Jalones históricos de la crisis eclesial. Por Mons. Héctor Águer

El camino de la Iglesia entra en el misterio de la Providencia de Dios, que cuida de ella de un modo que nosotros no podemos entender, pero nos abandonamos a ella.

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Por Mons. Héctor Aguer

        

Monseñor Héctor Aguer

La crisis puede definirse como la mutación considerable que sucede en el desarrollo de un proceso, como por ejemplo en una enfermedad.

Se la puede entender también como un momento decisivo de un negocio grave y de consecuencias importantes, o el juicio que se hace después de haber examinado cuidadosamente un asunto. El término griego krísis es la acción o facultad de distinguir, separar, disentir, es una elección. El verbo correspondiente, krínō, equivale a separar, distinguir, decidir, juzgar, interpretar. Parece pues que se trata de un momento decisivo; no hay crisis duraderas, permanentes. En estos casos habría que hablar más bien de decadencia. El Concilio Vaticano II ha sido una crisis, un acontecimiento decisivo cuyas consecuencias se han extendido en el posconcilio, dando lugar a discusiones agudas, a discrepancias severas que aún no se han aquietado. No era eso lo que se esperaba. Pablo VI, que ha sido el artífice del Concilio, ha confesado después: “Nosotros esperábamos una floreciente primavera y ha sucedido un crudo invierno”. Y también: “Por alguna rendija, el humo de Satanás ha entrado en la Casa de Dios”.

La gran Asamblea conciliar tuvo frutos innegablemente positivos. Se hacía necesaria una renovación, pero ésta debía formularse en continuidad con la tradición. En el orden del pensamiento teológico, la encíclica de Pío XII Humani generis significó un discernimiento de las nuevas corrientes, de las que apuntó desviaciones heterodoxas. Fue un llamado de atención. En el Concilio se enfrentaron la clásica teología romana y las tendencias más recientes. El pensamiento de Henri de Lubac y Karl Rahner ejercieron su influjo en las Constituciones Lumen gentium y Gaudium et spes. Esos textos deben ser leídos a la luz de la Gran Tradición eclesial. La síntesis llegaría después, en la obra teológica de Joseph Ratzinger, a quien tanto lloramos, y despedimos en estas horas. En cuanto a los frutos positivos habría que señalar la situación de aislamiento de la Iglesia respecto de la sociedad moderna, a la que estábamos acostumbrados y que debía resolverse sin aceptar sus errores, inspirados en el espíritu de la Revolución moderna. La mayoría de los Padres conciliares estaba obsesionado por la idea del aggiornamento que suponía una ambigüedad, la cual mostró su fondo en el así llamado “espíritu del Concilio”, coloreado por el progresismo. Se manifestó en la gran Asamblea una nueva conciencia del problema de la unidad cristiana, casi exclusivamente concretado en el aprecio de orientaciones protestantes, no en la recuperación de relaciones fecundas con las Iglesias ortodoxas. La Constitución Gaudium et spes expresó un nuevo sentido de la misión en el mundo contemporáneo; no se han reconocido ciertos valores de ese texto, que señalan la necesidad de vinculación de la vida social con el orden religioso. En definitiva, lo que la Iglesia sostiene al juzgar la modernidad es que sin obediencia a Cristo, Señor de la historia, el mundo se enfrenta al caos.

Después de la Contrarreforma, y a pesar de las reacciones positivas contra la Revolución Francesa, la vida católica se había entibiado enormemente: ha faltado en la cultura la vigencia de los signos cultuales. Es preciso reconocer la relación íntima entre culto y cultura. Se extendió la ignorancia religiosa de los bautizados y aumentaron los compromisos mundanos a causa de una cómoda integración en la situación social que se descristianizaba aceleradamente. La teología manualística decadente implicaba el desconocimiento de la Palabra de Dios. El postconcilio fue una sacudida que exigía una nueva profundidad de vida evangélica que se expresara en la investigación teológica y en la difusión pastoral de los resultados para superar tanto una pereza cuanto el espíritu de rebelión. La obra del pontificado de Pío XII suscitó la responsabilidad eclesial de los laicos, en continuidad con los aprontes de la mitad del siglo; ahora podía entenderse en una nueva visión de la Iglesia. La Encíclica Mystici Corporis se prolongaría luego en la eclesiología conciliar de Lumen gentium: la luz de las naciones es Cristo. La noción de Pueblo de Dios se concreta en la descripción de los ministerios laicales. La consideración crítica de la cultura contemporánea sugiere el papel de los laicos en la problemática de la cultura.

A lo largo de toda la historia de la Iglesia, desde los orígenes, se ha planteado el problema de su relación con la sociedad civil organizada en el Estado. Progresivamente se fue delimitando una más clara distinción de dos sociedades: la sociedad civil y la comunidad cristiana: el fortalecimiento interno de la Iglesia es imprescindible para impregnar de sentido cristiano la sociedad. Ha habido fenómenos contrastantes: desde la persecución hasta la Cristiandad. Paradójicamente, la Iglesia ha sufrido por la acción de príncipes cristianos; los mártires dan testimonio de esa dificultad: que la sociedad sobrenatural coexista integrada en un orden temporal. Esta problemática es intrínseca al desarrollo de la Iglesia; en ella es preciso distinguir entre el formalismo de la organización y los méritos de Cristo a los que se unen la santidad de los miembros y que es la fuerza que santifica al conjunto, por lo cual puede hablarse de la Santa Iglesia. La santidad es el alma del servicio desinteresado a los hombres; por una santidad más profunda y auténtica pasa la redención del mundo.

El signo más claro de la crisis eclesial y su duración está en la devastación de la liturgia producida a partir de la aplicación del Concilio. En realidad, la Constitución Sacrosanctum Concilium, si bien indica la necesidad de una renovación, es un documento conservador. Basta citar un pasaje bien explícito: “que nadie, aunque sea sacerdote, quite, añada o cambie por iniciativa propia, nada en la liturgia”. Aquí corresponde distinguir entre las aspiraciones de los Padres conciliares y el ordenamiento producido por Pablo VI, que fue obra del masón Annibale Bugnini. En varias oportunidades me he referido ya a este tema. La reforma se limitó obviamente al Rito Romano, no se extendió a los ritos orientales, comunes a la Iglesia Católica y a las Iglesias ortodoxa o Siríaca, ámbitos donde el deseo de un aggiornamento no cuenta. Lo propio de la liturgia, culto de Dios, es la exactitud, la solemnidad y la belleza. La liturgia es belleza en cuanto que no somos sus actores, sino que nos ponemos en relación con Dios y entramos en algo que es más grande, que nos envuelve y asume consigo.

Los misterios del culto constituyen el ámbito en el cual se produce la formación de la personalidad de cristiano. La tradición de la Iglesia primitiva y de la época patrística son la referencia ideal: el “hacerse cristiano” ocurre por la inserción en el medio sacramental. ¿Cómo se forma un cristiano? El medio o ámbito es el proceso de educación en la fe: el misterio de Dios, de Cristo se hace presente en los misterios del culto, fuente de un conocimiento simbólico que permite percibir la belleza de Dios, su trascendencia, luminosidad y amor fundamental. La crisis de la Iglesia es una crisis de la liturgia, que se banaliza: es concebida como construcción por parte del hombre y no como un don; no es ya la Iglesia quien la protagoniza al recibirlo, si no un grupo. Se trata de una herencia propia de la modernidad, racionalista, individualista, psicologista contra la mística objetiva que procede de la Edad Patrística y constituyen una auténtica gnosis en la que se funden la fe y la praxis, vivencia profunda del espíritu y la caridad de la persona eclesial. La vida litúrgica no puede reducirse a la medida práctica sacramental, la cual suele mecanizarse recluyéndose a la sola misa. El protagonista es el grupo, no la ecclesia; el presidente de la asamblea aparece como un “animador” y se duplica en el papel del guía, que debe explicarlo todo.

En la Argentina, la carencia de una vida litúrgica es reemplazada por la religiosidad popular, que se ha desarrollado al margen, como historia negativa de un pueblo que no va a misa. Es esta una característica propia; suelo describir al país como el lugar donde los bautizados en la Iglesia Católica -que todavía constituyen una mayoría- no van a misa. La explicación profunda de este fenómeno es la ausencia de una cultura coral, es decir, la desvinculación de la cultura respecto al culto, de allí la ambigüedad del catolicismo argentino.

El Vaticano II que es en cierto modo una oportunidad mancada, sugiere la necesidad de una reforma de la reforma mediante el inicio de un nuevo movimiento litúrgico. No es lo mismo una reforma que una “instauratio”. Benedicto XVI, de feliz memoria, indicó el camino con su proyecto de una hermenéutica del Concilio y del posconcilio (22 de diciembre de 2005). Cobra especial importancia la figura sacerdotal del presbítero, una categoría que es necesario rescatar. La situación a esclarecer es esa discusión conciliar sobre la figura sacerdotal, atrapada en la oposición de culto y evangelización, en la cual se filtraba el influjo protestante, en el contexto de la descristianización de los países de vieja cristiandad, fenómeno que señalaba que la liturgia como en Oriente era hasta entonces la actividad principal. Precisamente, lo que se eclipsa es la referencia de toda la cultura a Dios y al orden sobrenatural. El presbítero trató entonces de reubicarse en una sociedad que ya no lo reconoce como necesario para cumplir su función específica. Esto llevó a la pérdida de sentido de la sacralidad del presbítero, de su carácter consagrado. La reforma litúrgica y su aplicación implicaron una progresiva degradación. Se puede indicar un antecedente: la deficiente preparación litúrgica preconciliar, sospechosa de una reducción a las meras rúbricas, de constituir un rubricismo vacío de sentido por la carencia de una teología del culto y de una espiritualidad litúrgica en muchos países. Hubo algunos en los que la renovación de la liturgia obrada por Pío XII había obtenido resultados en la configuración del clero diocesano.

En la descripción de la situación está implícita la respuesta y el camino a seguir, que es la centralidad de la función litúrgica. En este sentido se debe entender la Constitución Sacrosanctum Concilium. La cuestión apunta al problema de la fe acerca del poder sacramental del sacerdote, de la eficacia intrínseca del orden sacramental y de la naturaleza de la Iglesia, que es edificada por el Bautismo, la Eucaristía y los demás sacramentos. La preocupación ecuménica y la relación con el protestantismo no deben menoscabar la identidad católica: la liturgia es el centro de la vida del sacerdote y fuente de gozo.

En la formación seminarística no debe faltar el estudio de la teología de la liturgia y su historia. La espiritualidad sacerdotal se va formando en la oración contemplativa a partir de la eucología eclesial y en un adiestramiento en la percepción de las formas en relación con el ejercicio de la función litúrgica. Es la cuestión de la formación del moderador de la liturgia en la Iglesia: formarse para percibir la belleza y la dimensión contemplativa y estética de la liturgia: el ámbito o espacio en que se ejerce, los gestos, la recitación o el canto. Aquí se ubica el problema hodierno de la música, que ha caído a niveles impensados en la devastación general de desacralización: ¿quién es de hecho quien modera la música y canto? Suelen ser los auxiliares (laicos), sobre todo mujeres que tocan la guitarra. Según mi opinión, en este problema se juega concretamente la forma que adquiere el ejercicio litúrgico; en la Argentina es la universalización de la guitarra, que no se ejecuta como una cítara, sino en ritmos sincopados que proceden del folclore mal asimilado o el gusto juvenil. Parece un detalle circunstancial, pero es el factor decisivo.

La última década ha agravado la crisis -o decadencia- de la Iglesia. La orientación oficial se recluyó en la Razón Práctica: un moralismo jesuítico de inspiración kantiana, en sintonía con el movimiento mundialista, como compitiendo con los propósitos del humanismo masónico. De allí el descuido de la doctrina y la tradición. Es asombroso que Roma calle ante el camino sinodal de la Iglesia Alemana, que se permite la apertura hacia todos los errores y desvíos de la cultura moderna. Esta actitud causa el escándalo de los verdaderos fieles, en Alemania y en la Iglesia entera. Después del largo pontificado de Juan Pablo II y el relativamente breve pero eficaz de Benedicto XVI, la ambigüedad romana llama la atención: llega hasta el borde del abismo y deja que otros den el paso fatal que aleja de la gran Tradición eclesial, la cual debería hacerse presente con su verdad siempre actual: se puede actualizar el lenguaje (hablar nove, como enseña San Vicente de Lerins) sin introducir en el Cuerpo eclesial cosas nuevas (nova), heterogéneas respecto a la verdad de siempre.

El camino de la Iglesia entra en el misterio de la Providencia de Dios, que cuida de ella de un modo que nosotros no podemos entender, pero nos abandonamos a ella.

 

+ Héctor Aguer

Arzobispo Emérito de La Plata

Académico de Número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.

Académico de Número de la Academia de Ciencias y Artes de San Isidro.

Académico Honorario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino (Roma).

 

 

 


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