EL MARTIRIO DE CARLOS SACHERI. Por Monseñor Héctor Aguer

 

 

 

El martirio de Carlos Sacheri, 

vecino de San Isidro

(Discurso de Mons. Héctor Aguer, al ser incorporado como miembro de la Academia de San Isidro).

 

 

 

 

 

 

 

La Academia de Ciencias y Artes de San Isidro ha tenido la generosa osadía de incluirme entre sus académicos correspondientes. Me pareció entonces que en mi discurso de incorporación debía abordar un tema que de alguna manera, de costado siquiera, aludiera al carácter y la impronta locales de la institución. La ocurrencia apuntó hacia el caso de Carlos Sacheri, por mí bien conocido, y al hecho concomitante del rechazo de un primer intento de solicitar la apertura, en la diócesis, de la investigación del asesinato del líder católico en orden a su posible beatificación. En mi texto critico el informe presentado por un canonista al obispo del lugar, mi compañero de estudios y querido amigo Mons. Oscar Ojea. Incluyo también el acicate a una nueva presentación, mejor y más profundamente compuesta, si es posible, para otro momento.

El sustantivo mártir, procede del griego: mártys. Forma parte de una familia de palabras: martyrion significa testimonio; el verbo martyréo indica ser testigo, atestiguar; martyría se llama a la deposición de un testigo, lo mismo que martýrema; hay otros términos del mismo lote lingüístico, todos ellos empleados en el griego clásico, desde Hesíodo hasta Platón. El filósofo ateniense se vale de ellos frecuentemente en sus Diálogos.

Mártys y martyrion aparecen luego como términos habituales en el Nuevo Testamento para expresar una realidad insoslayable de la vida cristiana. El Diccionario de la Real Academia Española apunta como primera acepción de «mártir»: «Persona que padece muerte por amor de Jesucristo y en defensa de la religión cristiana». Por extensión se dice de «el que padece mucho o muere en defensa de otras creencias, convicciones o causas» La palabra se ha convertido en un término principal del lenguaje cristiano. Las siguientes citas bíblicas valen como ilustración de lo dicho.

Jesús cura a un leproso y le dice: “Entrega la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio (martýrion), Mt. 8,4.

Con un matiz adversativo, leemos en Mc. 6, 11 como indicación a los Apóstoles, a los que envía en misión: «Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies en testimonio (martýrion) contra ellos».

La predicación del Evangelio en la Iglesia naciente es declaración, revelación de lo enseñado por Jesús y de él mismo, el Resucitado: “Los Apóstoles daban testimonio (martýrion) con mucho poder de la resurrección del Señor Jesús y gozaban de gran estima” (Hech. 4,33).

 El mártir es un testigo en la acusación y el juicio, como el de Jesús ante el Sanedrín: «Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio (pseudomartyrían) contra Jesús para poder condenarlo a muerte, pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos falsos (pseudomartýron). Al confesar Jesús su condición de Mesías, el Sumo Sacerdote exclamó: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos (martýron)? Mt. 26, 59. 65.

En las cartas de San Pablo encontramos que Dios es invocado como testigo de algo que el Apóstol afirma como verdad: «Dios, a quien tributo un culto espiritual anunciando el Evangelio de su Hijo, es testigo (mártys) de que yo los recuerdo constantemente, Rom. 1,9. Cf. 2 Cor. 1, 23; Fil. 1,8;  1 Tes. 2, 5. 10. Los Apóstoles son testigos en cuanto que ellos vieron lo que Dios ha revelado en Cristo, lo oyeron, lo saben bien y deben transmitirlo a los demás como oficio suyo propio.

En el libro del Apocalipsis Cristo es llamado testigo veraz de Dios (mártys).

Desde el comienzo los cristianos han sido perseguidos hasta la muerte. La primera gran persecución de Nerón en Roma dio inicio a un martirologio que fue abultándose con el correr de los siglos. La liturgia de la Iglesia celebra frecuentemente la memoria de los mártires. Son muchos más, ciertamente, que aquellos cuyo testimonio ha sido reconocido oficialmente, en el siglo XX fueron multitud, a causa de las persecuciones desatadas en diversas regiones del mundo, y en la actualidad, en muchos lugares, los cristianos son perseguidos.

Según la expresión tradicional, no es el sufrimiento, la pena que se aplica a los cristianos, lo que constituye el martirio, sino la causa por la que se los persigue y sacrifica; esto es el odio de la fe. En la cultura global que se va imponiendo, profundamente antihumana y anticristiana, además del martirio de sangre, se registra una especie de martirio moral, que es preciso sobrellevar con paciencia y esperanza. Habría que añadir: también con alegría; la aceptación de esa pena se hace mirando al cielo, la recompensa prometida, por el Señor. En la primera persecución, obra de los judíos, que sufre la Iglesia Apostólica, se destaca el martirio del diácono Esteban. En la descripción que presenta el libro de los Hechos de los Apóstoles, se lee: «Esteban, lleno del Espíritu Santo, y con los hijos fijos en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús, que estaba de pie a la derecha de Dios». Esa visión lo anima a decir, con entrega total: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado» (Hech. 7, 56. 60).

Para esta presentación he elegido un tema que llevo en el corazón, y que a la vez sitúa la disertación de este porteño en el ámbito de San Isidro. Un tema a la vez terrible, doliente, y glorioso, referido a un hecho que sella con sangre cristiana el inicio de uno de los períodos más negros de nuestra historia. En realidad, el inicio debe situarse mucho antes, cuando tanto en la sociedad civil cuanto en la Iglesia, se abrió ese cisma no declarado que hoy se banaliza políticamente con el nombre de grieta.

Según se ha anunciado, voy a hablar sintéticamente del martirio de Carlos Sacheri, vecino de San Isidro.

El episodio es bien conocido por ustedes. El domingo 22 de diciembre de 1974, Carlos Sacheri acababa de asistir a misa y recibir la santa comunión (que fue su viático, la última preparación para el camino al cielo); volvía a su casa con su esposa, María Marta Cigorraga, y sus siete hijos: José María (que tenía entonces 14 años), María Marta, Cecilia María, Pablo María, Inés María, María del Rosario y Clara María, de dos años, que estaba sentada sobre la falda de su padre. Me alegra sobremanera ver a varios de ellos aquí. Todos fueron rociados con la sangre bendita de ese católico de una pieza, que constituía una esperanza para la Iglesia y para la patria argentina. Eligió bien el asesino, que viajaba en un Peugeot celeste y cuyo rostro hoy José podría reconocer. Carlos murió pocas horas después en el hospital de San Isidro. No está de más recordar la expresión del entonces obispo diocesano, Mons. Antonio María Aguirre, que espontáneamente dijo, sin vacilar: se fue al cielo (la cita es «ad sensum»).

Basten unos pocos datos biográficos para situar al protagonista. Nacido en 1933, recibió aquella formación integral que no era rara entonces en vastos círculos de la sociedad argentina, sin mayores diferencias. Además del antecedente familiar, fue en la Acción Católica del Pilar donde obtuvo una formación religiosa plenamente católica, característica por aquellos años y muchos aún después, de aquella institución; la comunicación de la doctrina iba unida a la transmisión de un intenso espíritu apostólico, según Pío XI lo había enseñado. Yo, que era diez años menor que Buby, disfruté del mismo beneficio en una sencilla parroquia de barrio, en Buenos Aires. Tuvimos luego el mismo maestro, el padre Julio Meinvielle, que reunía jóvenes en su residencia aneja a la capilla de la Santa Casa de Ejercicios, en la esquina de Independencia y Salta. Aprendíamos a leer la Suma Teológica, nosotros los domingos a las diez de la mañana; el grupo de Sacheri los sábados a la tarde, con una preferencia por la Doctrina Social de la Iglesia. Todos los sobrevivientes – creo que alguno de ellos deben estar aquí presentes- podemos atestiguar que aquellas lecciones, con las explicaciones filosóficas que nos brindaba el Padre Julio, fueron configurando nuestras inteligencias según el orden natural y teológico de pensar; el resultado era una cabeza bien armada, pero libre y curiosa por la totalidad del saber.

Aunque Carlos debió comenzar la carrera de Derecho, estaba destinado a la filosofía, era esta su verdadera vocación. No sólo cursó filosofía, sino, como el nombre de esta disciplina sugiere, amó la sabiduría, que para él era inseparable de Cristo, en quien están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento (Col. 8,3).

La catedral de San Isidro fue el ámbito de su matrimonio con María Marta Cigorraga el 19 de septiembre de 1959; vivió con plena fidelidad el misterio sacramental de las bodas, que floreció y dio fruto en siete hijos. Vecino de San Isidro también por esto, aunque fuera porteño de nacimiento y hubiera vivido en Acassuso. En 1961 se abrió para Sacheri una gran puerta: ganó la beca del Conseil des Arts du Canada para estudiar en la Universidad Laval, en Québec. Entre 1961 y 1963 fue discípulo del eminente tomista Charles de Konninck, filósofo lúcido, sin fallas, que salió al cruce de Jacques Maritain, cuando este iniciaba su segunda etapa con Humanisme Intégrale, su deriva hacia el personalismo. La obra clave del canadiense fue, en mi opinión una refutación irrefutable: De la primauté du bien commun contre les personalistes. La respuesta a Maritain era precisamente la anunciada en el título: la primacía del bien común, una verdad proclamada por Santo Tomás, que reluce en la Doctrina Social de la Iglesia.

Concluido ese primer período de estudios, Carlos fue contratado para enseñar Filosofía Social, Ética y Filosofía de las Ciencias en la misma Universidad Laval. Obtuvo la licenciatura en 1963. En una estadía posterior en Canadá, mientras ejercía la docencia, alcanzó el doctorado con la máxima calificación; su tesis versó sobre Existence et natura de la délibération. A partir de entonces pudo lanzarse a una brillante carrera internacional; sin embargo, eligió volver a la Patria y trabajar en ella. En 1968, cuando la Iglesia y el mundo eran sacudidos por revueltas internas, ciertamente vinculadas entre sí como expresión decisiva de lo que puede llamarse el mundo moderno, forjado por la Reforma Protestante, el Iluminismo, el positivismo materialista y el socialismo marxista.

Sacheri se entregó patrióticamente y con una caridad sin fronteras a enseñar en todos los niveles; estaba preparado para ello: poseía una inteligencia superior, penetrante, contemplativa, de los principios y una capacidad singular de adaptación al auditorio, el académico y el popular; de la segura contemplación de los principios a la palabra dirigida a los oyentes se descendía mediante un discurso intelectual clarísimo. Ocupó cátedras universitarias en la Universidad de Buenos Aires, en la Universidad Católica Argentina, y en la Universidad del Salvador, donde expuso la Filosofía del Derecho. Promovió la creación de institutos de investigación, y se empeñó en dotar de nueva fuerza a las Semanas Tomistas. Estoy convencido de que su actividad académica y docente estaba animada por su patriotismo y su caridad; por eso pudo llegar con gusto hasta las parroquias de barrio a las que era convocado. Se inspiraba en la Doctrina Social de la Iglesia, de la que estaba imbuido por el estudio de las encíclicas pontificias, no sólo de algunas, sino de la gran tradición establecida por ellas. A propósito, me parece oportuno recordar aquella afirmación de San Vicente de Lerins acerca de la evolución de la doctrina de la Iglesia. En su Commonitorium, Vicente propone como fórmula que ha sido luego citada por pontífices y concilios: el desarrollo doctrinal procede in eodem scilicet dogmate, eodem sensu, eademque sententia. Se trata de una evolución homogénea; en la heterogeneidad reside el error, la herejía. En aquel estudio de los textos papales pudo Sacheri entrever un diseño de la sociedad y del Estado según el orden natural y cristiano. Fue su patriotismo el que lo acercó a movimientos nacionalistas, siempre sospechosos para la mayoría del clero, que se sentía cómoda con los planteos liberales, hasta que comenzó a interesarse por el populismo peronista, y luego por las orientaciones socialistas, incluso las de inspiración marxista. Sin embargo, Carlos se distinguió claramente del conjunto y de la tipología nacionalista.

La obra básica en materia de Filosofía Social es El Orden natural. El informe del padre Vicente Llambías, dirigido al Obispo de San Isidro para oponerse a un posible proceso de beatificación, que fue solicitado, afirma que en ese libro Sacheri procede con una interpretación sesgada de la misma, (la Doctrina Social de la Iglesia), ya que elige al comunismo como enemigo número 1, como única causa de los males del tiempo. El autor de este juicio: o no leyó El Orden natural, o lo leyó mal, fuera de su contexto y sesgadamente. O desconoce la Doctrina Social de la Iglesia y está prejuiciosamente desinformado acerca de lo que ocurría en la Argentina en aquellos años que siguieron a la Revolución Cubana. Peor aún: el autor de aquel informe muestra la hilacha cuando continúa: deja de lado otras causas y polariza la sociedad en dos bandos unívocos: por un lado el comunismo uniforme y ateo y por otro una interpretación particular de la «Patria cristiana». El resultado es una interpretación extrema respecto del modernismo en el mundo. Había otras causas, ciertamente, concomitantes con los designios del comunismo internacional de apoderarse de la Argentina, como se vio claramente en la guerra interna que ya se había iniciado cuando Carlos Sacheri cayó víctima de sus asesinos y así brindó su testimonio martirial. ¿De qué corriente podrían ser los autores del crimen? ¿Acaso de la Triple A? El Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) liquidó a su peor enemigo, al que deshacía intelectualmente las argucias marxistas, al mejor laico católico de aquella generación. Mencionemos, por ejemplo, algunas de esas causas alternativas a las que hemos aludido: el liberalismo y el capitalismo «a la criolla»; una legión de «idiotas útiles» -lenguaje éste del adversario-; y algo peor: el «extremismo de centro» de muchos hombres de Iglesia, un extremismo bizco, porque siempre guiña amablemente hacia el progresismo y la izquierda.

 

 

Hay una afirmación en el Informe que el P. Vicente Llambías elevó al Sr. Obispo de San Isidro oponiéndose al inicio del proceso para una posible beatificación de Carlos Sacheri, que no puede dejarse pasar por alto. Si no la disculpara la superficialidad del trabajo, la precariedad de los testigos consultados, en suma, un desconocimiento del personaje sumado al prejuicio, debería calificarse como una canallada: Sacheri tuvo una posición contraria a la violencia, sin embargo cabe la pregunta de si sus clases en ambientes militares tales como el Colegio Militar no brindaron una base doctrinal simple y firme para combatir con violencia a las fuerzas llamadas del terrorismo. ¿Cómo iban a combatirlas sino con violencia, como corresponde desgraciadamente en toda guerra? Pero la cuestión fue otra: la metodología empleada, con la invención de la dolorosa realidad del «desaparecido»; que tanto daño ha hecho, y sigue haciendo, merced a la utilización ideológica y política de la cifra mítica de los 30 mil. Un pecado grave que continúa produciendo penosas consecuencias. No era ese el procedimiento represivo a emplear, que debió ajustarse a normas penales según el orden natural y la ética de la guerra. Aquella maliciosa sospecha contra Sacheri olvida que quien inició la represión ilegal fue el General Perón en su tercer mandato constitucional, al dar la orden de aniquilar al terrorismo que él mismo había desatado solicitando a Fidel Castro y a Ho Chi Min que instruyeran en las prácticas terroristas a los jóvenes que les enviaba con cartas de presentación. Todas estas acciones están debidamente documentadas y son de público conocimiento. La represión ilegal del terrorismo comenzó, pues, mucho antes de la intervención militar del 24 de marzo de 1976, y los militares se abrevaron en fuentes no cristianas para librar al país de convertirse en un Estado comunista.

Es preciso que me detenga, siquiera brevemente, en la otra publicación fundamental de Sacheri, que fue La Iglesia clandestina. Este trabajo fue publicado, antes de abril de 1970 -la primera edición como libro- en tres artículos de la revista Verbo. Los primeros capítulos de la obra dejan en claro, exhibiendo documentos irrefutables, la conexión del tercermundismo criollo con los grandes centros del progresismo mundial, establecidos ya a principios del siglo XX como resistencia a la autoridad de la Iglesia después de la publicación, por San Pío X, de la encíclica Pascendi dominici gregis, en la que se exponían y condenaban las doctrinas del movimiento modernista. El marxismo infiltrado en la Iglesia argentina tuvo su correlato en otros países- de Francia sobre todo llegaron activistas- ; entre nosotros intentó justificarse en lo que se llamó «el espíritu del Concilio», contra el cual se pronunció Pablo VI en numerosas catequesis memorables, así como en expresiones magisteriales de mayor envergadura. El tal «espíritu del Concilio» se empeñó en atribuir a la gran Asamblea Ecuménica todas las aberraciones que surgieron en la Iglesia -in sinu gremioque Ecclesiae, como había precisado San Pío X- que desencadenaron una profunda crisis en todos los países: crisis de orden dogmático, moral, litúrgico y de vida cristiana; miles de sacerdotes y religiosas traicionaron su consagración y la confusión reinó entre los fieles.

El segundo elemento que favoreció la infiltración marxista en los ámbitos católicos fue la interpretación que muchos hicieron de Medellín. Se llamó abreviadamente así a las conclusiones de la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que llevaban por título La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio. Aquella reunión se realizó en 1968, un año fatal, en el que Pablo VI publicó la encíclica Humanae vitae tradendae, rechazada por varias Conferencias Episcopales; promulgó el «Año de la fe» y dio a conocer el «Credo del Pueblo de Dios». Era la fe de la Iglesia la que era impugnada y se hallaba en peligro; el Papa lo advirtió sabiamente. La estrategia marxista era no confrontar con la Iglesia, sino captar grupos progresistas y tercermundistas que radicalizaran sus posiciones para poner a la Iglesia, a través de ellos, al servicio de una revolución social de carácter marxista, integrada con sentimientos peronistas. Pablo VI en sus catequesis identificaba a esos grupos, extendidos en varios países de Latinoamérica, de tal manera que hacía pensar en la estrategia desarrollada por los grupos modernistas de principios del siglo XX. Emplearon una eficaz guerra psicológica, descalificando todo cuanto tenía el sello del catolicismo auténtico. Los matices marxistas en materia social respondían al progresismo o modernismo teológico. El Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, que se presentaba con la estructura de grupos «proféticos”, a los que adherían laicos, estaban conectados con los centros mundiales que la obra de Sacheri identifica con una abundancia de documentación irrebatible. Cita a los principales cabecillas locales y a los animadores extranjeros que llegaban para inspirarlos y asegurar la conexión global.

El carácter clandestino del movimiento estaba asegurado por la heterodoxia de las posiciones teológicas, por el modo de captar miembros y por el método de preparar revoluciones contra los obispos de diversas diócesis que no adherían a una visión secularizada y polarizada de la Iglesia; revueltas clericales ocurrieron en Córdoba, Mendoza y Rosario. Sacheri siguió puntualmente el magisterio de Pablo VI y se opuso siempre a la violencia. La Doctrina Social de la Iglesia que ese insigne laico argentino difundía incansablemente, constituye un término medio por elevación, un tertium quid entre el capitalismo liberal y sus fauces financieras y las garras del socialismo marxista.

Es importante destacar un pasaje del discurso inaugural de Pablo VI en la Conferencia de Medellín: Si nosotros debemos favorecer la renovación y la elevación de los pobres y de cuantos viven en condiciones de inferioridad humana y social, si nosotros no podemos ser solidarios con sistemas y estructuras que encubren y favorecen graves y opresoras desigualdades entre las clases y los ciudadanos de un mismo país, sin poner en acto un plan efectivo para remediar las condiciones insoportables de inferioridad que frecuentemente sufre la población menos pudiente, nosotros repetimos una vez más a este propósito: ni el odio, ni la violencia son la fuerza de nuestra caridad. Entre los diversos caminos hacia una justa regeneración social, nosotros no podemos escoger ni el del marxismo ateo, ni el de la rebelión sistemática, ni tanto menos el del esparcimiento de sangre y el de la anarquía. Distingamos nuestras responsabilidades de las de aquellos que, por el contrario, hacen de la vida un ideal noble, un heroísmo glorioso, una teología complaciente. Para reparar errores del pasado y para curar enfermedades actuales, no hemos de cometer nuevos fallos, porque estarían en contra del Evangelio, contra el espíritu de la Iglesia, contra los mismos intereses del pueblo, contra el signo feliz de la hora presente, que es el de la justicia en camino hacia la hermandad y la paz.

A pesar de estas manifestaciones del Papa, la acción de la Iglesia clandestina no se detuvo; es más: los Montoneros surgieron de los Sacerdotes para el Tercer Mundo, de la Acción Católica, de los grupos de Pastoral Universitaria, del nacionalismo católico girado a la izquierda, y de otros movimientos de Iglesia. Esta es una verdad incontrovertible. Además, se sabe de la intención de Montoneros de captar sacerdotes que se comprometieran con el ejército subversivo y le proporcionaran jóvenes adeptos. Es también conocido que algunos sacerdotes guardaban armas en sus parroquias. El título La Iglesia Clandestina no fue una fantasía. El informe del padre Vicente Llambías concede que aún hoy nos debemos una reflexión sobre el tercermundismo. ¡Menos mal que reconoce esta necesidad! Para pronunciarse sobre una posible beatificación de Carlos Sacheri le era necesario un conocimiento cabal de aquellos años terribles, de sangre y de muerte, que están registrados en obras de indiscutible autoridad, como las de Juan Bautista Yofre y Ceferino Reato, para citar solo las más difundidas. Además, por otra parte, debió valorar la gran crisis posconciliar de la Iglesia, que Pablo VI esclareció y deploró en numerosas intervenciones magisteriales. Esa crisis tuvo entre nosotros una vigencia funesta en el progresismo sectario y disidente de la tradición eclesial, que llevó a muchos sacerdotes a abandonar el ministerio. No juzgo a las personas, y menos aún sus intenciones, pero el tercermundismo confundió a una generación, y en algunos casos llevó a sacerdotes excelentes a la connivencia con los movimientos subversivos. El mismo padre Llambías en su informe habla de una sociedad pluralista que no existió en aquel período; lo hace para acreditar su rechazo a la opción Iglesia roja o patria cristiana. El uso mismo de la expresión sociedad pluralista se difundió mucho después, nadie en la Iglesia se hacía fuerte en ese concepto. Se trató de un tiempo singularísimo de nuestra historia, precursor del trágico enfrentamiento que sobrevendría más tarde. El mencionado informe comete graves errores metodológicos y denota un evidente parti pris. No olvidemos que así como las unidades militares tenían sus capellanes, que debían denunciar ante los jefes de las Fuerzas Armadas los pecados que se estaban cometiendo en la represión, los grupos guerrilleros contaron con la colaboración directa o indirecta de numerosos sacerdotes. Sacheri repudió siempre la violencia agitada en ambientes católicos en nombre del Concilio y de Medellín; la Patria cristiana a la que él se refería con amor ferviente, era la que, en coherencia con lo mejor de nuestra historia, podía plasmarse mediante la difusión y una prudente aplicación de la Doctrina Social de la Iglesia. Esta posición justa fue avalada por Monseñor Adolfo Servando Tortolo, Arzobispo de Paraná y Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, quien no rehusó prologar El orden natural, en una edición de 1975, incluyendo estas palabras: Sacheri advirtió que el muro se iba agrietando velozmente por el doble rechazo del orden sobrenatural y del orden natural. Vio la problemática del orden natural subvertido y vigorizado por una técnica portentosa. Y se volcó de lleno no a llorar, sino a restaurar el orden natural. Aquí está la razón de su sangre mártir.

El informe que he ido comentando incurre en un error de traducción: odium fidei significa odio a la fe, y no odio a los fieles, como en ese texto se dice incorrectamente. Es esa siempre la causa del martirio, según reza la consigna: martyres non facit poena, sed causa. La Doctrina Social de la Iglesia forma parte de la fe cristiana; Sacheri fue asesinado porque su magisterio, expresión de su caridad, su fe sin fisuras, sus virtudes personales y familiares, sus excepcionales condiciones humanas, lo exponían como un posible hombre del futuro de la Patria, de una Patria según el orden natural y el orden sobrenatural. La causa fue el odium fidei y no simplemente el propósito de eliminar a un adversario político que sostenía un ideario de este orden y que podía competir con el marxismo. No basta presentarlo como un hombre bueno y entregado a sus convicciones de fe y políticas, según concluye el P. Llambías, después de examinar escasos e insuficientes testimonios. El caso merece una investigación canónica en forma, con el rigor que debe emplear la Iglesia. Para comenzar, en cuanto a la pena, nadie dudó acerca de si se trataba de un accidente o un crimen; en cuanto a la causa, las adhesiones teológicas y políticas de Sacheri son incomparables con una misa celebrada ante una bandera de Montoneros (signo al fin, pero bien elocuente de identificación ideológica y política).

El Señor Obispo de San Isidro, ante la solicitud de inicio de un proceso canónico, hace suyo el informe del P. Vicente Llambías, y concluye: no creo oportuno presentar en este momento esta causa. Tales palabras dejan abierta una esperanza: puede haber otro momento. En mi opinión, ese otro momento debe ser preparado por una edición completa y rigurosamente controlada de la obra de Carlos, que incluya sus numerosos artículos señalando la oportunidad y circunstancias de cada una de esas intervenciones, la difusión de su vida y su testimonio, y una presentación sin fisuras que incorpore a los numerosos testigos que todavía no han hablado. La Iglesia Católica y la Nación Argentina necesitan y merecen que una comisión seriamente constituida se ponga al trabajo.

 

 

Frecuentemente, en muchos sectores de la Iglesia ganados por un pacifismo estólido, es decir, sentimental, sin razón ni discurso que lo justifique, se considera belicoso al nacionalismo, y no solo a él -hemos dicho que Sacheri no respondía a la tipología nacionalista- sino también a la discusión ardiente en favor de una civilización cristiana. De este modo se olvida o menosprecia, como algo propio de épocas superadas, la santidad declarada por la Iglesia de hombres y mujeres que han luchado a lo largo de muchos siglos aun militarmente, para salvar a su patria de caer en la herejía o la apostasía. Pues bien, la Iglesia ha canonizado no hace mucho a José Sánchez del Río, un adolescente de 14 años que se unió a los Cristeros, y con ellos tomó las armas para luchar contra la persecución comunista a la Iglesia de México. San Joselito fue torturado cruelmente, y cuando ante la tumba abierta le exigieron la apostasía, gritó ¡Viva Cristo Rey! Y cayó muerto por la descarga de los comunistas. Su caso no es muy conocido entre nosotros, pero se le rinde culto en una capilla a él consagrada, erigida en un barrio muy pobre, en la periferia oeste de La Plata.

 

+ Héctor Aguer

 

Académico de Número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.

Académico de Número de la Academia de Ciencias y Artes de San Isidro.

Académico Honorario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino (Roma).

 

 


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