Nota del Director: Por su absoluta maestría, acierto e indispensabilidad, me veo impelido a recomendarles vivamente la lectura del siguiente artículo publicado por el Padre Christian Viña en Adoración y Liberación. Dios les bendiga.   Vicente Montesinos

 

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+ Padre Christian VIÑA

El Día Internacional de la Mujer, y el así llamado Paro de mujeres, de este 8 de marzo, encuentra a nuestra colonizada Argentina sumida en una salvaje campaña pro aborto; impulsada por el gobierno (“sin principios de orden moral y natural”, como bien lo describiera nuestro Arzobispo de La Plata, Mons. Héctor Aguer) y sus supuestos opositores. Unos y otros, rejuntados en esta transversalidad funesta de la democracia liberal, se empecinan en debatir lo que, de por sí, está fuera de todo debate: lo sagrado de toda vida humana.

 

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No todo está sujeto a la fugaz e, incluso, antihumana dictadura de circunstanciales mayorías, o de consensos surgidos de masas manipuladas, que se resisten a la razón. El primerísimo derecho a la vida, sin el cual no son posibles los otros derechos humanos –tan reivindicados por la izquierda, hoy más que nunca al servicio del imperialismo demográfico-, jamás podrá depender del antojo, los caprichos y hasta las modas, elevados a dioses intocables, por parlamentos y gobiernos rehenes del Nuevo desOrden Mundial. Curiosa contradicción de quienes se empecinan por definir a los animales como personas no humanas, y les niegan su condición de personas a los humanos…

Eliminada la barrera de la protección de los más débiles e indefensos de la sociedad todo será posible. En una caravana salvaje se sucederán –como ya lo estamos viendo en la Europa agonizante, donde mueren más personas de las que nacen-, otras formas de infanticidio y eutanasia indiscriminados, para niños, jóvenes, adultos y ancianos. Una sociedad que elimina a los más pobres y vulnerables, lisa y llanamente, renunció al sentido y al bien común, ha decretado su propio exterminio; y tiene, por cierto, los días contados… Humillante es comprobar que todo eso se disfraza de absoluta libertad para decidir. Quienes no piensan jamás podrán elegir libremente…

En el colmo del cinismo, los agitadores de la anticultura de la muerte, exhiben cifras exageradas sobre las muertes de las mujeres que abortan. Ocultando, claro está, que en todo aborto, muere una mujer o un varón por nacer; y a veces, también, sus madres. Y apelan, como no podía ser de otra manera, a las mujeres pobres y sus abortos clandestinos.

Quienes como nosotros, los sacerdotes, vivimos entre muchas mujeres pobres sabemos perfectamente que entre ellas es muchísimo menor el número de abortos. Los que menos tienen suelen ser los más cuidadosos de las vidas más frágiles; porque, entre otras cosas, saben por propia experiencia, que para muchos ellos mismos son descartables… ¡Dios llora junto a las mujeres que han abortado; y que nunca encontrarán humano consuelo! Bien sabemos los curas cuánta oración, cuánto amor y cuánta paciencia son necesarios para ayudarlas a sanar esa herida; que, sin el auxilio de la gracia, jamás cerrará del todo…  Por lo demás, legal (según  el derecho positivo) o ilegal, el aborto es y será siempre criminal e ilegal, según la ley natural.

Defender toda vida humana no es algo de católicos fundamentalistas… (¡Gloria a Dios, de cualquier modo, que los católicos seamos valientes y primerísimos soldados de esa causa…!). Defender toda vida humana es algo propio de la naturaleza humana, de su instinto de supervivencia, del sentido común y, claro está, de la razón.

El feminismo totalitario, de clarísimas raíces marxistas, en maridaje con el ultracapitalismo, es ni más ni menos que un hembrismo brutal; enemigo acérrimo de la mujer y el varón. Basta con leer sus consignas: “muerte al macho”, “basta de heteropatriarcado”, “abortá al macho”, y otras sentencias por el estilo, para concluir que lo que se busca es la destrucción de la especie humana. Hoy mujeres y varones somos víctimas de la peor esclavitud: la de aquellos que se creen absolutamente libres, sin darse cuenta de las cadenas y grilletes que los postran…

¡Qué bien nos vendría ese nuevo feminismo, del que habló proféticamente San Juan Pablo II! ¡Cuánto añoramos mujeres que no vean sus hogares como cárceles, ni a sus cuerpos como mera materia absolutamente disponible, ni a los niños como enemigos, a los cuales eliminar!

Felizmente, entre los más jóvenes, los llamados millennials, crece ostensiblemente el número de los provida y profamilia. Quizás por ser ellos mismos las víctimas más estragadas del modernismo, el hippismo, el así llamado Mayo francés, y de todas las lacras que los siguieron… Adolescentes y jóvenes huérfanos con padres vivos; que sufren al ver a sus propios padres reducidos a verdaderas piltrafas… Y que, prácticamente, no han tenido quien les hablara de la pureza, la castidad y la virginidad hasta el matrimonio; como fundamentos de una auténtica educación sexual integral.

Felizmente, incluso entre los más adultos que no se resisten a pensar, crecen los militantes de la vida, el matrimonio y el orden natural. Seguramente porque no quieren que los Soros, los Rockefeller, los Gates, los Zuckerberg, y otros de sus castas, financien con sus dineros esta reingeniería social; que hace a la luz del día, y con el éxtasis de las masas manipuladas, lo que los nazis y los comunistas hicieron en la oscuridad de los campos de concentración…

Felizmente, entre quienes sufren la pérdida de menores y mayores, nietos y abuelos, se va alzando un creciente ejército de  valientes, dispuestos a decirles ¡basta! a los amos del planeta. Son los que aunque no tengan visibilidad –como se dice ahora a las imposiciones mediáticas-, no están dispuestos a dejarse matar por los financistas del mundialismo sin Dios; y, por lo tanto, sin hombre.

Felizmente, en nuestra Hispanoamérica, en buena parte de Estados Unidos, en África, en Asia e, incluso, en Europa, particularmente la oriental, con los países del Grupo de Visegrado, se van multiplicando las voces, los movimientos y las luchas en favor de los niños por nacer. Y en contra del humanicidio abortista, que mata en el mundo, por año, alrededor de sesenta millones de seres humanos; y, en tan solo una década, muchas más personas que todas las guerras juntas de toda la humanidad, de todos los tiempos…    

Que cada uno tome, entonces, su puesto de combate en esta batalla por la vida; que no es ni optativa ni secundaria. Y que, al hacerlo, cierre por un momento sus ojos y evoque a la madre que lo tuvo, y a la abuela que lo cuidó; que, con su maravilloso e irremplazable instinto maternal, guardaron de varones y mujeres con la sola recompensa del deber cumplido. Ellas, por supuesto, no harán ninguna huelga de mujeres. Y seguirán apostando por la vida, el matrimonio y la familia; pese a sufrir los más crueles ataques, el desprecio, y hasta la apostasía estruendosa…

 

La Plata, martes 6 de marzo de 2018

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