Aintzane Etxezarraga

 

 

Miembros de la Escuela de Frankfurt

 

En este último periodo, a muchos católicos nos parece estar viviendo en el mejor, o el peor según se mire, mundo orwelliano imaginable. Miembros de la alta Jerarquía de la Iglesia, incluida su cabeza visible, han empezado a hacer declaraciones o a tomar decisiones claramente heréticas y, al mismo tiempo, se han destapado conductas depravadas mantenidas y encubiertas durante décadas, propias de auténticos delincuentes.

Es lógico que queramos e intentemos entender lo que está pasando, que necesitemos saber por qué, precisamente ahora, se abre la caja de Pandora con tantas noticias que hasta hace bien poco hubiéramos calificado de sensacionalistas o apocalípticas, mientras que sacudidas morales provocadas por tanta saturación informativa nos colocan en un estado de shock que nos impide saber cómo debemos reaccionar o actuar.

La podredumbre que hasta cierto punto hemos podido barruntar hasta ahora dentro de la Iglesia, y que era ante nuestra vista de otro orden, sobre todo después de la relajación que la Iglesia sufrió en distintos aspectos tras el Concilio Vaticano II, lo hemos achacado al descuido, a la comodidad, a la falsa idea de libertad y a la carrera vertiginosa, descontrolada y sin sentido que nuestra Iglesia comenzó en los años sesenta del siglo pasado, bajo la falacia de alcanzar a un mundo postmodernista, postliberal, postcientífico etc. que le parecía le había cogido la delantera, intentando hacerse merecedora y amiga de dicha mundo, imbuida como estaba por el complejo de culpa que, estratégicamente, no sé si el mismo espíritu del Concilio o su interpretación se había encargado de grabar a fuego en los eclesiásticos más radicales. ¿Cayó la Iglesia inocentemente en la trampa que se le tendió o fue algo perfectamente diseñado por quienes se habían infiltrado convenientemente en ella? Seguramente sucedieron las dos cosas. Y ahora vemos que de esos polvos nos han llegado estos lodos.

Con la perspectiva de los años, y a la luz de todo lo que sucede en la Iglesia sobre todo desde la llegada de Francisco, vemos que aquellos desórdenes que barruntábamos tras el Concilio no fueron sino el comienzo y el ensayo de un plan que muchos años antes se había diseñado en orden a conseguir el NOM (Nuevo Orden Mundial), es decir, la consecución de un único poder totalitario, alienante y anulador de identidades a todos los niveles, y que para sorpresa hoy de muchos de nosotros, había entrado en la Iglesia varias décadas atrás.

Una parte de la Iglesia de Cristo ha profanado su Cuerpo Místico por la intrusión de miembros que están en ella con la única, sí, con la única misión de destruirla desde dentro. Esta parte depravada moral e ideológicamente, y que probablemente no alcanza el 10% del clero, no es algo independiente de ese plan civil global y globalizador llamado NOM, pues secunda sus planes, su atea ideología marxista, su permisivismo homosexualista y su estrategia masónica. Actúa de la misma forma dictatorial, tajante y prepotente al imponer sus dogmas profanos que se saca de la manga en un alarde de poder, y que son hermanos de los establecidos en la sociedad civil por lo “políticamente correcto”, avasallando, despreciando y escandalizando a los fieles que trata como vulgo; busca la ambigüedad en los dogmas y verdades de fe, para imponernos deliberadamente el caos y la confusión; destapa diariamente escándalos dentro de la Esposa de Cristo con los que se la mancilla como nunca antes se había hecho; y, en fin, comete continuos abusos de autoridad y pecados contra el Espíritu Santo, pues aprovechándose de los altos puestos que dentro de la jerarquía y tan arteramente han ido consiguiendo sus miembros bajo el paraguas de los de su misma calaña, se atreve a vociferar y redefinir a su modo y manera verdades que han sido reveladas por Dios, definidas y enseñadas por la Iglesia Santa y mantenidas y estudiadas con sabiduría incalculable por la Tradición de la Iglesia a lo largo de 2.000 años; con su negra boca y retorcida mente, pretende vaciar de contenido sobrenatural estas verdades de fe, utilizándolas como pantalla, manipulándolas como herramienta para su religión sin Dios, esa religión universal con la que sueñan los gerifaltes mundanos que los apoyan, utilizan y no sé si los financian.

Su poder radica, más que en su número, en la unión inquebrantable entre sus miembros, en las ingentes cantidades de dinero que gasta para hacerse visible y en la falta absoluta de perjuicios para conseguir sus fines. Esta parte de la Iglesia que continuamente la deshonra está integrada por sus “okupas”, los pervertidos y promiscuos adoradores de Lucifer.

Lo que he dicho hasta ahora es un pálido reflejo de las intrigas vaticanas que Malachi Martin nos narra en su libro “El último Papa”, y que él declaró que eran verdaderas en un 85%. Este libro, publicado a finales de los noventa del siglo pasado, pasó en su tiempo por una ingeniosa novela de ciencia ficción, mientras que en nuestra época ha recobrado la credibilidad que se merecía.

Para los más incrédulos, para los que no se acaben de creer que todo esto es verdad, bien por miedo, o por pereza, o por huir de un comprensible dolor y estupor que les produciría el admitirlo, les recomiendo que lean también el artículo de Timothy Matthews, titulado “La escuela de Frankfurt: conspiración para corromper”, y que pueden encontrar en el siguiente enlace: AQUÍ

En él encontrarán que en dicha escuela fundada en 1923, poblada por miembros de lo que se ha llamado marxismo cultural, los tales querían imponer a medio o largo plazo “perlas” como:

– Invertir los sexos o roles de sexo.
– Abolir a la familia como nosotros la conocemos.
– Que el adoctrinamiento empiece antes de los 10 años.
– Declarar a las mujeres “clase oprimida” y a los hombres “opresores”
– La enseñanza de sexo y homosexualidad a los niños.
– Gran inmigración para destruir la identidad.
– La creación de “ofensas de racismo”,
– Vaciado de Iglesias, etc. etc. etc.

¿Os suena? Ya veis que el tema venía de largo.

Paso a copiar un párrafo del artículo: “Básicamente, la Escuela de Frankfurt creyó que en tanto un individuo tuviera la creencia- o incluso esperanza de creencia- que su don divino de razón pudiera resolver los problemas que enfrenta la sociedad, entonces esa sociedad nunca alcanzaría el estado de desesperación y alienación que ellos consideraron que era necesario para provocar la revolución socialista. Por consiguiente, su tarea era minar tan rápidamente como sea posible el legado judeo-cristiano”

La situación actual, por tanto, no se da por un cúmulo de casualidades, ni se ha producido por la inercia de unos acontecimientos imprevistos. Es algo largamente planificado, astutamente puesto en práctica, diabólicamente perseguido sin reparar ni en medios sacrílegos ni en la corrupción satánica de muchas almas. Y ante tanta confusión y decepción actuales: ¿dónde están las directrices orientadoras, las correcciones a tantas falsedades doctrinales, las sanciones radicales a los depravados que cabía esperar de Francisco? Me da la impresión de que Bergoglio ni de lejos se plantea actuar de esta manera, ocupado y preocupado como está en el cambio climático, en extender su falsa y herética prédica sobre la misericordia y su populista y demagógico mitin sobre la migración.

Pero lo triste es ver que no se actúa con contundencia cuando la Iglesia, como declara el cardenal Burke en una entrevista reciente hablando de los últimos escándalos de Pensilvania, tiene medios para ello, puesto que a lo largo de los siglos, como dice él, se ha enfrentado a crisis y ha desarrollado mecanismos para superarlos. Y añade el cardenal Burke: “Es el Romano Pontífice, el Santo Padre, quien tiene la responsabilidad de disciplinar estas situaciones, y es él quien tiene que adoptar medidas siguiendo los procesos que prevé la disciplina de la Iglesia” (Fuente: Infovaticana “Burke: “Hay una cultura homosexual en la jerarquía eclesiástica que debe ser purificada de raíz”)

Y mucho más triste aún es ver que Francisco tiene una afición sorprendente de rodearse de gente bajo sospecha de encubrimiento de delitos homosexuales, cuando no de sujetos de esos mismos delitos. O que él mismo siembra esa confusión doctrinal a la que aludíamos antes. O que nombra con verdadera pertinacia y mantiene en sus cargos a personas con dudosa reputación en su ortodoxia doctrinal o en su conducta moral.

Tristísimo es ver que es parte del problema, puesto que con su inacción en lo que necesita ser abordado y resuelto de manera radical, no hace más que el caldo gordo a los maquiavélicos planes del marxismo cultural de hacernos desistir en la creencia de que nuestra razón, don divino, está capacitado para resolver los problemas que tenemos, con la desesperación y la alienación que ello conlleva.

De momento, prefiero pensar que este modo de actuar suyo, o mejor de no actuar, no obedece a esa estrategia preconcebida, algo que sería verdaderamente diabólico.

Pero entonces ¿qué tiene que pasar todavía para que el clamor del pueblo fiel llegue, por fin, a sus oídos? ¿No estaremos perdiendo un tiempo precioso y por tanto propiciando el que la bestia apocalíptica sea cada vez más difícil de desalojar?

 

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