Hoy, 14 de agosto, celebramos la Festividad de San Tarsicio. Este día siempre ha sido muy especial para mí; por muchas cosas. No puede ser casualidad que algunas de las mejores cosas de mi vida (la mejor incluida) hayan sucedido en este día. No es casualidad que sucedieran en el día de San Tarsicio. En el día del santo por excelencia de los jóvenes y niños adoradores; a los que he dedicado mi vida pastoral. No es casualidad.

 

 

Es para mí, por tanto, muy especial este santo, este día, y este recuerdo en el blog; para seguir poniéndome bajo la protección de este pequeño gran santo de la Eucaristía.

 

 

 

San Tarsicio es el Patrón de los Monaguillos y de los Niños de Adoración Nocturna. Por algo se le conoce como el Mártir de la Eucaristía.

 

 

 

Para resumir un poco su historia, podemos decir que Valeriano era un emperador duro y sanguinario. Se había convencido de que los cristianos eran los enemigos del Imperio y había que acabar con ellos. Los cristianos para poder celebrar sus cultos se veían obligados a esconderse en las catacumbas o cementerios romanos. Era frecuente la trágica escena de que mientras estaban celebrando los cultos llegaban los soldados, los cogían de improviso, y, allí mismo, sin más juicios, los decapitaban o les infligían otros martirios. Todos confesaban la fe en nuestro Señor Jesucristo.

 

 

 

El pequeño Tarsicio había presenciado la ejecución del mismo Papa mientras celebraba la Eucaristía en una de estas catacumbas. La imagen macabra quedó grabada fuertemente en su alma de niño y se decidió a seguir la suerte de los mayores cuando le tocase la hora, que ojalá, decía él, fuera “ahora mismo”.

 

 

 

Un día estaban celebrando la Eucaristía en las Catacumbas de San Calixto. El Papa Sixto se acuerda de los otros encarcelados que no tienen sacerdote y que por lo mismo no pueden fortalecer su espíritu para la lucha que se avecina, si no reciben el Cuerpo del Señor. Pero ¿quién será esa alma generosa que se ofrezca para llevarles el Cuerpo del Señor? Son montones las manos que se alargan de ancianos venerables, jóvenes fornidos y también manecitas de niños angelicales. Todos están dispuestos a morir por Jesucristo y por sus hermanos.

 

 

 

Uno de estos tiernos niños es Tarsicio. Ante tanta inocencia y ternura exclama lleno de emoción el anciano Sixto: ” ¿Tú también, hijo mío?” Y le dice: ¿Y por qué no, Padre? Nadie sospechará de mis pocos años. Ante tan intrépida fe, el anciano no duda. Toma con mano temblorosa las Sagradas formas y en un relicario, las coloca con gran devoción a la vez que las entrega al pequeño Tarsicio de apenas once años, con esta recomendación: “Cuídalas bien, hijo mío”.

 

 

 

-“Descuide, Padre, que antes pasarán por mi cadáver que nadie ose tocarlas”.Sale fervoroso y presto de las catacumbas y poco después se encuentra con unos niños de su edad que estaban jugando

 

 

-“Hola, Tarsicio, juega con nosotros. Necesitamos un compañero”.

 

 

– “No, no puedo. Otra vez será”, dijo mientras apretaba sus manos con fervor sobre su pecho. Y uno de aquellos mozalbetes exclama. “A ver, a ver. ¿Qué llevas ahí escondido?” Debe ser eso que los cristianos llaman “Los Misterios”, e intentan verlo. Lo derriban a tierra, poniendo en su pecho los mozalbetes sus piernas con el fin de hacer fuerza de palanca para abrirle sus brazitos y arrebatarle las Sagradas Formas, le tiran pedradas, y Tarsicio no solo puso resistencia sino que Dios hizo el milagro de que quedasen sus brazos herméticamente cerrados de forma que no pudieron abrírselos jamás (ni siquiera después de muerto)

 

 

Siguen dándole pedradas, y va derramando su sangre. Todo inútil. Ellos no se salen con la suya. Por nada del mundo permite que le roben aquellos Misterios a los que él ama más que a sí mismo. Momentos después pasa por allí Cuadrado, un fornido soldado que está en el período de catecumenado y que por eso conoce a Tarsicio. Los niños huyen corriendo mientras Tarsicio, llevado a hombros en agonía por Cuadrado, llega hasta las Catacumbas de San Calixto en la Vía Appia. Al llegar , ya era cadáver.

 

 

Desde entonces, el frío mármol guarda aquellas sagradas reliquias sobre las que escribió San Dámaso, “queriendo a San Tarsicio almas brutales de Cristo el sacramento arrebatar, su tierna vida prefirió entregar, antes que los Misterios celestiales

 

 

 

Este ha sido siempre el ejemplo para niños y jóvenes adoradores y seguidores de Jesús Eucaristía. Dios obró milagros en él; y él los ha obrado de muchas formas en mí.

 

 

 

Hoy, en su día, uniéndome a todos los jóvenes adoradores y tarsicios del mundo, solo puedo gritar:

 

 

¡Viva San Tarsicio!

 

 

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