Entrevista con el Rvdo. Padre Pagliarani: “La FSSPX tiene un tesoro en sus manos”

Entrevista con el Reverendo Padre Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad San Pío X.

 

 

Adoración y Liberación

 

 

 

 

Reverendo Superior General, sucede usted a un obispo que ha estado al frente de la Fraternidad San Pío X durante veinticuatro años y que, además, lo ordenó sacerdote. ¿Cuáles son sus pensamientos al sucederle?

Se me planteó ya una pregunta equivalente cuando fui nombrado director del Seminario de La Reja donde dos obispos me habían precedido en el cargo. Digamos que esta vez ¡es un poco más complicado! Mons. Fellay es una personalidad importante en la historia de la Fraternidad, puesto que la ha dirigido durante un tiempo que corresponde a la mitad de su existencia. Durante este largo período, las pruebas no han faltado y sin embargo la Fraternidad sigue siempre ahí, llevando en alto el estandarte de la Tradición. Creo que esta fidelidad de la Fraternidad a su misión es de cierta manera el reflejo de la fidelidad de mi predecesor a la suya. Por ello me importa mucho darle las gracias en nombre de todos.

 

Algunos, sin embargo, han querido ver en usted una personalidad muy diferente de la de su predecesor. ¿Hay algún punto en que se sienta verdaderamente diferente?

Debo confesar – cum grano salis – que detesto irremediablemente todos los medios electrónicos sin excepción y sin posibilidad de cambiar de opinión, mientras que Mons. Fellay es un experto en la materia…

 

¿Cómo ve usted la Fraternidad San Pío X que tendrá que dirigir durante doce años?

La Fraternidad tiene en sus manos un tesoro. Se ha subrayado varias veces que este tesoro pertenece a la Iglesia, pero creo que puede decirse que nos pertenece también a nosotros de pleno derecho. Es nuestro y por ello la Fraternidad es perfectamente una obra de Iglesia. ¡Ya desde ahora!

La Tradición es un tesoro, pero, para guardarlo fielmente, debemos ser conscientes de que somos vasos de barro. La llave de nuestro porvenir se encuentra aquí: en la conciencia de nuestra debilidad y de la necesidad de estar vigilantes sobre nosotros mismos. No basta con profesar la fe en su integridad, si nuestras vidas no son expresión fiel y concreta de esta integridad de la fe. Vivir de la Tradición significa defenderla, luchar por ella, combatir a fin de que triunfe primero en nosotros mismos y nuestras familias, para que después pueda triunfar en la Iglesia entera.

Nuestro deseo más firme es que la Iglesia oficial no la considere ya como un pesado fardo o un conjunto de antiguallas, sino más bien como la única vía posible para regenerarse ella misma. Sin embargo las grandes discusiones doctrinales no serán suficientes para realizar esta obra: nos hacen falta primero almas dispuestas a toda suerte de sacrificios. Ello vale tanto para los consagrados como para los fieles.

Nosotros mismos debemos renovar sin cesar nuestra mirada sobre la Tradición, no de forma puramente teórica sino de manera verdaderamente sobrenatural, a la luz del sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz. Esto nos preservará de dos peligros opuestos que se alimentan a veces uno a otro, a saber: un cansancio pesimista, vale decir derrotista, y un cierto intelectualismo que deseca.

Estoy persuadido que de que tenemos la llave para hacer frente a las diferentes dificultades con que podemos encontrarnos.

 

¿Incluso al problema mayor de la crisis en la Iglesia?

¿Cuáles son hoy los asuntos importantes? Las vocaciones, la santificación de los sacerdotes, la preocupación por las almas. La situación dramática de la Iglesia no debe tener tal impacto psicológico sobre nuestras mentes que no seamos ya capaces de cumplir estos deberes. La lucidez no debe ser paralizante: cuando se hace tal, se transforma en tinieblas. Contemplar la crisis a la luz de la Cruz nos permite conservar la serenidad y ver las cosas con distancia, serenidad y distancia que son indispensables para garantizarnos un juicio seguro.

La situación presente de la Iglesia es la de un declive trágico: caída de las vocaciones, del número de sacerdotes, de la práctica religiosa, desaparición de las costumbres cristianas, del sentido más elemental de Dios, que hoy se manifiestan – ¡por desgracia! – en la destrucción de la moral natural…

Ahora bien, la Fraternidad posee todos los medios para guiar el movimiento de regreso a la Tradición. Más precisamente, tenemos que hacer frente a dos exigencias:

por un lado, preservar nuestra identidad recordando la verdad y denunciando el error: “Praedica verbum: insta opportune, importune: argue, obsecra, increpa, predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta” (2 Tim. 4, 2);

– por otro lado, “in omni patientia, et doctrina, con una paciencia sin falla e instruyendo siempre” (ibídem): atraer a la Tradición a quienes caminan en esta dirección, animarles, introducirles poco a poco en el combate y en una actitud cada vez más valiente. Hay todavía almas auténticamente católicas que tienen sed de la verdad, y nosotros no tenemos derecho a negarles el vaso de agua fresca del Evangelio por una actitud indiferente o altiva. Esas almas terminan a menudo por animarnos a nosotros mismos gracias a su propio valor y determinación.

Son éstas dos exigencias complementarias que no podemos disociar una de la otra, privilegiando sea la denuncia de los errores salidos del Vaticano II, sea la ayuda a quienes toman conciencia de la crisis y tienen necesidad de ser iluminados. Esta doble exigencia es profundamente una, puesto que es manifestación de la única caridad de la verdad.

 

Predicar la palabra, a tiempo y a destiempo, con paciencia sin falla e instruyendo siempre.
¿Cómo se traduce concretamente esta ayuda a las almas sedientas de verdad?

Creo que no hay que poner límites a la Providencia que nos dará caso a caso medios adaptados a las diferentes situaciones. Cada alma es un mundo por sí sola, tiene detrás suyo un recorrido personal, y hay que conocerla individualmente para estar en condiciones de ayudarla eficazmente. Se trata sobre todo de una actitud fundamental que debemos cultivar en nosotros, una disposición pronta para ayudar, y no una preocupación ilusoria por establecer un manual de instrucciones universal que se aplicaría a todos.

Para dar ejemplos concretos, nuestros seminaristas acogen actualmente a varios sacerdotes ajenos a la Fraternidad – tres en Zaitzkofen y dos en La Reja – que quieren ver claro en la situación de la Iglesia y que, sobre todo, desean vivir su sacerdocio integralmente.

Por la irradiación del sacerdocio y únicamente por él será como se hará regresar la Iglesia a la Tradición. Debemos imperativamente reavivar esta convicción. La Fraternidad San Pío X tendrá pronto cuarenta y ocho años de existencia. Por la gracia de Dios, ha conocido una expansión prodigiosa en el mundo entero: tiene obras que crecen por doquier, numerosos sacerdotes, distritos, prioratos, escuelas… La contraparte de esta expansión es que el espíritu de conquista inicial se ha debilitado inevitablemente. Sin quererlo, estamos cada vez más absorbidos por la gestión de los problemas cotidianos engendrados por este desarrollo: el espíritu apostólico puede sufrir por ello; los grandes ideales corren riesgo de marchitarse. Vamos ya por la tercera generación de sacerdotes desde la fundación de la Fraternidad en 1970… Nos hace falta recuperar el fervor misionero, el que nos insufló nuestro fundador.

 

En esta crisis que hace sufrir a tantos fieles que adhieren a la Tradición ¿cómo concebir las relaciones entre Roma y la Fraternidad?

También aquí debemos intentar conservar una mirada sobrenatural, evitando que esta cuestión se transforme en obsesión, pues toda obsesión asedia subjetivamente al espíritu y le impide alcanzar la verdad objetiva que es su fin.

En nuestras relaciones con roma, no se trata de ser duros o laxistas, sino simplemente realistas.

Tratándose de nuestras relaciones con Roma ¿cuáles son los hechos reales?

Desde las discusiones doctrinales con los teólogos romanos, se puede decir que tenemos ante nosotros dos fuentes de comunicación, dos tipos de relaciones que se establecen sobre dos planos que hay que distinguir bien:

Una fuente pública, oficial, clara, que sigue siempre imponiéndonos declaraciones con – sustancialmente – los mismos contenidos doctrinales;

Otra que emana de tal o cual miembro de la Curia, con intercambios privados interesantes que contienen elementos nuevos sobre el valor relativo del Concilio, sobre uno u otro punto de doctrina…

Son discusiones inéditas e interesantes que ciertamente deben proseguirse, pero que no por ello dejan de ser discusiones informales, oficiosas, mientras que en el plano oficial – a pesar de cierta evolución del lenguaje – se reiteran siempre las mismas exigencias.

Ciertamente tomamos nota de lo que se dice en privado de forma positiva, pero ahí no es verdaderamente Roma la que habla, son Nicodemos benevolentes y tímidos, no son la jerarquía oficial. Hay pues que atenerse estrictamente a los documentos oficiales, y explicar por qué no podemos aceptarlos.

Los últimos documentos oficiales –por ejemplo, la carta del cardenal Müller de junio de 2017- manifiestan siempre la misma exigencia: el Concilio debe aceptarse previamente, y después será posible continuar discutiendo sobre lo que no está claro para la Fraternidad; al hacerlo así, se reducen nuestras objeciones a una dificultad subjetiva de lectura y de comprensión, y se nos promete ayuda para comprender bien lo que el Concilio quería verdaderamente decir.

Las autoridades romanas hacen de esta aceptación preliminar una cuestión de fe y de principio; lo dicen explícitamente. Sus exigencias hoy son las mismas que hace treinta años. El concilio Vaticano II debe aceptarse en continuidad con la tradición eclesiástica, como una parte que ha de integrarse en esta tradición. Se nos concede que puede haber reservas por parte de la Fraternidad que merecen explicaciones, pero en ningún caso un rechazo de las enseñanzas del Concilio en tanto que tales: ¡es Magisterio, pura y simplemente!

Ahora bien, el problema está ahí, siempre en el mismo sitio, y no podemos desplazarlo a otro lugar: ¿cuál es la autoridad dogmática de un Concilio que se quiso pastoral? ¿Cuál es el valor de esos principios nuevos enseñados por el Concilio, que se han aplicado de manera sistemática, coherente y en perfecta continuidad con lo que se había enseñado por la jerarquía que fue responsable a la vez del Concilio y del post-Concilio? Este Concilio real, es el Concilio de la libertad religiosa, de la colegialidad, del ecumenismo, de la “tradición viva”…, y desgraciadamente no es el resultado de una mala interpretación. Prueba de ello es que este Concilio real no ha sido nunca rectificado ni corregido por la autoridad competente. Vehicula un espíritu, una doctrina, una forma de concebir la Iglesia que son un obstáculo a la santificación de las almas, y cuyos resultados dramáticos están a la vista de todos los hombres intelectualmente honrados, de toda la gente de buena voluntad. Este Concilio real, que corresponde a la vez a una doctrina enseñada y a una práctica vivida, impuesta al “Pueblo de Dios”, nosotros nos negamos a aceptarlo como un concilio semejante a los demás. Por ello discutimos su autoridad, pero siempre en un espíritu de caridad, pues no queremos otra cosa sino el bien de la Iglesia y la salvación de las almas. Nuestra discusión no es una simple justa teológica y, de hecho, tiene por objeto asuntos que no son “discutibles”: es la vida de la Iglesia la que está aquí en juego, indiscutiblemente. Y es sobre esto sobre lo que Dios nos juzgará.

He aquí, pues, en qué perspectiva nos atenemos a los textos oficiales de Roma, con respeto pero también con realismo; no se trata de ser de derechas o de izquierdas, duro o laxista: se trata simplemente de ser realista.

 

¿Qué hacer mientras tanto?

No puedo responder sino evocando algunas prioridades. Primero, tener confianza en la Providencia que no puede abandonarnos y que nos ha dado siempre signos de su protección y de su benevolencia. Dudar, vacilar, pedir otras garantías por su parte constituiría una grave falta de gratitud. Nuestra estabilidad y nuestra fuerza dependen de nuestra confianza en Dios: creo que deberíamos examinarnos todos a este respecto.

Además, hay que redescubrir cada día el tesoro que tenemos en nuestras manos, recordar que este tesoro nos viene de Nuestro Señor mismo y que le costó su Sangre. Volviendo a situarnos regularmente ante la grandeza de estas realidades sublimes es como nuestras almas permanecerán en adoración de manera habitual, y se fortificarán como hace falta para el día de la prueba.

Debemos tener también una preocupación creciente por la educación de los niños. Hay que mantener bien claro el objetivo que queremos alcanzar y no tener miedo a hablarles de la Cruz, de la pasión de Nuestro Señor, de su amor por los pequeños, del sacrificio. Es absolutamente necesario que las almas de los niños sean cautivadas ya desde su más tierna edad por el amor de Nuestro Señor, antes de que el espíritu del mundo pueda seducirlos y captarlos. Esta cuestión es absolutamente prioritaria y si no llegamos a transmitir lo que hemos recibido, es signo de que no estamos suficientemente convencidos.

Finalmente, debemos luchar contra cierta pereza intelectual: es ciertamente la doctrina la que da razón de ser a nuestro combate por la Iglesia y por las almas. Hay que hacer un esfuerzo para actualizar nuestro análisis de los grandes acontecimientos actuales, a la luz de la doctrina perenne, sin contentarnos con un “copiar y pegar” perezoso que Internet –una vez más – desgraciadamente favorece. La sabiduría pone y vuelve a poner todo en orden, en cada momento, y cada cosa encuentra su lugar exacto.

 

La cruzada de la misa querida por Mons. Lefebvre es más actual que nunca.
¿Qué pueden hacer los fieles más en particular?

En la misa los fieles descubren el eco del ephpheta, “ábrete” pronunciado por el sacerdote en el bautismo. Su alma se abre una vez más a la gracia del Santo Sacrificio. Incluso hasta los más pequeños, los niños que asisten a la misa, son sensibles al sentido sagrado que manifiesta la liturgia tradicional. Sobre todo, la asistencia a la misa hace fecunda la vida de los esposos, con todas sus pruebas, y le da un sentido profundamente sobrenatural, pues las gracias del sacramento del matrimonio derivan del sacrificio de Nuestro Señor. Es la asistencia a misa la que les recuerda que Dios quiere servirse de ellos como cooperadores de la más hermosa de sus obras: santificar y proteger el alma de sus hijos.

Con ocasión de su jubileo de 1979, Mons. Lefebvre nos había invitado a una cruzada de la misa, porque Dios quiere restaurar el sacerdocio y, por él, la familia, atacada hoy por todas partes. Su visión era entonces profética; en nuestros días, se ha convertido en una constatación que cada cual puede hacer. Lo que él preveía, nosotros lo tenemos hoy delante de nuestros ojos.

“¿Qué nos queda pues por hacer, mis queridos hermanos? Si profundizamos en este gran misterio de la misa, creo poder decir que debemos hacer una cruzada, apoyada sobre el Santo Sacrificio de la misa, sobre la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo; apoyada sobre esta roca invencible y sobre esta fuente inagotable de gracias que es el Santo Sacrificio de la misa. Y esto lo vemos todos los días. Vosotros estáis aquí porque amáis el Santo Sacrificio de la misa. Estos jóvenes seminaristas, que están en Écône, en los Estados Unidos, en Alemania, han venido a nuestros seminarios precisamente por la santa misa, por la santa misa de siempre, que es la fuente de las gracias, la fuente del Espíritu Santo, la fuente de la civilización cristiana. Esto es el sacerdote. Nos hace falta entonces hacer una cruzada, una cruzada apoyada precisamente sobre esta noción de siempre, del sacrificio, a fin de recrear la cristiandad, rehacer una cristiandad tal como la Iglesia la desea, tal como la Iglesia la hizo siempre con los mismos principios, el mismo sacrificio de la misa, los mismos sacramentos, el mismo catecismo, la misma Sagrada Escritura” (Sermón de Mons. Lefebvre con ocasión de su jubileo sacerdotal, el 23 de septiembre de 1979 en París, Puerta de Versalles).

Esta cristiandad debe rehacerse en lo cotidiano, por el cumplimiento fiel de nuestro deber de estado, allí donde Dios nos ha puesto. Algunos deploran, a justo título, que la Iglesia y la Fraternidad no sean lo que deberían ser. Olvidan que ellos tienen los medios para remediarlo, en su lugar, por su santificación personal. Allí, cada cual es Superior General… No hace falta ningún Capítulo para ser elegido, hay que santificar cada día esta porción de la Iglesia de la cual se es dueño absoluto: ¡su alma!

Mons. Lefebvre proseguía: “Debemos recrear esta cristiandad, y es a vosotros, mis queridos hermanos, vosotros, que sois la sal de la tierra, vosotros, que sois la luz del mundo (Mt 5, 13-14), a quienes Nuestro Señor Jesucristo se dirige, diciéndoos: “No perdáis el fruto de mi Sangre, no abandonéis mi Calvario, no abandonéis mi sacrificio”. Y la Virgen María, que está al pie de la Cruz, os lo dice también. Ella, que tiene el corazón traspasado, lleno de sufrimientos y de dolores pero también lleno del gozo de unirse al sacrificio de su divino Hijo, os lo dice también. ¡Seamos cristianos, seamos católicos! No nos dejemos arrastrar por todas esas ideas mundanas, por todas esas corrientes que están en el mundo y que nos arrastran hacia el pecado, hacia el infierno. Si queremos ir al Cielo, debemos seguir a Nuestro Señor Jesucristo; llevar nuestra cruz y seguir a Nuestro Señor Jesucristo; imitarle en su Cruz, en su sufrimiento y en su sacrificio”.

Y el fundador de la Fraternidad San Pío X lanzaba una cruzada de los jóvenes, de las familias cristianas, de los jefes de familia, de los sacerdotes. Insistía con una elocuencia que sigue conmoviéndonos, cuarenta años después, pues vemos cuánto se aplica este remedio a los males presentes:

“La herencia que Jesucristo nos ha dado, es su sacrificio, es su Sangre, es su Cruz. Y esto es el fermento de toda la civilización cristiana y de lo que debe llevarnos al Cielo. (…) ¡Guardad este testamento de Nuestro Señor Jesucristo! ¡Guardad el sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo! ¡Guardad la misa de siempre! Y entonces veréis reflorecer la civilización cristiana”.

Cuarenta años después no podemos eludir esta cruzada; ella nos reclama un ardor todavía más exigente y un entusiasmo aún más ardiente en el servicio de la Iglesia y de las almas. Como decía al comienzo de esta entrevista, la Tradición es nuestra, plenamente, pero este honor crea una grave responsabilidad: seremos juzgados sobre nuestra fidelidad en transmitir lo que hemos recibido.

 

Reverendo Superior General, antes de terminar, permítanos una pregunta más personal. ¿Le asustó la carga que cayó sobre sus hombros el pasado 11 de julio?

Sí, debo reconocer que tuve un poco de miedo y que incluso vacilé en mi corazón antes de aceptarla. Somos todos vasos de barro y esto vale también para quien es elegido Superior General: incluso aunque se trate de un vaso un poco más visible y un poco más grande, no por ello es menos frágil.

Fue solamente el pensamiento de la Santísima Virgen María el que me permitió vencer el temor: sólo en ella pongo mi confianza, y lo hago totalmente. Ella no es de barro porque es de marfil, no es un vaso frágil porque es una torre inexpugnable: turris eburnea. Es como un ejército en orden de batalla, terribilis ut castrorum acies ordinata, y que sabe de antemano que la victoria es el único resultado posible de todos sus combates: “Al final, mi Corazón inmaculado triunfará”.

 

 

(Fuente: FSSPX/MG – FSSPX Actualidad 12/10/18)

 

 

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17 respuestas

  1. ¿ Y ESTOS HOMOSEXUALISTAS-MODERNISTAS SEGURO QUE ESTÁN EN COMUNIÓN CON LA IGLESIA CATÓLICA POR MUCHO QUE EL VATICANO NO LOS REPRUEBE Y HASTA LOS PROMOCIONE OSTENSIBLEMENTE ?
    https://infovaticana.com/2018/11/16/el-vaticano-aprueba-que-un-sacerdote-homosexualista-dirija-una-universidad-catolica-en-alemania/

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  2. LA IGLESIA ESTÁ GOBERNADA POR UNA CAMARILLA DE RUINES PERSONAJES QUE NO TIENEN FE

    Todo parece indicar que el gato encerrado murió hace tiempo y que su cuerpo hiede. Es decir, que la podredumbre que se esconde bajo la alfombra de la Iglesia es mucho, pero mucho peor de lo que cualquiera de nosotros y cualquiera de sus enemigos pudiera haber imaginado.

    Analicemos la noticia sobre la que publicamos una columna en el post anterior: la decisión del papa Francisco de prohibir explícitamente a la Conferencia Episcopal de Estados Unidos de que haga algo concreto para investigar en serio la cuestión de los abusos sexuales por parte del clero y de los obispos.
    Una primera objeción que podríamos plantear es que parece incoherente que el pontífice que se ha presentado como el adalid de la colegialidad, que en la exhortación apostólica Evangelii gaudium escribió: “No es conveniente que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido, percibo la necesidad de avanzar en una saludable «descentralización»”, y que en el último sínodo de los obispos se preocupó para que cobrara protagonismo el tema de la sinodalidad, tome una medida de este calibre. Es que difícilmente puedan encontrarse en la historia reciente de la Iglesia un acto de ejercicio de autoridad tan contundente y grave: prohibir que los obispos de una de las conferencias episcopales para grandes e importantes del mundo hagan lo que el sentido común indica que debe hacerse: llegar al fondo de la verdad para limpiar y sanar. Esta objeción, sin embargo, se resuelve fácilmente cuando se conoce a Bergoglio que, como buen jesuita y como buen peronista, no tiene ningún empacho en decir una cosa y hacer otra.
    Pero más allá que su conciencia y su sentido de la coherencia no sean óbice, lo cierto es que esta decisión tiene un costo político enorme. Porque no se trata solamente de un acto de autoridad que suena repulsivo para oídos democráticos como los americanos; va mucho más allá ya que:
    Alimenta la desconfianza y hostilidad que ya existía en buena parte de esos obispos contra Francisco. Recordemos que hace poco más de un año votaron como su presidente al cardenal Di Nardo, en contra de la voluntad del pontífice que quería en ese lugar a Cupich (Los obispos argentinos, en cambio, bajaron la cabeza y votaron, en la tercera ronda, a Mons. Ojea como su presidente acatando, como cobardes que son, las órdenes vaticanas). Una buena parte de los obispos americanos son de tendencia conservadora y Bergoglio los tiene hartos con sus ambigüedades y agachadas. Esto no hará más que agrandar esa grieta.
    Ahondará las diferencias y rivalidades entre la misma conferencia episcopal, ubicando a un lado a los francisquistas y en el otro a los anti-francisquistas, y la discusión ya no es un detalle dogmático: es acabar de una buena vez con el escándalo de los abusos.
    Estas diferencias episcopales se reflejarán rápidamente en los laicos, que son bastante más gravitantes que en las zonas latinas. Y la enorme mayoría de ellos clama por una solución al tema. Es decir, Francisco no solamente tendrá una fuerte resistencia en el ámbito episcopal y clerical, sino también en el de los laicos. Y eso, entre otras muchas cosas, significa dinero, muchos millones de dólares que dejarán de fluir a las arcas vaticanas.
    El hecho tendrá un fuerte impacto, no en el común de la gente a la que no le llegará la noticia, sino a los analistas. A ninguno pasará desapercibida la maniobra dilatoria y de franco encubrimiento que esta haciendo Francisco.
    Todas estas consecuencias, y muchas otras que no se me ocurren, debe haberlas sopesado Bergoglio antes de tomar su decisión, y sin embargo, siguió adelante. Deben existir, entonces, motivos de mucho peso para arriesgar de esa manera su credibilidad y pagar un costo tan alto. ¿Cuáles serán? Pueden ser varios. Por ejemplo, las cartas de Mons. Viganò. Más allá del silencio y de la aparente displicencia con la que el Papa está tratando el caso, lo cierto es que constituyen una piedra dentro de sus zapatos negros que cada vez se hace más grande y más incómoda y a la que finalmente deberá responder.
    Pero hay otro motivo más evidente aún: la mancha de los abusos llega mucho más alto de lo que pensamos y una investigación en serio dejaría al descubierto una cloaca inimaginable. Visto desde otro ángulo, las cetrinas americanas confluyen en el albañal romano, porque la mancha séptica ya dejó los Estados Unidos llevándose puesto a un cardenal y a cientos de curas, y rodea la misma colina vaticana. Recordemos algunos hechos:
    Según se publicó recientemente, el cardenal Francesco Coccopalmerio habría participado activamente de la orgía de sexo homosexual y drogas en la que fue descubierto su secretario, Mons. Capozzi.
    El recientemente nombrado Sustituto de la Secretaría de Estado -tercero en poder- del Vaticano es Mons. Edgar Peña Parra, sobre los cuales aparecieron documentos acerca de sus prácticas homosexuales. Y en un sentido similar se pronunció Mons. Viganó.
    El cardenal Maradiaga, uno de los más cercanos al Papa Francisco, fue denunciado por sus propios seminaristas como encubridor de un red de corrupción homosexual, de la que participaba su auxiliar, Mons. José Pineda.
    Mons. Viganò dio por escrito indicios de lo que se sabía en Buenos Aires desde hace años: las graves debilidades que tendría Mons. Fabián Pedacchio, secretario privado del Papa Francisco y “gran amigo” del secretario de la Congregación de Obispos, Mons. Ilson de Jesus Montanari.
    Podemos detenernos aquí. Es suficiente para darse cuenta que la mancha rodea al mismo solio petrino. Son los más estrechos colaboradores de Bergoglio los que están comenzando a mancharse.

    ¿Hasta dónde llegaremos?, es la pregunta que nos hacemos todos los días. ¿Desde cuándo?, es la otra.
    Y me pregunto si habría que dar crédito a tantas cosas que se dijeron y que siempre consideramos habladurías y obra de los enemigos de la Iglesia. ¿Habrá sido falsa, como todos los píos católicos creyeron, la acusación pública que hizo Roger Peyrefitte en 1976 contra Pablo VI, afirmando que era homosexual y que, mientras era arzobispo de Milán, y quizás incluso más tarde, tuvo como amante al actor italiano Paolo Carlini? ¿Serán solamente habladurías lo que se comentaba con cierta insistencia en los alrededores de la curia porteña cuando era cardenal arzobispo Jorge Bergoglio acerca de los métodos de espionaje y extorsión que empleaba contra los sacerdotes de su propia diócesis que tenían debilidad por los muchachitos? ¿Habrá sido solamente un descuido debido a su ingenuidad, que el entonces cardenal Bergoglio haya sido el principal valedor de la carrera episcopal de Mons. Juan Carlos Maccarone quien, luego de haber sido filmado en medio de refocilos con su chofer, afirmó que todos sus hermanos en el episcopado conocían su “debilidad” y aún así lo habían elevado al arzobispado santiagueño?
    Datos y preguntas que debemos hacernos. Ya no se trata de ser más o menos discreto; no se trata de refugiarnos en la negación hundiendo la cabeza en la arena para no ver ni oír. Ese camino ya está clausurado. Se trata de seguir adelante rogando de día y de noche que el Señor fortalezca nuestra fe y la de nuestros hermanos.

    Addenda: Abyssus abyssum invocat, una sima llama a otra sima, dice la Escritura. Este descontrol de perversión sexual que estamos viendo en las más altas cumbres purpúreas, no viene solo. La gendarmería pontificia, cuando irrumpió en las habitaciones del Mons. Capozzi, no se encontró solamente escenas de sodomía; se encontró también con droga. Y creo que esta es otra de las líneas que habrá que seguir. No viene mal recordar aquí el hecho sucedido en septiembre de 2014, cuando la policía francesa secuestró el automóvil del cardenal argentino Jorge Mejía cargado de droga y conducido por quien se dio a conocer como gran amigo del secretario personal del cardenal, P. Luis Ducastella. La afición de este sacerdote por los giovanotti italianos era bien conocida. Sí, otro secretario cardenalicio bajo sospechas. ¿Habrá que extenderlas también al propio finado Mejía, de tristísima memoria? Eran especies que deslizaban los malvados en los corrillos vaticanos.

    Moraleja: Creo que hay un hecho que está dejando de ser mera presunción para ubicarse en el plano de las certezas: la Iglesia está gobernada por una camarilla de ruines personajes que no tienen fe. Y lo más grave no es su perversión sexual; lo más grave es su falta de fe. McCarrick, Coccopalmerio y el resto de la canalla de la que venimos hablando desde hace un buen tiempo, no pueden tener fe. Un hombre de fe no hace lo que ellos hicieron. Aquí no estamos frente a un resbalón o a un mal paso que cualquiera puede tener. Estamos frente a un plan sistemático de perversión, y para llevarlo a cabo se necesita de hombres que hayan abandonado hace rato la fe en el Dios Trinitario y en la Redención de Jesucristo.

    Estamos siendo testigos del fin de la Iglesia, de la Iglesia tal como la conocimos y como la conocieron nuestros padres y los padres de nuestros padres.

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  3. Algún día habrá que canonizar a Monseñor Lefebvre, digo yo.

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  4. No tengan miedo los bautizados católicos del mundo en concurrir a la FSSPX. El Sacramento de la Confesión está totalmente permitido por Francisco. En cuanto a la Misa se expidió contestando a consultas la Comisión ECCLESSIA DEI, Organismo Vaticano. Pego información: CUALQUIER CATÓLICO DEL MUNDO PUEDE IR A MISA DE LA FSSPX, ROMA LO ADMITE

    (A mi no me interesa lo que diga Roma conciliar-postconciliar, pero se que muchos otros tienen escrúpulos por este tema)

    Para los que en el mundo (en la Argentina está absolutamente homologada a la Iglesia de Roma -jurídicamente) tienen escrúpulos de asistir a la Misa Tridentina de la FSSPX, fíjense lo que la misma Comisión Ecclesia Dei, Organismo Vaticano, dice:

    – La Federación Internacional Una Voce ha publicado una misiva emanada de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei con fecha 28 de Septiembre de 1999, en respuesta a las consultas del Sr. Joseph Rebbert, miembro de Una Voce. Allí se lee hablando de los fieles: “La situación de las capillas que asisten fieles de la Sociedad de San Pío X es más complicada. Pueden asistir a misa allí principalmente a causa de una atracción a la forma anterior del Rito Romano, en cuyo caso no incurren en pena”.

    – Ulteriores aclaraciones de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei han sido publicadas por la Federación Internacional Una Voce con fecha 18 de enero de 2003. Allí se lee lo siguiente: “En sentido estricto, Ud. puede cumplir su obligación dominical asistiendo a una misa celebrada por un sacerdote de la F. San Pío X.”

    – Respuesta de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei a Briam Mershon con fecha 23 de Mayo de 2008. Allí se dice: “Los Católicos que frecuentan las capillas de la Sociedad de San Pío X no incurren en ningún pecado o delito canónico por hacerlo. Sin Embargo, lo referimos más aun a lo que ya hemos afirmado arriba en el # 4.”

    Ver comentarios de SBV en este artículo: https://adelantelafe.com/la-fsspx-reconocida-en-argentina-como-parte-de-la-iglesia-catolica-romana/?fbclid=IwAR01JVEJZ3owxh3jlDu0htx7yKPIXg5LvZKK4orew3fLRVXzXEdg03sbfXY

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    • GRACIAS por su buena aclaratoria sr Juan . En lo personal debo decirle que asisti a una misa por casualidad en la ciudad de Paris concretamente en Saint Nicolas de Chardonait . Tenia años que no sentia una misa sacudirme espiritualmente, Fue indescriptible y creo que el rencuentro esyq cqdq dia mas cerca como lo demuestra las decisiones del papa Francisco con respecto a los sacramentos; Por mi parte asistire a las misas de la fraternidad FSSPX cuando sea posible sin ningun temor

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  5. Al paso que vamos con los lobbys vaticanos y los escándalos, terminarán teniendo razon los lefebvristas.

    Y hablando de Misas…por qué no se usa el Canon I y casi todos celebran con el Canon más “cortito?

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  6. ¿ Porqué la Fraternidad tiene que andar justificándose y la iglesia de la acogida, del nuevo paradigma, de la misericorditis, le basta con seguir demoliendo la Iglesia Católica para obtener legitimidad ?

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