LA PALABRA DE DIOS DEL DOMINGO: XXI DOMINGO DESPUES DE PENTECOSTÉS



 

 

 

 

 

Juan Donnet

 

 

 

XXI DOMINGO DESPUES DE PENTECOSTÉS

II clase, verde

Gloria, Credo y prefacio de la Santísima Trinidad

 

 

 

 

PROEMIO LITÚRGICO

La ley de la caridad y de la misericordia, que nos recuerda el evangelio es de una exigencia absoluta: «¿No debías haber tenido compasión de tu compañero como la he tenido yo de ti?» El perdón de las ofensas y el amor al prójimo son la réplica necesaria y como la prolongación en nuestra vida del magnánimo perdón que nos otorga Dios.

En Dios encuentra el cristiano la ley de su vida: “Sed perfectos como lo es el Padre celestial. Amaos los unos a los otros como yo os he amado.»

Feliz el cristiano al poder vivir iluminado por una revelación que, con una justa concepción de Dios, le da una regla de conducta toda ella arraigada en él. Tratándose de verdad y felicidad, nada hay tan pacificador para el hombre como el conocer la voluntad soberana de Dios, asimilársela y con las armas que ella misma proporciona consagrar toda la vida a la práctica del bien.

Llámese este domingo el de los dos deudores o del perdón de las injurias, por tratar de ese asunto el Evangelio. Éste nos enseña que hemos de perdonar a nuestros hermanos, de lo íntimo de nuestro corazón, las ofensas que nos hayan hecho, si queremos que Dios nos perdone los pecados que hemos cometido contra Él.
En la Epístola, después de haber exhortado San Pablo a todos el cumplimiento de las obligaciones de su estado, nos advierte que para resistir a los enemigos invisibles de nuestra salvación, es necesario nos revistamos con las armas espirituales, las cuales señala muy particularmente. Una de ellas, sin duda muy poderosa, es la fe. Con ella podremos apagar todos los dardos encendidos del maligno espíritu.
El Introito está tomado de la oración que Mardoqueo hizo a Dios juntamente con el pueblo judío, para suplicar al Señor que se dignase mirar las lágrimas y los gemidos de un pueblo consagrado singularmente y al que el orgullo de un solo hombre quería perder para siempre.

 

Interpretación de los textos de la misa según el oficio divino. (No siempre coincide). Síguese leyendo por ahora en los Maitines la historia de los esforzados Macabeos. La vida cristiana es un combate en que están comprometidas la gloria de Dios y nuestra salvación. Esto respira en todas las piezas de la misa de hoy y por eso nos recuerda todavía a Job  (Ofert.) llagado y perseguido (Ofert.) y a Mardoqueo odiado por Amán (Int.),. por «aquel calumniador», figura del demonio y de sus ministros Infernales, contra los cuales hemos de luchar sin tregua, pues flotan por los aires, buscando alguno a quien dañar con sus maleficios (Ep.). No son seres de carne y sangre, dice el Apóstol, sino espíritus y espíritus malignos de tinieblas; y por eso mismo más temibles, si bien con una sola señal de la cruz podemos ahuyentar a todo el infierno junto.

Eso nos dice a las claras que nuestras armas contra ellos deben ser ante todo espirituales. Debe ser la oración perseverante y confiada. Armados con ella nos sentiremos todopoderosos contra el diablo, como se sentía Santa Teresa, como se sentían los Macabeos en la lucha contra los impíos perseguidores de su religión y de su pueblo. He aquí la armadura más sencilla. Pero la mística panoplia contra nuestros mortales enemigos es la rectitud, la justicia, la paz y la fe, como armas defensivas; y como ofensivas, las palabras divinamente inspiradas que la Iglesia recibió del Espíritu Santo el día de Pentecostés. Ahora bien, la palabra de Dios, que hoy se nos sirve en el Evangelio. comprendía toda la vida cristiana, haciéndola consistir en el ejercicio de la caridad, que nos impulsa a obrar con nuestro prójimo como Dios se porta con nosotros. Si Él nos perdona nuestras culpas, otro tanto debemos hacer con nuestros semejantes, y no lo de aquel siervo malo y despiadado que ahoga  a su compañero, exigiéndole una suma insignificante, cuando su señor acaba de condonarle una fabulosa cantidad. ¡Qué contraste tan enorme entre la magnanimidad del amo y la ruindad de ese mal siervo!.  Ese amo es Dios, y siervos somos todos los hombres. El Señor nos ha de exigir cuentas a todos (Ev.);.pero cábenos el consuelo de pensar que, si las deudas exceden a nuestra solvencia, Dios se portará con nosotros como nos hubiéremos portado con nuestros consiervos. No pudo, pues, sellar con sello más dulce ni más fuerte el precepto del amor fraterno, que todos nos debemos en Cristo, y de la tolerancia mutua. Si ajustamos nuestras cuentas con el prójimo conforme a justicia, conforme a ella las ajustará Dios con nosotros. Conviénenos, pues, ajustarlas con mucha rebaja, porque entonces seguros estamos de que Dios, supremo Juez, a quien tanto debemos todos, usará con nosotros de esa misma consideración y miramiento, lejos de entregamos a los poderes infernales para que nos atormenten. Estamos ya en vísperas de cerrar el Ciclo litúrgico, y este periodo postrero del mismo nos recuerda que los demonios andarán desatados al fin del mundo. Busquemos en Dios un castillo de refugio, pues contra su voluntad nada se resiste (Int.), y al fin saldremos vencedores y no habremos por qué temer el día del Juicio. Para eso vino Cristo, nos dice S. Juan, » para que tengamos confianza en el día del Juicio», «en ese día grande y por demás amargo» para los malos y enemigos de Cristo.

 

 

 

TEXTOS DE LA SANTA MISA

 

Introito. Ester 13,9 y 10-11. -Todo está en vuestras manos, Señor, y no hay quien pueda resistir a vuestro poder; Vos lo ha­béis creado todo, el cielo y la tierra y cuan­toen ellos se contiene. Vos sois Señor de todo. – Salmo. 118,1.- Dichosos los limpios de corazón; los que andan por el camino de la ley de Dios. Gloria al Padre.

 

Oración. .- Os suplicamos, Señor, que guardéis con perpetua clemencia a vuestro pueblo, a fin de que, con vuestra protección, se vea libre de todo mal, y os sirva santamente. Por N. S. J. C…

 

Epístola. Ef. 6,10-17.  Hermanos: Buscad vuestra fuerza en el Señor y en el vigor de su poder. Poneos la armadura de Dios, para poder resistir a las estratagemas del diablo. Porque no peleamos contra gente de carne y hueso, sino contra los principados, las potestades, los poderes cósmicos de este mundo tenebroso: los espíritus malignos de los espacios. Por eso, tomad las armas de Dios, para poder resistir en el día fatal, y, después de actuar a fondo, mantener las posiciones. ¡Estad firmes! Usad como cinturón la verdad; como coraza, la justicia; como calzado, la prontitud para el evangelio de la paz; en toda ocasión tomad como escudo la fe: para que se apaguen en ella las flechas incendiarias del Maligno. Finalmente, poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu: la Palabra de Dios.

 

Gradual. Sal. 89, 1-2. -Señor, tú has sido nuestro baluarte, de generación en generación. Antes de engendrarse los montes, antes de nacer el orbe de la tierra, de eternidad a eternidad tú existes, oh Dios.

 

Aleluya, aleluya. Sal. 113,1. Cuando Israel salió de Egipto, los hijos de Jacob de un pueblo extranjero. Aleluya.

 

Evangelio. Mat. 18, 23-35. En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: Se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: “Págame lo que me debes”. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

 

Ofertorio. Job. 1.- Había en el País de Hus, en Idumea, un hombre llamado Job, hombre sencillo, recto y temeroso de Dios, al cual pidió Satanás para tentarle, y Dios le dio poder de dañarlo en sus bienes y en su carne. Perdió Job todos sus bienes y sus hijos, viendo sus carnes llagadas de graves úlceras.

 

Secreta.- Recibid, Señor, propicio nuestras ofrendas, con las cuales quisisteis ser aplacado, y concedednos la salvación por vuestra poderosa misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

Prefacio de la Santísima Trinidad.- En verdad es digno y justo, equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar, Señor, santo Padre, omnipotente y eterno Dios, que con tu unigénito Hijo y con el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor, no en la individualidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola sustancia. Por lo cual, cuanto nos has revelado de tu gloria, lo creemos también de tu Hijo y del Espíritu Santo, sin diferencia ni distinción. De suerte, que confe­sando una verdadera y eterna Divinidad, adoramos la propiedad en las personas, la unidad en la esencia, y la igualdad en la majestad, la cual alaban los Ángeles y los Arcángeles, los Querubines, que no cesan de cantar a diario, diciendo a una voz. Santo…

 

Comunión. Ps. 118, 81, 84 y 86.- Mi alma ha esperado en Vos, Salvador mío, y en vuestra palabra. ¿Cuándo haréis justicia contra mis perseguidores? Los malvados me persiguen; ayudadme, Señor y Dios mío.

 

Poscomunión.- Después de recibir, Señor, el sustento que da la inmortalidad, os rogamos que lo que hemos tomado lo sigamos de corazón. Por N. S. J. C.

 

TEXTOS EN LATIN: http://www.rosarychurch.net/latin/pent21.html

 

 

COMENTARIO

 

Como habitualmente, reproducimos el meduloso comentario del Padre Castellani; luego compilamos citas de los Santos Padres sobre nuestro Evangelio, y luego haremos nuestro propio comentario tocando temas de actualidad.

 

COMENTARIO DEL PADRE CASTELLANI

 

DOMINGO VIGESIMOPRIMERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS [Mt 18, 23-35] Mt 18, 21-35 Esta parábola del Deudor Desaforado es una ilustración colorida y un poco humorística de la quinta petición del Padrenuestro: “Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”; que el finado don Lautaro Durañona y Vedia colgaba en la caja de Tribuna –el diario de Buenos Aires, no éste de San Juan– cuando ella estaba vacía, no pocas veces. La parábola trata del perdón de las deudas, y de las ofensas. Viene luego de la pregunta de San Pedro a Cristo: “¿Cuántas veces he de perdonar a mi hermano si me ofende? ¿Siete veces?”. San Pedro estaba de broma y creía alargarse mucho: más allá de tres veces nunca él había ido. Cristo le respondió más alegremente todavía: “Setenta y siete veces siete”, con lo cual San Andrés se restregó las manos muy aliviado y miro con sorna a su hermano. El perdón de las ofensas es una cosa que tiene varios bemoles y sostenidos; hay que haberla pasado para saber bien lo que es eso. Por eso, esta parábola, que parece enteramente plana y paladina, necesita explicación y hasta filosofía. Bastante trabajo le dio al finado Juan de Maldonado. “¡Perdonemos, querido amigo, como buenos cristianos…!”. Muy bien, yo no deseo otra cosa. Pero “como buenos cristianos”, ojo. No como mahometanos o como budistas. ¿Qué entiende usted por perdonar? ¿No vengarse? ¿Condonar la ofensa? ¿Devolver la estimación y el cariño al injusto? Son tres cosas diversas. El hombre de suyo no perdona la injusticia. Y no se puede decir que ese impulso sea del todo malo, porque implica en sí el sentido de la justicia; y a veces hasta el deber de conservar el orden. La justicia es la madre del orden. La corrupción de la justicia legal, por ejemplo, es el mal más grande que puede caer sobre una nación. De modo que cuando Cristo vino y dijo simplemente que había que perdonarlo todo, hubo un temblor en el mundo: los fieles romanos de los primeros tiempos, por ejemplo, no querían saber nada con el “perdón de la adúltera” que San Juan narra en el capítulo VIII (17). Hay que examinar bien cómo lo dijo Cristo. La parábola consta de tres cuadritos, diseñados con unos pocos rasgos bien atrevidos. Primero hay un Hombre-Rey que toma rendición de cuentas a sus siervos. Se presenta uno que le debe ¡diez mil talentos! –cerca de un millón de pesos actuales– y no puede pagar. El  Rey lo manda vender como esclavo a él, a su mujer y a sus hijos. El Siervo cae de rodillas y clama: “–¡Téngame espero un poco, que le pagaré todo!”. “–¿De adónde?”. El Rey muda bruscamente de actitud, y no solamente le promete espero, sino que le condona ahí mismo toda la deuda. Este Rey era un desaforado: hombre de impulsos repentinos y extremos. No sabe mandar quien no ha sido mandado. Sin embargo, creo que hizo bien, porque de no, el otro era capaz de suicidarse. ¡Diez mil talentos! ¿De dónde los había de sacar? El Siervo sale muy contento y en la misma aula regia se encuentra con un Consiervo que le debe cien denarios: unos tres mil pesos actuales. Lleno de alegría lo agarra del pescuezo hasta sofocarlo, gritando: “¡Compañero, a pagar!”; y como el otro no hacía más que decir: “Tenéme un poco de espero, que te pagaré todo”, lo manda a la famosa cárcel por deudas, que había en la antigüedad; y una buena cárcel era, por cierto. Fin del segundo cuadro. Este Siervo era un coimero: es imposible que haya podido deber diez mil talentos al Rey, si no hubiera robado como un… en fin, como un cáncer –estábamos por decir una comparación vedada–. Ora en juego, ora en saña, siempre el gato araña. Tercer cuadro: los otros Consiervos muy escandalizados, van y le cuentan al Rey el hecho del Siervo Coimero. El Rey se asombró y se encolerizó; y haciéndolo buscar, lo entregó a los Verdugos para que lo torturaran hasta que pagase el último diezcentavos, o sea óbolo. Un talento tenía muchos miles de óbolos; ayúdenme a pensar el purgatorio del tipo; todavía a estas horas debe de estar en el calabozo. “Siervo perverso, ¿no te perdoné yo toda la deuda porque me rogaste? ¿No convenía que te apiadases de tu compañero, como me apiadé yo de ti?”. “Así hará vuestro Padre celeste, si no perdonáis de corazón a vuestros hermanos.” Esta parábola es más clara que el agua; pero ahora comienzan las dificultades químicas. Es agua pesada. Esto de que hay que perdonar siempre todo y a todos ¿no descompagina el orden moral? ¿No tiene límites ni excepciones? A veces no se puede perdonar aunque se quiera. A veces uno ve claramente que perdonar sería hacer mal. Juan Lanas lo perdona todo; también Martín Blandengue; pero ninguno de los dos sirve para juez ni para gobernante; ni quizás para buen padre de familia. El hombre que lo perdonara todo ¿no sería una cosa fofa? ¿Tendría carácter? ¿Tendría ética? ¿No sería agarrado a patadas por todos impunemente, como una cosa inerme inmune? ¿No se le volvería un infierno la vida? ¿Cómo podría vivir en una casa de departamentos? ¿Por qué no suprimir entonces todos los Tribunales y todas las Cárceles? ¿Y en dónde hay que tirar la línea? San Pedro la tiraba a las siete veces, y no es poco. “A la tercera vencida”, decimos nosotros. Cristo llegó hasta el Calvario; pero de allí no pasó. Y no cayó más que tres veces; después se levantó. Perdonarlo todo parece que es suprimir la diferencia entre el bien y el mal, y aniquilar el sentido moral. Y no resistir a la injusticia, lo mismo. Y amar a los enemigos, peor. Bien. Cristo dijo que había que amar a los enemigos, pero no dijo que no habla enemigos: eso lo dijo Buda Sidhyarta Gautama. No dijo que había que amarlos más que a los amigos, ni igual que a los amigos; ni mucho menos que había que ponerse en las manos de ellos. No. Vamos a ver: supongamos que el Reino de Andorra me hubiese hecho a mí una ofensa de muerte, ¿qué tendría que hacer? ¿Tendría que amar el reino injusto y homicida? Es imposible. No. Lo que tendría que hacer es odiar al reino de Andorra y amar a todos los andorranos. Y como los andorranos son los que realmente existen, resulta que odiaría a una abstracción, y amaría las realidades. Es lo que decimos: que hay que odiar el pecado y amar al pecador(18) . No se puede amar la ofensa en cuanto ofensa porque es un mal, y el mal no se puede amar; y el ofensor mientras no se arrepienta está como identificado con la ofensa; y por tanto, tampoco se lo puede amar como antes. Se le puede –y debe– perdonar en el primer y segundo sentido de la palabra: no en el tercero. Por eso es de notar que Cristo le dijo a San Pedro: “Setenta y siete veces siete, si otras tantas se arrepintiera”; y el Rey dijo: “¿No te perdoné yo toda la deuda porque me lo rogaste?”. Ni Dios mismo perdona –en el tercer sentido– al que no se arrepiente. Si yo devuelvo el aprecio a un injusto como si no fuese injusto, hago yo mismo una injusticia. ¿Contra quién? Contra mí mismo, y lo que es peor, contra la convivencia. Con nadie hay que ser injusto. Ni siquiera con si mismo, dijo el hijo de Martín Fierro. Vamos a ver: un ladrón me quita la cartera y empieza a darme palmadas en la espalda y decirme: “Aquí no ha pasado nada. Seamos amigos. Usted es cristiano. ¡Pacificación!”. ¡Muy bien! ¡Venga mi c artera! Aquí ha pasado algo (mi cartera ha pasado de mi bolsillo al suyo); y si yo procedo como si no hubiera pasado nada, miento. “El derecho de asilo no alcanza a los delincuentes” –ha dicho muy bien el que fue presidente de la Nación, general Lonardi–. Una injusticia mientras no es reparada destruye la convivencia. Si yo exijo reparación, no es porque no haya perdonado en un sentido, o porque no esté dispuesto a perdonar en todos sentidos: es porque no puedo, sin hacer agravio a la conciencia, al orden, al bien común. No es que yo no perdone, sino que el otro no recibe el perdón. El otro es el que mantiene un estado de desorden; con el cual, moralmente, no puedo consentir. Una injusticia no reparada es una cosa inmortal. Es como una úlcera social que crece y crece. Es el peor mal social; peor que la guerra. Por eso hay guerras justas. Calvino dijo: “Una cosa es condonar la ofensa y otra cosa es devolver la estimación y cariño al ofensor si no se arrepiente.” Maldonado se enoja mucho de esta distinción, dice que es “contra todo el espíritu del Evangelio”, que es “una novedad”, y que su autor es un “caput hereticorum” (“un hereje jefe”). Pero es el caso que Calvino aquí –dejando toda la antipatía que le tengo– tiene razón. Y el que hizo primero la distinción fue Tomás de Aquino, que no es un “caput hereticorum” Por lo tanto, vamos con delicadeza: la convivencia social, elemento constitutivo de la naturaleza humana, pide tribunales, cárceles, milicos armados de tremendas pistolas y hasta pena de muerte, si me apuran. Si yo rechazo las palmaditas en la espalda de algunas personas, no es precisamente por ser mal cristiano –aunque puede ser que lo sea– sino por no carecer del todo de sentido moral. Y Cristo no aceptó palmaditas en la espalda de parte de Herodes que se las quiso dar, y bien las necesitaba entonces; y lo llamó “raposa vieja”. No lo quiso ni ver mientras pudo; y no le respondió palabra cuando lo vio. Herodes podía quizá haberle salvado la vida y El lo despreció; no le perdonó la muerte de San Juan Bautista; porque simplemente no se habla arrepentido. “¿No te perdoné yo toda la deuda, porque me rogaste?”. Maldonado hace dos errores serios en la explicación de esta parábola: uno, rechazar la distinción de Santo Tomás porque la trae Calvino, al cual tiene un odio inextinguible; y otro, al decir que en esta parábola hay dos “juegos ornamentales”; conforme a una teoría de los “rasgos ornamentales de las parábolas” que él inventó y a la cual tiene un amor inextinguible; y que es un error. La inventó para ir en contra de la interpretación meticulosa y fragmentaria quiera. Yo sé bien en quién pienso cuando digo “Andorra”. de los detalles propia de los Santos Padres antiguos, la cual es a osadas otro error; que explicaremos otro día, cuando veamos la parábola del Grano de Mostaza. Ahora no hay lugar. “Rasgo ornamental” es para Maldonado “las cosas superfluas”, que según él habría en las parábolas. No hay cosas superfluas en las parábolas. Ese rasgo de los “¡diez mil ta lentos!”, una suma considerable –por ejemplo–, ¿es una exageración inútil e inverosímil?… Veámoslo un poco: es difícil, si no imposible, fijar el valor de las monedas antiguas: porque, primero, había talentos de oro y de plata; y, después, nuestras monedas actuales están en constante muda; pero de todos modos, un talento de oro era una cosa que un hebreo veía pocas veces, o nunca; y diez mil talentos es inconcebible. En realidad, talento era medida de peso más que moneda: unos 59 kilos de oro puro. No es una exageración inútil. El “Hombre-Rey” es Dios, es Cristo mismo, juez de vivos y muertos; y el autor de la parábola quiere marcar la diferencia inconmensurable que va del hombre a Dios y de las “deudas” que tenemos entre nosotros, y las que tenemos con Dios. Al oír “10.000 talentos” los ojos de los oyentes se perdieron en el infinito con un temblor; porque efectivamente esa suma les era inimaginable. Éste es el motivo permanente de las “exageraciones” de Cristo, ya lo hemos dicho; y de su especie de “humorismo trascendental”. Por mucho que exagerara, nunca iba a medir bien Lo Inconmensurable, nunca iba a nombrar del todo a Lo Inefable. Cristo era un excelente artista, mucho más artista que el erudito Juan de Maldonado; el cual de artista no tiene un jerónimo. Ojo con la justicia de Dios, pues, que es desmesurada y extremosa; así como perdona en un instante, así también castiga en un instante con un rigor implacable. Dice Jorge Luis Borges: “¿Qué proporción hay entre un pecado que se comete en un instante, y el infierno, que dura para siempre?”19. Yo lo único que digo, sin discusiones, es esto: ojo con la justicia de Dios. Por tanto, la moral cristiana por sublime que sea, no es imprudente ni utópica: guarda un sensibilísimo equilibrio entre el impulso de vindicta mahometana y la indiferencia y apatía de Buda, Schopenhauer y Tolstoi. No es, como éstas, insensible, estólida y fofa, imposible en definitiva. Si la moral de la No Resistencia al mal de Tolstoi, Ghandi y Romain Rolland fuese “la verdadera doctrina del Evangelio”, como dice aquí mi amigo Bernardo Ezequiel Koremblit, entonces los cristianos no hubiesen derrotado a Atila en los Campos Cataláunicos, ni Simón de Montfort a Pedro de Aragón en Muret, ni Juan de Austria a los turcos en Lepanto; y la Europa actual no existiría… Y nosotros tampoco. Seríamos todos chinos; y yo sería un asiático… y estaría en Siberia probablemente, en un campo de concentración. (Hasta acá Castellani)

 

NOTAS PROPIAS DE CASTELLANI

17) El adulterio era castigado gravemente por la ley romana; en dos períodos del derecho romano, con la pena capital, lo mismo que en la ley de Moisés.

18) Yo no sé dónde está el Reino de Andorra. Que cada uno quite Andorra y ponga lo que quiera. Yo sé bien en quién pienso cuando digo “Andorra”.

LOS SANTOS PADRES

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,1

El Señor añade una parábola, a fin de que a nadie le resulte excesivo el número setenta veces siete veces.

San Jerónimo

Era muy común entre los sirios y sobre todo en la Palestina, el añadir una parábola a las cosas que decían, con el objeto de que los oyentes que no podían conservar en la memoria los preceptos dichos sencillamente los conservaran mediante comparaciones y ejemplos. De ahí que se diga: «Por eso el Reino de los Cielos es comparado», etc.

Orígenes, homilia 6 in Matthaeum

El Hijo de Dios, así como es sabiduría, justicia y verdad, así también es El mismo, Reino; pero no de alguno de aquellos que están aquí abajo, sino de todos los que están allí arriba, en cuyos sentidos reinan la justicia y todas las demás virtudes y que, si han sido hechos habitantes del cielo, es porque llevan la imagen del hombre celestial. Este Reino de los Cielos, es decir, el Hijo de Dios, cuando tomó carne, uniéndose entonces así al hombre, fue hecho semejante al hombre rey.

Remigio

O también, por Reino de los Cielos se puede entender muy bien la Iglesia santa en la que opera el Señor lo que dice en esa parábola. Por la palabra hombre se designa algunas veces al Padre, como en aquel pasaje: «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre rey, que trató de casar a su hijo» ( Mt 22,2); otras veces se designa al Hijo. Aquí puede aplicarse a los dos, al Padre y al Hijo, que son un solo Dios; y a Dios se le llama Rey porque dirige y gobierna todo lo que creó.

Orígenes, homilia 6 in Matthaeum

Los servidores en esta parábola son los dispensadores de la palabra, a quienes está confiado el negociar y hacer producir los intereses del cielo.

Remigio

O también se entiende por siervos del hombre rey a todos los hombres, a quienes creó para que lo alabaran y a quienes dio la ley de la naturaleza y a quienes pide cuentas cuando discute su vida, sus costumbres y sus actos, para dar a cada uno según sus obras ( Rom 2). Por eso sigue: «Y habiendo empezado a tomar las cuentas», etc.

Orígenes, homilia 6 in Matthaeum

El rey nos hará rendir cuentas de nuestra vida cuando sea necesario que todos nosotros seamos manifestados delante del tribunal de Cristo ( 2Cor 5). No queremos decir con esto que Cristo necesite mucho tiempo para tomar esta cuenta. Porque el Señor hará por virtud admirable -al querer poner a las claras las almas de todos- que cada uno recuerde en poco tiempo todas sus acciones y dice: «Y habiendo comenzado a tomar las cuentas», etc. porque dará principio a tomar las cuentas por la casa de Dios ( 1Pe 4). De ahí es que le será presentado al principio del juicio el hombre a quien El dio muchos talentos y que en lugar de hacerlos fructificar presentó, a pesar de la obligación que se le había impuesto, grandes pérdidas. Es verosímil que en estos talentos que él perdió, estén representados los hombres que por causa suya se han perdido, resultando de aquí el haberse hecho deudor de muchos talentos por seguir a esa mujer, que se sienta sobre un talento de plomo y que lleva el nombre de iniquidad.

San Jerónimo

No se me oculta que hay algunos que ven al diablo en el hombre que debía los diez mil talentos y que entienden por la mujer y los hijos vendidos (mientras continúa él en la malicia) la necedad y los malos pensamientos. Porque así como a la sabiduría se la llama esposa del justo, así también a la necedad se la llama mujer del injusto y del pecador. ¿Pero cómo el Señor le perdona a él los diez mil talentos y él no nos perdona a nosotros, que somos sus consiervos, los cien denarios? Ni lo admiten los hombres prudentes y la interpretación eclesiástica lo rechaza.

San Agustín, sermones, 83,6

Es preciso decir, que como la ley es dada en diez preceptos, él debía diez mil talentos, esto es, todos los pecados que se cometen contra la ley del Señor.

Remigio

El hombre que peca, no puede levantarse sólo con su voluntad y consiguientemente no tiene en sí nada para que se le pueda perdonar los pecados. De aquí lo que sigue: «Y como no tuviese», etc. La mujer del necio es la necedad, el placer de la carne o la ambición.

San Agustín, de consensu evangelistarum, 1,25

Esto significa que el trasgresor del Decálogo debe sufrir castigos por su ambición y sus malas obras, representadas aquí por su mujer y sus hijos. Ese es su precio, puesto que el precio del hombre vendido es el suplicio del hombre condenado.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,3

No manda esto llevado de un sentimiento cruel sino de un afecto inefable. Porque con esto quiere llenarle de santo temor y hacerle que suplique y no se venda. Resultado que se deja ver por lo que añade: «Y arrojándose a sus pies el siervo, le rogaba», etc.

Remigio

En las palabras «Y arrojándose a sus pies» se ve la humillación y la satisfacción del pecador y en las palabras «Ten un poco de paciencia conmigo», la voz del pecador que pide tiempo para vivir y corregirse. Grande es la benignidad y la clemencia del Señor para con los pecadores conversos; siempre El está preparado para perdonar los pecados mediante el bautismo y la penitencia. Por eso sigue: «Y compadecido el Señor», etc.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,3-4

Ved la sobreabundancia del amor divino. Pide el siervo que se le prolongue el tiempo y El le concede más de lo que le pide, perdonándole y concediéndole todas las deudas. Incluso hizo más. El quería darle desde el principio, pero no quería que su donativo viniese solo, sino acompañado de las súplicas del siervo, a fin de que no se retirase éste sin mérito personal. Mas no le perdonó las deudas antes de pedirle cuentas, para enseñarle cuántas eran las deudas que le perdonaba y hacerle de este modo más benigno para su consiervo. Todas las cosas hechas hasta ahora, fueron efectivamente oportunas. Confesó él sus deudas y el Señor prometió perdonárselas; suplicó arrojándose a sus pies y comprendió la grandeza de sus deudas; pero lo que después hizo fue indigno de lo primero. Porque sigue: «Y habiendo salido halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios y trabando de él le quería ahogar», etcétera.

San Agustín, sermones, 83,6

Cuando se dice, «que le debía cien denarios» ese número se refiere al número diez, que es el de la Ley. Ciento repetido cien veces, hace el número diez mil y diez veces diez ciento; así los números diez mil talentos y cien talentos no se separan del número consagrado a expresar las transgresiones de la Ley. Los dos servidores son deudores y los dos tienen necesidad de pedir perdón porque todo hombre es deudor a Dios y tiene a su hermano por deudor.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,1

La diferencia que existe entre los pecados que se cometen contra el hombre y los que se cometen contra Dios, es tan grande como la que hay entre diez mil talentos y cien denarios. Esto se hace aun más claro por la diferencia de pecados y el corto número de los que pecan. Nosotros nos abstenemos y evitamos pecar delante del hombre que nos ve, y delante de Dios, que nos está viendo, no cesamos de pecar, obrando y hablando todo lo que nos parece sin el menor miedo. De aquí es, que la gravedad de estos pecados proviene no solamente porque los cometemos contra Dios, sino también porque los cometemos abusando de los beneficios con que El nos ha llenado. Porque El nos ha dado la existencia y todo lo ha creado por nosotros. Inspiró en nosotros un alma racional, nos mandó a su Hijo, nos abrió el cielo y nos hizo hijos suyos. ¿Le recompensaríamos nosotros dignamente aunque muriéramos todos los días por El? De ninguna manera, esto redundaría principalmente en utilidad nuestra y a pesar de esto, infringimos sus leyes.

Remigio

Así, en el deudor de diez mil talentos están simbolizados aquellos que cometen los mayores crímenes y en el de cien denarios los que cometen los menores.

San Jerónimo

Para que esto se comprenda mejor, es preciso explicarlo con algunos ejemplos. Si alguno de vosotros cometiere un adulterio, un homicidio o un sacrilegio -crímenes horrorosos- estos diez mil talentos le serán perdonados cuando lo suplique y perdone los males menores que otro ha cometido contra él.

San Agustín, sermones, 83,6

Pero aquel siervo malo, ingrato, inicuo, no quiso perdonar lo que a él, que no lo merecía, se le perdonó. Sigue el pasaje: «Y trabando de él, le quería ahogar diciendo: «Paga lo que debes».

Remigio

Esto es, insistía con energía para que le pagase lo que le debía.

Orígenes, homilia 6 in Matthaeum

Según mi opinión, lo quería ahogar porque había salido de la presencia del rey. Porque delante del rey no hubiera tratado de ahogarlo.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4

Cuando se dice que salió, no se entiende que fue después de pasado mucho tiempo, sino inmediatamente, resonando aun en sus oídos las palabras del beneficio, abusó maliciosamente del perdón que le dio su Señor. Lo que después hizo, se ve por lo que sigue: «Y arrojándose su compañero a sus pies, le rogaba diciendo: Ten un poco de paciencia», etc.

Orígenes, homilia 6 in Matthaeum

Observad la finura de la Escritura, que nos presenta al siervo que debía mucho arrojado a los pies del Señor y en actitud de adorarle y al que debía cien denarios, arrojado, pero sin actitud de adorar, sino de suplicar a su consiervo, diciendo: «Ten un poco de paciencia».

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4

Pero el ingrato siervo no respetó las palabras que lo salvaron. Porque sigue: «Mas él no quiso».

San Agustín, quaestiones evangeliroum, 1,25

Es decir, tuvo tan mala voluntad, que trató de que castigaran a un compañero, pero él se marchó.

Remigio

Esto es, de tal manera se encendió en cólera, que llegó al punto de querer ser vengado y le mandó a la cárcel hasta que le pagase la deuda; es decir, que después de prender a su hermano se vengó de él.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4

Ved la caridad del Señor y la crueldad del siervo. El primero perdona diez mil talentos y el segundo no quiso perdonar cien denarios; el siervo pide a su Señor y obtiene el perdón completo de toda la deuda y al siervo su compañero le suplica que le deje tiempo para poder ganarlo y ni aun esto le concede. Se movieron a compasión los que no debían y por eso sigue: «Y viendo los otros siervos sus compañeros lo que pasaba, se entristecieron mucho».

San Agustín, quaestiones evangeliorum, 1,25

Se entiende por consiervos a la Iglesia, que liga a unos y desliga a otros.

Remigio

También pueden entenderse por consiervos a los ángeles, los predicadores de la santa Iglesia, o cualquier fiel, que al ver que a un hermano suyo, que ha conseguido el perdón, no quiere compadecerse de su consiervo, se entristece a causa de su perdición. Sigue: «Y fueron a contar a su Señor todo lo que había pasado», etc. Ciertamente vienen, pero no con el cuerpo sino con el corazón, a contar a su Señor su dolor y a manifestarle sus tristezas. Sigue: «Entonces le llamó su Señor», etc.; le llama ciertamente por la sentencia de muerte y le manda dejar este mundo diciéndole: «Siervo malo, te perdoné toda la deuda porque me lo rogaste».

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4

Y a decir verdad no lo llamó siervo malo cuando debía diez mil talentos, ni tampoco le injurió, sino que se compadeció de él. Por el contrario, cuando correspondió con ingratitud, entonces es cuando le dice siervo malo. Esto es lo que significan las palabras: «¿pues no debías tú también tener compasión?», etc.

Remigio

Y es digno de saberse que no se lee que aquel siervo diese a su Señor respuesta alguna; en esto se manifiesta que cesará toda clase de excusa en el día del juicio y en seguida después de esta vida.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4

Y puesto que no se hizo mejor por el beneficio, se le deja la pena para que se corrija. Por eso sigue: «Y enojado su Señor le hizo entregar a los atormentadores», etc. Y no dijo simplemente: «le entregó», sino «enojado», palabra que no empleó cuando mandó que fuese vendido y que es más bien propia de un amor que quiere corregir, que no de un desahogo de la cólera; mas aquí es la sentencia de un suplicio y de un castigo.

Remigio

Se dice que se enoja el Señor cuando se enfurece contra los pecadores. Los atormentadores son los demonios que siempre están preparados para recibir las almas perdidas y para atormentarlas con los castigos de una condenación eterna. ¿Mas por ventura el que ha sido arrojado a la condenación eterna, podrá hallar espacio para corregirse, o puerta para salirse? No; la palabra «hasta que» significa lo infinito. De manera que forma el siguiente sentido: siempre estará pagando, pero jamás satisfacerá completamente y siempre por lo mismo sufrirá la pena.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 61,4

Todo esto nos manifiesta que será continuamente, esto es, eternamente castigado y que jamás habrá pagado. Aunque son irrevocables los dones y las vocaciones de Dios, sin embargo, la malicia ha llegado a tal punto, que parece destruye esta misma ley.

San Agustín, sermones, 83,7

Dice el Señor: «Perdonad y os será perdonado» ( Lc 6,37); pero yo os he perdonado primero, perdonad vosotros al menos después. Porque si no perdonareis, os volveré a llamar y os reclamaré cuanto os haya perdonado. No engaña ni es engañado Cristo, que ha dicho estas palabras: «Del mismo modo hará también con vosotros mi Padre celestial, si no perdonareis de vuestros corazones cada uno a su hermano». Mejor es que claméis con la boca y perdonéis con el corazón, que el que seáis dulces en las palabras y crueles en el corazón. Dice el Señor: «De vuestros corazones» a fin de que, cuando imponéis una penitencia por caridad, no abandone la mansedumbre a vuestro corazón. ¿Qué cosa hay tan caritativa como el médico que maneja el instrumento de hierro? Centra su atención en la herida para curar al hombre. Porque si no hace más que tocarla, se pierde el hombre.

San Jerónimo

Añade el Señor: «De vuestros corazones» para que nos alejemos de toda paz basada en la hipocresía y en la ficción y manda a Pedro bajo la comparación del rey Señor y el siervo, que así como el deudor de diez mil talentos ha conseguido, suplicando a su Señor, que se le perdone toda la deuda, así también Pedro debe perdonar a sus consiervos, que cometen pecados menores.

Orígenes, homilia 6 in Matthaeum

También quiere enseñarnos que seamos fáciles en perdonar a los que nos han hecho algún daño, especialmente si reparan sus faltas y nos suplican que los perdonemos.

Rábano

En sentido alegórico, el siervo que debía diez mil talentos es el pueblo judío, sometido al decálogo de la Ley, a quien perdonó muchas veces el Señor las deudas, cuando en sus apuros y haciendo penitencia, imploraban su misericordia. Pero una vez que salían bien de sus aflicciones, no tenían compasión con nadie y exigían con rigor cruel todo lo que se les debía; no cesaba de maltratar al pueblo gentil, como si le estuviera sometido, le exigía la circuncisión y las ceremonias de la Ley como si fuese deudor suyo y atormentaba cruelmente a los profetas y a los apóstoles, que les traían la palabra de la reconciliación. Por esta perversa conducta los entregó el Señor en manos de los romanos, para que demolieran hasta los cimientos de su ciudad, o en manos de los espíritus malignos, para que los castigaran con tormentos eternos.

 

COMENTARIO; NUESTRA DEUDA ANTE DIOS ES IMPAGABLE, LA CONDICIÓN DE SER PERDONADOS ES PERDONAR

 

Este Evangelio está bastante claro. Pero hay varios puntos interesantes.
A veces no conviene recargar de erudiciones lingüisticas e históricas un comentario del Evangelio, porque pierde mucha fuerza y se diluye.
Reino de los Cielos: Cristo y su nueva economía de relación entre Dios y el hombre. Cristo mismo, pero con todo lo que trae de nuevo.
El pecador se enfrenta con Dios y se le muestra su tremenda deuda, infinita.
Diez mil talentos. Sin entrar minuciosamente en cuestiones históricas de pesos y medidas antiguas, digamos claramente que una deuda de diez mil talentos es definitivamente impagable. Con la deuda externa argentina se puede hacer cualquier cosa menos pagarla….dijo un gracioso arquitecto de nuestra ruina económica….

No la puede pagar, debe ser vendido él y todo lo que tiene, dice el Rey, Dios.

Hay un misterioso pedido de rendición de cuentas misericordioso por parte de Dios -el Rey- antes del Juicio definitivo personal y el Final escatológico. Por eso el pecador recibe tiempo.

El Rey pide cuenta al siervo y pide el pago de la deuda: el pobre infeliz no puede pagar. Entonces el Rey dice que se lo meta en la cárcel y se vendan sus pertenencias para pagarle.

El siervo se arroja a los pies de Dios y pide clemencia, reconociendo su pecado. Humildad verdadera, sinceridad. Diez mil talentos son muchas veces diez: Símbolo de haber violado flagrantemente los Diez mandamientos, dicen algunos Santos Padres. Pide tiempo para poder pagar algo que nunca podrá pagar. Pero el Rey, Dios, es además de justo, clemente y misericordioso con su mísera criatura -Gracias a Dios. Y su corazón se ablanda. No solo no vende al siervo y todas sus pertenencias, sino que le perdona la deuda y lo deja libre.
Así es Dios con el pecador sincero y de corazón contrito.

Hasta acá el siervo sin entrañas obró de manera irreprochable.

Pero ahora en la relación con su prójimo ya pierde lo bueno que tuvo antes, ante Dios.
Un consiervo le debía cien denarios -cantidad rídiculamente insignificante comparada con diez mil talentos; y también se arroja a sus pies, le ruega clemencia; le pide tiempo para pagarle; con humildad y sinceridad, como el la tuvo ante Dios que le perdonó la deuda impagable.

Pero, ¡oh humana mezquindad y miseria y maldad!, el que había sido bueno, se vuelve malo: lo ahogaba a su consiervo deudor y le decía: ¡No te perdono! ¡Paga lo que me debes! Y como su consiervo no pudo pagarle, lo denunció y lo hizo meter preso y que le embargasen sus bienes hasta cobrar todo.

Sus otros consiervos, -quizás los ángeles- fueron a contarle al Rey entristecidos esta actitud malísima de este siervo ingrato.

Entonces el Rey lo volvió a llamar y lo reprendió ásperamente: ¡Siervo Malo! le dijo: Toda la deuda te perdoné, porque me lo rogaste;  ¿pues no debías tú también tener compasión de tu compañero, así como yo la tuve de ti? Y enojado -ahora ENOJADO, SI DIOS SE ENOJA, SU IRA ESTALLA EN CIERTO MOMENTO- el Señor le hizo entregar a los atormentadores, hasta que pagase todo lo que debía. Del mismo modo hará también con vosotros mi Padre celestial, si no perdonareis de vuestros corazones cada uno a su hermano, dijo el Señor.

¡Ahora sí el Rey SE ENOJÓ! Y lo entregó a los verdugos (demonios) hasta que pagase todo lo que debía. La deuda era impagable, POR LO CUAL DEBÍA PAGAR ETERNAMENTE. NUNCA TERMINARÍA DE PAGAR EN EL INFIERNO. Dicen algunos Santos Padres con perspicacia.

Veamos primero que lo que debemos a Dios por nuestros pecados ES IMPAGABLE. Solo por su misericordia y nuestra fe en Cristo redentor lo podemos pagar ulteriormente con sacrificio y penitencia, pero por Gracia de Dios en virtud de la Redención de Cristo.

Vemos también que las deudas que nuestro prójimo tiene con nosotros -no el enemigo de Dios –hostis– sino nuestro prójimo, que aquí en este pasaje ni siquiera es un inimicus -enemigo personal- sino un prójimo deudor, SON RIDICULAMENTE INSIGNIFICANTES COMPARADAS CON LA DEUDA QUE NOSOTROS TENEMOS CON DIOS.

El perdonar las deudas del prójimo con nosotros -no se trata de perdonar todas las deudas en dinero, en ese aspecto es lícito exigir justicia, eso es otra cosa- es CONDICION NECESARIA para que Dios nos perdone.

Cierto buenismo posterior al II Concilio ha pretendido que Dios perdona incondicionalmente, PERO ESO ES UNA MENTIRA MUY DAÑINA. Hay que perdonar de corazón al prójimo y arrepentirse humilde de los propios pecados -la deuda impagable- arrojándonos a los pies de Dios y pidiendo clemencia para ser perdonados.

Tenemos el Sacramento de la Reconciliación para estar siempre al día, -por Gracia de Cristo- en la deuda gigantesca, impagable, que tenemos con Dios. Perder la Gracia con un pecado mortal multiplica una deuda infinita por infinito, y nos hace necesario recibir un plus de misericordia para salir de tan trágico estado. Con mas razón hay que ser generoso con las insignificantes, exiguas deudas que el prójimo tiene con nosotros, perdonando de corazón.

El no perdonar, el rencor, es de espíritus enfermos, mezquinos, pequeños en el peor de los sentidos; al revés de lo que suele creer el mundo.

La Gracia y el amor de Cristo que nos perdona deudas impagables, nos ensancha el corazón, para finalmente abdicar del miserable odio y rencor y mirar -acá si-con una sonrisa verdaderamente misericordiosa- las exiguas, ridículamente pequeñas deudas que el prójimo tiene con nosotros. Así las vemos cuando tomamos conciencia de la infinita misericordia de Dios que nos perdona deudas absolutamente infinitas e impagables.

Dios, es el ser infinito, perfecto, único, Infinitamente Santo y Sabio; Creador nuestro y de todas las cosas; los pecados contra él en realidad son infinitos e impagables. Solo la infinita bondad y misericordia que él tiene en Cristo con nosotros, hace que nos absuelva, SI TENEMOS FE, NOS ARREPENTIMOS, Y PERDONAMOS A NUESTRO PRÓJIMO.

El tener conciencia de nuestra indigencia y de que nuestras deudas con Dios son infinitas, y que vivimos de su misericordia y su generosidad, constituye la humildad y realismo del cristiano. La humildad es la verdad, dijo Santa Teresa de Avila.

El Padre Nuestro, lo dice claro: perdónanos nuestras DEUDAS, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.

CONDICIÓN NECESARIA ES PERDONAR, PARA SER PERDONADOS.

Abramos nuestros corazones a la Fe, la Esperanza, al Amor de Dios para creer en su Palabra, esperar sus Promesas, y amarlo a Él sobre todas las cosas, y a nuestro prójimo como Él nos lo hace posible y nos lo pide.

 

NOTAS

1) http://rinconliturgico.blogspot.com/2013/10/xxi-domingo-despues-de-pentecostes.html

2) https://radiocristiandad.files.wordpress.com/2017/12/re-a124-el-evangelio-de-jesucristo-pe-castellani.pdf

 

 

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Categorías:LA PALABRA DE DIOS DEL DOMINGO

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1 respuesta

  1. ¿ y a dañinos como wojtyla que andaban pidiendo perdón por lo que había sido bien hecho en favor de la Fe insultando así a verdaderos cristianos y no pedía perdón por sus propias barrabasadas se lo puede perdonar???

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