En la Iglesia vivimos momentos difíciles; como en el mundo, pero más si cabe porque si de éste se ha adueñado en gran parte el príncipe del mal debido al rechazo a Nuestro Señor de gran parte de la humanidad; el enfurecimiento del maligno contra la barca de Pedro es cada vez mayor, en su eterna e inútil lucha por la derrota de la Iglesia de Cristo.


San Miguel derrota a Satanás


En este contexto vienen a mi memoria las tantas veces leídas palabras pronunciadas por el entonces cardenal Karol Wojtyla ante el Congreso Eucarístico de Pennsylvania, en 1977:

“Estamos ahora ante la confrontación histórica más grande que la humanidad jamás haya pasado. Estamos ante la contienda final entre la Iglesia y la anti-iglesia, el Evangelio y el anti-evangelio. Esta confrontación descansa dentro de los planes de la Divina Providencia y es un reto que la Iglesia entera tiene que aceptar”. 



Tres años después, el 18 de noviembre de 1980, ya como Papa, Juan Pablo II afirmó:


San Juan Pablo II


“Debemos preparamos a sufrir, dentro de no mucho tiempo, grandes pruebas que nos exigirán estar dispuestos a perder inclusive la vida y a entregamos totalmente a Cristo y por Cristo. Por vuestra oración y la mía es posible disminuir esta tribulación, pero ya no es posible evitarla, porque solamente así puede ser verdaderamente renovada la Iglesia. ¡Cuántas veces la renovación de la Iglesia se ha efectuado con sangre! Tampoco será diferente esta vez”.

¿Os dicen algo estas palabras, hermanos? ¿No os parecen pronunciadas por un verdadero profeta de nuestro tiempo? No por casualidad las pronunció un verdadero ciclón de santidad del siglo XX y principios del XXI; que nos regaló con su pontificado no solo un largo y fructífero período de claridad, rectitud, entrega, esperanza y caridad; sino que vislumbró con preclara precisión los retos a los que la Santa Madre Iglesia Católica y Apostólica iba a enfrentarse en los años siguientes, en los que aún estamos.

Encomendados a la intercesión de San Juan Pablo II; pidamos a Dios que nos siga guiando y llevando de su mano, bajo la afectuosa mirada de María; para ser fieles a Cristo ante todos los retos a los que nos enfrentamos; y que con la protección de San Miguel Arcángel seamos capaces de no dejar resquicio alguno a la actuación mentirosa, hipócrita, cobarde y astuta de la maligna serpiente.



Vicente Montesinos





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