La vida humana es una prueba de Dios (Por Jorge Alberto Vásquez)

«Porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la venidera» (Hb 13, 14).

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Por Jorge Alberto Vásquez

Para Adoración y Liberación

 

 

Transitamos por la aspereza de la tierra como los desterrados hijos de Eva. «Porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la venidera» (Hb 13, 14): la Jerusalén del cielo. Que la Santísima Virgen María sea nuestra estrella del mar. Amén.

Está escrito: «La fe es la garantía de lo que se espera, la prueba de lo que no se ve» (Hb 11, 1). Sin la fe en la existencia de Dios y en sus «preciosas y sublimes promesas» (2 Pe 1, 4), la vida humana se puede volver una prueba insoportable, a no ser, ay, que se distraiga en los placeres mundanos y en el vano consuelo de las riquezas materiales (cf. Lc 6, 24-25).

Esta es la prueba de Dios: ¿cuánto, a pesar de los sufrimientos, le correspondemos a su amor hasta que merezcamos ser sus hijos gloriosos? No somos ni podemos hacer nada sin Él y además no nos hemos dado la vida. Existimos en una situación expectante: inquietum est cor nostrum, poetizaba san Agustín. No nacimos exactamente para gozar, sino precisamente para sufrir. Porque la vida humana, en el estado actual en que se encuentra en este mundo, es una prueba del Creador de todas las cosas. En este sentido, es comprensible que el temor de Dios sea el principio de la sabiduría.

Abrahán tuvo delante de Yahvé la prueba de sacrificar a su unigénito Isaac, mientras que Job tuvo la suya contra Satanás, ángel perverso que le tentó con el permiso del mismo Yahvé. Ambos, probados respectivamente por el Amor y el Odio, perseveraron en la fe sin caer en la desesperación y la blasfemia, aunque pudieran sentirse humillados y quejumbrosos. A propósito, diría el Apóstol: «Atribulados en todo, mas no aplastados; perplejos, mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados» (2 Cor 4, 9-10). El Señor Jesús, luchando contra el príncipe de este mundo, padeció su prueba excepcional y suprema: amarnos hasta morir por sus amigos en la cruz para nuestra salvación y redimirnos tanto del Diablo como de la esclavitud del pecado.

Sí, el amor a Dios se prueba mejor en el sufrimiento; puede de este modo llegar a ser más excelente. Junto con la prueba, está la paciencia, que es otra palabra clave: «esperar lo que no vemos es aguardar con paciencia» (Rm 8, 25). Además, «todo cuanto fue escrito en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza» (Rm 15, 4). «Necesitáis paciencia en el sufrimiento para cumplir la voluntad de Dios y conseguir lo prometido» (Hb 10, 36), no sin la caridad. Así, gracias a la fe, «nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla» (Rm 5, 3-5).

El apóstol Santiago nos exhorta: «Tened, pues, paciencia, hermanos, hasta la Parusía del Señor» (St 5, 7); «fortaleced vuestros corazones, porque la Parusía del Señor está cerca» (St 5, 8). En este valle de lágrimas, no nos dejemos consumir por la amargura, la tristeza mortuoria de este mundo (cf. 2 Cor 7, 10). En todo caso, fiel es el Altísimo que no permitirá seamos tentados por encima de nuestras fuerzas (cf. 1 Cor 10, 13). Pase lo que pase, que sea lo que Dios quiera: que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo, confiados en su providencia y en su infinita misericordia.

 

 «Mirad cómo proclamamos felices a los que sufrieron con paciencia»

(St 5, 11).

 

A la hora de la gran tribulación, vale el consejo del Apocalipsis: «Aquí se requiere la paciencia de los santos, de los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús»

(Ap 14, 12).

 

«Por lo tanto, también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe»

(Hb 12, 1-2).

 

 

«Considerad como un gran gozo, hermanos míos, el estar rodeado por toda clase de pruebas, sabiendo que la calidad probada de vuestra fe produce la paciencia en el sufrimiento»

(St 1, 2-3).

 

«¡Feliz el hombre que soporta la prueba! Superada la prueba, recibirá la corona de la vida que ha prometido el Señor a los que le aman»

(St 1, 12).

 

En efecto, dice el Alfa y la Omega: «Vengo pronto; mantén con firmeza lo que tienes, para que nadie te arrebate tu corona»

(Ap 3, 11).

 

«Esta será la herencia del vencedor: yo seré Dios para él, y él será hijo para mí»

(Ap 21, 7).

 

«Amén. ¡Ven, Señor Jesús!»

(Ap 22, 20)

 

 


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