Comentario del Rvdo. Padre Francisco Vegara a la Nota del Vaticano sobre las Vacunas contra la Covid-19

 

 

 

 

Primeramente les dejamos el enlace directo a la NOTA PÚBLICA Y OFICIAL del vaticano, con fecha del 21-12-2020

https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2020/12/21/nota.html

 

 

 

Crítica a la Nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la moralidad del uso de algunas vacunas contra la Covid-19

Padre Francisco Vegara

 

 

Se procederá poniendo en cursiva los puntos argumentativos de la Nota oficial, y debajo de cada uno, en letra normal, el comentario crítico.

 

  1. Como se afirma en la Instrucción Dignitas Personae, en los casos en los que se utilicen células de fetos abortados para crear líneas celulares para su uso en la investigación científica, “existen diferentes grados de responsabilidad” en la cooperación al mal. Por ejemplo, “en las empresas que utilizan líneas celulares de origen ilícito no es idéntica la responsabilidad de quienes deciden la orientación de la producción y la de aquellos que no tienen poder de decisión”.

 

Obviamente los grados de responsabilidad en la cooperación al mal pueden ser muy diversos, pero ninguno es bueno, pues la cooperación al mal es siempre moralmente mala también.

 

  1. En este sentido, cuando no estén disponibles vacunas Covid-19 éticamente irreprochables (por ejemplo, en países en los que no se ponen a disposición de médicos y pacientes vacunas sin problemas éticos o en los que su distribución es más difícil debido a las condiciones especiales de almacenamiento y transporte, o cuando se distribuyen varios tipos de vacunas en el mismo país pero, por parte de las autoridades sanitarias, no se permite a los ciudadanos elegir la vacuna que se va a inocular) es moralmente aceptable utilizar las vacunas contra la Covid-19 que han utilizado líneas celulares de fetos abortados en su proceso de investigación y producción.

 

Si se reconoce que esas vacunas no son éticamente irreprochables, ¿cómo va a ser moralmente aceptable su utilización?; ¿acaso puede ser moralmente aceptable lo que no es éticamente irreprochable?; ¿no parece, más bien, que se está introduciendo sibilinamente un confusionismo de términos?

 

El principio moral tajante dice que el fin no justifica los medios, y así un fin bueno no justifica en ningún caso la utilización de un medio malo, aunque se trate del único medio para lograr el fin.

 

  1. La razón fundamental para considerar moralmente lícito el uso de estas vacunas es que el tipo de cooperación al mal (cooperación material pasiva) del aborto provocado del que proceden estas mismas líneas celulares, por parte quienes utilizan las vacunas resultantes, es remota. El deber moral de evitar esa cooperación material pasiva no es vinculante si existe un peligro grave, como la propagación, por lo demás incontenible, de un agente patógeno grave: en este caso, la propagación pandémica del virus SARS-CoV-2 que causa la Covid-19. Por consiguiente, debe considerarse que, en este caso, pueden utilizarse todas las vacunas reconocidas como clínicamente seguras y eficaces con conciencia cierta que el recurso a tales vacunas no significa una cooperación formal con el aborto del que se obtuvieron las células con las que las vacunas han sido producidas. Sin embargo, se debe subrayar que el uso moralmente lícito de este tipo de vacunas, debido a las condiciones especiales que lo posibilitan, no puede constituir en sí mismo una legitimación, ni siquiera indirecta, de la práctica del aborto, y presupone la oposición a esta práctica por parte de quienes recurren a estas vacunas.

 

Para el principio moral antes reseñado, es irrelevante si la relación del medio malo con el fin bueno es más o menos próxima o remota, sino que la bondad del fin nunca se puede trasladar a los medios, los cuales han de ser siempre buenos en sí mismos.

 

El principio que podría regular la mal llamada «cooperación pasiva», es el del mal menor, en el cual no se da una verdadera cooperación con el mal, la cual ha de ser siempre activa; por eso en este principio se trata de escoger entre dos males que inevitablemente le advienen al sujeto, el cual se encuentra en una posición completamente pasiva frente a los mismos; la elección entonces del mal menor no contribuye positivamente al mismo mal, que debería ser evitado, si se pudiera, sino a la mitigación del mal, prefiriendo el menor.

 

La clave, por tanto, del principio del mal menor está en la falta de cualquier cooperación activa del sujeto con el mal, sino que activamente sólo se puede aminorar el mal, pues una cooperación activa, por muy remota que sea, con el mal, por muy leve que éste sea, es siempre inmoral, por infringir el principio de que el fin nunca justifica los medios.

 

¿Cómo se puede decir que la utilización de una vacuna basada en líneas celulares abortadas «no significa una cooperación formal con el aborto del que se obtuvieron las células con las que las vacunas han sido producidas»?; es evidente que utilizar un producto es entrar en el sistema de mercado, que beneficia a los productores, y promueve el mismo producto; ¿cabe mayor cooperación formal?; no será directa ni próxima sobre el aborto, pero no deja de ser formal y eficaz, por cuanto llega incluso a cumplir el fin que tuvieron los que provocaron el aborto: un beneficio económico.

 

Las confusas palabras siguientes delatan el carácter alambicado de todo el argumento, y el descoyuntamiento que supone para toda la teoría moral: «Sin embargo, se debe subrayar que el uso moralmente lícito de este tipo de vacunas, debido a las condiciones especiales que lo posibilitan, no puede constituir en sí mismo una legitimación, ni siquiera indirecta, de la práctica del aborto, y presupone la oposición a esta práctica por parte de quienes recurren a estas vacunas»; ante todo, ¿desde cuándo unas meras circunstancias, por muy especiales que sean, cambian la moralidad intrínseca de un acto?; además, ¿a qué viene apuntar que un uso que sería lícito, no «debe» «constituir en sí mismo una legitimación, ni siquiera indirecta, de la práctica del aborto, y presupone la oposición a esta práctica por parte de quienes recurren a estas vacunas»?; ¿no debería ser obvio, en primer lugar, que todo uso lícito jamás legitimaría de ninguna manera algo tan abominable como el aborto, y que, en segundo lugar, presupondría ya la oposición intencional al mismo?; sin embargo, ocurre que sólo se está desenmascarando la base circunstancialista e intencionalista de todo este embrollado razonamiento moral, como si las circunstancias que rodean la acción, o la intención del sujeto fueran capaces de hacer bueno lo que intrínsecamente es malo; pero eso es un gran error, pues la bondad del acto moral no sólo descansa en la de la intención del sujeto, sino que también presupone la bondad objetiva del mismo acto en sí, lo que no es cambiado sustancialmente por unas circunstancias que son sólo accidentales.

 

  1. De hecho, el uso lícito de esas vacunas no implica ni debe implicar en modo alguno la aprobación moral del uso de líneas celulares procedentes de fetos abortados. Por lo tanto, se pide tanto a las empresas farmacéuticas como a los organismos sanitarios gubernamentales, que produzcan, aprueben, distribuyan y ofrezcan vacunas éticamente aceptables que no creen problemas de conciencia, ni al personal sanitario ni a los propios vacunados.

 

¿Cabe mayor contradicción?: ¿cómo se puede decir que el uso lícito de unas vacunas procedentes de fetos abortados no implica la aprobación moral del mecanismo del que proceden?; un acto es lícito moralmente, sólo si todos los elementos que concurren en el mismo, también lo son; por tanto, la legitimación moral de algo supone la de todos los elementos concurrentes, mientras que basta que un solo elemento concurrente no sea lícito, para que tampoco lo sea el acto mismo; es así que el aborto es intrínsecamente reprobable siempre, luego igualmente lo ha de ser todo aquello en que el aborto concurra.

 

Esto ya llega al despropósito: «Se pide tanto a las empresas farmacéuticas como a los organismos sanitarios gubernamentales que produzcan, aprueben, distribuyan y ofrezcan vacunas éticamente aceptables que no creen problemas de conciencia ni al personal sanitario ni a los propios vacunados»; ¿hace falta algo más que saber leer, para entender que, si se piden vacunas éticamente aceptables que no creen problemas de conciencia, es porque se reconoce que estas vacunas no son moralmente aceptables, sino que presentan terribles problemas de conciencia?; tanto es así que, como trato de explicar, dichos problemas son moralmente insalvables.

 

  1. Al mismo tiempo, es evidente para la razón práctica que la vacunación no es, por regla general, una obligación moral y que, por lo tanto, la vacunación debe ser voluntaria. En cualquier caso, desde un punto de vista ético, la moralidad de la vacunación depende no sólo del deber de proteger la propia salud, sino también del deber de perseguir el bien común. Bien que, a falta de otros medios para detener o incluso prevenir la epidemia, puede hacer recomendable la vacunación, especialmente para proteger a los más débiles y más expuestos. Sin embargo, quienes, por razones de conciencia, rechazan las vacunas producidas a partir de líneas celulares procedentes de fetos abortados, deben tomar las medidas, con otros medios profilácticos y con un comportamiento adecuado, para evitar que se conviertan en vehículos de transmisión del agente infeccioso. En particular, deben evitar cualquier riesgo para la salud de quienes no pueden ser vacunados por razones médicas o de otro tipo y que son los más vulnerables.

 

Parece que habrá que agradecer que no se declare obligatoria una vacunación que, según se va desprendiendo, es completamente inmoral; ahora bien, ¿por qué entonces encareció tanto el papa Francisco el sentido solidario de la vacunación, denominándola como un acto de amor?; ¿habrá que ir acostumbrándose a la contradicción constante de decir, cada vez, una cosa distinta?: pues hay que entender que no hay nada más diabólico que la contradicción, ya que la consistencia lógica es el primer requisito de la verdad, de la que es tan enemigo el descrito por Cristo, como «padre de la mentira»; entonces, siendo así que la solidaridad es un deber, y más todavía el ejercicio del amor, ¿no se seguiría que también la vacuna habría de ser un deber moral?: lo que ocurre, sin embargo, es que la misma denominación de la vacuna como acto de amor, cuando el amor es el ser mismo de Dios y un acto sobrenatural que él infunde en nosotros, es un disparate de tal calibre, estando de por medio el aborto, y tratándose de una mal llamada vacuna que, en realidad, es una terapia génica experimental, cuyos efectos a medio y largo plazo pueden ser terribles, para cumplir los propósitos de reducción drástica de la población mundial, pretendidos nada disimuladamente por las élites globalistas que controlan las grandes farmacéuticas, productoras y beneficiarias de dicha vacuna, que sólo mediante artificios verbales de parejo calado se puede tapar.

 

Aludir al bien común, para establecer la moralidad de la vacunación, carece de todo sentido, por cuanto sólo en circunstancias muy especiales, que cambian sustancialmente la moralidad del acto, incidiendo en el deber primordial de supervivencia, el bien común prevalece sobre el individual; pero es que, incluso aunque se plantee la vacunación como necesaria para dicha supervivencia, tampoco sirve el principio, pues no hay bien común alguno que justifique un solo daño injusto, y ahí están tanto el aborto con que se ha producido la vacuna, como las reacciones adversas que pueda producir la misma vacuna; así dicha vacunación, lejos de proteger la salud, se puede convertir en un atentado contra la misma, por carecer de las mínimas garantías sanitarias, como se ve en el hecho de la inmunidad penal de que se han dotado las farmacéuticas productoras, y de la irresponsabilidad jurídica con que se mueven las instancias sanitarias y políticas administradoras; a todo ello se añaden el férreo control de los medios de comunicación y la feroz censura de toda disidencia, incluso la ejercida por expertos.

 

También es completamente falsa la premisa de que no hay «otros medios para detener o incluso prevenir la epidemia», pues se sabe que existen líneas de tratamiento que resultaron bastante efectivas, para reducir la mortalidad ya en los primeros momentos, y también remedios que deliberadamente no se quieren investigar, e incluso se desprestigian y ocultan descaradamente, como el dióxido de cloro o el aceite ozonizado, de los que hay evidencia de eficacia probada; huelga incidir en el descalabro económico que estos remedios no controlables y al alcance de cualquiera infligirían a las grandes farmacéuticas.

 

A mi parecer, toda esta situación está evidenciando cómo Dios se está sirviendo, para castigar al hombre incrédulo, de su misma credulidad desviada, por la que éste ha cambiado la fe en Dios por la fe en la ciencia y la medicina, como si todo lo que venga de las autoridades, haya de ser, por eso mismo, bueno y conveniente, incluso aunque no se ajuste a los principios morales; la aberración llega al extremo de sustituir la obediencia a la conciencia como regla última inapelable por la sumisión ciega hacia unas autoridades pretendidamente altruistas y benefactoras.

 

Reconocer que puede haber «quienes, por razones de conciencia, rechazan las vacunas producidas a partir de líneas celulares procedentes de fetos abortados», indica a las claras la poca confianza hacia una argumentación moral no sólo endeble sino manifiestamente falaz.

 

  1. Por último, existe también un imperativo moral para la industria farmacéutica, los gobiernos y las organizaciones internacionales, garantizar que las vacunas, eficaces y seguras desde el punto de vista sanitario, y éticamente aceptables, sean también accesibles a los países más pobres y sin un coste excesivo para ellos. La falta de acceso a las vacunas se convertiría, de algún modo, en otra forma de discriminación e injusticia que condenaría a los países pobres a seguir viviendo en la indigencia sanitaria, económica y social.

 

Precisamente porque «existe también un imperativo moral para la industria farmacéutica, los gobiernos y las organizaciones internacionales», como es «garantizar que las vacunas, eficaces y seguras desde el punto de vista sanitario», también sean «éticamente aceptables», hay que concluir en la profunda perversidad de la blasfema pretensión que supone el afán por construir, cual nueva torre de Babel, una ciencia y una tecnología que escapen a todo control moral, y que sólo atiendan al criterio justificativo de la eficacia, que es exactamente lo que ocurre con estas vacunas, cuya elaboración en aras de salvar a la humanidad, de un presunto virus que no parece tan mortal ni tan natural, justificaría el sacrificio de los fetos abortados, cuando veremos si su administración masiva y poco menos que obligatoria no se convierte en un instrumento para que las élites globalistas cumplan sus designios eutanasistas, eliminando a la población improductiva, eugenesistas, eliminando a los discapacitados, malthusianos, esterilizando a gran parte de la población, y de ideología de género, truncando el desarrollo sexual de los niños y adolescentes, para destruir la familia, y convertir a la humanidad en una masa deshumanizada y fácilmente controlable por el poder más omnímodo y despiadado que ha conocido la historia; no otro será el resultado del proceso llamado ‘transhumanismo», cuya sola mención debería provocar la unánime reacción en contra de cuantos todavía conserven un mínimo de cordura.

 

 

Francisco José Vegara Cerezo, sacerdote.

 

 


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2 respuestas

  1. Impecable artículo del siervo de Dios, P. Francisco José Vegara Cerezo, muy valiente y sensato.

    1- ¿Podrían aclarar en cual de los 73 libros de las Sagradas Escrituras, AT o NT, figura lo que es «ético» y «no ético», lo que es «éticamente irreprochable», como describe la tal «congregación para la doctrina de la fe (en lo ético, mundano, político, científico, etc.)»?

    2- ¿Hay algunos otros que cooperan al mal aparte de los siguientes: PCCh, China, OMS, ONU, USA, Unión Europea, gobiernos del mundo, políticos, laboratorios de «científicos», mercaderes y magnates con multimillonarios intereses en China (los verdugos satánicos de esta pandemia bioquímica)?

    3- ¿Cooperan al mal miles de millones de hombres y mujeres de todo el mundo que son víctimas y no verdugos de ese virus o arma bioquímica, por no inyectarse a saber qué infernal sustancia llamada «vacunas» o los que cooperan al mal son los que amenazan con todo tipo de condenas a los que ya no confían en ellas y sus difusores y productores?

    4- ¿No sería más propio de ministros de Dios santos y verdaderos, encomendar al mundo y, especialmente, a sus feligreses, al Sagrado Corazón de Jesús, al Inmaculado Corazón de María, a la Divina Providencia, a la Ayuda de Dios Nuestro Señor Todopoderoso, dado el actual envenenamiento masivo de toda la población mundial con el dichoso virus chino, ante el que parece que hasta las «vacunas» son inoperantes, en lugar de llevar a cabo chantaje espiritual sobre las conciencias de los inocentes víctimas y no verdugos como los arriba citados? ¿O solo hay confianza en los laboratorios, las «autoridades» políticas y en los «científicos» ante este genocidio vírico?

    5- ¿Cooperación con el «mal menor»? ¿Y quién es la «congregación» esa para afirmar que el virus mortal expandido por los verdugos (no por las víctimas) es mal mayor que las supuestas «vacunas» y, especialmente, con encomendarse a Dios, que todo lo puede? ¿Falta fe en Dios a la «congregación»?

    6- ¿Pedir al demonio (farmacéuticas y organismos sanitarios gubernamentales), autor de la eutanasia y el aborto, que facilite «vacunas» que no creen problemas de conciencia? ¿Cuando tuvieron conciencia semejantes mercaderes y fariseos?

    7- Y ya que se apela al bien «común», ¿no hubiese sido lo moral, ético, benefactor «común», solidario, tutti fratelli, etc., que los verdugos satánicos arriba citados hubiesen actuado tan siquiera de igual modo a cuando en un país africano occidental no hace mucho surgió la pandemia de ébola, verdaderamente mortal y que se controló con un número de víctimas mortales ínfimo? ¿China merecía otras medidas no inculpatorias y si inculparotiras sobre todo el que no se marque con la inyección porque «coopera con el mal»?

    8- Los más débiles, expuestos y vulnerables son los niños y niñas a los que no se ha dejado nacer tan siquiera, en esos mataderos abortorios de serruchos, ganchos, punzones, taladradoras, lijas, radiales, etc., con las que descuartizan sangrientamente a las pobres criaturas que lloran desesperadamente antes de que los metan en las trituradoras, que llaman «clínicas abortivas». Si tanto interesan los más débiles, expuestos y vulnerables, ¿por qué se condena al no inyectado-marcado víctima y se silencia no la cooperación, sino la construcción y propagación del infernal mal del verdugo comunista y sin Dios, la China de Xi Lin Ping, porque es fuerte, no expuesta e invulnerable a base de gulags, misiles y armas bioquímicas?

    9- Y, evidentemente, besarse y abrazarse ya no es un acto de amor porque es «peligroso» y hay que ser profilácticos inyectándose. Pues vaya solución de acto de amor… ¿O es que acaso ahora el acto de amor excluye el consumar el matrimonio como santamente manda Dios a marido y esposa, por medidas profilácticas que son «moralmente» «solidarias» con arreglo a la «congregación politico-científica esa», incluso descartando la posibilidad de que se tengan hijos estando abiertos a la vida, como toda la historia de la humanidad? Cada día estamos más tontos o es que ya somos ovejas desorejadas y dispersas.

    10- Y la solidaridad la dejan ustedes para el derecho mercantil de los socios ante las pérdidas de las empresas y para los beneficiarios de seguros, pero para los católicos, los únicos fieles a Cristo, la caridad, que es la única que figura en el NT. ¿O es que esa «congregación» o sus críticos ya han olvidado las virtudes teologales y lo que manda Jesucristo y no la «ciencia» o hechicería y la política? Tanta herejía de solidaridad, bien común, justicia social, ética, y demás artilugios políticos al servicio del mundo que no de Dios.

    11- Mucha confianza en los verdugos citados (esos parece ser que «no cooperan con el mal», pues nadie les denuncia, y son sus propagadores máximos y tiranos satánicos de este mundo. En no mucho van a conocer quien es Dios Todopoderoso, el Rey de reyes y Señor de señores, no se van a escapar no), en la «ciencia» o hechicería (para el Señor, la «sabiduría» del hombre es necedad, como bien nos indica San Pablo) y en todos los que mienten como respiran, pero muy poca si acaso alguna en Nuestro Señor Jesucristo, Dios Verdadero, que todo lo puede (curar leprosos y paralíticos, devolver vista a los ciegos, exorcizar endemoniados, curar hemorragias, devolver audición y habla al sordomudo («Effatá»), devolver la vida a Lázaro, el hijo de la viuda de Naím, la hija de Jairo, multiplicar panes y peces para dar de comer al hambriento, y tantos y tantos milagros que ni todos los libros del mundo podrían describir, pero que pocos parecen meditar y tener en cuenta). Parece que no se cree en Él, ni en los milagros que obra todos los días. No es de extrañar que durante muchos siglos de los últimos veinte, cuando ocurría una desgracia global o pandemia, las almas consagradas y no consagradas fieles sacaban en miles y miles de procesiones por ciudades, barrios y pueblos, imágenes de Jesucristo, de la Santísima Virgen María y de los arcángeles, santos y santas de especial devoción local. Se pedía ayuda al Cielo humildemente y con dolor y devoción ante la adversidad, pues aunque más pobres, faltos de «cultura» y sufridos, sabían bien donde estaba la ayuda verdadera. Hoy, con tanto «aggiornamento», con tanta modernidad, con tanta acción política, tal cosa está prohibida, y pobre del sacerdote que se le ocurra tomar iniciativa semejante. Veremos lo «contento» que van a poner al Señor «congregaciones» como la que en este artículo se cita el día del Juicio, cuando tengan a Dios cara a cara.

  2. Excelente artículo. Gracias por expresar tan sobriamente lo que muchos entendemos y pocas personas se atreven a decir. En estos tiempos de oscuridad moral y falta de ética, solo la luz que emana de nuestro interior, por la gracia de Dios, puede despejar las tinieblas de la sinrazón. Enhorabuena, Reverendo.

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