🇪🇸 EL ANTICRISTO NO NEGARÁ A CRISTO: LO HARÁ INNECESARIO. Por Vicente Montesinos

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EL ANTICRISTO NO NEGARÁ A CRISTO

 

 

por Vicente Montesinos

Director de Adoración y Liberación

 

 

 

 

 

 

La frase parece contradecir a san Juan: «¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el Anticristo» (1 Jn 2,22). Pero existe una forma mucho más inteligente de negar a Cristo que borrar su nombre. Consiste en conservar el nombre y suprimir todo lo que significa.

Seguir hablando de Jesús mientras se niega, en la práctica, aquello para lo que vino.

Se puede presentar a Cristo como maestro de fraternidad, defensor de los pobres, promotor del diálogo y modelo de acogida. El mundo no tiene demasiados problemas con ese Cristo. Incluso puede aplaudirlo. Lo que el mundo no soporta es al Verbo eterno hecho carne; al único Salvador; al Cordero que quita el pecado; al Rey ante quien toda rodilla deberá doblarse; al Juez que separará eternamente a los cabritos de las ovejas.
El Anticristo no necesita destruir todos los crucifijos si consigue que nadie recuerde por qué murió el Crucificado.

La negación más perfecta
San Juan no habla únicamente de un personaje futuro. Dice que «muchos anticristos han aparecido» y que «el espíritu del Anticristo» ya está en el mundo (1 Jn 2,18; 4,3). Existe, por tanto, una apostasía final, pero también una acción anticrística que atraviesa la historia.
San Agustín vio con una claridad formidable que esta negación no siempre se produce con la boca. Al comentar la primera carta de san Juan, pide que no se interrogue solamente a la lengua, sino a la vida: todos pueden confesar verbalmente que Jesús es el Cristo mientras lo niegan mediante sus obras. San Agustín, Homilía III sobre la Primera Carta de san Juan.
Puede negarse a Cristo sin dejar de pronunciar «Cristo».
Se le niega cuando el pecado deja de ser una ofensa a Dios y se convierte en una simple fragilidad humana. Cuando el arrepentimiento es sustituido por la autoaceptación. Cuando la conversión se considera proselitismo. Cuando los mandamientos se presentan como ideales inalcanzables. Cuando la conciencia ya no debe someterse a la verdad, sino que fabrica su propia verdad. Cuando la Cruz deja de ser sacrificio expiatorio y se reduce a símbolo de solidaridad con los que sufren.
Entonces Cristo continúa presente en el discurso, pero ya no salva de nada.
Y un Cristo que no salva de nada es un Cristo innecesario.

Una salvación sin Salvador
Este es el núcleo de la impostura: ofrecer al hombre los frutos del cristianismo después de haber arrancado su raíz sobrenatural.
Paz sin conversión. Fraternidad sin paternidad divina. Misericordia sin justicia. Resurrección sin Cruz. Reino de Dios sin soberanía de Dios. Salvación sin verdad, sin gracia y, finalmente, sin Salvador.
Frente a esta falsificación, la fe católica afirma algo absolutamente insoportable para el mundo moderno: Jesucristo no es uno de los caminos posibles hacia Dios. Es el Camino. No contiene una parte de la verdad. Es la Verdad. No propone una espiritualidad entre otras. Él es la Vida.
«Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6).
San Pedro no anunció que todas las religiones conducen de manera diferente al mismo destino. Proclamó: «No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hch 4,12). San Pablo tampoco presentó la Encarnación como una aportación enriquecedora al diálogo universal: «Hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres: Cristo Jesús, hombre» (1 Tim 2,5).
Esta es la doctrina que todavía en el año 2000 la declaración Dominus Iesus exigía creer firmemente: la revelación de Jesucristo es plena y definitiva; su mediación salvífica es única y universal; y el diálogo interreligioso jamás puede sustituir la misión ni colocar la fe católica al mismo nivel que las creencias nacidas de la búsqueda humana. El propio documento advertía contra las teorías que vacían la Encarnación y arrojan dudas sobre el carácter absoluto de Cristo y de su salvación. Dominus Iesus, 4-7.
No hace falta negar que Cristo existió. Basta con negar que sea necesario pertenecerle.

La impostura será religiosa
San Pablo advierte que el «misterio de la iniquidad» ya está actuando y que el hombre de pecado llegará a «sentarse en el templo de Dios, haciéndose pasar por Dios» (2 Tes 2,4-7).
No dice que se sentará necesariamente en una taberna, en un parlamento ateo o en la sede de una organización anticristiana. Lo sitúa en el templo.
Santo Tomás, comentando este pasaje, recoge la interpretación según la cual «el templo de Dios» puede significar la propia Iglesia, porque muchos de su interior recibirán al Anticristo. Y añade algo estremecedor: el misterio de iniquidad actúa ya en quienes parecen buenos, pero son malos; en quienes conservan una «apariencia de piedad» mientras niegan su fuerza. Santo Tomás de Aquino, Comentario a la Segunda Carta a los Tesalonicenses, capítulo II.
Por eso la última seducción no será simplemente política. Será religiosa.
El Catecismo la llama «una impostura religiosa» que ofrecerá a los hombres una solución aparente a sus problemas «al precio de la apostasía de la verdad». Será un seudomesianismo en el que el hombre se glorificará a sí mismo, ocupando el lugar que corresponde a Dios y a su Mesías venido en la carne. Catecismo de la Iglesia Católica, 675-677.
La falsificación será eficaz precisamente porque se parecerá a la religión verdadera. Tendrá templos, ceremonias, jerarquías, documentos, reuniones y palabras sobre el amor. Podrá pronunciar el nombre de Jesús. Pero el centro real será el hombre: sus deseos, su conciencia soberana, su bienestar terreno y su sueño de una fraternidad universal que ya no necesite ser adquirida por la Sangre de Cristo.

De Bergoglio a Prevost: la continuidad más grave
Eso explica lo sucedido en la falsa Iglesia configurada durante los años de Bergoglio. No era necesario proclamar solemnemente que Jesucristo no es el único Salvador. Bastaba con instaurar una nueva gramática religiosa en la que la misión fuese sospechosa, la conversión resultase molesta, el pecado pudiera cambiar de nombre y la pertenencia a la Iglesia dejara de parecer necesaria.
Se siguió hablando de Cristo. Pero cada vez parecía menos necesario convertirse a Él, obedecerlo, confesar su doctrina, recibir dignamente sus sacramentos y permanecer en la única Iglesia fundada por Él.
Prevost no rompe con esa arquitectura por emplear un tono diferente o pronunciar algunas fórmulas más tradicionales. Mientras permanezca intacto el principio bergogliano —el hombre concreto y su experiencia como medida práctica de la verdad revelada—, continuará la misma demolición bajo otra administración.
No afirmo aquí que tal o cual persona sea el Anticristo final. Eso sería una afirmación distinta y exigiría otra demostración. Afirmo algo que ya puede juzgarse por sus frutos: una estructura religiosa actúa con espíritu anticrístico cuando conserva a Cristo como nombre, pero lo reemplaza como principio; cuando habla en su nombre para enseñar aquello que Él jamás enseñó; cuando ocupa sus templos mientras vacía su doctrina.

 

El Pequeño Resto no busca otro Cristo
Frente a esta impostura permanece el Pequeño Resto. No como una asociación de hombres impecables, ni como una élite que se haya elegido a sí misma, sino como aquellos fieles que se niegan a cambiar de Evangelio para seguir perteneciendo a una estructura.
El Pequeño Resto no inventa una nueva Iglesia. Resiste para no abandonar la única Iglesia de siempre. Conserva la fe apostólica, la necesidad de la gracia, la gravedad del pecado, la llamada a la conversión, el Santo Sacrificio, los sacramentos y la realeza absoluta de Jesucristo.
Puede perder reconocimiento, templos, prestigio y número. Lo que no puede entregar es la verdad, porque una Iglesia que conserva todas sus propiedades, pero pierde la verdad, solamente conserva los edificios.
El combate final quizá no se plantee entre quienes pronuncian el nombre de Cristo y quienes lo prohíben. Será mucho más sutil. Se librará entre quienes dicen «Cristo» y todavía creen que sin Él estamos perdidos, y quienes dicen «Cristo» después de haber decidido que, en realidad, nadie necesita ser salvado por Él.
El Anticristo habrá conseguido su obra maestra cuando Cristo pueda ser nombrado por todos porque ya no resulte necesario para nadie.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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