Vicente Montesinos

 

 

 

 

¡Soberana Reina de los ángeles!

No ceso de admirar los singulares beneficios que en todo tiempo habéis dispensado a esta gloriosa Jerusalén, y mi alma se enajena de gozo al considerar que Vos habéis sido siempre el objeto más tierno de la gratitud española.

¡Oh gran Señora!

Los españoles han estado siempre reconocidos a vuestros beneficios, y han multiplicado obsequios los más fervorosos, en que os habéis complacido.

La venerable antigüedad nos asegura, que en Zaragoza jamás han faltado verdaderos devotos que, postrados ante la celestial Columna, os han ofrecido sus homenajes.

La concurrencia al templo Angélico, las continuas veneraciones, las cesiones magnificas, las ricas joyas, los votos y ofrendas, todo confirma la gratitud más fina.

¡Qué solemnes festividades!

¡Cuántas oraciones en vuestro obsequio!

¡Con qué júbilo entonaban nuestros mayores vuestras alabanzas!

¡Con qué devoción oraban privadamente por todos los ángulos de vuestro magnífico Propiciatorio!

¡Cómo derramaban lágrimas de ternura en el afecto de su devoción!

¿Qué no hicieron en vuestro obsequio aquellos buenos hijos, los Fernandos, los Felipes, los Alfonsos, los Carlos, y cuánto se han empeñado todos los españoles en alabaros y ensalzaros como excelsa Protectora de nuestra España?

¡Pero ah!

¿Cómo se ha apagado entre nosotros aquel fuego que se comunicó a nuestros Monarcas y a tantos que veneraron agradecidos a la Reina del Cielo, en la cámara angelical de Zaragoza?

¡Prelados santos, héroes justos de la antigüedad, que llorabais en este sitio en el exceso de vuestra ternura!

¿Por qué no dejasteis a vuestros hijos, como otro Elías a su discípulo, el espíritu de vuestra devoción?

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