En aquel tiempo, al llegar Jesús a la otra orilla, a la región de los gadarenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros, y tan furiosos que nadie era capaz de pasar por aquel camino. Y se pusieron a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?». Había allí a cierta distancia una gran piara de puercos paciendo. Y le suplicaban los demonios: «Si nos echas, mándanos a esa piara de puercos». Él les dijo: «Id». Saliendo ellos, se fueron a los puercos, y de pronto toda la piara se arrojó al mar precipicio abajo, y perecieron en las aguas. Los porqueros huyeron, y al llegar a la ciudad lo contaron todo y también lo de los endemoniados. Y he aquí que toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, en viéndole, le rogaron que se retirase de su término.

 

fe

 

Además de la espectacularidad del prodigio hecho por Jesús, que nos narra el Evangelio de hoy, quisiera quedarme con otro detalle para la reflexión, en el que quizá, boquiabiertos ante el poder de Nuestro Señor, no caemos: la gente de aquella comarca, al perder sus dos mil cerdos, le piden a Jesús que se vaya.

Son incapaces de ver el bien mayor que se les ha concedido. Han sido liberados de la presencia del maligno pero, de alguna manera, preferían sus cerdos.

Quizás es ese el motivo por el que Jesús no permite al hombre que ha sido sanado que le siga. Prefiere que se quede por aquella zona cumpliendo la misión que le encomienda: “Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia”.

El amor de Dios es mucho mayor que cualquier otro bien.

Que la Virgen María nos ayude a buscar la misericordia del Señor por encima de cualquier otra cosa.

 

 

Vicente Montesinos

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