Todo eso del ecumenismo está muy bien. No voy a ser yo quien recuerde la gran labor de la Iglesia Católica para alcanzar la unión de las confesiones cristianas, así como la hermosa tarea que han realizado los últimos papas  en la constante siembra de la paz, la concordia y el entendimiento con el resto de religiones.

Está muy bien.

Aunque a veces corremos el peligro de descuidar a los de casa, buscando agua en el desierto, está muy bien.

 
Pero lo que ya no está tan bien es tragar con todo como si fuera un ecumenismo sano y verdadero.
Y es que poco a poco pareciera que vamos deslizándonos por la peligrosa pendiente de situar al mismo nivel a la Iglesia Católica, la única iglesia de Cristo, que al resto de confesiones.
A veces incluso pareciera que no podemos ya decir que la Iglesia católica es la única iglesia verdadera, y hasta que debemos pedir perdón por ello.
Recordemos las palabras de Nuestro Señor Jesucristo: “Tengo otras ovejas que no son de este redil; a ésas también me es necesario traerlas, y oirán mi voz, y serán un rebaño con un solo pastor” (Jn 10:16).

Luego, ¿cabe otro ecumenismo que no sea el de volver a traer a todas las ovejas al auténtico y único redil del Buen pastor?

No soy irónico cuando digo que el ecumenismo está muy bien. Lo creo. Sinceramente. Pero el ecumenismo recto. El verdadero. El que intenta traer a todos los cristianos a la Iglesia Católica. No puede ser de otra manera.

Como ya estableciera su santidad Pío XI en Mortalium Animos, “todo encuentro con los hermanos separados debe ser única y exclusivamente para exhortarles a la conversión”

¿Esto ya tampoco vale? 

                                    Vicente Montesinos

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