🇪🇸 De Las Palmas a Roma: la protección de los demoledores y la persecución de la doctrina bimilenaria. Por Rosario Badia
Fiesta de Santa Ana en las Palmas de Gran Canaria
por Rosario Badia
Corresponsal AyL en Polonia

Mientras la falsa Iglesia se revela cada vez más como lo que es —un teatrillo bien ensayado donde cada cual representa su papel en la comedia, entre los ultimátums de fachada lanzados por Sarah y Burke al presunto Papa para frenar la sinodalidad y el enésimo ultraje cometido en Medjugorje contra las estatuas de la Virgen María pasado bajo silencio en el Vaticano—, un nuevo y desconcertante episodio muestra hasta qué punto se ha llegado en la tolerancia, si no en la palmaria complicidad, de ciertos “pastores” hacia la profanación de lo sagrado y del orden natural.
En Las Palmas de Gran Canaria, el día de la fiesta patronal de Santa Ana, la plaza situada frente a la Catedral y al Palacio Episcopal se convirtió en el escenario de Gran Spectrum, una exhibición de desnudo masivo de temática LGTB organizada por el fotógrafo estadounidense Spencer Tunick en el marco del festival Culture & Business Pride 2026, ampliamente patrocinado por las autoridades locales.
Entre 400 y 500 participantes se desnudaron y se pintaron con los colores de la bandera «Progress Pride», ocupando el mismo e idéntico atrio donde el pasado 11 de junio el presunto Papa se había reunido con el clero, los religiosos y los agentes de pastoral de la diócesis. Un detalle que para el pequeño resto no resulta casual, dejando abierta la siniestra incógnita de si aquella visita no habrá representado casi un acto propiciatorio para el posterior evento desacralizador.
Lo que hace que el suceso resulte aún más grotesco no es solo la exhibición en sí, sino la reacción del obispo diocesano, Mons. José Mazuelos Pérez. Interrogado por los medios sobre las cientos de personas desnudas amontonadas ante su catedral y su residencia, el prelado resolvió lo ocurrido con desarmante naturalidad: «No tengo ningún problema. Cuando vamos a la playa vemos cuerpos desnudos, ¿no?».
Ni un solo gesto en defensa del decoro debido al templo de Dios, ni de la sacralidad de la fiesta patronal. La única y marginal objeción del obispo se refirió a las barreras policiales que bloquearon temporalmente el acceso a la Misa solemne incluso al deán de la Catedral y a un grupo de ancianos fieles. «Queremos llegar temprano para estar con Dios», se lamentaban desolados dos feligreses retenidos por los controles, antes de que las fuerzas del orden abrieran un paso para dejarlos entrar mientras a su alrededor los participantes aún permanecían desvestidos.
Este episodio se enmarca perfectamente en el dramático panorama contemporáneo: mientras cualquiera que defienda la doctrina bimilenaria, como el Padre Alessandro y los sacerdotes de la asociación, es prontamente aislado o sancionado, los prelados que avalan la profanación y la disolución moral permanecen firmes en sus puestos.
Exactamente igual que ocurre con las figuras que acaparan constantemente las crónicas eclesiales —desde los cardenales Marx y Grech hasta los padres James Martin y Timothy Radcliffe—, también Mons. Mazuelos prosigue ileso en su mandato. Sin destitución, sin apercibimiento canónico, sin sanción: la enésima confirmación de que la jerarquía oficial protege a quienes desmantelan la fe, dejando al “pequeño resto” la sola tarea de anunciar la Verdad, con la corona del Rosario en la mano, totalmente desprovisto de apoyos humanos y de estructuras de poder.
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