Por la inmensa mayoría de sacerdotes fieles; por tantísimos religiosos abnegados y rectos; por los millones y millones de sus hijos que la aman sin condiciones; por todo ese mundo que, aunque sin saberlo ni quererlo, la está llamando a gritos; y, sobre todo, por amor, honor, reparación y desagravio a su Divino Fundador, la Iglesia debe depurarse a fondo, y cuanto antes. Sin medias tintas ni parches. Y sí con la cirujía mayor que la hora actual no propone sino impone

 

 

+ Padre Christian Viña

Cambaceres, lunes 3 de septiembre de 2018.

San Gregorio Magno, papa y doctor de la Iglesia.-

 

 

 

 

Hace varios años, mucho antes de entrar al Seminario, en una cobertura periodística, en tiempos de la así llamada teología de la liberación, le pregunté a un Obispo de felicísima memoria si le daban demasiados problemas los curas rojos, o sea marxistas. Verborrágico y extrovertido como era me respondió, inmediatamente: El problema no son tanto los curas rojos, que se van desplomando como se desplomó el muro de Berlín. El mayor problema, hoy, son los curas rosas… Valiente, lúcido y fidelísimo a Cristo y a la Iglesia, obviamente, no se quedó en declaraciones; empezó a limpiar su Seminario de la infiltración homosexual, y le dejó a su sucesor el problema resuelto. Este ordenó decenas de sacerdotes bien viriles y fervorosos; y pasó a tener un Seminario modelo. Y, por si fuera poco, no tuvo en su diócesis ningún escándalo de pedofilia o efebofilia; ni de doble, triple o múltiple vida en su clero…

Más allá de su carácter y personalidad –especialísimos por donde lo mirasen- aquel Obispo, de cualquier modo, no hizo otra cosa que aplicar la Biblia, el Catecismo de la Iglesia Católica, el Código de Derecho Canónico; y los innumerables documentos sobre la selección y formación de los candidatos al Sacerdocio, de las últimas décadas. Hizo, ni más ni menos, una labor de manual. Eso sí, sin medias tintas; y, detectados los problemas, los resolvió de raíz. Sin taparlos ni agravarlos con dilaciones y, peor aún, con cambios de destinos.

La grave crisis desatada en la Iglesia por los escándalos de abusos sexuales –en su abrumadora mayoría, homosexuales- de niños y de adolescentes; y de relaciones consentidas entre clérigos y religiosos, con adultos del mismo sexo, ha puesto al descubierto la profunda falta de fe en buena parte del clero y de la jerarquía. Y, obviamente, la carencia de un liderazgo valiente y solo temeroso de Dios (Sal 111 / 110, 10), y no del mundo.

Ha puesto en evidencia, asimismo, que al desterrarse en la predicación y en la catequesis el tema del juicio individual –en el que todos compareceremos-, y la correspondiente retribución, Cielo o infierno, se está ante una suerte de vale todo. Porque, al final, Dios en su infinita misericordia todo lo perdona. ¡Perdona, por supuesto, cuando hay arrepentimiento y penitencia! De lo contrario, sería mucho más injusto y perverso que cualquiera de los jueces horribles que abundan en nuestro mundo. Es inevitable: cuando se desfigura la imagen de Dios, se termina desfigurando la imagen del hombre (Gn 1, 26).

Se repite, hasta el cansancio, que la Iglesia tiene que actualizarse; cuando, en realidad, tiene que santificarse. Su única actualización se da en el Santo Sacrificio de la Misa; en que se actualiza el Misterio Pascual… Si actualización es rendirse ante los caprichos del mundo, eso solo es claudicación, infidelidad a Jesucristo, y hasta apostasía. Justamente en el último Domingo de agosto, recordamos cómo Jesús claramente no desea multitudes a cualquier precio, sino fidelidad a su Palabra de vida eterna, por más

que muchos se alejen (Jn 6, 67 – 68).

Se habla muchísimo de la opción por los pobres, y se termina despojando a pobres y ricos de la absoluta riqueza del Evangelio; convertido en mera sociología, o presunta garantía de tierra, techo y trabajo ¿En qué parte de la Biblia se nos manda a convertirnos en una ong multinacional, con mayor o menor prestigio? ¿O es que, acaso, nuestra misión última es luchar por el progreso social y económico intramundano, sin ninguna referencia a nuestro destino final del Cielo; en el que se cree poco o al que se da absolutamente por asegurado? ¿En qué queda aquel mandato de Cristo: Vayan, entonces, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado (Mt 28, 19 – 20)? ¿Nos está permitido, acaso, hacernos un Quinto Evangelio; como titulara a su genial obra satírica el recordado Cardenal Giacomo Biffi?

Sabemos, porque lo afirmó Cristo, el único Señor de la Iglesia, que el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella (Mt 16, 18). Y sabemos, también, porque su propia historia lo demuestra, que saldrá fortalecida de esta dolorosísima prueba. La clave está en no dejarse arrastrar ni por el derrotismo ni mucho menos por el triunfalismo. Sabernos metidos en un crudísimo invierno, y no en una inexistente primavera es el principio de la solución.

No valen, ni remotamente, las comparaciones; pero sirve al menos preguntarse, aunque más no sea para establecer alguna analogía: ¿qué haría una poderosa multinacional si comprobara que algunos de sus miembros les hicieron daños horrendos y hasta irreparables a importantes clientes? ¿Los cubriría cambiándolos de destino; o, peor aún, les daría puestos más importantes?

Si Dios no existe todo está permitido, decía el ateo Nietzche. Pero como Dios sí existe, no todo ni mucho menos está permitido. Menos aún en su única Iglesia. Asumirlo, de una buena vez, nos permitirá ir terminando con estas lacras, que se arrastran desde hace décadas. Para tener, en efecto, una auténtica Iglesia en salida; en búsqueda, especialmente, de sus víctimas inocentes. De lo contrario solo será una Iglesia en retirada ante las fuerzas del demonio y del mundo, que la vienen asolando.

Por la inmensa mayoría de sacerdotes fieles; por tantísimos religiosos abnegados y rectos; por los millones y millones de sus hijos que la aman sin condiciones; por todo ese mundo que, aunque sin saberlo ni quererlo, la está llamando a gritos; y, sobre todo, por amor, honor, reparación y desagravio a su Divino Fundador, la Iglesia debe depurarse a fondo, y cuanto antes. Sin medias tintas ni parches. Y sí con la cirujía mayor que la hora actual no propone sino impone.

Cuando saltaron los escándalos en la Iglesia norteamericana, en 2002, George Weigel, en su oportunísimo libro El coraje de ser católico, escribió: Se necesita un cambio en la manera en que el clero se entiende a sí mismo y también en su disciplina. La Iglesia necesita desesperadamente un liderazgo episcopal que confíe en su capacidad de mando y que esté preparado para hacer lo que hace falta hacer para trasformar esta crisis en una oportunidad evangélica… El camino de la crisis a la reforma es el camino por el cual la Iglesia entera redescubre la gran aventura de la fidelidad y de la ortodoxia católica. El ‘catolicismo light’ fracasa porque está equivocado… Vivir la aventura de la ortodoxia es la única respuesta a la crisis de fidelidad que es lo que en realidad es la crisis de la Iglesia de Estados Unidos comprendida en toda su plenitud. Redescubrir el coraje de ser católico es la forma en que toda la gente de la Iglesia –obispos, sacerdotes y laicos- trasformarán el escándalo en una reforma y la crisis en una oportunidad.

Es común que los sacerdotes, además de tantas muestras de afecto y de pedidos de auxilio, recibamos en la calle ciertos desprecios y hasta ataques. Los de estos tiempos son, generalmente, más agresivos y humillantes. El pudor impide, por cierto, reproducirlos. ¡Que valgan, de cualquier modo, para confirmarnos en nuestra esencia, y en nuestra lucha contra el pecado!

Es hora de ser, nuevamente, solo sacerdotes de Cristo; ni rosas, ni rojos, ni cualquier otro aditamento que quieran imponernos el mundo, el demonio y la carne, nuestros declarados enemigos. ¡Solo de Cristo! ¡Solo de la auténtica y liberadora Verdad (Jn 14, 6)…!

 

 

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