“Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “Rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “Guías”, porque uno solo es vuestro Guía: el Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado”




En el Evangelio de hoy el Maestro quiere enseñarnos que la autenticidad, aunque sea oculta y pase desapercibida a los ojos de los demás, vale más que todo el reconocimiento que obtengamos por lo que hagamos. La autenticidad es también querida y premiada por Dios. 

Él es un verdadero Padre que conoce a cada uno de sus hijos y nada que nos incumba le es extraño. La autenticidad no se hace nunca orgullosa o se ensalza a sí misma. Permanece humilde, consciente de sus límites, dando a Dios la preeminencia en su vida, no sólo de palabra, o cuando no hay problemas. 

Hay momentos en que será necesario pasar por afrentas o incomprensiones, y entonces sólo se es auténtico si se ha hecho una opción fundamental de vida y se es fiel a ella, pase lo que pase. 

En ello está la mano de Dios que no deja de ver lo que está en lo oculto, y no dejará de premiar hasta la más pequeña obra de caridad hecha en su nombre.

                                        Vicente Montesinos

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