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El hereje Martin Lutero.

Si quitamos a la figura de Lutero y al protestantismo el velo de buenismo y corrección política con el cual se les está cubriendo en muchos ambientes, muchos de ellos católicos, desgraciadamente; nos quedamos con eso: con Lutero y el protestantismo sin el velo del buenismo; ni más, ni menos.

¿Y ello que supone? Pues atender histórica y objetivamente a la verdad de la gran herejía protestante que tanto daño ha hecho (y sigue haciendo) a Nuestra Santa Madre Iglesia.

La tan manida tesis de que la decadencia moral de la Iglesia “obligó” a Lutero a encabezar una rebelión contra esta situación, exigiendo una “reforma justa”; es del todo falsa, y ningún historiador con un mínimo de rigor es capaz de sostenerla hoy en día.

 

La tan manida tesis de que la decadencia moral de la Iglesia “obligó” a Lutero a encabezar una rebelión contra esta situación, exigiendo una “reforma justa”; es del todo falsa, y ningún historiador con un mínimo de rigor es capaz de sostenerla hoy en día. 

 

La idílica imagen de un Lutero amante fiel de las Sagradas Escrituras y entregado a su difusión entre el pueblo, que se nos quiere vender en los últimos tiempos, es del todo inexacta; y el romanticismo de aquellas 95 tesis clavadas en 1517 en la iglesia de Wittenberg del que ahora hace 500 años, pierde fuelle al rasgar el velo al que hacíamos referencia.

En primer lugar cabe decir que Lutero quiso reformar las doctrinas, y no las pretendidas “malas costumbres”. Él mismo manifestó todo ello, desmontando este repetitivo mito: «Yo no impugno las malas costumbres, sino las doctrinas impías». Y años después insistiría: «Yo no impugné las inmoralidades y los abusos, sino la sustancia y la doctrina del Papado». «Entre nosotros –confesaba abiertamente–, la vida es mala, como entre los papistas; pero no les acusamos de inmoralidad», sino de errores doctrinales”.

 

Lutero quiso reformar las doctrinas, y no las pretendidas “malas costumbres”

 

Y esa fue la verdad de su reforma: combatir la doctrina de la Iglesia Católica; en gran variedad de sus principales frentes; acabando para empezar con la Biblia; al dejarla a merced del libre examen.

Más allá de ello arrasó con la sucesión apostólica, pilar de la Iglesia. Destrozó el sacerdocio ministerial; arrasó con la figura de los Obispos y los sacerdotes.

Despreció y pisoteó la doctrina de los Padres y de los Concilios; y la tradición, en todos sus ángulos.

Eliminó la Eucaristía; verdadero centro de la vida de la Iglesia; y su sacrificio redentor; dejando sin contenido lo que la misma Institución de la Iglesia es desde la noche del Jueves Santo, por obra de Nuestro Señor Jesucristo.

Por si le faltaba algo por hacer a tan afanoso amante de la Iglesia; destruyó la devoción a la Santísima Virgen María; y no contento con ello, acabó con el culto a los santos; además de con los votos, y con la vida religiosa.

De siete sacramentos, se quedó con uno y medio, por su “obra y gracia”; por no hacer mención a los soeces términos que en cada uno de sus escritos  profirió en relación a la Iglesia, el Papa, etc, etc…

En definitiva: destruyó prácticamente el concepto de cristianismo, además de separar a todo la cristiandad.

Poco más se podía esperar de quien manifestó, sin ningún pudor, que “toda la Iglesia del papa es una Iglesia de putas y hermafroditas”, y que el mismo papa es “un loco furioso, un falsificador de la historia, un mentiroso, un blasfemo”, un cerdo, un burro, etc., y que todos los actos pontificios están “sellados con la mierda del diablo, y escritos con los pedos del asno-papa”.

 

Poco más se podía esperar de quien manifestó, sin ningún pudor, que … todos los actos pontificios están “sellados con la mierda del diablo, y escritos con los pedos del asno-papa”. 

 

Esquizoide e iluminado, él sólo, manifestó, sin pudor alguno que:  «Yo, el doctor Lutero, indigno evangelista de nuestro Señor Jesucristo, os aseguro que ni el Emperador romano […], ni el papa, ni los cardenales, ni los obispos, ni los santurrones, ni los príncipes, ni los caballeros podrán nada contra estos artículos, a pesar del mundo entero y de todos los diablos […] Soy yo quien lo afirmo, yo, el doctor Martín Lutero, hablando en nombre del Espíritu Santo». «No admito que mi doctrina pueda juzgarla nadie, ni aun los ángeles. Quien no escuche mi doctrina no puede salvarse». Se convirtió de esta forma, en el perfecto hereje. Quizá en el mayor de la Historia, y sin duda, en el que más consecuencias negativas ha traído.

Ese presunto “denunciante” de las malas costumbres de la Iglesia, fue tremendamente duro con los más pobres (en referencia a los campesinos que se levantaron en defensa de sus derechos manifestó: «Al sedicioso hay que abatirlo, estrangularlo y matarlo privada o públicamente, pues nada hay más venenoso, perjudicial y diabólico que un promotor de sediciones, de igual manera que hay que matar a un perro rabioso, porque, si no acabas con él, acabará él contigo y con todo el país») mientras que fue suave y condescendiente con los poderosos príncipes europeos, para ganar su favor.

Lutero mismo acabó espantado de su propia obra, y consiguió dividir como nunca antes, ni después, a la cristiandad; no por denunciar las costumbres morales de algunos miembros de la Iglesia, sino por acabar con la práctica totalidad de la doctrina católica y mostrarse como un iluminado que enseñaba la salvación por su cuenta y riesgo.

Esta fue y es la gran herejía, y Lutero el gran hereje. Esta es la verdad. Este es Lutero y el protestantismo sin el velo del buenismo. Y 500 años después de este nauseabundo terremoto; poco tenemos que celebrar.  No me canso de decirlo; le pese a quien le pese.

 

 

 

Vicente Montesinos

 

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