En aquel tiempo, Jesús, tomando la palabra, decía mientras enseñaba en el Templo: «¿Cómo dicen los escribas que el Cristo es hijo de David? David mismo dijo, movido por el Espíritu Santo: ‘Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies’. El mismo David le llama Señor; ¿cómo entonces puede ser hijo suyo?». La muchedumbre le oía con agrado.





Jesús. Hijo de David. Este título forma parte de la esencia del Evangelio. En la Anunciación, la Virgen recibe el mensaje de que: “El Señor Dios le dará el trono de David… El ciego grita insistente: “¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!”   En su entrada en Jerusalén, Jesús era aclamado: “¡Bendito el reino que viene, el de nuestro padre David!»”. Es un mensaje troncal.

Pero Jesús no solo es hijo de David, sino que también es Señor. Ahí está la grandeza que hemos heredado los hijos de Dios.

Y de ahí que toda la gente, sencilla, nos dice el evangelio, lo escuchara con agrado. Es esta persona sencilla, y no el que se acerca a Jesús con doblez el que disfruta de su mensaje. 
¿Y yo? ¿ con qué disposición de corazón escucho a Jesús? ¿Le escucho, o solo le oigo? 

                                Vicente Montesinos 

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