En aquel tiempo, Jesús subió a la barca y sus discípulos le siguieron. De pronto se levantó en el mar una tempestad tan grande que la barca quedaba tapada por las olas; pero Él estaba dormido. Acercándose ellos le despertaron diciendo: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!». Díceles: «¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?». Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza. Y aquellos hombres, maravillados, decían: «¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?».

En el evangelio de hoy observamos a Jesús tal como es. Ni siquiera una gran tempestad puede sobresaltarlo, y son sus discípulos quienes tienen que avisarlo. El, al contrario que ellos, reacciona de forma pausada, serena, con firmeza, y, sobre todo, con confianza.

Y tras su orden, llegó la calma. Calma que apaciguó la tempestad, pero sobre todo los corazones de aquellos seguidores de Jesús.

Calma que tiene que seguir imperando en nuestro corazón, porque sabemos de quién nos hemos fiado. Es por tanto la fe y la confianza en nuestro señor Jesucristo la que debe de guiar nuestra vida, siempre, pero más aún, en los momentos de tempestad.
Pidamos al espíritu Santo que no nos abandone en este propósito; y a la virgen María santísima Madre de Dios, que interceda por nosotros.

Dios les bendiga.

                                   Vicente Montesinos

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