Los últimos hijos de Noé (Por Jorge Alberto Vásquez)

Si somos los últimos hijos de Noé, quiera Dios que seamos del número de los elegidos y llevados a la Jerusalén celeste

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Por Jorge Alberto Vásquez

Para Adoración y Liberación

 

 

Dice la Escritura: «Tened en cuenta, ante todo, que en los últimos días vendrán impostores burlones que, mientras viven según sus propias concupiscencias, dirán: “¿Dónde está la promesa de su Parusía? Porque desde que los padres murieron, todo continúa como desde el principio de la creación”» (2 Pe 3, 3-4).

Luego explica san Pedro que el cielo y la tierra presentes, que han emergido después del diluvio, serán presa del fuego universal cuando ocurra la Parusía, que es «el día del Juicio y del exterminio de los hombres impíos» (2 Pe 3, 7), para que luego surjan los nuevos cielos y la nueva tierra (cf. 2 Pe 3, 5-13).

También dice la Escritura: «Lo mismo que en los días de Noé, así será la Parusía del Hijo del Hombre. Pues, como en los días que precedieron al diluvio comían y bebían, tomaban mujer o marido hasta el día mismo en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta sino cuando llegó el diluvio y los arrastró a todos, así será también la Parusía del Hijo del Hombre» (Mt 24, 37-39). Por su parte, escribe san Lucas: «Y como ocurrió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del Hombre. Comían y bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que Noé entró en el arca, y vino el diluvio y los hizo perecer a todos» (Lc 17, 26-27).

Se sobreentiende que la segunda venida gloriosa del Señor Jesús, durante «los días del Hijo del Hombre» —que serán breves, puesto que Él vendrá de paso para recoger a los suyos por medio de los ángeles—, implica el fin del mundo posdiluviano (cf. Mt 13, 39), como también el consiguiente exterminio de los impíos, similar al que sufrieron aquellos malvados contemporáneos de Noé (cf. Gn 6, 13). Solo se salvan del castigo los que hayan sido justos como el mismo Noé.

Sin embargo, puesto que Dios prometió no mandar otro diluvio (cf. Gn 9, 11), el futuro castigo que acelere el fin del mundo presente será por el fuego universal, tal como expresa la citada profecía de san Pedro. Advierte el Señor Jesús: «Lo mismo sucedió en los días de Lot: comían y bebían, compraban y vendían, plantaban y edificaban; pero el día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre y los hizo perecer a todos. Del mismo modo sucederá el día en que se manifieste el Hijo del Hombre» (Lc17, 28-30).

En ambos casos, tanto con Noé como con Lot, se habla del castigo de los impíos, pero también del rescate de los justos durante la Parusía. Este rescate parece urgente: el día en que Noé entra en el arca, acaece el diluvio; el día en que Lot huye de Sodoma de la mano de los dos ángeles (cf. Gn 19), detona la lluvia del fuego del cielo.

Por lo visto, el último día —al parecer, a los mil trescientos treinta y cinco días contados desde la abominación de la desolación (cf. Dn 12, 11-12)—; el último día, digo, en que los vivientes que queden sean, por fin, elegidos y llevados por los ángeles del Señor Jesús —cuya Parusía es el Dies irae solo para los impíos—, «pasarán los cielos con gran estruendo, y los elementos se disolverán para ser quemados, y la tierra y las obras que hay en ella no serán más halladas» (2 Pe 3, 10). «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24, 35), lo que, según el contexto, es una clara referencia al fin del mundo posdiluviano luego de la gran tribulación.

En resumen, cuando venga el glorioso Señor Jesús con sus ángeles (cf. Mt 24, 29-31), sucederá lo mismo que vivieron Noé y Lot: pasada la gran tribulación de la Iglesia, habrá tanto un rescate como un castigo. Los últimos vivientes que hayan sido justos serían elegidos y llevados en «nubes» (cf. 1 Tes 4, 17) inmediatamente antes de que caiga el fuego del cielo, que pulverizará el reino anticristiano del dragón (cf. Ap 20, 9), hasta consumir todo el mundo posdiluviano, destruyéndolo y a la vez transformando su apariencia. Serían, pues, transportados a la Jerusalén celeste, hasta que la Ciudad de Dios, culminado el Juicio universal (cf. Ap20, 11 ss.), descienda del cielo nuevo sobre la tierra nueva (cf. Ap 21, 1-2).

El arca de Noé fue una nave marina que protegió a él, a su familia y a los animales de ser anegados. Asimismo, las nubes (cf. Ap 1, 7; Mc 13, 26; Lc 21, 27) serían naves aéreas que preservarían a los últimos descendientes de Noé de ser quemados. Ambas naves son directamente diseñadas por Dios, si bien el arca la construyó Noé (cf. Gn 6, 14-15). ¿Qué obsta, por lo demás, que también los animales de hoy, así como aquellos del arca, sean seleccionados y acogidos para poblar el nuevo mundo, si tenemos en cuenta la profecía de Isaías (cf. Is 65, 25) de que el lobo y el cordero pacerán juntos? ¿No cuidará Dios a estas criaturas?

Una teología sobre la nube voladora se puede plantear de modo católico para profundizar sobre la esencia de este objeto del aire. Simboliza la gloria divina (cf. CIC, § 659; 707), pero es también una realidad visible. Así explica el Catecismo: «La nube y la luz. Estos dos símbolos son inseparables en las manifestaciones del Espíritu Santo.

Desde las teofanías del Antiguo Testamento, la Nube, unas veces oscura, otras luminosa, revela al Dios vivo y salvador, tendiendo así un velo sobre la transcendencia de su Gloria: con Moisés en la montaña del Sinaí (cf. Ex 24, 15-18), en la Tienda de Reunión (cf. Ex 33, 9-10) y durante la marcha por el desierto (cf. Ex 40, 36-38; 1 Co 10, 1-2); con Salomón en la dedicación del Templo (cf. 1 Re 8, 10-12). Pues bien, estas figuras son cumplidas por Cristo en el Espíritu Santo. Él es quien desciende sobre la Virgen María y la cubre “con su sombra” para que ella conciba y dé a luz a Jesús (Lc 1, 35). En la montaña de la Transfiguración es Él quien “vino en una nube y cubrió con su sombra” a Jesús, a Moisés y a Elías, a Pedro, Santiago y Juan, y “se oyó una voz desde la nube que decía: Este es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle” (Lc 9, 34-35). Es, finalmente, la misma nube la que “ocultó a Jesús a los ojos” de los discípulos el día de la Ascensión (Hch 1, 9), y la que lo revelará como Hijo del hombre en su Gloria el Día de su Advenimiento (cf. Lc 21, 27)» (CIC, § 697).

Si somos los últimos hijos de Noé, quiera Dios que seamos del número de los elegidos y llevados a la Jerusalén celeste, previamente transformados (cf. 1 Cor 15, 51-52), pues «somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo» (Flp 3, 20).

 

 

 


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