Arturo Picatoste

 

 

 

 

 

– Entrevistador: Buenas tardes San Pablo. ¿Qué le diría a cualquiera que ahora le esté escuchando y no sepa quién es usted?

San Pablo: yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, y también soy ciudadano romano de nacimiento. Viví como fariseo conforme a la más rigurosa secta de nuestra religión. Al comienzo consideré como mi deber usar todos los medios para contrarrestar el nombre de Jesús Nazareno. Así lo hice en Jerusalén, y con la autorización de los jefes de los sacerdotes encerré en la cárcel a muchos que creían, y di mi voto cuando se les condenaba a muerte. Además, frecuentemente recorría las sinagogas, y con duros castigos los obligaba a renegar de su fe. Era tan encarnizado con ellos que los perseguía hasta en ciudades extranjeras.

 

– E: Tenía usted Cristofobia, odio a Cristo y a los cristianos, ¿acaso Cristo es malo, o le había hecho algo malo a usted?

SP: Yo fui formado en la escuela de Gamaliel, en la exacta observancia de la Ley de nuestros padres. Estaba lleno de entusiasmo por Dios.

 

– E: Entonces, ¿cómo se explica que persiguiera al mismísimo Emmanuel, al Dios con nosotros, al Mesías venido en carne?

SP: Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.

 

– E: ¿Y cómo pasó de perseguidor de Cristo y los cristianos a dar su vida por Cristo?

SP: Iba de camino, y ya estaba cerca de Damasco cuando, de repente, a eso del mediodía, una gran luz que venía del cielo me envolvió con su resplandor. Caí al suelo y oí una voz que decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Yo respondí: ¿Quién eres, Señor? “Soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues”.

Ya en Damasco, Ananías, hombre piadoso según la Ley, estimado por todos los judíos que vivían allí, me dijo: “Saulo, hermano mío, recobra la vista”, y yo en ese mismo momento pude verlo. Entonces agregó él: “El Dios de nuestros padre te eligió para que conocieras su voluntad y vieras al Justo, y oyeras la voz de su boca. En adelante, tú serás testigo ante todos los hombres para decirles cuanto has visto y oído. Y ahora, ¿qué esperas? Levántate, bautízate y lávate de tus pecados invocando su nombre”.

 

– E: Está claro que en ese momento nace un hombre nuevo, ¿no es así?

SP: Ciertamente con Cristo fuimos sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. El Padre nos arrancó del poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino de su Hijo amado. En él nos encontramos liberados y perdonados. El es la imagen del Dios invisible, y para toda criatura es el Primogénito. Nos hizo revivir junto a Cristo: ¡nos perdonó todas nuestras faltas!

 

– E: ¿qué dice usted a los cristianos de hoy en día?

SP: Pues que si han sido resucitados con Cristo, que busquen las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Preocúpense por las cosas de arriba, no por las de la tierra. Pues han muerto, y su vida está ahora escondida con Cristo en Dios. Sepan que es doctrina segura: si morimos con Cristo, viviremos con Cristo; si sufrimos con Cristo, reinaremos con Él. Si le negamos, también Cristo nos negará; y si somos infieles, Él permanece fiel. Consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal de modo que obedezcáis a sus apetencias. Ni hagáis ya de vuestros miembros armas de injusticia al servicio del pecado; sino más bien ofreceos vosotros mismos a Dios como muertos retornados a la vida; y vuestros miembros, como armas de justicia al servicio de Dios. Pues el pecado no dominará ya sobre vosotros, ya que no estáis bajo la ley sino bajo la gracia.

Nada hagáis por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo, buscando cada cual no su propio interés sino el de los demás. Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz.
Estoy firmemente convencido de que, quien inició en vosotros la buena obra, la irá consumando hasta el Día de Cristo Jesús. Y es justo que yo sienta así de todos vosotros, pues os llevo en mi corazón, partícipes como sois todos de mi gracia, tanto en mis cadenas como en la defensa y consolidación del Evangelio. Pues testigo me es Dios de cuánto os quiero a todos vosotros en el corazón de Cristo Jesús.

Y lo que pido en mi oración es que vuestro amor siga creciendo cada vez más en conocimiento perfecto y todo discernimiento con que podáis aquilatar lo mejor para ser puros y sin tacha para el Día de Cristo, llenos de los frutos de justicia que vienen por Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios.

 

– E: Está usted enamorado de Cristo, se nota… ¿Quién es para usted Cristo?

SP: Para mí la vida es Cristo, y morir una ganancia. Pero si el vivir en la carne significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger… Me siento apremiado por las dos partes: por una parte, deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; mas, por otra parte, quedarme en la carne es más necesario para vosotros. Y, persuadido de esto, sé que me quedaré y permaneceré con todos vosotros para progreso y gozo de vuestra fe, a fin de que tengáis por mi causa un nuevo motivo de orgullo en Cristo Jesús cuando yo vuelva a estar entre vosotros.

Lo que importa es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo, para que tanto si voy a veros como si estoy ausente, oiga de vosotros que os mantenéis firmes en un mismo espíritu y lucháis acordes por la fe del Evangelio, sin dejaros intimidar en nada por los adversarios, lo cual es para ellos señal de perdición, y para vosotros de salvación. Todo esto viene de Dios. Pues a vosotros se os ha concedido la gracia de que por Cristo… no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él, sosteniendo el mismo combate en que antes me visteis y en el que ahora sabéis que me encuentro.

 

– E: Los apóstoles de Cristo y su Evangelio han de estar dispuestos a todo, a no tener lugar donde reposar la cabeza, como su Maestro, ¿cierto? ¿Usted está dispuesto a eso, lo estuvo?

SP: Sé andar escaso y sobrado. Estoy avezado a todo y en todo: a la saciedad y al hambre; a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en Aquel que me conforta.

 

– E: Le han acusado de estar loco, ¿está usted loco?

SP: No estoy loco, hablo cosas verdaderas y sensatas. Quiera Dios que por poco o por mucho, no sólo tú, sino todos los que hoy me escucháis, llegaseis a ser como yo, a excepción de estas cadenas.

 

– E: Pero usted en una ocasión se puso como ejemplo de locura, ¿qué dijo exactamente?

SP: ¡Vedme aquí hecho un loco! Vosotros me habéis obligado. Pues vosotros debíais recomendarme, porque en nada he sido inferior a esos ‘superapóstoles’, aunque nada soy.

 

– E: Usted siempre ha sido muy consciente de su nada, de su pecado e impotencia, de su debilidad. ¡Y eso le alegraba! ¿Cómo es posible esa paradoja?

SP: Cristo me dijo: «Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza». Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo.
Me abstengo de gloriarme, no sea que alguien se forme de mí una idea superior a lo que en mí ve u oye de mí. Y por eso, para que no me engría con la sublimidad de ciertas revelaciones, me fue dado un aguijón a mi carne, un ángel de Satanás que me abofetea para que no me engría. Por eso, el que se gloríe, gloríese en el Señor. Porque ¿quién te distingue? ¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?

 

– E: ¿Para qué recibió usted la gracia y misión de apóstol?

SP: Para hacer que los hombres lleguen a la obediencia de la fe para alabar su nombre. Dios me envió al mundo de los paganos, al que pertenecéis también vosotros, a los que Cristo Jesús ha llamado; a vosotros, a quienes Dios quiere y que fuisteis llamados a ser santos.

Nosotros los apóstoles somos los locos de Cristo, mientras vosotros sois creyentes respetables. Nosotros somos débiles, y vosotros fuertes. Vosotros considerados, y nosotros despreciados. De mí habéis recibido la vida en Cristo por medio del Evangelio.

Yo no me avergüenzo de esta buena nueva, pues es la fuerza de Dios que viene a salvar a todo el que cree, primero a los judíos, y luego a los griegos. Esta buena nueva nos revela cómo Dios hace justos a los hombres por la fe y para la vida de fe, como lo dice la Escritura: “el justo por la fe vivirá”.

 

– E: Entonces, ¿todo su enfoque u obsesión es que los hombres vivan por la fe?

SP: Pues por supuesto. Porque sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que existe, y que premia a los que le buscan. Dios nos hace ver cómo desde el cielo se prepara a condenar la maldad y la injusticia de toda clase, de aquellos hombres que por la injusticia mantienen a la verdad cautiva.

Dios como justo juez pagará a cada uno de acuerdo con sus actos. Dios dará la vida eterna a los que hacen el bien sin vacilar, buscando el camino de la gloria, de la honra y de la inmortalidad. Al contrario, para los rebeldes, que no se someten a la verdad, sino a la injusticia, habrá reprobación y condenación.

En verdad me parece que lo que sufrimos en la vida presente no se puede comparar con la gloria que se manifestará después en nosotros. Además el Espíritu nos viene a socorrer en nuestra debilidad porque no sabemos qué pedir, ni cómo pedir en nuestras oraciones. Pero el propio Espíritu ruega por nosotros con gemidos y súplicas que no se pueden expresar.

 

– E: Si la Buena Nueva es felicidad y salvación, ¿por qué es rechazada por tantos hombres?

SP: Porque la predicación de la cruz no deja de ser locura para los que se pierden. Pero para los que somos salvados es poder de Dios. Dios quiso salvar a los que creen por medio de la locura que predicamos. Dios ha elegido lo que el mundo tiene por necio, con el fin de avergonzar a los sabios; y ha escogido lo que el mundo tiene por débil, para avergonzar a los fuertes. Dios ha elegido a la gente común y despreciada; ha elegido lo que no es nada, para rebajar a lo que es, y así ya nadie se podrá alabar a sí mismo delante de Dios.

El hombre, con su propia inteligencia, no capta las cosas del Espíritu. Para él son locuras. No las puede entender porque para eso se necesita un criterio espiritual. En cambio, el hombre espiritual puede juzgar de todo y a él nadie lo puede juzgar. La Escritura dice: “¿Quién ha entendido el pensamiento del Señor? ¿Quién puede enseñar a Dios? Pues bien, nosotros tenemos el pensamiento de Cristo.

 

– E: ¿Qué le dice a esas personas que se jactan de poder hacer lo que quieran con su cuerpo?

SP: ¿No sabéis que sois templos de Dios, y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Al que destruya el templo de Dios, Dios lo destruirá. El templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros. Que nadie se engañe. Si alguno se cree sabio según los criterios de este mundo, hágase necio para llegar a la verdadera sabiduría. Pues la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios.

 

– E: Pues sepa usted que hoy está de moda la fornicación, y le llaman hacer el amor, y está a la orden del día en todo sitio y lugar…y tachan de raro al que no fornica, ¿qué le parece?

SP: La fornicación, y toda impureza o codicia, ni siquiera se mencione entre vosotros, como conviene a los santos. Huid totalmente de las relaciones sexuales prohibidas. Todo otro pecado que cometa el hombre es algo exterior a él. Por el contrario, el que tiene relaciones sexuales prohibidas peca contra su propio cuerpo. Insisto: ¿No sabéis que sois templo del Espíritu Santo? Ya no os pertenecéis a vosotros mismos, sino que habéis sido comprados a gran precio. Entonces, que vuestros cuerpos sirvan para dar gloria a Dios. Porque el cuerpo no es para la inmoralidad sexual, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros con su poder.

Y por cierto, con el fin de no llegar a tener relaciones sexuales prohibidas, que cada cual tenga su propia esposa, y cada mujer su marido. El marido cumpla con sus deberes de esposo, y también la esposa. La esposa no dispone de su propio cuerpo: el marido dispone de él. Del mismo modo, el marido no dispone de su propio cuerpo, la esposa dispone de él. No os neguéis el derecho del uno al otro, sino cuando lo decidáis de común acuerdo, y por cierto tiempo, con el fin de dedicaros a la oración. Pero después volved a juntaros; de otra manera, si no podéis conteneros, Satanás os haría caer.

 

– E: Pues sepa San Pablo, que la gente se ríe de todo eso y se lo toma a la ligera, a la gente le gusta disfrutar que son dos días…

SP: Examine cada cual su propia conducta y entonces tendrá en sí solo, y no en otros, motivo para glorificarse, pues cada uno tiene que llevar su propia carga. Que el discípulo haga partícipe en toda suerte de bienes al que le instruye en la Palabra. No os engañéis; de Dios nadie se burla. Pues lo que uno siembre, eso cosechará: el que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna. No nos cansemos de obrar el bien; que a su tiempo nos vendrá la cosecha si no desfallecemos. Así que, mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe.

 

– E: Y en cuanto a que los esposos se dediquen a la oración… ¿es que no sabe que en este mundo eso ya prácticamente no existe?

SP: Lo sé. El ministerio de la impiedad ya está actuando. Tan sólo con que sea quitado de en medio el que ahora le retiene, entonces se manifestará el Impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la Manifestación de su Venida.

La venida del Impío estará señalada por el influjo de Satanás, con toda clase de milagros, señales, prodigios engañosos, y todo tipo de maldades que seducirán a los que se han de condenar por no haber aceptado el amor de la verdad que les hubiera salvado. Por eso Dios les envía un poder seductor que les hace creer en la mentira, para que sean condenados todos cuantos no creyeron en la verdad y prefirieron la iniquidad.

 

– E: ¿La iniquidad es vivir en pecado y despreciar la vida de gracia que nos ofrece Cristo?

SP: Ciertamente Cristo nos ha elegido antes de la creación del mundo para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor. El amor, la caridad, no acaba nunca. Ya podría yo tener todos los bienes y dárselo a los pobres, que si no tengo caridad, nada soy. La Ley del Espíritu de vida nos libera en Cristo Jesús de la ley del pecado y de la muerte. Esto no lo podía hacer la ley antigua porque tropezaba con la flaqueza de la carne. Pero Dios envió a su propio Hijo, dándole la semejanza de esta carne sometida al pecado; lo hizo víctima por el pecado y condenó al pecado en la carne. Ahora la perfección que proponía la Ley está al alcance de los que ya no andamos por los caminos de la carne, sino por los del Espíritu. Los deseos de la carne son muerte; los del Espíritu son vida y paz. Los deseos que nacen de la carne se oponen a Dios: no se conforman ni pueden conformarse al querer de Dios. Y por eso, los que se dejan conducir por la carne no pueden agradar a Dios.

El Señor nos ha llamado a una vida de paz. Lo que sí importa es guardar los mandamientos de Dios. Habéis sido comprados por Dios a gran precio.

 

– E: ¿Y qué me dice de la gente celebrando la fiesta de Halloween?

SP: ¡Oh insensatos! ¿Quién os fascinó a vosotros, a cuyos ojos fue presentado Jesucristo crucificado? ¡Huid del culto a los ídolos! Yo no quiero que vosotros estéis en comunión con los demonios. No podéis beber al mismo tiempo la copa del Señor y la de los demonios. No podéis participar de la mesa del Señor y de la de los demonios. Ya comáis, ya bebáis, cualquier cosa que hagáis, hacedlo todo para la gloria de Dios.

Por tanto, examinad qué es lo que agrada al Señor, y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, denunciadlas. Cierto que ya sólo el mencionar las cosas que hacen ocultamente da vergüenza; pero, al ser denunciadas, se manifiestan a la luz. Pues todo lo que queda manifiesto es luz. Por eso se dice: despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo. Así pues, mirad atentamente cómo vivís; que no sea como imprudentes, sino como prudentes; aprovechando bien el tiempo presente, porque los días son malos.

 

 

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