LOS TIEMPOS DEL ANTICRISTO (V). ”Como lo fue Jerusalén, lo es la Iglesia… Hasta el Retorno de Su Señor” (Por Daniel Ponce Alegre)

Veamos esta semana cómo se cumplió la Profecía referente a Jerusalén y pensemos en la actualidad de la Iglesia y del mundo.

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Los Tiempos del Anticristo (V)

 

 

 

Daniel Ponce Alegre,
Teólogo – Pontificio Instituto Bíblico y Oriental

 

 

 

En el Discurso de Nuestro Señor  Jesucristo conocido como ”el pequeño apocalipsis”, presentado por los evangelistas Mateo y Lucas con ligeras variaciones, el Maestro no hace referencia al Anticristo, pero sí  presenta y expone un panorama general de la Historia y de su consumación, al que tendremos que volver varias veces durante esta Serie para el Canal Adoración y Liberación. 

 

Destaquemos los puntos principales de Lucas 21:8-33.

 

 ”Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: Yo soy, y el tiempo está cerca”

 

¨Cuando veáis Jerusalén cercada, sabed que se acerca su desolación”

 

”Habrá, en efecto, una gran calamidad sobre la Tierra”

 

 ”Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y sobre la  Tierra”

 

 ”Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación”

 

 

 

Veamos esta semana cómo se cumplió la Profecía referente a Jerusalén y pensemos en la actualidad de la Iglesia y del mundo.

En el año 66, la entonces Ciudad Santa se levantó contra el Procurador Gesio Floro y en breve la revuelta se extendió por toda Judea.

El experimentado General Vespasiano recibió del Emperador Nerón la orden de una expedición punitiva (la Historia es reincidente en los castigos al Pueblo, permitidos por Dios, a manos de paganos) y en tres años aplastó, una tras otra, las fortalezas de Galilea, Samaria y Perea con la apisonadora de las legiones romanas, hasta envolver Jerusalén en un cerco asfixiante. 

En el 69, sin embargo, fue proclamado emperador y llevado a Roma, dejando al mando de la expedición a su hijo Tito. Tito, entonces, cercó Jerusalén en marzo del año 70d.C. 

No hay duda de que los cuatro meses que siguieron fueron meses de gran calamidad sobre la Tierra, y cólera contra este pueblo. En la ciudad sitiada no tardaron en declararse el hambre y la peste. Los que intentaban escapar al cerco eran crucificados. Los romamos levantaron tal cantidad de cruces que faltó leña en la región. Los que se rendían con la esperanza de salvarse, los soldados romanos les arrancaban las vísceras buscando las monedas de oro que pudieran haberse tragado, pues era una costumbre no sólo entre ellos, pero sí especialmente entre estos judíos apartados ya de la Ley de Dios, Jahvé.

La Profecía se cumplió hasta en los detalles más dolorosos:

¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días!.

Tan terrible fue el hambre que los zelotes encontraron a María de Eleazar, notable por su nacimiento y riquezas, devorando a su propio hijo. ¿Fue este un hecho aislado?

El pagano Tito, horrorizado por lo que vio entre ellos, se declaró ”inocente de tal infamia y afrenta ante Dios y juró que sepultaría bajo ruinas el impío crimen… No permitiendo que el sol alumbrase sobre la faz de la tierra una ciudad en la que las mujeres tomaban tal alimento”.

El historiador romano-judío Flavio Josefo, testigo ocular de los acontecimientos y que servía de traductor del General Tito, registró que el General solicitó en varias ocasiones la rendición al jefe de la resistencia, Juan de Giscala, que se atricheró con sus zelotes dentro del Templo:

”Si estás poseído de un criminal deseo de combatir, sal fuera de los muros con quien quieras y presenta batalla sin envolver de ruina a la ciudad y al Templo. Así, dejarás de profanar el santuario y ofender a Dios”.

Hasta el fin, Tito procuró respetar el Templo, dirigiendo las máquinas de guerra contra otros puntos de las murallas… ¿Quién podía decir a Tito que era él un instrumento en manos de Dios contra este maldito y deicida pueblo?.

Finalmente, el 6 de agosto del año 70, ordenó la invasión, aunque ordenando a los soldados que no usasen fuego, sino sólo la espada.

En el momento del enfrentamiento final, sin embargo, un soldado ”movido por Dios”, afirma Josefo en su excepcional libro: La Guerra de los Judíos, lanzó un tizón ardiente en el recinto del Santo de los Santos o Santísimo del Templo, y éste quedó completamente destruído por las llamas contra la voluntad del César y de Tito, pero a favor de la Voluntad Purificadora de Jahvé Dios.

A los sacerdotes que ahora se rendían y pedían clemencia, Tito, enfurecido, les respondió que ”para ellos ya había pasado el tiempo del perdón pues se estaba transformando en cenizas la única cosa por la que tendría sentido salvarlos y que justifica su existencia”. 

Tito declaró que les era conveniente perecer junto con su Templo y les llevó a la muerte… ¡Qué sublime muestra de la Justicia de Dios a manos de un pagano como lo fue Tito!.

En este preciso momento dejaron de existir el Templo y el Sacerdocio. 

Tras la caída de Jerusalén, el entonces hizo buscar y matar a todos los descendientes de la tribu de David, con lo que se dio por finalizada la estirpe real y

Dejaron de existir los judíos como Pueblo Elegido; usando las palabras de Nuestro Señor Jesucristo en Apocalipsis 2, se llamaron ”Sinagoga de Satanás”.

Pero aquí no acabó el fin terrenal o mundano. 

El Emperador Adriano, el hispano, después de aplastar un segundo intento de revuelta de los judíos en el S.II, liderado por un pseudomesías llamado Bar Cocheba, cambió el nombre de Jerusalén por el de Aelia Capitolina, y sobre la explanada del antiguo templo hizo levantar estatuas paganas. 

Así desapareció Israel: sin sacerdocio, templo, ciudad ni sacrificios agradables a Jahvé Dios.

Reflexionemos en este momento final sobre las llamadas en la actualidad  ”relaciones judeocristianas” y conceptos como ”hermanos mayores o en Abraham”, así como sobre el fin de los judíos según la carne para dar luz a los judíos plenos en la carne y el espíritu.

 

 

 

 

 


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