+ Padre Christian Viña

 

 

 

 

Hace un par de días recibí un llamado en la parroquia, para ir a darle la Unción de los Enfermos a un moribundo. Partí inmediatamente y, al llegar al sanatorio, debí sortear una suerte de obstáculos para llegar a terapia intensiva. Ahora no puede entrar, padre, me dijo una atenta y firme empleada de seguridad. Vea, señorita voy a entrar igual –le repliqué- porque está en juego la salvación eterna de este paciente. Subí las escaleras, llegué a terapia, y me comunicaron que había fallecido. En consecuencia, comencé a revestirme para celebrar un responso. Un médico, embanderado evidentemente en la ideología de género, me hostigó todo el tiempo. No puede estar acá, tiene que retirarse, está molestando al personal que está trabajando, machacaba con insoportable aspereza. Opté por no responder y recé el responso. Cuando estaba concluyendo volvió a increparme: Es la última vez que se lo digo, retírese ya… Finalizada la oración, y luego de quitarme los ornamentos, simplemente me limité a decirle: Doctor yo sé lo que debo hacer. ¡Que tenga un buen día! ¡Dios lo guarde!

Luego de consolar a los deudos, mientras me retiraba vino a mi encuentro la sencilla empleada de seguridad que había sido el primer impedimento. Padre –me dijo- le pido disculpas. Tuve que hacer mi trabajo. Pero hizo muy bien en no hacerme caso… ¡Dios primero! Conmovido por su afirmación le contesté: En efecto, hija. ¡Dios siempre primero! Cuando lo mandamos a cualquier otro sitio, solo pueden esperarse pecados y escándalos.

Al regresar a la parroquia tuve, por la tarde, antes de la Santa Misa, el tradicional festejo del Día del Niño que -aunque de inspiración comercial- se celebra en Argentina, el tercer Domingo de agosto. La inmensa mayoría de los niños que vienen a la catequesis parroquial son muy pobres; y llegan, generalmente, de Villa Tranquila, un asentamiento donde, gracias a Dios, nacen muchas criaturas… Abrumado por los escándalos de pedofilia y homosexualidad en la Iglesia que están saltando, aquí y allá, sentí que crujían mis entrañas ante tanta lacra no debidamente enfrentada e, incluso, en alguna ocasión, encubierta. ¡A cuántos niños como estos -pensé- se les arrebató, bestialmente, de un zarpazo, la inocencia y la dignidad; sumiendo sus vidas, en no pocos casos, en una agonía permanente!

Me consoló ver, de cualquier modo, cómo cuando Dios está primero, su gracia hace maravillas. Es fácil comprender que algunos de mis niños proceden de contextos y situaciones harto difíciles… ¡Es grandioso comprobar cómo el Señor, nuestra absoluta prioridad, todo lo va sanando! Solo si Dios está primero, y se busca en verdad su mayor gloria, con nuestra propia santidad de vida, Él hace nuevas todas las cosas (Ap 21, 5).

Pocas horas más tarde acompañé a los peregrinos de la Novena Peregrinación de Nuestra Señora de la Cristiandad; en el tramo final de la misma (que cubre en total cien kilómetros, en la provincia de Buenos Aires), entre Jáuregui y la Basílica de Luján. Como me ocurrió en otras ocasiones, no paré de confesar, en la última posta, en los ocho kilómetros finales; y durante toda la Santa Misa de clausura, en Luján. Más de mil jóvenes, provenientes de todo el país, portando con honor los estandartes de sus respectivos capítulos (algo así como las cofradías), caminaron tres días, bajo la intensa lluvia y el crudo invierno, para dar testimonio de que, en efecto, Dios está primero. Y que, por la Virgen María, es mucho más sencillo y encantador, llegar a Él.

Son jóvenes que, luego de haber experimentado un encuentro personal con Cristo, no quieren quedarse al costado del camino. Y, lejos de instalarse en una vida cómoda, o en un catolicismo cascotero (que solo tira cascotes a la Iglesia pero hace poco y nada por ella), deciden ponerse la Iglesia y la Patria al hombro. Porque saben que es necesario que Cristo reine hasta que ponga a todos sus enemigos debajo de sus pies (1 Cor 15, 25). Son jóvenes que aman sin límites a la Iglesia; y que se toman, bien en serio, su relación con Dios. Por eso se confiesan, se dirigen espiritualmente y reciben los demás sacramentos con sacerdotes fervorosos, apasionados por el Reino, de sólida formación intelectual, y probada rectitud moral. Son sacerdotes que no tienen ni doble ni triple vida; y viven el celibato en clave de fecundidad y de amor. Porque son verdaderos padres, Dios les regala auténticos hijos.

Que Dios esté siempre en primer lugar; y, en consecuencia, esté en nosotros convertirnos una y otra vez a Él, con humildad y decisión, nos permitirá limpiar la inmundicia de la Iglesia que, por cierto, causa muchísimo más ruido que toda su santidad. No es hora, entonces, de tibiezas ni flojeras. Como decían nuestras abuelas, a grandes males, grandes remedios. No debe haber lugar en la Iglesia para curas y religiosos pervertidos y pervertidores. Es hora de aplicar, y bien en serio, la proclamada tolerancia cero.

Poco antes de mi ingreso al Seminario, en 2004, leí el absolutamente recomendable libro El coraje de ser católico, del norteamericano George Weigel; a quien luego conocí, en el Seminario de La Plata, en una visita que realizó, en 2012. Me hizo mucho bien su lectura; y, aunque terrible en sus detalles, me ayudó sobremanera en mi vocación. Entro a formarme para ser cura –pensé- en uno de los peores momentos de la Iglesia. ¡Si en verdad la amo, con toda mi alma, no puedo no ser santo y, si es necesario, mártir.

Una de las frases que más me conmovió de toda la obra –y que, más adelante, pude comprobar- fue: La reforma del reclutamiento de vocaciones en los seminarios debe tratar también uno de los más extravagantes fenómenos de la vida católica actual de Estados Unidos: la sospecha que en demasiadas oficinas de vocaciones se tiene de los jóvenes que se presentan a sí mismos conscientemente como católicos ortodoxos. Etiquetar a esos potenciales candidatos de “ideólogos” es un grave error. Creer que su deliberada ortodoxia es un asunto que necesita evaluación psicológica es aún peor. Pero ambas cosas suceden. La ortodoxia debe, por supuesto, combinarse con sensibilidad pastoral, amplitud de miras intelectual, madurez humana y prudencia. Pero los jóvenes católicos que están comprometidos de todo corazón (aunque a veces de forma torpe) con la doctrina de la Iglesia en su plenitud no son parte del problema de los escándalos e infidelidad que se hizo dolorosamente manifiesto en los primeros meses de 2002. Su compromiso con la belleza y el poder liberador de la ortodoxia es parte de la solución”.

Gracias a Dios, el Señor sigue llamando a jóvenes a entregarse por completo a Él, como sacerdotes y religiosos. Cuidar las buenas vocaciones, y no dejarla a merced de los depredadores sexuales, y de otra calaña, es imprescindible más que nunca en esta hora. Junto a ellos podremos soñar con un futuro más limpio, más santo, más cristiano.

Sí -como me dijo aquella empleada de seguridad-, Dios primero. Es hora de que Él vuelva a ser el centro. No tengamos miedo a la Verdad. Solo ella restaña las heridas, y nos hace auténticamente libres (Jn 8, 32). ¡O santos, o nada!

 

 

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