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Adoración y Liberación

Por Vicente Montesinos

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Semana Santa

Sábado  Santo. Hoy no hay Evangelio. Día de silencio y de conversión. 


Hoy no hay Perla del Evangelio, porque hoy no meditamos un evangelio en particular. El sábado santo carece de liturgia.

Por ello hoy nos situamos, como no puede ser de otra forma, al lado de MARIA,  y esperamos, en silencio, con espíritu de conversión, y profunda confianza.

Esperamos así nuestra liberación, el cumplimiento total del Evangelio. Por ello hoy no hay evangelio, aunque mejor dicho, hoy debiéramos meditar todo el Evangelio, en mayúsculas, porque todo él esta encauzado a lo que pronto va a suceder.

Meditando, acompañando a Jesús en el sepulcro, y a su santa madre María en el dolor; con todo y con ello; el Sábado Santo no es una jornada triste.  El Señor ha vencido al demonio y al pecado, y dentro de pocas horas vencerá también a la muerte con su gloriosa Resurrección.

Como dijera Monseñor Javier Echevarría, “nos ha reconciliado con el Padre celestial: ¡ya somos hijos de Dios! Es necesario que hagamos propósitos de agradecimiento, que tengamos la seguridad de que superaremos todos los obstáculos, sean del tipo que sean, si nos mantenemos bien unidos a Jesús por la oración y los sacramentos”

Saquemos propósitos de conversión y de apostolado, de identificarnos más con Cristo, de estar totalmente pendientes de las almas.

Pidamos al Señor que nos transmita la eficacia salvadora de su Pasión y de su Muerte. Consideremos el panorama que se nos presenta por delante.

La gente que nos rodea, espera que los cristianos les descubramos las maravillas del encuentro con Dios.

Es necesario que esta Semana Santa —y luego todos los días— sea para nosotros un salto de calidad, un decirle al Señor que se meta totalmente en nuestras vidas. Es preciso comunicar a muchas personas la Vida nueva que Jesucristo nos ha conseguido con la Redención.

 VICENTE MONTESINOS

Viernes Santo: TODO SE HA CONSUMADO. 


Tomaron, pues, a Jesús, y Él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: ‘El Rey de los judíos’, sino: ‘Éste ha dicho: Yo soy Rey de los judíos’». Pilato respondió: «Lo que he escrito, lo he escrito». Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: «No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca». Para que se cumpliera la Escritura: «Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica». Y esto es lo que hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. 

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed». Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido». E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

Hoy celebramos el día de la Cruz. El día de la Cruz victoriosa. Hoy hemos de ser conscientes de que recogemos lo mejor de Jesús. Le recogemos a él mismo, entregado como víctima voluntaria para salvarnos a todos. Recogemos su perdón y la misericordia de Dios. Recogemos a María, que nos da como madre.  Y recogemos una confianza y un abandono total en Dios.
Disfrutemos de la lectura de la pasión, donde cada uno de los pequeños detalles tienen todo su sentido. Aceptemos la invitación de la iglesia para el recogimiento, el silencio, la austeridad y la oración que deben impregnar este día.

Y recordemos que «Nadie tiene mayor amor que el de dar la vida por sus amigos» (Jn 15,13). La oración cristiana no es solamente pedir, sino —antes de nada— admirar agradecidos.

Como predicó San Josemaria,  “El amor a Dios nos invita a llevar a pulso la cruz, a sentir también sobre nosotros el peso de la humanidad entera, y a cumplir, en las circunstancias propias del estado y del trabajo de cada uno, los designios, claros y amorosos a la vez, de la voluntad del Padre…. Jesús continúa: Y el que no carga con su cruz y me sigue, tampoco puede ser mi discípulo. Aceptemos sin miedo la voluntad de Dios, formulemos sin vacilaciones el propósito de edificar toda nuestra vida de acuerdo con lo que nos enseña y exige nuestra fe. Estemos seguros de que encontraremos lucha, sufrimiento y dolor, pero, si poseemos de verdad la fe, no nos consideraremos nunca desgraciados: también con penas e incluso con calumnias, seremos felices con una felicidad que nos impulsará a amar a los demás, para hacerles participar de nuestra alegría sobrenatural.



                         VICENTE MONTESINOS

Jueves Santo: …habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo…


Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. 

Llega a Simón Pedro; éste le dice: «Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?». Jesús le respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde». Le dice Pedro: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Le dice Simón Pedro: «Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza». Jesús le dice: «El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos». Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: «No estáis limpios todos». 
Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros».

Es tan sublime el misterio del Jueves Santo, y tantas las cosas que de él se derivan, que ni mil vidas en la tierra bastarían para glosarlo y dar gracias a Dios por su grandeza y misericordia.

Es el regalo más grande de Dios a los hombres; la santa Eucaristía. Es la institución del orden sacerdotal, el amor fraterno, el mandamiento nuevo, el servicio, la entrega…

En esta santísima cena, Cristo instituyó la eucaristía a la vez que el sacerdocio, que podrá perpetuarla siempre, como regalo continuo para los hombres.

Nos regala su vez el mandamiento del amor a todos, que ya no será un amor que espera algo a cambio, sino un amor gratuito y desbordante, a imitación del eterno amor del Padre.

Por otro lado en el lavatorio de pies, el Señor nos enseña el servicio, la humildad, e incluso el anticipo de su voluntaria humillación total que le llevará a su muerte redentora y salvadora.

La Eucaristía. ¡La Santa Eucaristía! El Centro de la vida del hombre. Como bien dijera San Josemaria hablando de la alegría del Jueves Santo:

¡Qué bien se explica ahora el clamor incesante de los cristianos, en todos los tiempos, ante la Hostia santa! Canta, lengua, el misterio del Cuerpo glorioso y de la Sangre preciosa, que el Rey de todas las gentes, nacido de una Madre fecunda, derramó para rescatar el mundo. Es preciso adorar devotamente a este Dios escondido: es el mismo Jesucristo que nació de María Virgen; el mismo que padeció, que fue inmolado en la Cruz; el mismo de cuyo costado traspasado manó agua y sangre.

Este es el sagrado convite, en el que se recibe al mismo Cristo; se renueva la memoria de la Pasión y, con El, el alma trata íntimamente a su Dios y posee una prenda de la gloria futura. La liturgia de la Iglesia ha resumido, en breves estrofas, los capítulos culminantes de la historia de ardiente caridad, que el Señor nos dispensa.

VICENTE MONTESINOS

Perla del evangelio: Miércoles santo. Os aseguro que uno de vosotros me entregará.


Al atardecer, se puso a la mesa con los Doce. Y mientras comían, dijo: «Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará». Muy entristecidos, se pusieron a decirle uno por uno: «¿Acaso soy yo, Señor?». Él respondió: «El que ha mojado conmigo la mano en el plato, ése me entregará. El Hijo del hombre se va, como está escrito de Él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!». Entonces preguntó Judas, el que iba a entregarle: «¿Soy yo acaso, Rabbí?». Dícele: «Sí, tú lo has dicho».


Este miércoles santo, víspera del triduo sacro, el evangelio nos ofrece tantas cosas para meditar, que sólo alcanzamos a dar unas breves pinceladas; para que cada uno pueda meditarlas en oración

La primera de ellas es que cuando nuestra relación con Dios se hace tibia y débil, cualquier cosa que nos ofrecen fuera del Señor puede ser aceptada y puede “sustituirlo”.

La segunda nos hablaría de cómo debe de doler al Señor el alejamiento de cada uno de sus hijos. Al igual que Dios hizo con Adán, Jesús intentó hasta el último momento que su hijo Judas no se alejara. Pero la opción libre del hombre traicionando a Dios, fue respetada. Por otro lado, nada escapa a la sabiduría y conocimiento  del Señor. Adán, de nuevo, lo intentó. Y Judas. Pero sin éxito. 

Hoy la iglesia nos recuerda este acontecimiento para que nos hagamos cargo de que todos podemos ser Judas. De que todos estamos en peligro de caer en traiciones, en rechazos a Dios, y en definitiva, en el pecado.

Y para que seamos conscientes de que no ha de cundir el desánimo en nosotros. De que los tribunales humanos condenan, pero el tribunal Divino perdona si el arrepentimiento y el amor a Dios se colocan en primer lugar. Como decía San Josemaria, se trata de “comenzar y recomenzar”.

En su primera encíclica, Juan Pablo II habla del derecho de Cristo a encontrarse con cada uno de nosotros en el momentode la conversión y del perdón (Redemptor hominis, 20) 

¡Pidamos a la santísima virgen María que no privemos a Cristo de ese derecho, y que vivamos con el corazón abierto y entregado esta Semana Santa que llega a su momento culmen!
                                    VICENTE MONTESINOS

Martes Santo. Perla del evangelio de hoy. 


En aquel tiempo, estando Jesús sentado a la mesa con sus discípulos, se turbó en su interior y declaró: «En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará». Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba. Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús. Simón Pedro le hace una seña y le dice: «Pregúntale de quién está hablando». 

Él, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: «Señor, ¿quién es?». Le responde Jesús: «Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar». Y, mojando el bocado, le toma y se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote. Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dice: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto». Pero ninguno de los comensales entendió por qué se lo decía. Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús quería decirle: «Compra lo que nos hace falta para la fiesta», o que diera algo a los pobres. En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche. 
Cuando salió, dice Jesús: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en Él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto. Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros». 

Simón Pedro le dice: «Señor, ¿a dónde vas?». Jesús le respondió: «Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde». Pedro le dice: «¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti». Le responde Jesús: «¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces».



Hoy en el martes santo contemplamos como el evangelio ya nos acerca al drama que estamos a punto de vivir.

“Ya era de noche, y Judas tras tomar el último bocado, salió.”

Entró el pecado. El pecador es el que da la espalda al Señor para vivir alrededor de sus cosas. Es la arrogancia por la que creemos no tener necesidad del amor eterno, sino que deseamos dominar nuestra vida por nosotros mismos» (Su santidad el Papa Benedicto XVI). Se puede entender que Jesús, aquella noche, se haya sentido “turbado” en su interior. 

Afortunadamente el pecado no tiene la última palabra, y todo el esfuerzo sobrehumano de Dios, que nos disponemos a vivir, lo venció. Pero ojo, Dios nos ha salvado y ya ha vencido el pecado, pero a nosotros nos “toca” utilizar esa salvación.

Que en esta Semana Santa nos dispongamos a vivir de forma que hagamos efectivo el plan de salvación de Dios en Jesucristo sobre nosotros.

VICENTE MONTESINOS

Lunes Santo: Jesús en Betania. Dar lo mejor para Dios.


Ayer celebramos  el ingreso triunfal de Cristo en Jerusalén. El pueblo la aclama como Mesías y Rey de Israel.

Al final del día , cansado, Jesús regresa a Betania, donde solía alojarse en sus visitas a Jerusalén.
En Betania, esa pequeña aldea apartada de Jerusalén, sus amigos, Lázaro, María, y Marta, siempre tenían dispuesto un sitio para Él y su gente.

En los últimos días de su vida en la tierra, Jesús pasa mucho tiempo en Jerusalén, predicando sin cesar. Por la noche, recupera las fuerzas en Betania, donde sucede lo que recoge el Evangelio de hoy.

Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con Él a la mesa. 

Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. 

Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?». Pero no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. 

Jesús dijo: «Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis».
Gran número de judíos supieron que Jesús estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús.

Aprendamos hoy qué cualquier protesta ha de ser un acto de responsabilidad: con la protesta nos hemos de plantear cómo lo haríamos nosotros. Si no, la protesta puede ser sólo —como en este caso— la queja de los que actúan mal ante los que miran de hacer las cosas tan bien como pueden.
La protesta de Judas no tiene ninguna utilidad, sólo le lleva a la traición. La acción de María la lleva a amar más a su Señor y, como consecuencia, a amar más a los “pies” de Cristo que hay en este mundo.

¡Cuántas personas se comportan como Judas! Ven el bien que hacen otros, pero no quieren reconocerlo: se empeñan en descubrir intenciones torcidas, tienden a criticar, a murmurar, a hacer juicios temerarios. Reducen la caridad a lo puramente material —dar unas monedas al necesitado, quizá para tranquilizar su conciencia— y olvidan que —como escribe también San Josemaría Escrivá— «la caridad cristiana no se limita a socorrer al necesitado de bienes económicos; se dirige, antes que nada, a respetar y comprender a cada individuo en cuanto tal, en su intrínseca dignidad de hombre y de hijo del Creador».

Feliz y bendecido lunes santo
VICENTE MONTESINOS

Domingo de Ramos en la pasión del Señor


El Domingo de Ramos es como el pórtico que precede y dispone al Triduo pascual. Como se recoge sobre lo predicado por San Josemaria en “Amigos De Dios” «este umbral de la Semana Santa, tan próximo ya el momento en el que se consumó sobre el Calvario la Redención de la humanidad entera, me parece un tiempo particularmente apropiado para que tú y yo consideremos por qué caminos nos ha salvado Jesús Señor Nuestro; para que contemplemos ese amor suyo —verdaderamente inefable— a unas pobres criaturas, formadas con barro de la tierra». 

Hoy la llegada del Señor está rodeada de aclamaciones y vítores de júbilo, aunque las muchedumbres no saben entonces hacia dónde se dirige realmente Jesús, y se toparán con el escándalo de la Cruz.

Nosotros, sin embargo, en el tiempo de la Iglesia, sí que sabemos cuál es la dirección de los pasos del Señor: Él entra en Jerusalén «para consumar su misterio pascual».

Por eso, para el cristiano que aclama a Jesús como Mesías en la procesión del domingo de Ramos, no es una sorpresa encontrarse, sin solución de continuidad, con la vertiente dolorosa de los padecimientos del Señor.

 

VICENTE MONTESINOS

Santa María, madre de los Dolores, ruega por nosotros. 


Hoy celebramos el viernes de Dolores.
El Viernes de Dolores o Viernes de Pasión, es el viernes anterior al Domingo de Ramos, comprendido dentro de la última semana de la Cuaresma, conocida por la Iglesia como Semana de Pasión.

Meditamos así, de esta forma, los dolores de Nuestra Señora.

Esta antigua celebración mariana tuvo mucho arraigo en toda Europa y América, y aún hoy es día de particular devoción mariana en el tiempo de Semana Santa, al conmemorar los sufrimientos de la Madre de Cristo.
El Concilio Vaticano II consideró, dentro de las diversas modificaciones al calendario litúrgico, suprimir las fiestas consideradas “duplicadas”, esto es, que se celebren dos veces en un mismo año; por ello la fiesta primigenia de los Dolores de Nuestra Señora el viernes antes del Domingo de Ramos fue suprimida, siendo reemplazada por la moderna fiesta de Nuestra Señora de los Dolores el 15 de septiembre.

Aún así, en la tercera edición del Misal Romano (2000), hay un recuerdo especial a los Dolores de la Santísima Virgen en la celebración ferial de ese día, introducida por San Juan Pablo II.
La Santa Sede y las normas del Calendario Litúrgico contemplan que, en los lugares donde se halle fervorosamente fecunda la devoción a los Dolores de María y en sus calendarios propios sea tenida como fiesta o solemnidad, este día puede celebrarse sin ningún inconveniente con todas las prerrogativas que le son propias.
Santa María dolorosa, ruega por nosotros y por el mundo entero.

¡Cristo ha resucitado!

¡Cristo ha resucitado, resucitemos con Él!

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