Álex Holgado 

 

 

 

Es típico de estos tiempos modernistas confundir la acción con el fin, la herramienta con el logro y hasta la parte por el todo. Es un tiempo metonímico, un quid pro quo continuado.

 

Somos una generación pasiva, perezosa, también en lo mental. Todo esfuerzo es negativo, rechazable, odioso incluso. De manera que el pensamiento se reduce a las emociones asociadas de los planteamientos, sin entrar en más.

 

Las cosas se quedan en lo previo. Vivimos una época de prólogos.De ahí que funcione perfectamente la manipulación mediante el lenguaje.

 

“Orientación” es otra conquista semántica de la progresía, puesto que en sí no revela nada, pues depende hacia dónde se oriente uno, hacia algo bueno o hacia algo malo, se estará en la verdad o en el error. Pero el acto de orientarse, por sí mismo, no es ni positivo ni negativo. “Orientación” no dice nada.

 

Además, como hoy las cosas no son lo que son, sino que se trata de construcciones en desarrollo, su orientación, a ojos del sofista, resulta decisiva para la existencia. Lo cual tiene su importancia, pero no más que lo que en realidad las cosas ya son.

 

La orientación sexual ha sustituido al sexo, por ejemplo, como si no existiera el sexo concreto, masculino o femenino. La orientación política, a los principios políticos, que deberían ser profesos. La orientación vocacional, a la vocación, que es don de Dios, una realidad ya evidente que sólo hay que encauzar mas no “discernir”. Pues el discernimiento, en todo caso, se ha convertido en término-humo, de amago de algo que no existe. Pero sobre el término “discernimiento” y de su adulteración ya comentaremos otro día.

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