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«¡Hijo de David, ten compasión de mí!». Jesús se detuvo, y mandó que se lo trajeran y, cuando se hubo acercado, le preguntó: «¿Qué quieres que te haga?». Él dijo: «¡Señor, que vea!». Jesús le dijo: «Ve. Tu fe te ha salvado»

Señor; hoy, el ciego Bartimeo me da toda una lección de fe, manifestada con sencillez ante ti. ¡Cuántas veces me iría bien repetir la misma exclamación!: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!». ¡Es tan provechoso para mi alma sentirme indigente! El hecho es que lo soy y que, desgraciadamente, pocas veces lo reconozco de verdad. Y…, claro está: hago el ridículo. Así me lo advierte san Pablo: «¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?

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