La enfermedad mortal. Por Juan Cicconi

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Por Juan Cicconi

Para Adoración y Liberación

 

 

 

 

La enfermedad mortal                                                11 de septiembre de 2024

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De que vale existir sino se cree en Aquel que es la resurrección y la vida, porque la enfermedad mortal para el hombre es que Cristo exista, pues la muerte es lo último de todo y solo cabe abrigar esperanzas mientras se vive, porque cristianamente hablando, la muerte no es en modo alguno el fin de todo, sino solamente un sencillo episodio incluido en la totalidad de una vida eterna, y en sentido cristiano en la muerte caben infinitamente mas esperanzas que en lo que los hombre llama vida.

Por tanto, y en sentido cristiano, ni la misma muerte alcanza la categoría de enfermedad mortal y mucho menos todo eso a lo que suele llamarse sufrimientos terrenos y temporales.

El cristianismo es el que ha enseñado al hombre a pensar de manera elevada y animosa sobre todas las cosas terrenales, las desgracias y sobre la misma muerte. Pero como contrapartida el cristianismo ha descubierto una gran miseria: La enfermedad mortal.

Por eso para el cristiano es una broma lo que el hombre natural considera horroroso, tal es la distancia que existe entre un niño y un adulto, aquello por lo que el niño tiembla no es nada para el adulto. El niño no sabe lo que es horrible, el verdadero hombre lo sabe y tiembla ante ello.

Así ocurre en la relación con Dios, el hombre natural no conoce a Dios, pero no se detiene en tal ignorancia, sino que se arrodilla adorando a un ídolo como si fuera Dios.

Solo el cristianismo sabe lo que es entenderse con la enfermedad mortal, aprendió el temor de lo que es sobremanera horrible, por ello cuando se tiene un temor infinito ante un peligro único entonces todos los demás peligros nos resultan inexistentes, y eso espantoso que el cristiano aprendió a conocer es la enfermedad mortal.

 

Para que pueda hablarse con precisión acerca de la enfermedad mortal tiene que darse el caso en que lo último sea la muerte y la muerte sea lo último. Y este es cabalmente el caso de la desesperación, y la desesperación es la ausencia de esperanza, sin que le quede a uno ni siquiera la última esperanza, la esperanza de morir.

Cuando uno llega a conocer un peligro todavía más espantoso que la muerte, entonces uno tiene esperanzas de morirse, pero cuando el peligro es tan grande que la misma muerte se convierte en esperanza, entonces tenemos la desesperación como ausencia de todas las esperanzas, incluso la de poder morirse. Para que el hombre pudiera morir de desesperación, como muere de otra enfermedad cualquiera, sería necesario que lo eterno en él -el Yo- pudiera morir, pero eso es imposible, el suplicio es que la desesperación no lo devore por completo.

Un desesperado desespera a propósito de algo, esto aparece a primera vista, pero lo que propiamente hace no es otra cosa que desesperar por querer ser sí mismo o desesperar por no querer ser sí mismo, por tener un Yo, y ser un desesperado es lo más insoportable de todo al no poder deshacerse de sí mismo.

Sócrates probaba la inmortalidad del alma por la imposibilidad que la enfermedad la destruya. Así también se puede demostrar lo eterno que hay en el hombre por la imposibilidad de que la desesperación destruya su propio Yo.

La desesperación es un fenómeno del espíritu, algo que se relaciona con lo eterno y lo grave es que el hombre no tenga conciencia de estar constituido como espíritu. Hace falta una gran fe para recorrer todo el camino de la vida y una gran dicha haber contraído esta enfermedad por que nos pone a los pies de Dios.

 

Sin embargo la mayoría de los hombres viven sin tener conciencia clara de estar constituidos como espíritu y en consecuencia todas esas seguridades de la que hablan y todas esa alegría de vivir, no son en realidad sino desesperación. En cambio, los que afirman estar desesperados son aquellos que poseen una naturaleza más profunda, de suerte que son conscientes de su espiritualidad.

En el mundo se habla muchísimo de las calamidades y miserias humanas, y también se habla muchísimo de las vidas desperdiciadas. Sin embargo, no hay más que una vida desperdiciada, la del hombre que vivió toda su vida engañado por las alegrías y cuidados de la vida, aquel que nunca cayó en la cuenta ni sintió profundamente la existencia de Dios y que él existía delante de Dios, y esto solo se puede alcanzar pasando por la desesperación.

Lo que más impresiona y parece más terrible de esta enfermedad y miseria es su condición de oculto. No solo porque el que la padece la oculta, sino que resulte imposible descubrirla, y así va pasando la vida hasta que la temporalidad y el ruido de la mundanidad se calle y todo sea silencio como sucede en la eternidad; por eso el espanto frente a la eternidad será que no nos reconozca como suyos.

 

Bibliografía consultada: La Enfermedad Mortal – S. Kierkegaard (1813- 1855)

 

 

 

 

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