¡URGENTE! MONSEÑOR VIGANÓ ESCRIBE. «ENTRE LÍNEAS DEL INFORME DE LA SECRETARÍA DE ESTADO SOBRE THEODORE MCCARRICK». CARTAS ORIGINALES, TRADUCCIÓN AL ESPAÑOL Y VÍDEO CON LA CARTA Y COMENTARIO DE VICENTE MONTESINOS¡IMPERDIBLE! ¡COMPARTAN!

¡PRIMICIA! VIGANÓ ESCRIBE HISTÓRICO INFORME DEL CASO MCCARRICK. 

¡URGENTE! MONSEÑOR VIGANÓ ESCRIBE.

«ENTRE LÍNEAS DEL INFORME DE LA SECRETARÍA DE ESTADO SOBRE THEODORE MCCARRICK».

CARTAS ORIGINALES, TRADUCCIÓN AL ESPAÑOL Y VÍDEO CON LA CARTA Y COMENTARIO DE VICENTE MONTESINOS

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ORIGINAL DE LA CARTA EN INGLÉS

 

ORIGINAL DE LA CARTA EN ITALIANO

 

VÍDEO CON LA CARTA EN ESPAÑOL Y COMENTARIOS DE VICENTE MONTESINOS

 

 

 

 

«ENTRE LÍNEAS del informe de la secretaría de estado sobre Theodore McCarrick» (MONSEÑOR VIGANÒ)

El Informe McCarrick publicado por la Secretaría de Estado el 10 de noviembre de 2020, ha sido objeto de numerosos comentarios. Algunos señalan sus deficiencias, mientras que otros lo elogian como prueba de la transparencia de Bergoglio y de la falta de fundamento de mis acusaciones. Me gustaría centrarme en algunos aspectos que merecen ser explorados más a fondo, y que no me conciernen personalmente. El propósito de estas reflexiones no es, pues, aportar más pruebas sobre la falsedad de los argumentos planteados en mi contra, sino más bien resaltar las inconsistencias del informe y el conflicto de intereses que existe entre el que juzga y el que es juzgado, que en mi opinión es tal que invalida la investigación, el juicio y la sentencia.
El desinterés del órgano juzgador
 
En primer lugar, debo decir que, a diferencia de un juicio civil o penal normal, en las investigaciones eclesiásticas hay una especie de derecho implícito a la credibilidad en los testimonios de los clérigos. Esto parece haber permitido que incluso los testimonios de prelados que pudieran encontrarse en una situación de complicidad con respecto a McCarrick fueran considerados como prueba, aunque no hubieran tenido interés en revelar la verdad, ya que hacerlo les habría perjudicado a ellos mismos y a su propia imagen. En resumen, tomando prestada una imagen de Carlo Collodi, es difícil imaginar que el Gato (Kevin Farrell) pueda exonerar de manera creíble al Zorro (Theodore McCarrick); sin embargo, esto es lo que ha sucedido, así como se pudo engañar a Juan Pablo II sobre la conveniencia de nombrar cardenal arzobispo de Washington a McCarrick, o a Benedicto XVI sobre la gravedad de las acusaciones que pesaban sobre el cardenal.
A estas alturas se entiende que este derecho a la credibilidad, aplicado al argentino, se ha elevado al nivel de un dogma, quizás el único dogma que no puede ser cuestionado en la iglesia de la misericordia, especialmente cuando las interpretaciones alternativas de la realidad – que los mortales prosaicamente llaman mentiras – son formuladas precisamente por él.
También nos deja desconcertados el hecho de que el testimonio de Mons. Farrell en defensa de McCarrick ha sido reportado con énfasis – el obispo incluso es referido con el título de “Muy Excelente” – pero que al mismo tiempo se omitió por completo el testimonio de James Grein, camino tomado prudentemente para evitar una deposición de los Secretarios de Estado Sodano y Bertone. Tampoco está claro por qué las palabras de Farrell en defensa de su amigo y compañero de casa se consideran válidas y creíbles, mientras que las mías no lo son, a pesar de ser arzobispo y nuncio apostólico. La única razón que puedo identificar es que si bien las palabras de Farrell confirman la tesis de Bergoglio, las mías la refutan y demuestran que no solo el obispo de Dallas estaba mintiendo.
También hay que recordar que el cardenal Wuerl, sucesor de McCarrick en la sede de Washington, dimitió el 12 de octubre de 2018, debido a la presión de la opinión pública tras sus reiteradas negaciones de haber tenido conocimiento de la depravada conducta de su hermano obispo. Sin embargo, en 2004 Wuerl tuvo que manejar la denuncia presentada por Robert Ciolek, un ex sacerdote de la Diócesis de Metuchen, contra McCarrick, enviándola al entonces Nuncio Apostólico Mons. Gabriel Montalvo. En 2009, fue Wuerl quien ordenó el traslado de McCarrick del Seminario Redemptoris Mater a la Parroquia Saint Thomas the Apostle en Washington, y en 2010 fue el propio Wuerl, junto con el Presidente de la Conferencia Episcopal, el Cardenal Francis George, quien asesoró a la Secretaría de Estado en contra de enviar un mensaje de felicitación a McCarrick con motivo de su 80 cumpleaños. El Informe también cita la correspondencia entre el Nuncio Sambi y Wuerl sobre el peligro de escándalo que rodeaba a la persona de McCarrick; lo mismo puede decirse de la correspondencia del Cardenal Re, Prefecto de la Congregación para los Obispos, que confirma que Wuerl “favorecía constantemente a McCarrick incluso cuando no vivía en el seminario”. Por lo tanto, es muy extraño que las graves sospechas que pesaban sobre el cardenal antes de mi nombramiento [como nuncio], que están ampliamente documentadas en el Informe, se consideren motivo de censura en mi contra, a pesar de haber notificado una vez más a la Secretaría de Estado sobre ellos, pero no contra Wuerl, quien incluso después de su renuncia como arzobispo de Washington conservó sus puestos en los Dicasterios romanos, incluida la Congregación para los Obispos, donde mantuvo su voz en el nombramiento de obispos.
No está claro por qué los redactores del Informe son tan ligeros al juzgar a Juan Pablo II por haber depositado su fe en las palabras de su secretario en defensa de McCarrick, pero tan condescendientes con Bergoglio, a pesar de que había un montón de expedientes sobre el «tío Ted» , a quien el predecesor de Bergoglio había pedido que «mantuviera un perfil bajo».

Creo que ha llegado el momento de aclarar de una vez por todas la posición del órgano juzgador – mejor: de este órgano juzgador – con respecto al acusado.

Según la ley, un juez debe ser imparcial y, para serlo, no debe tener ningún interés o relación con el juzgado. En realidad, esta imparcialidad fracasa en uno de los procesos canónicos más sensacionales de la historia de la Iglesia, en el que los escándalos y crímenes alegados contra los imputados son de tal gravedad que ameritaron su deposición como cardenal y su reducción al estado laical

La ausencia de una verdadera condena
 

Es necesario resaltar la extrema suavidad de la sentencia impuesta al infractor, incluso se podría decir su ausencia, ya que el imputado sólo fue privado del estado clerical con un procedimiento administrativo del tribunal de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ratificada como «res iudicata» por Bergoglio. Y, sin embargo, se le hubiera podido imponer una pena de prisión, como se hizo con el consejero de la Nunciatura en Washington que en 2018 fue condenado a cinco años de prisión en el Vaticano por posesión y difusión de pornografía infantil.

En verdad, la destitución del estado clerical revela la esencia de ese clericalismo -tan deplorado de palabra- que considera al estado laical casi como un castigo en sí mismo, mientras que debería ser la premisa para la imposición de una sanción penal. Entre otras cosas, la falta de encarcelamiento o al menos de arresto domiciliario permite a McCarrick tener una total libertad de movimiento y acción que mantiene inalterada su situación. Por tanto, se encuentra en condiciones de cometer nuevos delitos y de seguir desarrollando sus actividades delictivas tanto en el ámbito eclesial como en el político.

Finalmente, debe recordarse que el proceso canónico no elimina las causas penales contra el excardenal que se han presentado en los tribunales estadounidenses, que extrañamente languidecen en el mayor secreto, lo que demuestra aún más el poder político y la influencia mediática de McCarrick no solo en el Vaticano sino también en los Estados Unidos.

Conflictos de intereses y omisiones
 

Es difícil mirar al “juez” de este caso sin considerar el hecho de que puede encontrarse en una situación de tener una deuda de gratitud hacia el imputado y sus cómplices: es decir, que tiene un claro conflicto de intereses.

Si Jorge Mario Bergoglio debe su elección a la conspiración de la llamada mafia de Saint Gallen, que incluía cardenales ultraprogresistas en constante y asidua relación con McCarrick; si el respaldo de McCarrick al candidato Bergoglio encontró respaldo entre los electores del cónclave y aquellos que tienen el poder de persuasión en el Vaticano, por ejemplo, el famoso «caballero italiano» a quien el cardenal estadounidense se refirió en una conferencia de 2013 en la Universidad de Villanova; si la renuncia de Benedicto XVI fue de alguna manera provocada o favorecida por la injerencia de la Iglesia profunda y del Estado profundo; es lógico suponer que Bergoglio y sus colaboradores no tenían ninguna intención de que los nombres de los cómplices de McCarrick se filtraran en el Informe, ni los nombres de quienes lo favorecieron en su «cursus honorum» eclesiástico, ni sobre todo los nombres de quienes ante la posibilidad de una condena pudieran de alguna manera vengarse, por ejemplo revelando la participación de destacadas personalidades de la Curia romana, si no del propio Bergoglio.

En flagrante contradicción con la pretendida pretensión de transparencia, el informe tuvo mucho cuidado de no revelar los hechos del proceso administrativo. Por lo tanto, es plausible preguntarse si la defensa de McCarrick pudo haber aceptado la sentencia de su cliente a cambio de una condena ridículamente pequeña que de hecho deja al delincuente que cometió delitos tan graves en total libertad, al tiempo que evita que las víctimas desafíen al «juez», y exigiendo una compensación justa. Ciertamente, la anomalía es obvia, incluso para quienes no son expertos en derecho.

Los intereses compartidos de la iglesia profunda y el estado profundo
 

En esta red de complicidad y chantaje, también es posible destacar los lazos tanto del «juez» como del acusado con la política, en particular con el Partido Demócrata Estadounidense, con la China Comunista y, más en general, con los movimientos y partidos globalistas. El hecho de que en 2004 McCarrick, entonces Arzobispo de Washington, trabajó denodadamente para evitar la difusión de la carta del entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Joseph Cardinal Ratzinger, a los obispos de los Estados Unidos con respecto a la prohibición de administrar la Sagrada Comunión a los políticos que apoyan el aborto, sin duda representa una ayuda para los políticos demócratas autodenominados católicos, comenzando por John Kerry hasta Joe Biden. Este último, partidario convencido del aborto, merecía el apoyo casi unánime de la jerarquía, pudiendo así contar con los votos de un electorado que de otro modo habría estado destinado a Trump. Extrañas coincidencias, para ser sincero: por un lado, el estado profundo golpeó a la Iglesia y a Benedicto XVI con la intención de elegir como Papa a un representante de la Iglesia profunda; por otro lado, la iglesia profunda atacó al Estado y a Trump con la intención de elegir a un representante del Estado profundo como presidente. Dejo que el lector juzgue si los planes de los conspiradores han logrado el propósito previsto.

Esta colusión con la Izquierda global es el corolario necesario de un proyecto mucho mayor, en el que las quintas columnas de disolución que han penetrado en el corazón de la Iglesia colaboran activamente con el estado profundo siguiendo un único guión bajo una única dirección: los actores de esta pieza [obra] tiene diferentes papeles, pero siguen la misma trama en el mismo escenario.

 
Analogías con la pandemia y el fraude electoral
 
En una inspección más cercana, tanto la pandemia como el fraude electoral en los Estados Unidos tienen similitudes inquietantes con el caso McCarrick y con lo que está sucediendo en la Iglesia. Quienes tienen que decidir si confinar a toda la población en casa u obligarla a vacunarse hacen uso de herramientas de detección poco fiables, precisamente porque con ellas consiguen falsificar los datos, con la complicidad de los grandes medios de comunicación. Poco importa si el virus tiene una tasa de mortalidad similar a la de una gripe estacional o si el número de fallecidos es similar al de años anteriores: alguien ha decidido que simplemente hay una pandemia y que la economía mundial debe ser demolida para crear la premisa para el Gran Reinicio. Los argumentos racionales, las evaluaciones científicas y la experiencia de científicos serios que se dedican al cuidado de los pacientes no valen nada frente al guión que se ha impuesto a los actores. Lo mismo ocurre con las elecciones en Estados Unidos: ante la evidencia del fraude -que está adquiriendo los contornos de un verdadero y propio golpe de Estado llevado a cabo por mentes criminales- los medios insisten en presentar a Joe Biden como el vencedor, y los líderes mundiales, incluida la Santa Sede, tienen prisa por reconocer su victoria, desacreditar a sus adversarios republicanos y presentar a Trump como un matón solitario que está a punto de ser abandonado por su familia e incluso por la Primera Dama. Poco importa que haya decenas y decenas de videos en internet mostrando las irregularidades cometidas durante el conteo de los votos, o que haya cientos de testimonios de fraude: los demócratas, los medios y todo el elenco repiten que Biden es presidente electo y que Trump se haga a un lado. Porque, en el reino de la mentira, si la realidad no se corresponde con la narrativa, es la realidad la que hay que corregir y censurar. Así, los millones de personas en las calles para protestar contra el encierro o contra el fraude electoral simplemente no existen, por el simple hecho de que los grandes medios de comunicación no las muestran en la televisión y las censuran en internet, y que todo lo que denuncian como noticias falsas deben ser consideradas como tales.
La esclavitud de parte de la jerarquía
 

No es de extrañar, por tanto, que la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, seguida como un reloj por Vatican News y una afectuosa llamada telefónica de Bergoglio a Biden, se apresurara a dar prueba de su fidelidad al sistema: estos eclesiásticos están intrínsecamente implicados y deben escrupulosamente adherirse al papel que se les ha dado. Lo mismo hicieron, a nivel global, apoyando las restricciones de Covid con el cierre de las iglesias, ordenando la suspensión de la celebración de misas e incluso invitando a los fieles a obedecer a las autoridades civiles. El arzobispo de Washington se permitió criticar la visita oficial de la Primera Pareja al Santuario de San Juan Pablo II y se expresó, junto con otros obispos y clérigos, en apoyo a BLM: tal abnegación por la causa le haría merecedor del capelo cardenalicio durante esos mismos días. Y no es coincidencia que la adhesión a la agenda globalista provenga de personas que están totalmente comprometidas en apoyar los movimientos LGBTQ, comenzando con Cupich, Tobin, Wuerl, McElroy y Stowe. El silencio ensordecedor de la Santa Sede y del episcopado mundial ante los problemas éticos que plantean las vacunas que se distribuirán próximamente, que contienen células de fetos humanos abortados, es bastante significativo. Dios no quiera que la especulación de las compañías farmacéuticas sobre la pandemia también vea a la iglesia profunda como receptora de generosas “donaciones”, como ya ha sucedido con el Acuerdo entre China y el Vaticano.

Los vicios y la corrupción encuentran la iglesia profunda y el estado profundo unidos en un pozo negro de crímenes repugnantes, en los que los indefensos y los niños son víctimas de la explotación, la violencia y el acoso cometidos por personajes que al mismo tiempo promueven el aborto, la ideología de género y la sexualidad libre de los menores, incluidos los cambios de sexo.

También la inmigración ilegal, que se apoya para desestabilizar a las naciones y cancelar sus identidades, encuentra apoyo tanto de la izquierda como de la iglesia de Bergoglio, a pesar de que está directamente relacionada con la trata de menores, el aumento de la criminalidad y la destrucción del tejido social. De hecho, se apoya precisamente por esta razón, así como ha existido el deseo de fomentar la crisis política en las elecciones estadounidenses, la crisis económica a través de la manipulación criminal de la pandemia y posiblemente también la guerra religiosa a través de los ataques islámicos y las profanaciones de iglesias en toda Europa.

La necesidad de una visión general

También es muy desconcertante que, en este marco perfectamente coherente, haya muchos prelados, si no casi todos, que se limitan a analizar los hechos que afectan a la Iglesia católica casi como si existieran únicamente en el ámbito eclesial, como si no tuvieran ninguna relación con los acontecimientos políticos y sociales que se están desarrollando a nivel global. Hay obispos que formulan algunas posturas tímidas ante las palabras de Bergoglio en apoyo de la legalización de las uniones civiles, o sobre las inconsistencias y falsificaciones que surgen en el Informe McCarrick; pero ninguno de ellos, aunque animados por buenas intenciones, se atreve a denunciar la evidencia de los hechos, a saber, la existencia de un pactum sceleris entre la parte desviada de la Jerarquía – la iglesia profunda, precisamente – y la parte desviada del Estado, del mundo de las finanzas y la información. Sin embargo, es tan evidente que ha sido objeto de análisis por numerosos intelectuales, en su mayoría seculares.

 

La perdida de credibilidad

Este punto debe ser denunciado en voz alta: el Informe elaborado por la Secretaría de Estado es un intento indecente y torpe de dar una apariencia de credibilidad a una banda de hombres pervertidos y corruptos al servicio del Nuevo Orden Mundial. Lo surrealista es que esta operación de desconcertante mistificación no la han llevado a cabo los acusados, sino los que deben juzgarlo, y junto a él, paradójicamente, deben juzgarse a sí mismos, a sus hermanos, a sus amigos y a aquellos a quienes garantizaron impunidad, ascensos y carreras.

La credibilidad de los redactores del Informe se puede demostrar en su leve condena a un prelado miembro del sistema, a quien el propio Bergoglio envió como interlocutor de la Santa Sede con la dictadura comunista china, y que al mismo tiempo desempeñaba funciones oficiales, en nombre del Departamento de Estado de Estados Unidos, frecuentando a los Clinton, Obama, Biden y los Demócratas. Esta credibilidad también puede ser confirmada por el hecho de que un homosexual corrupto, un abusador de jóvenes y niños, un corruptor de clérigos y seminaristas, simplemente fue privado de la dignidad de cardenal y del estado clerical sin ninguna sentencia de prisión y sin excomulgarlo, por los delitos con los que se manchó, incluido el delito de “sollicitatio ad turpia” en Confesión, uno de los delitos más odiosos que puede cometer un sacerdote. En este “proceso”, tan sumario como omisorio, la dimensión espiritual de la culpa estuvo completamente ausente: el culpable no fue sometido a la excomunión, que es una sanción eminentemente medicinal ordenada para la salvación eterna, ni fue exhortado a hacer penitencia, hacer públicas las enmiendas y reparaciones.

Una comisión independiente

Cuando se celebraron los juicios de Nuremberg después de la Segunda Guerra Mundial contra los crímenes del nazismo, el tribunal estaba presidido por un juez ruso encargado de juzgar la invasión de Polonia que Alemania, como sabemos, había emprendido precisamente con Rusia. Me parece que no hay mucha diferencia entre esto y lo que vemos que está sucediendo hoy en el intento de responsabilizar por el caso McCarrick a Juan Pablo II, Benedicto XVI y el abajo firmante. El único que en la narrativa de la Secretaría de Estado no puede ser tocado por ninguna sospecha, por ninguna acusación, aunque sea indirecta, o por ninguna sombra de encubrimiento, obviamente debe ser el argentino.

Parece oportuno que se constituya una comisión independiente -como ya esperaba la Conferencia de Obispos de Estados Unidos en noviembre de 2018 y luego fue bloqueada firmemente por la Congregación para los Obispos por orden de Bergoglio- que investigue este caso sin influencias y sin ocultar pruebas decisivas. Sin embargo, dudo que se escuchen las improbables esperanzas de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, ya que entre los que serán elevados a cardenal en el próximo consistorio se encuentra el Arzobispo de Washington, ejecutor de las órdenes de Santa Marta, que se suma a los más fieles servidores Cupich y Tobin.

Si realmente se arrojara luz sobre todo el asunto, todo el castillo de naipes construido en estos años se derrumbaría, y también surgiría la complicidad de los miembros de la Jerarquía en los niveles más altos, así como sus vínculos con los demócratas estadounidenses y la Izquierda global. En definitiva, se confirmaría lo que muchos todavía no se atreven a admitir, a saber, el papel de la Iglesia profunda, desde la elección de Juan XXIII, en la creación de las premisas teológicas y el clima eclesial que permitieran a la Iglesia ser la servidora del Nuevo Orden Mundial, y reemplazar al Papa por el falso profeta del Anticristo. Si esto aún no ha sucedido completamente, es sólo gracias a la Providencia.

Honestidad intelectual

Me imagino que los moderados -tan silenciosos hoy frente a Covid como deplorable fraude electoral, como al Informe McCarrick- se horrorizan ante la mera mención de cuestionar el Concilio Vaticano II. Los demócratas también se horrorizan al escuchar críticas a las leyes gracias a las cuales Estados Unidos ha llegado a ver subvertida la voluntad de los votantes. Los autoproclamados expertos en salud están horrorizados al ver cuestionadas sus afirmaciones que contrastan con la verdad científica y con la evidencia epidemiológica. Los partidarios de la recepción de inmigrantes ilegales se horrorizan cuando se les muestra la tasa de asesinatos, violaciones, violencia y robos cometidos por esos mismos inmigrantes ilegales. Los partidarios del lobby gay se horrorizan cuando se demuestra que los delitos de carácter depredador cometidos por clérigos involucran a un porcentaje muy alto de homosexuales. En este «rasgarse las vestiduras» general, quisiera recordar que bastaría con un poco de honestidad intelectual y un poco de juicio crítico para mirar la evidencia de frente, aunque sea dolorosa.

El vínculo entre herejía y sodomía

Este vínculo intrínseco entre la desviación doctrinal y la desviación moral surgió claramente con motivo del enfrentamiento frontal con quienes encubrieron el caso McCarrick: las personas involucradas son casi siempre las mismas, con los mismos vicios contra la fe y la moral. Se defienden, se cubren y promueven entre sí, porque forman parte de un verdadero y propio “lobby”, entendido como un grupo de poder que es capaz de influir en la actividad del legislador y en las decisiones del gobierno o de las demás administraciones en su propio beneficio.

En el campo eclesiástico, este lobby trabaja para anular la condena moral de la sodomía, y lo hace ante todo por su propio beneficio, ya que está compuesto principalmente por sodomitas. Se adapta a la agenda política en la legitimación de las demandas de los movimientos LGBTQ, impulsados por políticos no menos entregados al vicio. Y el papel jugado por la Iglesia Católica en las últimas décadas también es evidente –o mejor dicho, por su parte moral y doctrinalmente desviada– en la apertura de la ventana Overton sobre la homosexualidad, de tal manera que el pecado contra la naturaleza que la Iglesia siempre ha condenado de alguna manera fue desautorizado ante la evidencia de escándalos cada vez más emergentes. Si hace cuarenta años era espantoso enterarse de un sacerdote abusando sexualmente de un niño, desde hace algunos años la noticia nos informa del allanamiento de la Gendarmería Vaticana en el apartamento del secretario del cardenal Coccopalmiero en el palacio del Santo Oficio, donde el clero con drogas y prostitutas organizaba una fiesta. A partir de aquí se dará un paso relativamente pequeño para legitimar la pedofilia, como quisieran ciertos políticos: las premisas que crean la teorización de los supuestos “derechos sexuales” de los menores, la imposición de la educación sexual en las escuelas primarias por recomendación de Naciones Unidas, y los intentos de aprobar leyes en los parlamentos para reducir la edad de consentimiento van todos en la misma dirección. Algún ingenuo -suponiendo que todavía se pueda hablar de ingenuidad- dirá que la Iglesia nunca podrá decir que está a favor de la corrupción de los niños, porque esto contradeciría el magisterio católico ininterrumpido. Me limito a recordar lo que se dijo hace sólo unos años sobre el llamado “matrimonio” homosexual – o sobre la ordenación de mujeres, el celibato eclesiástico o la abolición de la pena de muerte – y lo que se afirma al revés, con impunidad hoy, ante los aplausos del mundo.

La «línea» de McCarrick

Lo que debe destacarse en el Informe no es tanto lo que contiene como lo que guarda silencio y lo que esconde bajo una montaña de documentos y testimonios, por horribles que sean. Muchos periodistas y muchos eclesiásticos estaban al tanto de la escandalosa vida del “hombre del sombrero rojo”, pero sin embargo lo consideraban maquiavélico útil para los intereses del Partido Demócrata,  expresión del estado profundo,  y la expresión católica progresista de la iglesia profunda. Como escribió el Washingtonian en 2004: «Con un católico controvertido en la carrera presidencial [John Kerry], el cardenal es visto por muchos como el hombre del Vaticano en Washington – y puede jugar un papel importante en la elección del próximo Papa».  Un papel que McCarrick reclamó con orgullo en el discurso que pronunció el 11 de octubre de 2013 en la Universidad de Villanova, y que hoy, con el cardenal Farrell planteado por el nombramiento de Bergoglio como camerlengo de la Santa Iglesia Romana, podría volver a realizarse. Dadas las relaciones de lealtad que se consolidan entre los miembros de la “mafia lavanda”, al menos es razonable pensar que McCarrick aún es capaz de intervenir en la elección del Papa, no solo gracias a su red de amigos y cómplices, los cuales no solo son cardenales electores, sino también desempeñan un papel activo en los procedimientos del cónclave y su preparación.

¿Nos sorprendería que, tras constatar el fraude electoral en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, “alguien” intentara siquiera manipular la elección del Sumo Pontífice? No olvidemos que, como ya han señalado varias partes, en la cuarta votación del segundo día del último cónclave surgió una irregularidad en el cómputo de las papeletas, que fue subsanada con una nueva votación, en derogación de lo dispuesto en la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis promulgada por Juan Pablo II en 1996.

Sin embargo, es significativo que, mientras que, por un lado, McCarrick está ahora destituido de sus funciones y reside en una localidad secreta (donde puede continuar sin ser molestado en su actividad paradiplomática en nombre del estado profundo y la iglesia profunda en la forma anónima de un laico), en cambio todos aquellos que han hecho carrera en la Iglesia gracias a McCarrick siguen en sus lugares e incluso han sido promovidos: todas las personas a las que favoreció por un estilo de vida común y unas intenciones comunes; todos los chantajistas y chantajeados por los secretos que han llegado a conocer gracias a su cargo; todos dispuestos a sacar nombres, circunstancias y fechas si alguien se atreve a tocarlos. Algunos aún podrían verse obligados a obedecer al Sr. McCarrick, si puede mantenerlos bajo chantaje o sobornarlos con el enorme dinero que tiene a su disposición, incluso ahora que ya no es un príncipe de la Iglesia.

La “línea” que inició este cardenal hoy es capaz – como vemos – de interferir y trabajar en la vida de la Iglesia y la sociedad, con la ventaja de haber descargado los pecados de toda la “mafia lavanda” en un conveniente chivo expiatorio y de poder aparecer hoy como si fuera un extraño a las acusaciones de abuso. Pero basta con atravesar las puertas de la Porta Angélica para toparse con personajes impresentables, algunos de los cuales han sido llamados al Vaticano para salvarlos de las investigaciones que tenían pendientes en el exterior; otros incluso son habituales en Santa Marta o ejercen funciones de gestión allí, consolidando la red de connivencia y complicidades bajo la mirada indulgente del Príncipe. Por otro lado, el énfasis en el papel moralizador de Bergoglio choca contra la cruda realidad de que nada ha cambiado realmente detrás del alto Muro Leonino, dada la protección de que gozan, entre otros, Peña Parra y Zanchetta.

El fracaso en condenar la sodomía

Algunos comentaristas han destacado con razón un hecho descorazonador: los delitos por los que McCarrick fue convocado a juicio solo se refieren al abuso de menores, mientras que sus relaciones antinaturales con adultos que consienten son silenciosamente aceptadas y toleradas, como si los actos inmorales y sacrílegos de un clérigo no fueran deplorables, sino más bien sólo su imprudencia al no haber sabido mantenerlos dentro del secreto del hogar. Esto también deberá ser explicado por los responsables, sobre todo teniendo en cuenta la voluntad cada vez más clara de Bergoglio de aplicar un enfoque pastoral laxista – según el método probado de Amoris Laetitia – en derogación de la condena moral de la sodomía.

Los culpables y las víctimas de los escándalos

Lo paradójico que surge de los escándalos del clero es que la última preocupación del círculo mágico de Bergoglio es hacer justicia a las víctimas, no solo indemnizándolas (que, además, no lo hacen los perpetradores sino las diócesis, utilizando los bienes donados por los fieles) sino también castigando a los responsables de manera ejemplar. Debería haber castigo no solo por los delitos reconocidos como delitos penales por las leyes del Estado, sino también por los delitos morales, por los cuales los ministros sagrados han llevado a los adultos a un pecado grave. ¿Quién curará las heridas del alma, las manchas en la pureza de tantos jóvenes, incluidos también seminaristas y sacerdotes? Por el contrario, parece que quienes han sido descubiertos y expuestos a la execración pública se consideran verdaderas víctimas: sienten que han sido obstaculizados en sus intereses, su tráfico y sus intrigas. Mientras tanto, aquellos que han denunciado escándalos, que piden justicia y verdad, son considerados culpables, comenzando por los sacerdotes que son trasladados o privados del cuidado de las almas porque se han atrevido a informar a su obispo de las perversiones de uno de sus hermanos.

 

La santa iglesia es víctima de los crímenes de sus ministros

Pero hay otra víctima completamente inocente de estos escándalos: la Santa Iglesia. La imagen de la Esposa de Cristo ha sido empañada, humillada y desacreditada, porque quienes cometieron estos delitos actuaron explotando la confianza depositada en la vestimenta que llevan, utilizando su propio papel de sacerdote o prelado para atrapar y corromper las almas. Los responsables de este descrédito de la Iglesia incluyen también a los del Vaticano, en las diócesis, en los conventos, en las escuelas católicas y en las organizaciones religiosas – pensamos, por ejemplo, en los Boy Scouts – que no erradicaron este flagelo de raíz, incluso lo escondieron y negaron. A estas alturas es evidente que esta invasión de homosexuales y pervertidos fue planeada y pretendida: no fue un hecho fortuito que ocurrió solo por la omisión de los controles, sino un plan preciso de infiltración sistemática de la Iglesia con el fin de demolerla desde dentro. Y aquellos a quienes el Señor ha confiado el gobierno de Su Esposa tendrán que responderle por esto.

En todo esto, sin embargo, nuestros adversarios olvidan que la Iglesia no es un conjunto de personas sin rostro que obedecen ciegamente a los mercenarios, sino un Cuerpo Viviente con Cabeza Divina: Nuestro Señor Jesucristo. Pensar en poder matar a la Esposa de Cristo sin que éste intervenga es un engaño que solo Satanás podría creer posible. En efecto, llegará a darse cuenta de que precisamente al crucificarla, al cubrirla con saliva y latigazos como el Salvador fue crucificado hace dos mil años, está firmando su propia derrota definitiva. Oh mors, ero mors tua: morsus tuus ero, inferne [Oh muerte, seré tu muerte: infierno, seré tu aguijón].


• Carlo Maria Viganò, arzobispo
21 de noviembre de 2020
Presentación de la Santísima Virgen María

 

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