confiesa y el hombre entero que se arrodilla.
Ésa es la fe de San Juan.
Y sigue siendo la fe de la Iglesia.
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