Vicente Montesinos

Domingo 19 de agosto de 2018

 

 

 

A la luz del Evangelio que la Iglesia nos propone en este domingo, me gustaría centrarme en un aspecto concreto que puede llamar la atención: cómo en el Evangelio de San Juan es en el único en el que no se recoge de forma expresa la Institución de la Eucaristía en la última cena del Jueves Santo; al contrario que ocurre en los tres evangelios sinópticos.

Sin embargo San Juan habla de una “cena” con sus discípulos, que no parece ser la cena pascual, por los datos que se desprenden de la cronología del Evangelio, y en esa cena, vemos como lo que la distingue de los sinópticos es la profusa descripción de la institución del lavatorio de lo pies.

Pero sin embargo, siete capítulos antes, es decir, en el capítulo sexto, San Juan narra el signo de la multiplicación de los panes y los peces, y después de ese signo es cuando escribe este discurso de Jesús que venimos repasando en las tres últimas semanas: el discurso del Pan de Vida. 

 

Algunos exégetas afirman que este discurso fue pronunciado por Jesús durante la Última Cena, después del lavatorio de los pies. En cualquier caso, a nosotros nos ha llegado en la tradición escrita en el Capítulo 6 del Evangelio de San Juan; y así lo acogemos, porque además tiene su sentido: Jesús ha realizado ese signo concretísimo de la multiplicación de los panes y los peces, y después comienza con este discurso del Pan de Vida; el discurso Eucarístico, que nosotros hemos ido descubriendo y orando a lo largo de estas semanas.

 

De la primera parte del discurso, hace ya dos semanas, yo me quedaría con este versículo: “Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que lleva a la vida eterna“.

 

De la semana pasada, y de esa segunda parte del discurso del Pan de Vida, me quedaría con aquella advertencia de Jesús a los judíos: “No murmuréis, no critiquéis…” Es una invitación de Jesús a no ser como aquellos a los que les falta fe, y por ende, al tener una vida replegada sobre sí mismos, se convierten en dueños y señores de todo, con capacidad de mandar, juzgar y dirigir la vida y el alma de todas las personas, según su antojo, y no el de Dios. Y cómo Jesús les dice: “dejaos atraer por Dios”. Porque es Él quien llama… Es el quien busca… Es el quien nos atrae.

¿Y a que nos atrae ese Dios? ¿A que nos llama?

 

Pues hoy, en la tercera parte del discurso, me quedo con un versículo final para estas semanas, que os invito a rumiar. Y es que Jesús nos dice: “El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él“. Eso es a lo que nos llama, a lo que nos invita y a lo que nos atrae el Señor. A habitar en Él. Y a que experimentemos, por pura Gracia, que es Él quien habita en nosotros, y si nosotros  nos preparamos, nos abrimos y le dejamos; nos podemos convertir en Templos donde el mismo Dios quiere habitar.

Por eso la vida de cada uno de nosotros es importante. Cada persona es fundamental para Dios, no porque seamos de una manera o de otra, sino porque somos Templos del Espíritu de Dios.

 

Nuestra vida  es preciosa a los ojos de Dios, porque Dios quiere habitar en nosotros, es decir; quiere establecer con nosotros una profunda relación de vida. Y eso se hace de forma privilegiada en la Eucaristía.

Nosotros, que somos “animales de costumbres” a veces convertimos la Eucaristía en una rutina más. Vamos a misa, y salimos por la puerta pensando que “hemos cumplido” y “hemos hecho lo que teníamos que hacer”.

Y es verdad que hay días en que no estamos bien, o momentos de sequedad, en que no tenemos ganas de acudir a la Santa Eucaristía; y hemos de vivir la misa como un cumplimiento, al tener que hacer un esfuerzo por estar allí. Y está bien que tengamos que  vivir ese esfuerzo. Porque esos esfuerzos nos ayudan a descubrir el valor que tiene la Eucaristía.

Pero no nos quedemos únicamente en que “hemos cumplido”. La Eucaristía no es una costumbre. No es una tradición. No es solo un mandamiento que hay que cumplir para salvarse (que también) . Es un encuentro privilegiado de cada uno de nosotros con el Señor.

 

El Señor te llama. Te llama por tu nombre. Como decía la primera lectura de Ezequiel en el día de hoy: “Venid, venid todos; que he sacrificado las víctimas, he arreglado la casa, he mezclado el vino, he preparado la mesa” Ha cuidado cada pequeño detalle. Cadas’ pequeña cosa. Todo. Para que yo pueda disfrutar de este banquete de salvación, y de este sacrificio inmutable. Esto es lo que el Señor hace con cada uno de nosotros en cada Eucaristía.

Hoy, muchas veces pensamos, y más a la luz de las constantes deformaciones litúrgicas, que somos los protagonistas; porque yo voy, yo leo, yo digo, yo hago, yo…¡Y no! Es el Señor el que lo prepara todo. ¡Es el Señor quien se inmola por nosotros y por muchos, para el perdón de nuestro pecados!

Es el Señor el que coloca las cosas en su sitio. Con mimo, con cariño, con delicadeza… ¡Para ti! ¡Como hemos pervertido este sentido! Lo hace para que puedas descubrirlo, amarlo, y ser protegido, alimentado, amado y salvado en cada Eucaristía.

Es el Pan de Vida. El alimento que nadie más nos puede dar. El manjar de manjares. El pan de la inmolación, el sacrificio y la salvación.

¡No busquemos pues, y volvemos al inicio del discurso, el alimento perecedero! ¡Trabajemos por el alimento que da la vida eterna!

Ese alimento, el Señor nos lo ha dicho, y nadie nunca, aunque quiera, lo podrá cambiar, ni nos lo podrá quitar, es el pan de la Eucaristía. Es el mismo Jesús que se te ofrece, que se te da, de una manera total. Completamente. Gratuitamente. Incondicionalmente.

Y lo hace además porque sabe que en el camino de la vida vamos a hallar problemas, dificultades y sufrimientos; aunque muchas veces no queramos admitirlo; aunque en nuestra diaria exposición, nuestros facebooks o nuestros estados de Whatsapp pongamos únicamente el lado amable de nuestra vida…

Esto es falso. Es completamente falso.

Todos tenemos historias complicadas… Todos tenemos que abrazar la Cruz… ¡Bendita cruz, por la que llegar a la luz!

Y es el Señor, que conoce de tus sufrimientos, de tus dificultades, de lo que nos cuesta perseverar en este camino, el que nos dice: “Lo se. Lo se. No tengas miedo. No te preocupes. Porque yo estoy contigo. Y además te doy el alimento para que puedas recibir la fuerza y la savia para continuar el camino

Dios no nos da una varita mágica para solucionar nuestras dificultades. No. Dios juega en serio. Y nos da el Pan. El alimento. El sacrificio insondable. El que nos da la vida necesaria para seguir recorriendo este camino hacia el Padre.

Que podamos en este día reconocer y agradecer al Señor el Don inconmensurable que es la Eucaristía, prenda de la gloria futura.

De esta forma nadie nos podrá hacer dudar ante qué o ante Quién tenemos o no que hincar nuestra rodilla.

¡Y porque hasta el cielo no paramos, que Dios os bendiga.!

 

 

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