La nube blanca. Por Jorge Alberto Vásquez

La segunda venida gloriosa del Señor Jesús con sus ángeles no sucederá sin algo especial que vemos cotidianamente: las nubes. Los versículos bíblicos que hablan de su Parusía suelen asociarle con este elemento atmosférico.

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Por Jorge Alberto Vásquez

Para Adoración y Liberación

 

 

La segunda venida gloriosa del Señor Jesús con sus ángeles no sucederá sin algo especial que vemos cotidianamente: las nubes. Los versículos bíblicos que hablan de su Parusía suelen asociarle con este elemento atmosférico.

Así traduce la Biblia de Navarra: «Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre, y en ese momento todas las tribus de la tierra romperán en llantos. Y verán al Hijo del Hombre que viene sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria» (Mt 24, 30).

«Entonces verán al Hijo del Hombre que viene sobre las nubes con gran poder y gloria» (Mc 13, 26).

La preposición sobre parece indicar que vendrá desde más allá de las nubes, como estando muy por encima de ellas. Sin embargo, en cuanto al texto de san Marcos, distinta es la traducción de Juan Straubinger: «Entonces, verán al Hijo del hombre viniendo en las nubes con gran poder y gloria» (Mc 13, 26), donde la preposición en significa que se manifestará con ellas o inmerso en ellas, de manera que la preposición sobre debería comprenderse con respecto a la preposición en, según podríamos expresar igualmente de alguien: viene montado en un caballo, viene montado sobre un caballo.

El texto de san Lucas, por otra parte, pone el acento en el singular: «Entonces es cuando verán al Hijo del Hombre viniendo en una nube con gran poder y grande gloria» (Lc 21, 27), como traduce el mismo Straubinger. Aquí notamos que el Señor Jesús viene en una nube, mientras que los otros sinópticos afirman con el plural: viene en las nubes. En mi concepto, la contradicción es aparente: el Señor Jesús no viene solo, sino con sus ángeles. En otras palabras, viene en su nube junto con sus ángeles, que acaso se aparecerán también en nubes, de modo que es incluso aceptable entender que Él viene entre las nubes.

Lo sugiere el Apocalipsis: «Mirad, viene rodeado de nubes y todos los ojos le verán, incluso los que le traspasaron, y se lamentarán por él todas las tribus de la tierra» (Ap 1, 7), como refiere la Biblia de Navarra. Straubinger escribe: «Ved, viene con las nubes, y le verán todos los ojos, y aun los que le traspasaron; y harán luto por Él todas las tribus de la tierra». Conviene citar la última versión de la aplicación digital de la Biblia Católica: «Mirad, viene acompañado de nubes: todo ojo le verá, hasta los que le traspasaron, y por él harán duelo todas las razas de la tierra». Por lo demás, aquellos que le traspasaron serían, en primer orden, los que le crucificaron (cf. Mt 26, 63-64).

Pero la Escritura detalla algo más con un epíteto. Es el único caso en que la nube es descrita con un color significativo. Vierte la Biblia de Navarra: «Entonces, en la visión, apareció una nube blanca, y sobre la nube sentado uno semejante a un Hijo de hombre, con una corona de oro sobre la cabeza y una hoz afilada en la mano» (Ap 14, 14). Este «Hijo de hombre» no puede ser otro que el Señor Jesús, que viene sentado sobre la nube blanca. No viene, pues, sobre una nube roja, azul o gris, sino blanca, color que también se repite en otro lugar: «Y vi el cielo abierto: en él un caballo blanco, y el que lo monta se llama Fiel y Veraz, y con justicia juzga y combate. Sus ojos son como una llama de fuego, y en la cabeza tiene muchas diademas; lleva escrito un nombre que nadie conoce sino él; está vestido con un manto teñido de sangre, y su nombre es: “El Verbo de Dios”. Los ejércitos celestiales, vestidos de lino blanco y puro, le seguían en caballos blancos» (Ap 19, 11-14). No hay dificultad en percibir que quien monta en el caballo blanco es el Señor Jesús, el mismo Verbo de Dios. Por supuesto, Él no vendrá solo, sino con su séquito de ángeles, como también, por qué no, con los santos difuntos que para la ocasión hayan gloriosamente resucitado (cf. 1 Tes 4, 15-17).

Por lo visto, estará sentado en la nube, mientras ocurre la siega: asombrando al mundo entero, sus ángeles reúnen a los elegidos (cf. Mt 13, 39; 24, 31; Ap 14, 15-16); luego, durante el mismo acontecimiento histórico de su Parusía, descenderá para la vendimia, hasta derrotar en el Harmagedón al Anticristo y el Falso Profeta (cf. Ap 16, 12-16; 19, 15-21; 14, 17-20), pues el Rey de reyes y Señor de señores es el Juez que «pisa el lagar del vino de la furiosa ira de Dios el Todopoderoso» (Ap 19, 15); por último, justo antes de que llueva el fuego del cielo que ha de destruir y transformar el mundo posdiluviano (cf. 2 Pe 3, 5-13; Ap 20, 9), los elegidos serán llevados «en nubes» a la Jerusalén celeste (cf. 1 Tes 4, 17).

Habiendo leído sobre la nube blanca y el caballo blanco, surge una cuestión teológica: ¿hay alguna correlación semántica entre la nube y el caballo? ¿Será admisible concluir que el caballo es un símbolo de la fuerza del transporte, en tanto que la nube implica la realidad de la fuerza transportadora del caballo? No me parece creíble asumir que la nube sea solo una figura retórica, que se queda en un simple adorno pictórico. Más bien se trataría, literalmente, de un medio de transporte maravilloso, comparable con Pegaso, una nave espacial que la magia de Dios sabrá diseñar. Así como Noé fue transportado en el arca para salvarse del diluvio mientras aguardaba el nuevo mundo posdiluviano, pienso que los últimos hijos de Noé que sean entonces elegidos serán transportados en nubes voladoras para protegerse del fuego universal mientras esperen los nuevos cielos y la nueva tierra.

No sobra señalar que las nubes voladoras son recursos literarios no infrecuentes en la narrativa caballeresca.

 

 

 

 

 

 

 

 


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