El testamento silenciado de Camillo Ruini: cuando un gran cardenal comprendió que aquella ya no era la Iglesia

El testamento espiritual del cardenal Camillo Ruini, escrito el 3 de junio de 2016, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, y hecho público únicamente después de su muerte por expresa voluntad del propio purpurado, contiene mucho más que el balance piadoso de una larga vida sacerdotal.

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El testamento espiritual del cardenal Camillo Ruini, escrito el 3 de junio de 2016, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, y hecho público únicamente después de su muerte por expresa voluntad del propio purpurado, contiene mucho más que el balance piadoso de una larga vida sacerdotal.

 

 

por Vicente Montesinos

Director de Adoración y Liberación

 

El testamento espiritual del cardenal Camillo Ruini, escrito el 3 de junio de 2016, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, y hecho público únicamente después de su muerte por expresa voluntad del propio purpurado, contiene mucho más que el balance piadoso de una larga vida sacerdotal.

Contiene una confesión.

Contiene una advertencia.

Y contiene, sobre todo, el reconocimiento íntimo de una tragedia eclesial que su autor alcanzó a comprender, pero que no se atrevió a denunciar públicamente con toda la claridad que exigían la gravedad de los hechos, su autoridad y su responsabilidad ante Dios.

No estamos ante las impresiones de un fiel desorientado, de un sacerdote apartado o de un observador periférico. Estamos ante las palabras de uno de los hombres más influyentes de la Iglesia italiana durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI; un cardenal que conocía Roma desde dentro, que había ocupado puestos de enorme responsabilidad y que había contemplado de cerca sus grandezas, sus miserias, sus equilibrios y sus luchas internas.

Camillo Ruini fue durante largos años presidente de la Conferencia Episcopal Italiana y cardenal vicario para la diócesis de Roma. No era un ingenuo. No era un desconocedor de los mecanismos eclesiásticos. No era alguien que pudiera confundir con facilidad una diferencia de estilo con una mutación doctrinal.

Precisamente por eso, las palabras de su testamento adquieren una importancia extraordinaria.

Un gran cardenal de aquella Iglesia que todavía recordaba quién era

Ruini perteneció a una generación de hombres de Iglesia que, aun marcada por las contradicciones y ambigüedades del periodo posconciliar, conservaba todavía la conciencia de que la Iglesia no había recibido la misión de arrodillarse ante el mundo, sino la de convertirlo.

Su lema episcopal, Veritas liberabit nos —«La verdad nos hará libres»— resumía una concepción eclesial muy diferente de aquella que posteriormente convertiría la ambigüedad, la adaptación al mundo y la diplomacia doctrinal en falsas virtudes pastorales.

Fue un hombre de Juan Pablo II.

Durante más de veinte años colaboró directamente con él y dejó escrito que en el pontífice polaco había experimentado la presencia de Dios, la unión entre oración, vida y apostolado, la fuerza de la fe para guiar la historia y la capacidad cristiana de amar y perdonar.

También colaboró con Benedicto XVI, hacia quien manifestó una gratitud profunda y un afecto evidente.

En aquellos años, pese a las heridas abiertas en la Iglesia, Ruini todavía reconocía una autoridad que procuraba contener la demolición; una Iglesia debilitada, pero todavía consciente de la necesidad de defender la verdad, la vida, la familia y la presencia pública de los católicos.

El propio Ruini da gracias a Dios en su testamento por haber vivido el Concilio Vaticano II, pero añade una afirmación decisiva: agradece también haber recibido «la lucidez y la fuerza para oponerme a las desviaciones posconciliares».

Esa frase demuestra que sabía distinguir.

Sabía que existían desviaciones.

Sabía que no todo lo realizado en nombre del Concilio procedía legítimamente del Concilio.

Sabía que una revolución había sido introducida en la Iglesia mediante la apelación permanente a un supuesto «espíritu conciliar».

Y sabía que el deber de un pastor era combatir esas desviaciones, no justificarlas ni acomodarse a ellas.

Camillo Ruini fue, por tanto, un cardenal que durante buena parte de su vida combatió.

Y precisamente por eso resulta todavía más doloroso su silencio posterior.

La gran sombra sobre su legado

La obra de Camillo Ruini merece reconocimiento. Fue un hombre de fe, un sacerdote entregado, un cardenal inteligente y un defensor público de principios que numerosos prelados ya habían comenzado a abandonar.

Defendió la vida.

Defendió la familia.

Defendió la presencia de los católicos en la sociedad.

Defendió la razón frente al relativismo.

Defendió, en definitiva, muchas de las posiciones que la nueva estructura eclesial terminaría diluyendo, relativizando o directamente traicionando.

Pero toda esa trayectoria queda inevitablemente ensombrecida por una omisión enorme: el silencio que mantuvo ante la devastación producida durante los años de Jorge Mario Bergoglio y prolongada después bajo Robert Francis Prevost.

Ruini vio.

Ruini comprendió.

Ruini sufrió interiormente.

Ahora sabemos que no estaba tranquilo.

Sabemos que no compartía determinadas orientaciones.

Sabemos que percibía que se estaban reabriendo heridas que apenas habían comenzado a cicatrizar.

Sabemos que aquello que se presentaba ante el mundo como una supuesta primavera eclesial era vivido por él como una profunda causa de incomodidad espiritual.

Pero no habló con la fuerza que correspondía a su rango, a su experiencia y a su responsabilidad.

No denunció públicamente la demolición doctrinal.

No se levantó con toda claridad contra la confusión moral.

No advirtió a los fieles de que la misericordia estaba siendo separada de la verdad; la pastoral, de la doctrina; la conciencia, de la ley de Dios; y la llamada sinodalidad, de la constitución divina de la Iglesia.

Un cardenal no está llamado solamente a conservar interiormente la fe.

Está llamado a confesarla.

Cuanto mayor es la autoridad recibida, mayor es la responsabilidad ante Dios. El silencio de un simple fiel puede ser miedo o debilidad. El silencio de un príncipe de la Iglesia, cuando las almas están siendo conducidas al error desde la propia estructura eclesial, puede convertirse en una gravísima omisión pastoral.

Solo Dios conoce plenamente el alma del cardenal Ruini.

Solo Dios conoce las presiones, los temores, las dudas y los combates interiores que vivió.

Solo Dios podrá juzgar aquello que hubo de debilidad, miedo o falsa prudencia.

Y solo Dios, rico en misericordia, sabrá perdonar su fallo de omisión.

Nosotros rezamos por su alma y reconocemos todo el bien que realizó.

Pero no podemos llamar prudencia a cualquier silencio.

Hay silencios que protegen a la Iglesia.

Y hay silencios que terminan protegiendo a quienes la están destruyendo.

La declaración de intenciones

El pasaje central del testamento comienza con una afirmación que no puede ser pasada por alto:

«Siempre he sido “papista” y doy gracias por ello al Señor y a mis formadores, en particular a los profesores de la Gregoriana».

Ruini reconoce abiertamente que toda su formación y toda su vida estuvieron marcadas por una profunda adhesión al Papado.

Tras ello recuerda su colaboración con Juan Pablo II y Benedicto XVI, y entonces introduce la figura de Jorge Mario Bergoglio:

«Cuando fue elegido el papa Francisco me alegré y, en la medida de mis posibilidades, fui inmediatamente uno de sus partidarios. También hoy me alegro y le agradezco su extraordinario impulso evangelizador».

Esta frase constituye una clarísima declaración de intenciones.

Ruini quiere dejar constancia de que su crítica no procede de una enemistad personal, de un resentimiento, de una rivalidad o de una oposición preconcebida.

Se alegró con la elección de Bergoglio.

Intentó apoyarlo.

Quiso interpretarlo favorablemente.

Fue, según sus propias palabras, uno de sus partidarios desde el principio.

No estamos, por tanto, ante un hombre que buscaba razones para atacar a Bergoglio. Estamos ante un cardenal que buscó razones para defenderlo, justificarlo y aceptarlo.

Y, sin embargo, no pudo encontrar la paz.

Inmediatamente después de su declaración de adhesión aparece la ruptura:

«Debo confesar, sin embargo, que me encuentro en una situación de incomodidad, ciertamente no por motivos personales, sino porque me cuesta comprender algunas orientaciones que me parecen reabrir heridas que, después del Concilio, apenas habían sido curadas».

Ese «sin embargo» pesa como una montaña.

Ruini había querido alegrarse.

Había querido apoyar.

Había querido obedecer.

Había querido creer que todo podía interpretarse en continuidad con la Iglesia.

Pero algo dentro de él se resistía.

No podía comprender determinadas orientaciones porque aquellas orientaciones no parecían conducir a la restauración de la Iglesia, sino a la reapertura de sus heridas.

No parecían corregir las desviaciones posconciliares contra las que él mismo había combatido, sino rehabilitarlas, profundizarlas y convertirlas en programa de gobierno.

Las heridas reabiertas

El testamento fue escrito en junio de 2016. Ruini todavía no había contemplado la totalidad del proceso bergogliano.

Algunas de las consecuencias más graves apenas estaban comenzando a manifestarse. Otras llegarían después.

Pero el cardenal ya había reconocido la dirección.

El hombre que había combatido las desviaciones posconciliares estaba advirtiendo que aquellas mismas desviaciones regresaban desde el centro de Roma.

Ya no eran únicamente abusos marginales.

Ya no eran solamente excesos de teólogos heterodoxos, sacerdotes rebeldes o episcopados nacionalizados.

Eran «orientaciones».

Y esa palabra resulta decisiva.

Una orientación no es un accidente.

No es un error aislado.

No es una frase desafortunada.

Es una dirección.

Es un camino.

Es una forma de conducir a la Iglesia hacia un determinado destino.

Ruini no enumera en este testamento todas esas heridas. No podía prever todavía hasta dónde llegarían la confusión sobre el matrimonio, la comunión de los divorciados vueltos a casar, la deformación de la conciencia, la fraternidad religiosa indiferentista, el culto a la Pachamama, la persecución de la liturgia tradicional, la bendición de parejas irregulares o la construcción de una Iglesia sinodal cada vez más alejada de su constitución divina.

Pero había visto la raíz.

Había percibido el espíritu.

Había comprendido que aquello no era una simple diferencia de sensibilidad pastoral.

Era la reapertura de una herida que él creía, si no curada, al menos contenida.

La frase que lo revela todo

Pero la frase más importante del testamento no es aquella en la que reconoce su incomodidad.

La verdadera bomba viene inmediatamente después:

«Pido humildemente al Señor que me convenza interiormente de que la Iglesia es suya y de que Él mismo cuida de ella, más allá de nuestras perspectivas humanas».

Esta frase lo revela todo.

Ruini no se limita a decir: «Confío en que Dios ayudará a la Iglesia».

No escribe simplemente: «Pido al Señor que proteja a su Iglesia».

Dice que pide a Dios que lo convenza interiormente de que la Iglesia es suya y de que Él mismo cuida de ella.

¿Convencerlo?

¿Por qué necesitaba ser convencido?

¿De qué duda interior partía aquella súplica?

La petición solo adquiere pleno sentido si comprendemos que, ante lo que estaba contemplando, aquella certeza parecía haberse oscurecido dolorosamente en su alma.

No porque hubiese perdido la fe en la indefectibilidad de la Iglesia.

No porque negara las promesas de Cristo.

Sino porque aquello que aparecía exteriormente ocupando la estructura visible de la Iglesia parecía contradecir lo que él sabía que la Iglesia era.

Debemos ser rigurosos.

Camillo Ruini no escribió literalmente: «Esta es la falsa Iglesia».

No afirmó expresamente que Bergoglio no fuera Papa.

No formuló una tesis canónica sobre la inexistencia o pérdida del pontificado.

No realizó públicamente la última deducción.

Pero sus palabras manifiestan un drama interior muchísimo más profundo que una simple discrepancia prudencial.

Cuando un cardenal que ha servido durante décadas en el centro de Roma necesita suplicar a Dios que lo convenza de que la Iglesia sigue siendo suya y de que Él continúa cuidándola, significa que aquello que contempla ya no le parece reconocible como obra de la Iglesia.

Esta es la conclusión que nosotros extraemos de sus palabras: Camillo Ruini estaba convencido, en lo más profundo de su alma, de que allí ya no estaba actuando la Iglesia.

De que aquella realidad que se presentaba como Iglesia no podía ser plenamente identificada con la Esposa inmaculada de Cristo.

De que aquella estructura visible, ocupada por hombres que hablaban en nombre de la Iglesia mientras desfiguraban su doctrina, su moral y su liturgia, era otra cosa.

Era la falsa Iglesia.

«Convénceme de que la Iglesia es tuya»

La oración de Ruini posee una fuerza casi dramática.

«Señor, convénceme de que la Iglesia es tuya».

Esta petición no nace de la serenidad.

Nace del desconcierto.

Nace de quien contempla una realidad que parece desmentir todo aquello que ha creído y defendido durante su vida.

Ruini conocía la Iglesia.

Conocía su doctrina.

Conocía su constitución.

Conocía su liturgia.

Conocía los límites dentro de los cuales puede desarrollarse legítimamente la autoridad pontificia.

Y precisamente porque la conocía, le costaba reconocerla en aquellas nuevas orientaciones.

Veía las paredes del Vaticano.

Veía las sotanas.

Veía los cargos.

Veía las ceremonias.

Veía la continuidad material de las estructuras.

Pero no lograba reconocer en determinados actos el rostro de la Esposa de Cristo.

Sabía que la verdadera Iglesia pertenece eternamente al Señor y que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.

Lo que parecía atormentarlo era otra cuestión: si aquello que actuaba desde Roma, utilizando el nombre de la Iglesia, podía seguir identificándose sin más con la Iglesia de Cristo.

Su oración no manifiesta una pérdida de fe.

Manifiesta el vértigo de quien comienza a distinguir entre la Iglesia indefectible fundada por Jesucristo y una estructura eclesiástica visible que habla en su nombre mientras parece trabajar contra su doctrina, su liturgia, su moral y su tradición.

Ruini no llegó a formular públicamente esta distinción.

Pero se situó ante ella.

La contempló.

La sufrió.

Y la dejó escrita entre líneas.

El drama de los hombres buenos que no hablaron

El caso de Ruini representa el drama de una generación entera de cardenales, obispos y sacerdotes.

Eran hombres formados en una concepción tradicional del sacerdocio.

Amaban a la Iglesia.

Respetaban profundamente al Papa.

Habían sido educados para considerar la obediencia a Roma como garantía de fidelidad.

Y precisamente ese papismo les impidió a muchos comprender que la obediencia católica nunca puede convertirse en adhesión ciega a la destrucción de la fe.

Ruini lo confiesa expresamente: siempre había sido papista.

Pero su papismo, que durante pontificados anteriores había fortalecido su comunión con la autoridad legítima, se convirtió bajo Bergoglio en una prisión interior.

Veía el error, pero no se atrevía a señalar al hombre al que consideraba Papa.

Reconocía las heridas, pero no encontraba el valor para denunciar a quien las estaba reabriendo.

Percibía que la Iglesia estaba siendo deformada, pero se obligaba a pensar que aquello debía continuar siendo la Iglesia simplemente porque conservaba exteriormente sus nombres, sus cargos y sus estructuras.

Esa fue la tragedia de muchos buenos hombres de Iglesia.

Confundieron la indefectibilidad de la Iglesia con la imposibilidad de que sus estructuras visibles fueran ocupadas, manipuladas o utilizadas por hombres al servicio de una religión diferente.

Y mientras ellos dudaban, callaban, esperaban y pedían nuevas luces, la demolición avanzaba.

La falsa prudencia

Es comprensible que un cardenal tema provocar escándalo.

Es comprensible que tema una ruptura.

Es comprensible que tema ser acusado de desobediencia, soberbia o rebelión.

Pero existe un momento en el que el silencio provoca un escándalo mayor que la palabra.

Cuando las almas son confundidas, la claridad es caridad.

Cuando la doctrina es atacada, la resistencia es fidelidad.

Cuando la autoridad se utiliza para destruir aquello que debería custodiar, obedecer ciegamente deja de ser virtud.

Ruini había combatido las desviaciones posconciliares cuando estas se manifestaban en las periferias.

Pero cuando aquellas mismas desviaciones alcanzaron el centro, guardó silencio.

Ese fue su fallo.

Y ese es el fallo de tantos hombres buenos que comprendieron parcialmente la magnitud del desastre, pero no se atrevieron a sacar todas las consecuencias.

No basta con sufrir en silencio.

No basta con escribir un testamento para que sea publicado después de la muerte.

No basta con confiar a Dios aquello que uno tenía la obligación de proclamar ante los hombres.

La prudencia cristiana no consiste en evitar todo conflicto.

Consiste en elegir los medios adecuados para defender el bien y combatir el mal.

Y cuando la salvación de las almas está en juego, callar puede convertirse en una forma de colaboración objetiva con el error.

De Bergoglio a Prevost: la continuidad de la falsa Iglesia

La muerte de Bergoglio no significó la desaparición del sistema construido durante sus años de gobierno.

La llegada de Robert Francis Prevost introdujo un estilo aparentemente más moderado, una comunicación más contenida y unas formas menos provocadoras. Pero las formas no bastan para restaurar la Iglesia.

La falsa Iglesia no necesita repetir eternamente todos los gestos de Bergoglio.

Puede vestirse con mejores ornamentos.

Puede emplear un lenguaje más medido.

Puede recuperar símbolos que tranquilicen a los conservadores.

Puede ofrecer una imagen de mayor disciplina.

Pero si no rompe con el edificio doctrinal, pastoral y sinodal heredado, continúa la misma obra bajo una apariencia distinta.

Ese es uno de los métodos más peligrosos de la revolución eclesial: tranquilizar a quienes todavía conservan la fe sin restaurar aquello que fue destruido.

Camillo Ruini no pudo escribir un nuevo testamento a la luz de todo lo sucedido después de 2016.

Pero sus palabras resultan hoy todavía más claras.

Aquello que entonces era una dolorosa intuición terminó convirtiéndose en una evidencia.

La estructura continuó avanzando por el camino que él ya había reconocido como una reapertura de las heridas posconciliares.

Y el silencio de los cardenales que comprendían facilitó ese avance.

El juicio pertenece a Dios

No escribimos estas palabras para condenar el alma de Camillo Ruini.

El juicio pertenece únicamente a Dios.

Reconocemos su fe, su inteligencia, su servicio, su valentía en numerosas batallas y su amor a la Iglesia.

Rezamos para que el Señor haya acogido su alma, purificado sus debilidades y premiado todo el bien que realizó.

Pero honrar a un hombre no significa ocultar su error más grave.

Ruini debió hablar.

Debió utilizar su autoridad, su prestigio y su conocimiento de Roma para advertir a los fieles.

Debió proclamar públicamente aquello que solo se atrevió a confiar a un documento destinado a conocerse después de su muerte.

Dios sabrá perdonar este fallo de omisión, que, sin embargo, ahora sabemos que no procedía de una adhesión interior a la revolución bergogliana.

Su propio testamento demuestra que no creía íntimamente en aquellas orientaciones.

Demuestra que las sufría.

Demuestra que le resultaban incompatibles con la Iglesia que había conocido y servido.

Siempre lo habíamos sospechado.

Ahora lo sabemos.

Cuando ya no se reconoce a la Iglesia

El testamento espiritual de Camillo Ruini no contiene una condena abierta de Bergoglio.

Pero contiene algo quizá todavía más revelador: la confesión de un hombre que, después de haberlo apoyado, ya no lograba reconocer a la Iglesia en el rumbo que había tomado.

Ruini pedía a Dios que lo convenciera de que la Iglesia seguía siendo suya porque aquello que tenía ante los ojos parecía decirle lo contrario.

No dudaba de Cristo.

Dudaba de que aquella estructura que actuaba en su nombre pudiera seguir siendo llamada, sin más, Iglesia de Cristo.

Ahí se encuentra el verdadero sentido de sus palabras.

Camillo Ruini fue un gran cardenal de aquella Iglesia que todavía recordaba quién era.

Su vida estuvo consagrada a servirla.

Su obra estuvo dirigida a defender muchos de sus principios.

Pero en la hora decisiva, cuando la falsa Iglesia se manifestó desde el centro mismo de Roma, no tuvo el valor de nombrarla públicamente.

Su testamento demuestra que la había reconocido.

Su silencio impidió que los fieles conocieran entonces aquello que su conciencia ya sabía.

Que el Señor tenga misericordia de él.

Que premie todo el bien que hizo.

Que perdone aquello que omitió.

Y que conceda a los pastores que todavía viven el valor de proclamar en voz alta lo que Camillo Ruini solo se atrevió a dejar escrito para después de su muerte.

Dejamos a continuación el testamento completo:

 

Testamento espiritual de Camillo Ruini

Acción de gracias y petición de arrepentimiento a Dios y a los hermanos.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Te doy gracias, Señor, por la larga vida que me has dado, por haberme hecho cristiano, por la llamada al sacerdocio y por mis muchos años como sacerdote y luego como obispo. Te doy gracias por haber sido y seguir siendo tan amado, por mis padres Francesco e Iolanda, por mi hermana Donata, por mis abuelos Idelberto y Maria y por mi tío Guido, con quienes viví: su afecto me dio fuerza y seguridad durante toda mi vida. Te doy gracias por la otra abuela, Emma, por los tíos Riccardo y Tina, por mi primo Carlo y su esposa Carla y por los demás familiares. Te doy gracias por ser amado y cuidado con tanta dedicación por mi fidelísima Pierina, amado y atendido con gran generosidad por mi secretario Don Mauro, ahora obispo de Tivoli, por Mara, que quiso permanecer a mi lado incluso después del final de mi mandato como Cardenal Vicario, por Don Nicola, Angela, Claudia de la CEI y muchos otros colaboradores míos. Y, en la vida doméstica, por Palmizia, Sergio y Raffaella.

Te doy gracias, Señor, por los amigos de Sassuolo, por mi párroco Mons. Zelindo Pelluti, por Don Dino Carretti, que me guio y acompañó en la acogida de la vocación sacerdotal. Te doy gracias por los años de formación en el Colegio Capranica y en la Universidad Gregoriana, por los superiores, profesores, compañeros y amigos que tuve, en particular los recordados Don Osvaldo Ronzon, Don Valerio Massucci, Don Nicola Battarelli y Don Nicolino Barra. Te doy gracias por mi servicio como sacerdote y profesor en Reggio Emilia, por mis obispos Beniamino Socche y sobre todo Gilberto Baroni, de quien tanto recibí y tanto aprendí, por los muchos sacerdotes y laicos, hombres y mujeres de varias generaciones, especialmente por aquellos que incluso ahora están más cerca de mí: de ellos recibí no menos de lo que traté de dar. Te doy gracias por el Concilio Vaticano II, por haberlo vivido y haber contribuido a hacerlo vivir con alegría en Reggio Emilia, y también por haberme dado la lucidez y la fuerza para oponerme a las desviaciones posconciliares.

Después, Señor, cuando cierto cansancio amenazaba con oprimir mi sacerdocio, tú tuviste piedad de mí y, con sorpresa y desconcierto, me llamaste al episcopado: fue una gracia tan grande como inmerecida, una renovación y un fortalecimiento de mi vocación. Desde entonces se multiplicaron quienes rezan por mí y según mis intenciones, supliendo la pobreza de mi oración. Desde entonces, en poco tiempo, me convertí en una figura pública, aunque siempre procuré seguir siendo una persona sencilla: en este sentido, seguir siendo el de antes.

Una gracia completamente especial fue para mí Juan Pablo II. Desde el comienzo de su ministerio vi realizarse en él aquello que percibía confusamente dentro de mí y que Pablo VI ya había señalado, entre muchas resistencias e incomprensiones. Nunca, sin embargo, habría imaginado convertirme en un colaborador directo suyo, como lo fui durante más de veinte años, desde el otoño de 1984, cuando se preparaba el Congreso de Loreto, hasta su muerte. En Juan Pablo II experimenté tu presencia, Señor; pude tocar con mis manos la unión en la oración, la inseparabilidad entre oración, vida y apostolado, el valor de la fe que guía la historia, la capacidad de amar y de perdonar. Por culpa mía, Señor, traté de seguir su ejemplo en aquello que correspondía a mi inclinación, pero mucho menos en aquello que habría remediado mis más graves carencias.

En concreto, durante los veintidós años de mi ministerio romano, en la CEI y en el Vicariato, espero, Señor, haber actuado no por intereses personales sino por los objetivos que me habían sido confiados y que compartía de todo corazón: así superé resistencias y hostilidades nada pequeñas, especialmente al principio, tanto en la CEI como en el Vicariato. Reconozco y confieso, sin embargo, que a veces actué con dureza de fondo, bajo formas generalmente —aunque no siempre— amables: por ello pido perdón al Señor y a todas las personas, vivas y difuntas, a quienes causé dolor. Pero debo darte gracias, Señor, por las personas con las que tuve la alegría de colaborar: en particular Mons. Giovanni Battista Re y Mons. Stanislao Dziwisz, los secretarios de la CEI Mons. Dionigi Tettamanzi, Mons. Ennio Antonelli y Mons. Giuseppe Betori, los vicegerentes de Roma Mons. Remigio Ragonesi, Mons. Cesare Nosiglia, Mons. Luigi Moretti, Annick Johnson, Dino Boffo, Sergio Belardinelli, Vittorio Sozzi, el recordado Mons. Giuseppe Cacciari, el cardenal Angelo Scola, pero también muchísimos otros, entre ellos los párrocos de Roma y los directores de las oficinas de la CEI y del Vicariato: con no pocos de ellos he mantenido un vínculo duradero.

Ahora llevo ocho años como emérito y te doy gracias, Señor, por haberme concedido todo este tiempo para prepararme para el encuentro supremo contigo, pero también te pido perdón por haber utilizado muy poco este tiempo con ese propósito. En verdad, hasta ahora he sido un emérito muy ocupado, por diversos encargos que he recibido y sobre todo porque me he dedicado a la pasión por el estudio que nació en mí durante la adolescencia y que después siempre me ha acompañado. Los temas que he elegido, Dios y la vida después de la muerte, por sí mismos disponen al encuentro contigo, y los dos libros en los que los he condensado pretenden ser una contribución, aunque mínima, a la evangelización. Sin embargo, en la práctica, el trabajo de escribir no ha favorecido la libertad de mi espíritu para la oración.

Pero las causas de esta escasa libertad son sobre todo mis pecados y la debilidad de mi respuesta al amor del Señor: estas cosas quisiera confesar, esperando no escandalizar a nadie, sino estimular a rezar por mí y a hacerlo mejor que yo. Confieso ante todo la pequeñez de mi fe. Desde pequeño tuve el don de la fe y recé mis oraciones; la fe me ha acompañado y sostenido siempre hasta hoy, particularmente al acoger la llamada al sacerdocio. A defender la fe me dediqué, ya desde mis años de estudiante de bachillerato, sin timidez ni miedo. Traté de profundizar mediante el estudio en sus contenidos y en sus razones, de proponerla y defenderla con pasión y convicción. A pesar de todo esto, sin embargo, en el secreto de mi corazón siempre fui tentado precisamente en la fe, aunque, por gracia de Dios, creo no haber cedido nunca a la tentación. Concretamente, mi fe era y sigue siendo insuficiente para sostener y animar una vida que debería estar totalmente dedicada a Dios y a los hermanos. Señor, ten piedad de mí y fortaléceme en la fe, en la última y decisiva etapa de mi camino terrenal.

Virgen María, nuestra dulce Madre, intercede para que el amor de Dios llene mi corazón y me conceda la verdadera libertad. «Hay más dicha en dar que en recibir» (Hechos 20,35): esta palabra de Jesús ha sido para mí siempre casi una evidencia y una inclinación natural, vinculada también al hecho de que nunca me encontré en la necesidad. Así, gracias a la gran generosidad de mis padres y de mi hermana, durante todo el tiempo en que fui sacerdote en Reggio pude trabajar prácticamente gratis. Más tarde recibí mucho dinero, pero no incrementé los bienes de la familia, destinando lo superfluo a ayudar a personas en dificultad. También aquí, sin embargo, no puse en práctica la invitación del Señor a dejarlo todo para seguirlo y no renuncié a un nivel de vida sencillo pero cómodo.

Siempre he sido «papista» y doy gracias por ello al Señor y a mis formadores, en particular a los profesores de la Gregoriana. Después de Juan Pablo II, colaboré durante tres años con Benedicto XVI y le doy gracias de todo corazón, también por el afecto que todavía hoy me demuestra. Cuando fue elegido el papa Francisco me alegré y, en la medida de mis posibilidades, fui inmediatamente uno de sus partidarios. También hoy me alegro y le agradezco su extraordinario impulso evangelizador. Debo confesar, sin embargo, que me encuentro en una situación de incomodidad, ciertamente no por motivos personales, sino porque me cuesta comprender algunas orientaciones que me parecen reabrir heridas que, después del Concilio, apenas habían sido curadas. Pido humildemente al Señor que me convenza interiormente de que la Iglesia es suya y de que Él mismo cuida de ella, más allá de nuestras perspectivas humanas.

Señor, ayúdame a aceptar la pequeña cruz de mi decadencia, por ahora física, y la progresiva desaparición de mi papel: es la gracia que ahora me das para prepararme mejor al encuentro contigo.

Señor, solo tú sabes por qué me llamaste; tu amor es totalmente gratuito, inmerecido y creador. Haz que no lo rechace; perdóname también por haberlo eludido y defraudado ya demasiadas veces. Señor, Dios fiel, no te canses de amarme y de llamarme, de convertirme. Padre rico en misericordia, concede a mí y a todos mis hermanos en humanidad la gracia de la perseverancia final.

Roma, 3 de junio de 2016

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Camillo Card. Ruini

 

 

 

 

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