🇪🇸 Écône 2026: Vicente Montesinos se dirige a los obispos de la FSSPX. Por Vicente Montesinos
La gran contradicción de la FSSPX queda al descubierto. Consagraron obispos contra el hombre al que llaman Papa, fueron excomulgados por la estructura a la que dicen pertenecer, y siguen sin responder a la única pregunta decisiva: ¿dónde está Pedro?
Obispos Fraternidad Sacerdotal San Pio X
por Vicente Montesinos
Director de Adoración y Liberación

El pasado 1 de julio de 2026, festividad de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X consumó en Écône un acto de enorme trascendencia eclesial: la consagración de cuatro nuevos obispos sin mandato pontificio y contra la expresa prohibición de León XIV, Prevost, a quien la propia Fraternidad continúa reconociendo públicamente como Papa. Los cuatro sacerdotes consagrados fueron Pascal Schreiber, Michael Goldade, Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier; el consagrante principal fue el español monseñor Alfonso de Galarreta, asistido por monseñor Bernard Fellay.
Un día después, el 2 de julio, llegó la consecuencia que muchos esperaban, aunque con una extensión todavía más significativa: el decreto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe no se limitó a declarar excomulgados a los obispos consagrantes y a los cuatro nuevos obispos, sino que fue más allá, afirmando que todos los sacerdotes de la FSSPX y los fieles que se adhieran formalmente a ella se encuentran ahora en situación de cisma y excomunión. El mismo reporte señaló que los sacramentos celebrados por la Fraternidad serían ilícitos y que matrimonios y confesiones no podrían ser válidamente celebrados por sus sacerdotes en esa situación.
Así que ya no hablamos solamente de una previsión, ni de una advertencia, ni de una tensión diplomática. Hablamos de hechos consumados. Hubo consagraciones. Hubo desobediencia formal. Hubo respuesta romana. Hubo declaración de cisma. Hubo excomunión. Y, sobre todo, hubo una contradicción monstruosa que ya nadie puede esconder bajo capas, mitras, latín, incienso o retórica tradicionalista.
Porque la cuestión decisiva no es si la FSSPX celebra con belleza. La cuestión decisiva no es si conserva tesoros litúrgicos. La cuestión decisiva no es si ha denunciado con acierto muchos horrores de la revolución bergogliana. La cuestión decisiva es otra, mucho más profunda: ¿puede alguien reconocer a un hombre como Papa, llamarlo “Beatísimo Padre”, pedirle bendición, afirmar comunión con él, y al día siguiente desobedecerlo frontalmente en una materia reservada de modo gravísimo al Romano Pontífice?
La respuesta católica es clara: no sin caer en una contradicción eclesiológica insoportable.
Prevost había escrito a Davide Pagliarani el 29 de junio, solemnidad de San Pedro y San Pablo. En aquella carta se dirigía a él con “corazón paterno”, reconocía en la Fraternidad elementos como la vida litúrgica, la formación sacerdotal y el deseo de fidelidad a la Tradición, pero al mismo tiempo le pedía con toda claridad: “por favor, vuelva atrás”. El texto calificaba lo que se preparaba en Écône como un “acto cismático”, advertía de que podría privar a los fieles de la recepción lícita y, en algunos casos, incluso válida de los sacramentos, y hablaba de la gravedad extrema de desgarrar la túnica inconsútil de Cristo.
La respuesta de Pagliarani, fechada el 30 de junio, es una pieza que pasará a la historia como retrato perfecto de la ambigüedad lefebvriana. Comienza con un “Beatísimo Padre”. Agradece sinceramente la carta. Afirma que la solicitud paternal de Prevost le ha conmovido profundamente. Reitera el deseo de servir a la Iglesia Romana. Pide que no se considere ficticia la intención de la Fraternidad. Presenta la elección de un Papa agustino como signo de esperanza. Y termina suplicándole que conceda su bendición.
Y al día siguiente hicieron exactamente aquello que ese “Beatísimo Padre” les había prohibido.
Ahí está toda la tragedia.
“Beatísimo Padre”, pero no obedezco su mandato.
“Pastor universal”, pero no acepto su decisión.
“Su solicitud paternal me ha conmovido”, pero procedo igualmente.
“Concédanos su bendición”, mientras ejecuto lo que usted acaba de definir como un acto cismático.
Esto no es Tradición. Esto no es claridad. Esto no es catolicidad íntegra. Esto es una vergüenza eclesiológica envuelta en formas tradicionales.
La Fraternidad invoca el estado de necesidad. Y nosotros no negamos que exista una necesidad gravísima. Al contrario: la vemos, la denunciamos y la sufrimos cada día. Existe una devastación doctrinal, litúrgica y moral que ha desfigurado la estructura visible ocupada por la revolución bergogliana-prevostiana. Existe una falsa iglesia modernista, que ha vaciado seminarios, profanado la liturgia, relativizado la doctrina, perseguido la verdadera Tradición y confundido a millones de almas.
En eso, la FSSPX ve mucho. Pero se detiene siempre un milímetro antes de la verdad decisiva.
Diagnostica el veneno, pero no identifica la usurpación.
Denuncia la enfermedad, pero no reconoce el origen último.
Resiste al mandato, pero mantiene el nombre.
Se separa en los hechos, pero proclama comunión en el altar.
Construye una estructura alternativa, pero niega ser alternativa.
Consagra obispos sin permiso, pero pide bendición al supuesto Papa que se lo prohíbe.
Y esa contradicción ya no puede sostenerse.
La FSSPX dice que Prevost es Papa. Entonces, si Prevost es Papa, la desobediencia del 1 de julio es gravísima, formal, pública y consciente. No se trata de una cuestión secundaria. No hablamos de un permiso menor ni de una discusión administrativa. La consagración de obispos toca directamente la constitución visible de la Iglesia, la sucesión apostólica y la unidad con el principio petrino. Si Prevost es Papa, la Fraternidad acaba de ponerse frente a su autoridad en un punto esencial.
Pero si Prevost no es Papa (y no lo es), entonces la conclusión es todavía más clara: la FSSPX debe dejar de nombrarlo en el Canon de la Misa. Debe dejar de llamarlo “Santo Padre”. Debe dejar de pedirle permiso. Debe dejar de solicitarle bendición. Debe dejar de simular una comunión que no existe.
Lo que no puede hacer es seguir viviendo en esta tercera vía imposible: “Es Papa cuando lo nombramos, pero no cuando manda; posee la autoridad cuando conviene a nuestra retórica, pero no cuando nos prohíbe actuar; somos sus hijos en las cartas, pero actuamos como una estructura autónoma en los hechos”.
Eso no es fidelidad. Eso es una mentira sostenida litúrgicamente cada día.
Y no se nos diga que esto queda resuelto porque los nuevos obispos no reciben jurisdicción territorial ni diócesis. Ese argumento puede tener un valor técnico, pero no oculta la realidad práctica. Con cuatro nuevos obispos propios, seminarios propios, casas religiosas, prioratos, centros educativos, ordenaciones, confirmaciones, fieles en todo el mundo y una estructura internacional consolidada, la FSSPX acaba de garantizar su autosuficiencia sacramental para las próximas décadas.
No son cuatro obispos aislados. Son la continuidad de una estructura. Son la garantía de reproducción de un sistema. Son la consolidación de una realidad que, sin declararse Iglesia paralela, puede funcionar cada vez más como un cuerpo autónomo.
La paradoja es brutal: la FSSPX pretende presentarse como la gran alternativa tradicionalista a la falsa iglesia prevostina, pero se niega a romper con ella. Quiere recoger el descontento de miles de fieles que ya no soportan la iglesia woke, arcobalena y modernista , pero sigue anclada al nombre de quien representa esa misma estructura. Quiere ser refugio para los católicos escandalizados, pero les mantiene dentro de una ambigüedad mortal sobre Pedro.
Y aquí conviene decir algo con justicia: no atacamos a los fieles sencillos que buscan sacramentos, doctrina, silencio, modestia, reverencia y Misa tradicional. Entendemos su dolor. Entendemos su huida. Entendemos su hartazgo ante una falsa iglesia que ha convertido la fe en sociología, la moral en elasticidad, la liturgia en espectáculo y la doctrina en plastilina pastoral.
Tampoco negamos que muchos sacerdotes de la FSSPX hayan sacrificado su vida por custodiar tesoros litúrgicos y doctrinales que otros quisieron destruir. No negamos la belleza del rito. No negamos la seriedad de muchas familias. No negamos la disciplina de muchos seminarios.
Precisamente por eso la denuncia debe ser más fuerte.
Porque la belleza litúrgica no basta.
La validez sacramental no basta.
La sucesión episcopal no basta.
El latín no basta.
Las rúbricas no bastan.
El incienso no basta.
Si no se resuelve la cuestión de la autoridad, todo queda suspendido en una contradicción estructural.
También los cismáticos pueden tener obispos válidos. También comunidades separadas pueden conservar ritos antiguos. También puede haber solemnidad exterior sin plena unidad católica. Lo específicamente católico no es solamente poseer episcopado, sino que ese episcopado esté ordenado al verdadero principio visible de unidad: Pedro.
Por eso el drama de Écône 2026 no es simplemente que se hayan consagrado cuatro obispos. El drama es que esos cuatro obispos nacen dentro de una contradicción no resuelta: serán presentados como garantía de continuidad de la Tradición, pero dentro de una obra que sigue proclamando comunión con el falso pontífice al que acaba de desobedecer.
El paralelismo con 1988 es inevitable. Mismo lugar. Cuatro obispos. Ausencia de mandato. Apelación al estado de necesidad. Declaración romana de cisma. Excomunión. Y una Fraternidad que insiste en no querer separarse de Roma, mientras actúa de hecho al margen de la autoridad que dice reconocer.
Pero hay una diferencia esencial: en 1988 aún podía hablarse de un drama abierto, de una herida en desarrollo, de una crisis que algunos interpretaban como excepcional. En 2026, después de Bergoglio, después de Prevost, después de la persecución contra la Misa tradicional, después de la falsificación pastoral de la doctrina, después del derrumbe moral y litúrgico, la pregunta ya no puede ser aplazada.
¿Quién es Pedro?
La FSSPX no quiere responder.
Nosotros sí.
Desde Adoración y Liberación lo decimos con absoluta claridad: no reconocemos en Prevost al Vicario de Cristo. No celebramos una cum con él. No le pedimos permiso para denunciar la estructura que encabeza. No lo llamamos “Beatísimo Padre” para desobedecerlo al día siguiente.
Nosotros reconocemos en Don Alessandro Minutella, León de María, la guía visible del Pequeño Resto Fiel y, conforme al discernimiento que sostiene este apostolado, al depositario extraordinario del Munus Petrino en esta hora de tribulación.
Esta es nuestra tesis. Pública. Clara. Defendida. Asumida con todas sus consecuencias.
El Munus Petrino no es una decoración teológica ni una palabra suspendida en el aire. Es el oficio real de confirmar a los hermanos, apacentar el rebaño, custodiar la fe, regir la Iglesia y constituir el principio visible de unidad. No puede quedar indefinidamente convertido en una abstracción mientras cada grupo tradicionalista levanta su propia estructura de supervivencia.
La FSSPX habla de estado de necesidad. Nosotros también.
La FSSPX denuncia errores. Nosotros también.
La FSSPX sostiene que hay que resistir cuando la autoridad aparente conduce contra la fe. Nosotros también.
Pero cuando llega la pregunta decisiva —“¿quién es entonces Pedro?”— ellos regresan al nombre de Prevost.
Y no puede salvarse la Iglesia multiplicando obispos mientras se deja sin resolver quién posee la cabeza. No basta con conservar la sucesión del orden. Hace falta la unidad legítima con el verdadero Pedro. No basta con tener obispos válidos. Hace falta que esos obispos estén ordenados al verdadero principio petrino.
El 2 de julio, la falsa Roma prevostina respondió con el lenguaje de la sanción. La FSSPX respondió con el lenguaje de la autodefensa. Pero ambas partes comparten una misma falsedad de fondo: una reclama una autoridad que, desde nuestra perspectiva, no posee; la otra reconoce esa autoridad, pero la desobedece cuando se vuelve incompatible con su proyecto.
Y en medio queda la única realidad verdaderamente coherente, visible, perseguida, despreciada y vilipendiada: el Pequeño Resto Fiel reunido en torno a León de María.
No la falsa iglesia modernista de Prevost.
No la ambigüedad tradicionalista de Pagliarani.
No la iglesia de los aplausos mediáticos, ni la iglesia de los permisos imposibles, ni la iglesia de las cartas teatrales, ni la iglesia de los “Beatísimos Padres” desobedecidos al amanecer.
La restauración vendrá de la fidelidad íntegra. De quienes no negocian con el error. De quienes permanecieron junto a Benedicto XVI hasta el final. De quienes reconocieron que Dios no podía abandonar a su Iglesia sin guía. De quienes han recibido y acogido el signo del Gran Prelado.
Por eso, desde Adoración y Liberación, nuestra palabra a los nuevos obispos de la FSSPX, a monseñor de Galarreta, a monseñor Fellay, a don Davide Pagliarani y a todos los sacerdotes de la Fraternidad no es diplomática. Es directa.
Si habéis tenido la valentía de consagrar nuevos obispos desobedeciendo a Prevost porque afirmáis que existe un estado de necesidad gravísimo, tened ahora la valentía de llegar hasta el final de vuestro propio razonamiento.
Colocaos bajo la jurisdicción y la obediencia del verdadero Vicario de Cristo, León de María.
Reconoced en él a quien posee y ejerce realmente el Munus Petrino.
Dejad de nombrar en el altar al jefe de la estructura que vosotros mismos denunciáis como destructora de la fe. Abandonad la ficción del una cum. Entrad con toda vuestra riqueza litúrgica, doctrinal y sacerdotal en la unidad visible de la verdadera Iglesia.
Ese paso no destruiría la obra de la Fraternidad.
La salvaría de su contradicción.
Conservaría su amor por la Tradición, su disciplina, sus seminarios, su formación sacerdotal y la belleza de su liturgia; pero dejaría de ser una estructura que denuncia a la falsa iglesia mientras continúa proclamando comunión con su cabeza.
La convertiría en una obra plenamente ordenada al verdadero principio católico de unidad.
Hoy, a varios días de aquellas consagraciones y con la excomunión ya declarada por la estructura romana, el tablero ha cambiado. La FSSPX ha garantizado su continuidad episcopal, sí. Pero no ha resuelto la cuestión de la autoridad. Ha asegurado obispos, pero no ha identificado correctamente al Papa. Ha preservado su estructura, pero ha profundizado su contradicción. Ha apelado al estado de necesidad, pero se niega a reconocer la respuesta que el Cielo ha ofrecido a esa necesidad.
Por eso, el 1 de julio de 2026 no será recordado solamente como el día en que la FSSPX consagró cuatro nuevos obispos.
Será recordado como el día en que su contradicción quedó definitivamente expuesta.
Y el 2 de julio no será recordado solamente como el día de una excomunión.
Será recordado como el día en que la falsa Roma y la Fraternidad quedaron atrapadas, cada una a su modo, en el mismo drama: una autoridad falsa que condena, y una resistencia incompleta que no se atreve a reconocer al verdadero Pedro.
Al final, quedan dos preguntas que nadie en la FSSPX puede seguir esquivando:
Si Prevost es Papa, ¿cómo habéis podido hacer esto contra su mandato?
Y si habéis debido hacerlo porque su autoridad conduce contra la fe, ¿por qué seguís proclamándolo Papa?
Esa es la pregunta.
Esa es la contradicción.
Y esa es la herida que cuatro nuevas consagraciones no pueden curar.
La salvación visible de la Iglesia no vendrá del modernismo de Prevost ni de la ambigüedad de Pagliarani.
Vendrá de la verdad completa.
Vendrá del Pequeño Resto Fiel.
Vendrá de León de María.
Duc in altum.
Viva Cristo Rey.
Avanti con Maria.
Hasta el Cielo no paramos.
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