🇪🇸 LA TRAICIÓN: EL BESO QUE HIERE EL CORAZÓN DE DIOS. Por Vicente Montesinos

Hay pecados que nacen de la debilidad. Otros brotan de la ignorancia. Algunos se cometen bajo el ímpetu de una pasión desordenada, en una hora de confusión o de miedo. Pero la traición pertenece a una categoría más oscura. No es simplemente caer: es entregar. No es solamente herir: es abrir desde dentro la puerta por la que entra el enemigo.

0 639

 

 

LA TRAICIÓN

 

 

por Vicente Montesinos

Director de Adoración y Liberación

 

 

 

El traidor no suele venir de lejos. No aparece con el rostro descubierto del adversario. Se sienta a la mesa, conoce la casa, escucha las confidencias, recibe confianza, comparte el pan y aprende dónde se encuentran los puntos débiles. Por eso la traición causa una herida distinta de todas las demás. El enemigo declarado golpea el cuerpo; el traidor intenta alcanzar el corazón.

La Sagrada Escritura conoce muy bien esta tragedia. La historia de la salvación está atravesada por fidelidades luminosas y por traiciones que parecen querer apagar la obra de Dios. Desde la desobediencia de nuestros primeros padres hasta el beso de Judas, el pecado aparece siempre como una ruptura de confianza. El hombre recibe un don, habita una alianza, conoce el amor y, sin embargo, vuelve la mano contra quien le hizo bien.

No toda traición alcanza la misma gravedad. Pero toda verdadera traición contiene una perversión moral profunda: utilizar un vínculo santo para provocar un daño. Allí donde debía haber gratitud, introduce cálculo. Donde debía haber lealtad, coloca ambición. Donde había amistad, instala una emboscada.

 

I. EL MISTERIO DE LA CONFIANZA PROFANADA

 

La traición solamente es posible allí donde antes hubo confianza. Nadie puede traicionar aquello a lo que nunca perteneció. Nadie puede entregar un secreto que jamás recibió. Nadie puede quebrantar una alianza en la que nunca entró.

Por eso la gravedad de la traición crece en proporción al bien recibido. Cuanto más alta es la confianza, más terrible es su profanación. El siervo que traiciona a un amo justo, el amigo que vende al amigo, el esposo que quebranta su promesa, el discípulo que entrega a su maestro, el sacerdote que abandona la verdad que juró custodiar: todos destruyen no solo una relación humana, sino algo que poseía una dimensión sagrada.

El Salmo expresa con una precisión desgarradora este dolor:

“Si un enemigo me ultrajara, lo soportaría; si se alzara contra mí quien me odia, podría ocultarme de él. Pero eres tú, un hombre igual a mí, mi amigo y mi familiar, con quien compartíamos dulce intimidad y caminábamos juntos en la casa de Dios” (cf. Sal 54).

La herida no procede únicamente del mal cometido, sino de quién lo comete. El corazón se pregunta: ¿cómo pudo hacerlo alguien que conocía mi amor? ¿Cómo pudo levantar la mano quien había sido acogido? ¿Cómo pudo utilizar contra mí aquello que yo le entregué como signo de confianza?

La traición convierte un don en un arma. Esa es su perversidad más propia.

 

II. JUDAS: LA TEOLOGÍA DEL BESO

 

Toda reflexión cristiana sobre la traición termina inevitablemente frente a Judas Iscariote.

Judas no fue un extraño. Fue elegido. Escuchó la voz de Cristo. Presenció milagros. Caminó junto al Verbo encarnado. Vio a los ciegos recobrar la vista, a los muertos volver a la vida, a los pecadores recibir misericordia. Comió el pan multiplicado por las manos de Jesús y recibió de Él potestad para predicar y expulsar demonios.

Y, sin embargo, lo entregó.

El Evangelio no presenta su pecado como un impulso repentino. La traición fue madurando. Antes del beso hubo codicia. Antes de la entrega existió una infidelidad interior. San Juan señala que Judas robaba de la bolsa común. Aquella mano que sustraía secretamente el dinero terminó señalando públicamente al Inocente.

El pecado rara vez comienza en el acto definitivo. Primero se tolera una pequeña deslealtad. Después se justifica una doble vida. Más tarde se endurece la conciencia. Finalmente, el alma llega a realizar aquello que en otro tiempo habría considerado monstruoso.

Judas preguntó a los sumos sacerdotes: “¿Qué queréis darme, y yo os lo entregaré?” (Mt 26,15)
En esa frase se encierra la anatomía de toda traición. Primero se calcula el precio. Después se reduce a una persona a mercancía. Por último, se convence uno mismo de que el beneficio obtenido justifica la infamia.

Pero el elemento más terrible no fueron las monedas. Fue el beso.

Judas podría haber señalado a Cristo desde lejos. Podría haber pronunciado su nombre. Podría haber indicado su lugar. Pero eligió un signo de amistad. Utilizó el gesto del amor como instrumento de muerte.

“Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?” (Lc 22,48).

Esta pregunta de Cristo atraviesa los siglos. No acusa solamente a Judas. Interroga a todos los que utilizan palabras santas para ocultar intenciones perversas. A quienes hablan de fraternidad mientras preparan una expulsión. A quienes invocan la obediencia para destruir la verdad. A quienes dicen defender a la Iglesia mientras persiguen a los fieles. A quienes sonríen, abrazan y bendicen mientras conspiran.

El beso de Judas representa la hipocresía llevada a su culminación: la apariencia del amor al servicio del odio.

 

III. LA TRAICIÓN COMIENZA MUCHO ANTES DE SER VISIBLE

 

Nadie se convierte en traidor en un instante.

La traición exterior es la conclusión de una apostasía interior. Antes de abandonar una causa, el corazón ha comenzado a separarse de ella. Antes de vender a una persona, uno ha dejado de amarla. Antes de entregar la verdad, se ha empezado a negociar con la mentira.

Judas continuó caminando con Cristo cuando su corazón ya no estaba con Él.

Esta es una advertencia terrible. Se puede permanecer físicamente cerca de lo santo mientras el alma se aleja. Se puede conservar un cargo, una vestidura, una responsabilidad o una apariencia externa y haber abandonado interiormente aquello que se representa.

Nuestro Señor dijo:

“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mt 15,8).

La traición crece en esa distancia. Cuando el corazón se aparta de Dios, la fidelidad comienza a parecer una carga. La obediencia se interpreta como humillación. La gratitud se convierte en resentimiento. El servicio se transforma en deseo de dominio.

El traidor suele reescribir la historia para poder convivir consigo mismo. Olvida los bienes recibidos, exagera los agravios, inventa intenciones, se presenta como víctima y termina creyendo que su traición fue un acto de justicia.

Así opera el orgullo: no soporta reconocerse culpable, por lo que necesita convertir al bienhechor en enemigo.

 

IV. LAS MONEDAS DE PLATA CAMBIAN DE NOMBRE

 

No todas las traiciones se cometen por dinero. Las treinta monedas adoptan muchas formas.

Para algunos, el precio es el poder.

Para otros, el prestigio.

Para otros, la aceptación del mundo.

Para otros, la tranquilidad de no ser perseguidos.

Para otros, un cargo, una promoción, una influencia o un aplauso.

También existe quien traiciona por miedo. San Pedro negó a Cristo, pero no lo hizo movido por odio ni por cálculo, sino por cobardía. Su caída fue grave, pero no tuvo la misma raíz que la de Judas. Pedro lloró amargamente porque su corazón seguía amando, aunque su voluntad hubiera cedido.

Aquí aparece una distinción fundamental.

El débil cae y puede volver.

El traidor justifica su caída y pretende convertirla en virtud.

Pedro fue vencido por el temor y se arrepintió.

Judas se dejó dominar por la codicia, consumó la entrega y cayó en la desesperación.

El arrepentimiento no consiste solo en sentirse mal por las consecuencias. Consiste en odiar el pecado porque ha ofendido a Dios. Pedro lloró porque había negado al Señor. Judas se angustió porque vio el resultado de su acción, pero no se arrojó confiadamente a los pies de la Misericordia.

Hasta después de la traición, Cristo habría podido perdonarlo. La sangre derramada en el Calvario alcanzaba también para Judas. Pero el traidor añadió a su pecado la desesperación, como si su culpa fuera más grande que la misericordia divina.

 

V. LA TRAICIÓN A CRISTO EN SU IGLESIA

 

Cristo continúa siendo traicionado en su Cuerpo Místico.

Se le traiciona cuando se mutila su doctrina para agradar al mundo.

Se le traiciona cuando se oculta la Cruz para no incomodar.

Se le traiciona cuando se llama progreso a la apostasía y caridad a la tolerancia del error.

Se le traiciona cuando los pastores prefieren la aprobación de los poderosos a la defensa de las almas.

Se le traiciona cuando la fe recibida de los Apóstoles es tratada como un objeto viejo que debe adaptarse al espíritu del siglo.

San Pablo advirtió con severidad:

“Vendrá tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que, llevados de sus propias concupiscencias, se rodearán de maestros que les halaguen los oídos; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas” (2 Tim 4,3-4).

La traición doctrinal puede resultar más devastadora que la persecución abierta. El perseguidor intenta destruir la Iglesia desde fuera. El modernista procura transformarla desde dentro. El primero ataca el templo; el segundo altera el altar. El primero amenaza al creyente; el segundo le cambia la fe sin que llegue a advertirlo.

La Iglesia ha sufrido persecuciones sangrientas, pero también ha padecido la infidelidad de quienes, manteniendo títulos eclesiásticos, han servido ideas contrarias a la fe.

No basta llevar vestiduras sagradas para ser fiel. Judas pertenecía al Colegio Apostólico. La dignidad del cargo no garantiza la santidad del corazón.

Cuanto mayor es la misión recibida, mayor será la cuenta que Dios exigirá.

 

VI. LA TRAICIÓN ENTRE LOS HOMBRES

 

La traición hiere especialmente porque destruye la memoria compartida. De pronto, los momentos vividos, las palabras pronunciadas y las promesas hechas parecen adquirir un sentido distinto. La persona traicionada revisa el pasado y se pregunta qué fue verdadero y qué fue fingido.

No siempre hay una respuesta.

A veces el afecto fue real y después se corrompió. Otras veces existió desde el principio una intención interesada. En ambos casos, el daño es profundo.

Sin embargo, el cristiano debe evitar dos peligros opuestos.

El primero es la ingenuidad. Nuestro Señor mandó ser sencillos como palomas, pero también prudentes como serpientes. La caridad no obliga a confiar ciegamente en quien ha demostrado ser desleal. Perdonar no significa devolver inmediatamente el acceso al lugar desde el cual se produjo la traición.

El perdón es un deber.

La reconciliación exige verdad y arrepentimiento.

La restitución de la confianza necesita pruebas.

Quien ha traicionado no puede exigir que todo continúe como si nada hubiera ocurrido. La confianza no se reclama: se reconstruye.

El segundo peligro es el odio. La traición puede inocular en el alma una amargura que termine pareciéndose al mal recibido. Quien ha sido traicionado corre el riesgo de vivir atado al traidor, no ya por el afecto, sino por el resentimiento.

Cristo no nos pide llamar bueno a lo malo. No exige negar la gravedad del daño. Pero manda perdonar, porque el odio encadena a la víctima al pecado del culpable.

Perdonar no es declarar inocente al traidor.

Es entregarlo al juicio de Dios y negarse a permitir que su pecado gobierne también nuestro corazón.

 

VII. CUANDO LOS JUSTOS SON ABANDONADOS

 

La traición suele ir acompañada por el abandono.

En Getsemaní no solo hubo un Judas que entregó. También hubo discípulos que huyeron. Uno traicionó; otros tuvieron miedo. Y Cristo quedó aparentemente solo.

Esta escena se repite en la vida de quienes defienden la verdad. Mientras una causa parece triunfante, muchos desean estar cerca. Cuando llegan la persecución, la calumnia o el peligro, aparecen las distancias, los silencios y las excusas.

“Todos te aseguran lealtad hasta que la lealtad empieza a costarles algo.”

La fidelidad verdadera se manifiesta precisamente en la hora de la prueba. Mientras no existe riesgo, puede confundirse la adhesión con la conveniencia. Pero cuando permanecer tiene un precio, el alma revela qué ama realmente.

Santo Tomás enseña que la virtud se prueba en la dificultad. No es especialmente meritorio mantenerse firme cuando todo favorece esa firmeza. La fortaleza aparece cuando el bien debe ser defendido frente al temor.

Por eso Dios permite algunas traiciones. No porque las quiera, sino porque sabe extraer de ellas una purificación. La traición separa a los fieles de los oportunistas. Hace caer las máscaras. Revela los corazones. Obliga a dejar de apoyarse en criaturas y a confiar con mayor radicalidad en Dios.

A veces la pérdida de un falso amigo es una dolorosa forma de liberación.

 

VIII. LA TENTACIÓN DE RESPONDER CON LA MISMA MONEDA

 

Después de ser traicionado surge una tentación comprensible: devolver el golpe. Desenmascarar, humillar, destruir, hacer pagar.

La justicia puede exigir una respuesta. La prudencia puede obligar a advertir a otros. La defensa del bien común puede requerir hacer públicos ciertos hechos. El silencio no siempre es virtud; en ocasiones se convierte en complicidad.

Pero una cosa es actuar por justicia y otra por venganza.

La justicia busca restablecer el orden.

La venganza quiere alimentar el dolor del culpable.

La justicia puede ser firme, incluso severa.

La venganza necesita saborear la caída del otro.

El cristiano no está obligado a permanecer indefenso ante el mal. Nuestro Señor guardó silencio ante algunas acusaciones, pero también llamó hipócritas a los fariseos y expulsó a los mercaderes del templo. La mansedumbre cristiana no es cobardía. Es la fuerza sometida a la razón y a Dios.

Debemos defender la verdad sin convertirnos en aquello que combatimos.

Hay victorias que destruyen el alma de quien las obtiene. Se puede derrotar públicamente al traidor y terminar interiormente vencido por el odio.

 

IX. DIOS NO ABANDONA AL TRAICIONADO

 

La traición introduce una forma particular de soledad. Parece que el mundo se vuelve inseguro. Si alguien tan cercano pudo actuar así, ¿en quién se puede confiar?

La respuesta cristiana no consiste en cerrar el corazón para siempre, sino en ordenar la confianza. Ninguna criatura debe ocupar el lugar que corresponde a Dios.

“Maldito el hombre que confía en el hombre y hace de la carne su apoyo, apartando su corazón del Señor” (Jer 17,5).

Este texto no prohíbe la amistad ni la confianza legítima. Advierte contra la idolatría de las criaturas. Todo ser humano es falible. Incluso las personas más amadas pueden decepcionar. Solo Dios permanece absolutamente fiel.

“Si nosotros somos infieles, Él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo” (2 Tim 2,13).

Cristo sabe lo que significa ser traicionado. Quien llora una deslealtad no habla ante un Dios distante. Habla ante el Maestro que recibió el beso de Judas; ante el Señor abandonado por sus discípulos; ante el Inocente entregado por aquellos a quienes había venido a salvar.

Por eso la herida de la traición puede convertirse en un lugar de encuentro profundísimo con Cristo.

El dolor no desaparece de inmediato. Pero deja de ser estéril cuando se une a la Pasión.

X. LA PROVIDENCIA SOBRE LA INFAMIA

 

La traición de Judas condujo a Cristo al Calvario. Desde el punto de vista de los hombres, fue una victoria de las tinieblas. Desde la perspectiva de Dios, terminó sirviendo al misterio de la Redención.

Esto no hace buena la traición. Judas fue responsable de su pecado. Pero revela el poder de la Providencia: Dios puede utilizar incluso la maldad humana sin convertirse en autor del mal.

Los enemigos creen cerrar un camino y, sin saberlo, abren otro.

Creen destruir una obra y contribuyen a purificarla.

Creen aislar a un hombre y lo empujan hacia una unión más íntima con Dios.

Creen enterrar una verdad y preparan su resurrección.

José dijo a sus hermanos, que lo habían vendido:

“Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo encaminó para bien” (Gn 50,20).

Esta frase no niega la malicia de los hermanos. La supera. La Providencia no impide siempre la herida, pero impide que el mal tenga la última palabra.

El traidor puede determinar el modo de la herida, pero no puede determinar el desenlace cuando el traicionado permanece en Dios.

 

XI. EL JUICIO DE LOS TRAIDORES

 

El mundo suele admirar a los traidores cuando su traición resulta útil. Los poderosos reciben con agrado al desertor que les entrega secretos, nombres o posiciones. Pero rara vez lo respetan.

Quien traicionó una vez puede volver a hacerlo.

Por eso el traidor acaba frecuentemente despreciado por aquellos mismos a quienes sirvió. Las monedas se arrojan al suelo. La utilidad termina. Y entonces queda la conciencia.

No existe tribunal más terrible que una conciencia despierta después de haber sido silenciada durante mucho tiempo.

El traidor puede obtener beneficios temporales, pero pierde algo mucho más precioso: la unidad interior. Debe vivir justificando lo injustificable, huyendo de la verdad y temiendo que otros le hagan lo mismo que él hizo.

La justicia divina puede tardar, pero no desaparece. Cada palabra, cada decisión y cada deslealtad serán juzgadas.

Nuestro Señor pronunció una advertencia estremecedora respecto de Judas:

“Más le valdría a ese hombre no haber nacido” (Mt 26,24).

No hay aquí odio, sino una revelación de la gravedad del pecado. La libertad humana puede llegar a utilizarse de una manera tan perversa que la propia existencia quede orientada hacia la perdición.

 

XII. LA FIDELIDAD COMO MARTIRIO COTIDIANO

 

Frente a la traición, la respuesta cristiana es la fidelidad.

Fidelidad a Dios cuando el mundo se burla.

Fidelidad a la verdad cuando la mentira parece triunfar.

Fidelidad a la palabra dada cuando romperla resultaría ventajoso.

Fidelidad a los amigos cuando son perseguidos injustamente.

Fidelidad a la Iglesia de siempre cuando se pretende sustituir la fe por ideología.

La fidelidad no es inmovilidad sentimental. Es una virtud fuerte, inteligente y sacrificada. A veces exige permanecer; otras veces obliga a apartarse. Porque tampoco es fidelidad acompañar a alguien en su error. La verdadera lealtad nunca puede oponerse a la verdad.

Quien ama de verdad no confirma al otro en su pecado. Le advierte. Le corrige. Reza por él. Y, cuando es necesario, se distancia para no participar en su extravío.

La fidelidad a Dios está por encima de toda obediencia humana.

Los mártires fueron fieles porque se negaron a ofrecer incienso a los ídolos, aunque la autoridad civil lo exigiera. Los confesores fueron fieles porque soportaron destierros, calumnias y persecuciones antes que alterar una sola verdad revelada.

La Iglesia no se sostuvo por los diplomáticos del miedo, sino por los fieles que aceptaron perderlo todo antes que traicionar a Cristo.

 

XIII. ¿PUEDE REDIMIRSE UN TRAIDOR?

 

Mientras vive, ningún pecador debe ser considerado irremediablemente perdido.

San Pedro negó. San Pablo persiguió. El buen ladrón fue criminal. La gracia puede entrar en los lugares más oscuros.

Pero la restauración exige verdad.

No existe arrepentimiento sin reconocimiento del pecado. No existe conversión auténtica mientras el culpable siga culpando a los demás. No existe reconciliación si se mantiene la mentira que hizo posible la traición.

El traidor arrepentido debe llamar a las cosas por su nombre:

“Traicioné.”

“No fui simplemente incomprendido.”

“No actué por el bien de todos.”

“No tuve otra opción.”

“Traicioné.”

Esa palabra, pronunciada ante Dios sin excusas, puede convertirse en el comienzo de una resurrección.

Después debe reparar en lo posible el daño. Devolver lo robado. Rectificar la calumnia. Reconocer públicamente la falsedad cuando la ofensa fue pública. Pedir perdón sin exigirlo. Aceptar que la confianza puede tardar en regresar.

La misericordia no elimina la justicia; la perfecciona.

 

XIV. CUANDO TAMBIÉN NOSOTROS HEMOS TRAICIONADO

 

Es fácil leer sobre Judas pensando únicamente en los demás.

Pero cada pecado mortal contiene una traición a Dios. El alma bautizada pertenece a Cristo. Ha recibido la gracia, la fe, los sacramentos y la sangre del Redentor. Cuando elige deliberadamente una criatura contra Dios, repite de alguna manera la pregunta de Judas: “¿Qué me daréis, y yo os lo entregaré?”

Un placer.

Una aprobación.

Un beneficio.

Una comodidad.

Un pecado oculto.

Ese puede ser el precio por el cual entregamos a Cristo.

Cada vez que pecamos gravemente, preferimos las monedas al Maestro.

Por eso la reflexión sobre la traición no debe alimentar únicamente la indignación, sino también el examen de conciencia.

¿He sido fiel a mis promesas?

¿He hablado contra quien confiaba en mí?

¿He abandonado a alguien cuando dejó de serme útil?

¿He guardado silencio por miedo mientras un inocente era atacado?

¿He utilizado información confidencial para dañar?

¿He servido a la verdad o a mi conveniencia?

¿He besado mientras interiormente entregaba?

Estas preguntas duelen. Pero pueden salvar.

 

XV. AL PIE DE LA CRUZ

 

En el Calvario estaban los efectos de la traición: Cristo crucificado, los discípulos dispersos, la Madre Dolorosa, un puñado de fieles.

Parecía el fracaso definitivo.

Pero junto a la Cruz permanecieron María, San Juan y las santas mujeres. No eran muchos. Nunca son muchos los que permanecen cuando la fidelidad exige atravesar la noche.

La historia de la Iglesia ha avanzado gracias a esos pocos.

A los que no huyeron.

A los que no negociaron.

A los que no cambiaron de bando.

A los que no utilizaron el beso para entregar.

La traición hace ruido. La fidelidad suele guardar silencio. Pero ante Dios, una sola alma fiel pesa más que todas las conspiraciones de los hombres.

María Santísima representa la antítesis absoluta de Judas. Judas recibió y vendió. María recibió y custodió. Judas abandonó por treinta monedas. María permaneció cuando todo parecía perdido. Judas convirtió un beso en arma. María convirtió su dolor en ofrenda.

Por eso, frente a la traición, el cristiano debe mirar a la Virgen fiel.

Ella enseña a permanecer sin odio.

A sufrir sin desesperación.

A guardar la verdad sin negociar.

A esperar contra toda esperanza.

 

CONCLUSIÓN: NO TEMAS AL TRAIDOR; TEME CONVERTIRTE EN UNO

 

La traición es una de las experiencias más amargas que puede sufrir el corazón humano. Pero no es el final.

Cristo fue traicionado y resucitó.

José fue vendido y terminó salvando a sus hermanos.

David fue perseguido y recibió el reino.

Los santos fueron abandonados, calumniados y entregados, pero sus nombres viven donde los nombres de sus perseguidores apenas son recordados.

El traidor puede causar una herida, pero no posee la última palabra.

La última palabra pertenece a Dios.

No debemos temer excesivamente ser traicionados. Debemos temer traicionar. No debemos vivir obsesionados con descubrir Judas alrededor de nosotros, sino vigilantes para que Judas no crezca dentro de nuestro corazón.

Que nunca vendamos la verdad por conveniencia.

Que nunca abandonemos al justo por miedo.

Que nunca utilicemos el amor como máscara.

Que nunca cambiemos la fidelidad por treinta monedas, aunque esas monedas lleven inscritos los nombres del prestigio, la comodidad, el poder o la supervivencia.

Y si alguna vez somos entregados con un beso, miremos a Cristo.

Él conoce esa herida.

Él puede purificarla.

Él puede convertirla en Cruz.

Y toda cruz aceptada con fidelidad, tarde o temprano, desemboca en resurrección.

 

 

 

OTROS ARTÍCULOS DEL AUTOR:

 

 

🇪🇸 LOS SACERDOTES DEL SODALIZIO SACERDOTAL MARIANO: EN EL CORAZÓN DE LA MISIÓN. Por Vicente Montesinos

 

 

🇪🇸 La teología de rodillas ante los Padres. Por Vicente Montesinos

 

🇪🇸 Don Alessandro Minutella, León de María, posee en su caso extraordinario tanto la potestad de jurisdicción como la potestad de orden.. Por Vicente Montesinos

 

 

🇪🇸 “Il Leone di Alessandria”: el rugido de la fidelidad en tiempos de confusión. Por Vicente Montesinos

 

🇪🇸 Trump, “León XIV” y el gran engaño de los falsos escándalos. Por Vicente Montesinos

 

 

🇪🇸 EL PECADO DE LOS QUE SABEN. Por Vicente Montesinos

 

 

 

🇪🇸 El amor impaciente en San Juan de la Cruz: llama divina que no admite demora. Por Vicente Montesinos

 

🇪🇸 OTRA GRAVE DESVIACIÓN DE PREVOST: “LALLA MERYEM” COMO FALSO PUENTE ENTRE CRISTIANISMO E ISLAM. Por Vicente Montesinos

 

🇪🇸 MILÁN: ALGO GRANDE SE PERCIBE EN EL AIRE. Por Vicente Montesinos

 

 

 

🇪🇸 CUANDO LOS REYES FINGÍAN OBEDECER A DIOS… Y DIOS LOS ENTREGABA AL CASTIGO. Por Vicente Montesinos

 

EL SÁBADO SANTO: CUANDO LA FE DE TODA LA IGLESIA LATIÓ SOLO EN EL CORAZÓN DE MARÍA

 

🇪🇸 CUANDO EL LENGUAJE CORROMPE LA FE. Por Vicente Montesinos

 

 

LA PACHAMAMA, EL ATENTADO Y LA “ABDICACIÓN”. Por Vicente Montesinos

 

LA BELLEZA SALVARÁ LA FE. Por Vicente Montesinos

 

🇪🇸 EL GRAN ERROR: NO EXISTE EL “PAPA HEREJE”. LA VERDAD SOBRE EL MUNUS PETRINO

 

🇪🇸 La “Iglesia” hoy: mientras negocian la Misa tradicional, coquetean con el esoterismo. Por Vicente Montesinos

 

 

🇪🇸 INDEFECTIBLE Y PROBADA La Iglesia de Cristo ante las crisis de la historia y el misterio del resto fiel. Por Vicente Montesinos

 

 

🇪🇸 31 de diciembre: cuando Dios cierra una era. Benedicto XVI, San Silvestre y León de María en el retorno de la Iglesia a las catacumbas. Por Vicente Montesinos

 

🇪🇸 Don Minutella: 26 años de un sacerdocio que no se rindió. Por Vicente Montesinos

 

 

🇪🇸 María, Torre de David levantada por Dios contra la apostasía. Por Vicente Montesinos

 

 

🇪🇸 Diez minutos para el fin de Europa. Por Vicente Montesinos

 

 

 

 

🇮🇹 MONSIGNOR LEFEBVRE E GIOVANNI PAOLO II

 

 

 

 

 

PADRE PIO E LA FALSA CHIESA


 

 

 

Biblia-Straubinger-Ediciones-Genus-Dei
Biblia-Straubinger-Ediciones-Genus-Dei

 

 

 

 

 


…AYUDA A AyL A PODER SEGUIR
Únete ahora a ayl.tv y ayúdanos a seguir y crecer:
Canal de Telegram: t.me/adoracionyliberacion
 DIRECCIÓN POSTAL: «Adoración y Liberación». Apartado de Correos nº 5 – 46113 ESPAÑA
  E-MAIL CONTACTO: info@ayl.tv
 E-MAIL PEDIDOS DE ORACION : pedidosoracion@ayl.tv
——————
MODOS DE COLABORAR CON EL SOSTENIMIENTO DEL PROYECTO
Todo el contenido de la plataforma independiente y propia AYL.TV es gratuito para todos. Sin embargo para poder ser una alternativa real necesitamos medios. Puedes apoyar a AYL.TV con una suscripción de pago en la propia plataforma, aquí:
Si lo prefieres también puedes hacer una donación, puntual o periódica, en Cuenta bancaria Openbank (Banco de Santander) : ES2500730100570163476193
Y también puedes desde cualquier rincón del mundo hacer tu aportación puntual o periódica por Paypal en paypal.me/adoracionyliberacion
Si deseas colaborar de otras formas, o tienes dudas, escribe a: info@ayl.tv
Dios te bendiga. ¡Gracias por unirte a nosotros!

Deja un comentario

Descubre más desde Adoración y Liberación

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo