Arturo Picatoste

 

 

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Vamos a poner que es domingo. Llegas al templo con tiempo. Entre otras cosas porque “hay que oír misa entera todos los domingos y fiestas de guardar”. Eso de llegar con la misa empezada y encima yendo sólo el día del Señor y porque es de precepto… además de feo, ramplón y cutre, va contra el mandamiento de la Iglesia. Así que ya que hay que oír misa entera el domingo, lleguemos diez minutos antes al menos. Bien. Llegas y también hay otros fieles que han llegado. Y otros que siguen llegando.

Ahora, ¿qué haces? Lo suyo es recogerte, para eso llegas antes. Eso que antes enseñaban: “ponerte en presencia de Dios”. Ser consciente de que has entrado en un lugar sagrado, aunque hayan escondido o apartado el Sagrario en un lateral del templo, allí está el Señor. Es una casa de oración. Lugar sagrado donde se celebran sacramentos. Vale. Entonces después de haber saludado de rodillas a Jesús Eucaristía de la mejor manera posible, y haberte santiguado con agua bendita (si la hubiera), tratas de recogerte en silencio interior, para entrar en oración. Ah, y te preguntas si necesitas confesar, aunque ya debieras haber llegado con los deberes hechos…

Entonces sigues el consejo del P. Pío y saludas a los santos que haya en el templo y a María, la Reina de todos los Santos, y te encomiendas a ellos. Pero mientras tratas de entrar en ese ambiente de recogimiento interior, mientras tratas de empezar a descansar en el Señor…porque para eso vas a la Iglesia, a descansar en el Señor del mundo y sus luchas (“Venid a mí todos los que estéis cansados y agobiados, que yo os aliviaré, os daré descanso… Mt.11,28”), algo te lo impide. Ves que no puedes. El ruido que hay a tu alrededor lamentablemente te distrae, te perturba, te agita, no te deja entrar en el Señor, en la oración. Delante de ti, en el banco de atrás, los que entran en el templo…la sensación es la misma que si estuvieras en los prolegómenos de un concierto de jazz, de una obra de teatro, en un mercado para comprar tomates, o casi antes de ver un partido de futbol. La gente habla, cotorrea con total desparpajo. No ves apenas personas recogidas en oración. O al menos que callen.  La inmensa mayoría parlotea y a voz elevada, como si estuviera en la calle. ¿Por qué? Entonces decides pedir por favor silencio:

  • Disculpen, en la iglesia necesitamos silencio para orar. Si no quieren orar, por favor al menos guarden silencio.

Muchos se molestan, otros se dan cuenta de su error y callan avergonzados… otros, los menos, hablan, pero al menos muy bajito con cuidado de no molestar, y lo mínimo imprescindible.

El alboroto que padecemos en los templos antes, durante y después de la santa misa es deplorable. Y está mostrando que todo ha de ser completamente reconstruido. Que hay que empezar de cero. Se ha perdido el sentido de lo sacro, del respeto a lo sagrado. No se sabe orar ni se enseña a cuidar la vida interior. Hay que empezar de cero por algo tan simple como aprender a guardar silencio dentro del tempo nada más cruzar la raya de la puerta de acceso a él.

Quien no quiera entrar en el templo para orar, que no entre, o al menos que guarde completo silencio. ¿Acaso no se pide silencio en los hospitales? Con más razón hay que guardarlo en las iglesias donde los enfermos lo son sobre todo del alma. O van para cuidar y alimentar el alma. Ya es bastante aturdidor el ruido de afuera, como para encima incorporarlo al que debiera ser un oasis de paz y encuentro con el Señor. Dios se revela en el Silencio. El problema serio es que no queremos escucharlo.

Animo desde aquí a los sacerdotes a que hagan “campaña de educación en favor del respeto total y absoluto al silencio”. A que contemplen la posibilidad de dar muchos más espacio al silencio dentro de las mismas misas (algo difícil de conseguir en las misas de Pablo VI), para que ellas no sean una oda al ruido y al parloteo sin fin.

En definitiva, nada que no se pueda solucionar o mejorar. Porque como enseña la gran maestra de oración, Santa Teresa de Ávila: no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho.

Hay que hacer silencio interior y decirle a Nuestro Señor cuánto le amamos, y con palabras salidas del corazón darle gracias por el don de la fe, pidiéndole que nos ayude a celebrar con devoción y provecho la santa misa que está a punto de comenzar.

Ya lo dicen los directores cuando ruedan una película:

  • “¡Silencio…cámara…acción!”

El gran director de nuestras vidas, DIOS, nos pide silencio para poder entrar en acción por la fuerza de Su Espíritu, poder entrar sí a poner orden y concierto en nuestra casa. Que o bien es casa de oración, o bien es cueva de ladrones. Nos toca elegir qué queremos ser.

 

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