La Edad Media: del mito a la realidad (II). Por Antonio R. Peña

La sociedad medieval no era machista ni patriarcal como hoy se dice. La mujer podía ocupar cargos de representación social, económica, política; y podían ser maestras de escuela, galenistas, tintoreras, encuadernadoras, carniceras, comerciantes, herreras, panaderas, escritoras, etc

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Antonio R. Peña

Doctor en Historia

Para Adoración y Liberación

 

 

En el terreno cultural la Edad Media también fue una época próspera y de muchísimas luces. En la Alta Edad Media encontramos tablillas de pizarra donde se reportan contratos -suelen ser compraventa- sobre animales, cosechas, traspasos de tierras, sobre lindes. Es decir, no era una sociedad -hispana- analfabeta. Había buena parte de la población de los estamentos populares -tanto urbana como rural- que sabía firmar, leer e incluso escribir.

Ya en este primer período medieval se recuperaron las escuelas municipales romanas, comenzando como escuelas parroquiales, más las escuelas catedralicias y palaciegas así como la formación bajo precepturía. Ximenez de Rada o Venancio Fortunato nos han dejado descritas estas escuelas y la vida de los niños y jóvenes que en ellas estudiaban. Y a todo ello se añadían los monasterios y las catedrales. Las bibliotecas privadas -no solo eclesiásticas- proliferaban ya en la alta Edad Media, como por ejemplo la de Agalia en Toledo o la de Casiodoro. Gran cantidad de hogares medievales tenían bibliotecas de tres libros o más. La Edad Media era un mundo donde los libros pasaban de mano en mano, se intercambiaban, se prestaban, y se podían encontrar en los mercados.

Fue con el monacato cuando se recuperó el saber del mundo clásico greco-romano tras la gran debacle de la desintegración romana. Fue Gregorio Magno con su “Dictatus Papae” quien impuso el orden y la reconciliación entre las antiguas provincias romanas, ahora ya cristianas. Labor continuada por los papas San Bonifacio y por San Benito. La labor reconstructora de estos papas alcanzó todas las áreas, no sólo la política y militar, también las áreas social y económica y cultural. Todo ello fue quedando puesto por escrito en los renovados ordenamientos jurídicos tomando como punto de partida el derecho romano. Es así como nace La Cristiandad como heredera del Imperio Romano Cristiano. Por lo tanto, nada de que la recuperatio clásica se debió al Humanismo y al Renacimiento y menos aún al Iluminismo masónico dieciochesco.

El sistema educativo modernos fue levantado por la Iglesia. En los monasterios y en las catedrales se estudiaba ciencias, arte, literatura, geografía, jurisprudencia y se recuperó el saber y los libros de la cultura clásica. Fueron centros de saber con grandes bibliotecas y lugares de estudio: el scriptorium. Pero resulta que también los monasterios cumplieron una función social muy importante como red de atención a los necesitados, pauperis y mendici: comedores, hospedería, sanatorio. Por su puesto, gratis. Igualito, igualito que hoy, sanidad gratuita dicen, ¡já! Los primeros hospitales también fueron creación de la Iglesia de manos de, precisamente, los Hospitalarios.

Y qué decir de las universidades, creación también de la Iglesia y proyecto acogido y desarrollado por toda la sociedad medieval. En 1180 el Papa ordenó que los saberes y estudios que se realizaban los monasterios se reuniesen en un único centro de saber, investigación, estudio y enseñanza: la Universidad. Las primeras universidades fueron Montpelier (1180), Palencia y Salamanca (1212), Bolonia y París (1215).

Esto es, durante la Edad Media se desarrolló un sistema educativo que llegó a extenderse a buena parte de los miembros de los diversos estamentos y gremios. Sistema basado en el trívium y quatrivium y en las “institutionem disciplinae” de San Isidoro, exposición del modelo moral del buen cristiano. Bajo estas premisas fueron formadas y educadas multitud de generaciones -y gentes de todos los estamentos- hasta la llegada de Santo Tomás de Aquino. Éste, fue el gran promotor cultural y del saber de la Edad Media. La enseñanza se conformó en la metodología tomista dando nacimiento a la escolástica, recta formación moral y de las conciencias. Vamos igualito, igualito que hoy, con tanta deformación lgbt, agendas 2030 y tanta estupidez degenerativa y deformativa.

Y qué decir de la “sacrosanta” democracia liberal burguesa con sus partidos. Un sistema montado por ellos, de ellos y para ellos; explotando a una población cada vez más inculta pero contenta de depositar un papelito en una cajita de cristal cada cuatro años. Aunque por detrás se manipulan los resultados electorales. Y lo dicen abiertamente: recurren a sistemas informáticos para “gestionar” los votos. Y yo que pensaba que los votos sólo había que contarlos. Ah no, que hay que “gestionarlos” con misteriosos algoritmos informáticos. Es decir, se reparten “el pastel” y cada uno tiene su parte bien acomodaticia. Pero que nadie proteste con la parte que le toca en el reparto porque, de lo contrario, se le erradica del sistema. Y todos los partidos tragan, como tragan sumisamente los ciudadanos con la corrupta “fiesta de la democracia”.

Pues bien, resulta que -por lo menos en los reinos de España- la sociedad estaba ordenada conforme a sus organizaciones naturales como son hogar (familia), gremio, municipio. La persona tenía un ámbito de derechos y deberes dentro del cual tenían seguridad y protección contra abusos o ante crisis y hambrunas o enfermedades. El concejo municipal estaba formado por los regidores representantes de los gremios. Por lo general en los concejos de lugares, villas y ciudades lo normal (especialmente en la Corona de Aragón y el reino de Valencia) era que se procediese a la insaculación. Se ponía en una bolsa los nombres de todos los representantes y la mano de un niño sacaba los nombres que formarían el gobierno concejo. La nominación solía ser por un año y el nominado no podían volver a repetir (aunque esto acabó siendo variable). El sistema de insaculación también se utilizaba para elegir a los oficiales municipales. El sistema hacía imposible las ambiciones personales y las rivalidades familiares, oligárquicas, de banderías y de partidos, compra de voluntades y campañas electorales. Cualquier persona del municipio podía requerir la suspensión de cualquier regidor u oficial municipal si presentaba indicios suficientes de dejadez en sus funciones, mala praxis o corrupción. El sentido del Honor -que no era solo personal sino familiar e incluso abarcaba al gremio- hacía que la persona afectada dejase el puesto y ella misma exigiese una “inquisitio” para limpiar el Honor. Vamos, igualito, igualito, igualito, igualito que hoy.

Los gremios, las ciudades, las universidades, las diversas instituciones escogían a sus representantes para el Concilium o Cortes. El rey no era más que un servidor del reino representado en dicho Concilium o Cortes. Para ser rey se debía cumplir una doble legitimidad: de origen legítimo y católico, más el reconocimiento de la Iglesia. El candidato a rey se presentaba en las Cortes las cuales le exigían el juramento vasallático de fidelidad y lealtad al reino: juramento de cumplir y hacer cumplir las leyes del reino, poniendo su mano derecha sobre la Santa Biblia y el Tomus Regius bajo la premisa “rex iris si recte facias” por lo que “si non facias non eris”. Sólo entonces el reino le juraba fidelidad y lealtad y el primado de Toledo le imponía el asperges. La idea de que “el rey y el gobierno eran para el reino y no el reino para el rey y el gobierno” estaba tan fuertemente inserta en la mentalidad hispana que pervivió entrado el siglo XVI. Éste fue, de hecho, el grito comunero contra Carlos V, sus flamencos y nobles.

Los representantes del reino se tomaban muy en serio su labor en Cortes. Al regresar a sus villas, ciudades o instituciones se les exigía públicamente qué es lo que habían hecho y votado. En esta tesitura, de no probar satisfactoriamente su labor en Cortes o sospechas de algún tipo de conchabeos o corrupción, los representantes se podían jugar el pescuezo a manos de sus conciudadanos. Vamos, igualito, igualito que hoy en esta “gran democracia”.

En otro orden de cosas. La sociedad medieval no era machista ni patriarcal como hoy se dice. La mujer podía ocupar cargos de representación social, económica, política; y podían ser maestras de escuela, galenistas, tintoreras, encuadernadoras, carniceras, comerciantes, herreras, panaderas, escritoras, etc. Fue la burguesía decimonónica con sus masónicos valores liberales los que relegaron a la mujer a círculos exclusivamente familiares. El proceso se extendió especialmente desde Gran Bretaña y Francia: Era Victoriana y época del Segundo Imperio y III república. Desde finales del siglo XIX la masonería fue completando el control sobre las instituciones y oligarquías burguesas rectoras de Europa, con lo que ya sólo les quedó extender al “populacho” los modelos y formas masónicos (liberales y socialistas) dentro de un proceso de descristianización. La Iglesia católica no quedó libre de esta técnica de infiltración, de ahí que el papa León XIII -viendo este peligro y al enemigo en el interior de la Iglesia- estableció que al acabar la Santa Misa se rezase la oración al Arcángel San Miguel (13/10/1884).

Por cierto, “lo primero” que hizo el Concilio Vaticano II fue eliminar esta oración; por algo sería.

(continuará)

 

 

 

 

 

 

 

 


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