Pater Christian Viña

 

 

 

 

Homilía del padre Christian Viña, en la Santa Misa de la Jornada para jóvenes católicas sobre pureza y castidad. Parroquia Sagrado Corazón de Jesús, de Cambaceres, Ensenada

(Sábado 23 de junio de 2018).

Lecturas: 1 Cor 6, 13c – 15a. 16 -17.

 Sal 30, 3 c – 4.6 y 7b – 8ª. 16bc y 17.

 Mt 5, 1 – 12a.

 

Jesús, sano, saludable y sanador; el único que tiene palabras de Vida eterna (Jn 6, 68) llama bienaventurados, o sea, verdaderamente felices, a los que tienen el corazón puro porque verán a Dios (Mt 5, 8). ¡Enorme y maravillosa condición: alma limpia para mirar, cara a cara, al Autor de todo bien! Es, entonces, un desafío de toda la vida implorar la gracia, o sea el auxilio, la ayuda de Dios, para ser sanados y elevados. Y para Él, ciertamente, nada es imposible (Lc 1, 37).

         En el Sermón del Monte, en las famosas Bienaventuranzas, Cristo nos muestra también lo difícil de ese camino. Y cómo los católicos, para llegar a esa contemplación del Divino Rostro, debemos animarnos a nadar contra la corriente. Por eso, a continuación, agrega que son, asimismo, bienaventurados los perseguidos por practicar la justicia… y los insultados, perseguidos y calumniados en toda forma a causa de Él (Mt 5, 10 – 11). Y advierte que, por supuesto, la recompensa solo será en el cielo (Mt 5, 12). O sea: en nosotros, con la ayuda del Señor, solo está buscar su rostro y darle gloria; intentando ser santos porque lo demás es perder el tiempo, como les dijo la Madre Isabel de Rosis, a sus hijas religiosas.

         Jesús no es un charlatán ni un prometedor de imposibles para conseguir votos. Él, por el contrario, sería – en el ambiente politiquero- un piantavotos; o sea, alguien que, en vez de acercar, aleja a los votantes. Él no vino al mundo para construir, con votaciones y asambleas, el Evangelio. Él, verdadero Evangelio, buena noticia del Padre, vino para abrirnos, con la Cruz, la puerta estrecha de la salvación;  porque ancha es la puerta que lleva a la perdición (Mt 7, 13).

         Con todo el fervor  que lo caracteriza, San Pablo nos explica –como lo acabamos de escuchar en la primera lectura-, que el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor es para el cuerpo (1 Cor 6, 13). Y que nuestros cuerpos son miembros de Cristo (1 Cor 6, 15), y templos del Espíritu Santo (1 Cor 6, 19). Por lo tanto –concluye- nosotros no nos pertenecemos, sino que hemos sido comprados ¡y a qué precio! Glorifiquen entonces a Dios en sus cuerpos (1 Cor 6, 19 -20).

         En el salmo 30, como respuesta a la exhortación paulina, repetimos: Señor, yo pongo mi vida en tus manos. Y ese acto de confianza de hijos obedece a que Tú eres mi roca y mi baluarte; por tu nombre, guíame y condúceme (Sal 30, 3). No existe persona más auténticamente libre que la que se abandona en Dios. Esto es, la que solo busca la voluntad del Padre (Mt 6, 10), y no la propia voluntad. ¡Qué distinta sería nuestra sociedad si las que luchan para terminar –como dicen ellas- con elpatriarcadoabortando al macho, reconociesen su verdadera dignidad de hijas del Padre, y renunciaran a la esclavitud del mal!

         San Juan Pablo II Magno nos recordaba que la castidad es indispensable para amar a Dios, y para hacer realidad el ideal cristiano de servicio a Dios y a los demás. De esta virtud se derivan la alegría y la fortaleza para este servicio; y se agranda la capacidad de amar del corazón humano (Homilía, 3 de abril de 1980).

         Otro papa santo, también Magno, San Gregorio, advertía que la impureza provoca insensibilidad en el corazón y, con frecuencia, violencia y crueldad. Y menciona también, entre otros efectos de la lujuria, la ceguera de espíritu, la inconsideración, la precipitación, el egoísmo, el odio a Dios, el apegamiento a este mundo, y el disgusto hacia la vida futura (Moralia, 31, 45).

         La Iglesia siempre enseñó que, con la ayuda de Dios, y el auxilio de la gracia, la castidad se puede vivir en todos los momentos y circunstancias de la vida. Como verdadero tesoro, como un regalo espléndido e irrepetible, y como auténtica riqueza exige, ciertamente de nosotros, el mayor cuidado posible. ¿No resulta contradictorio que, en el caso del dinero y otros bienes materiales, agotamos todos los esfuerzos para conservarlos y multiplicarlos; y a esta joya la dejamos a merced de cualquier ladrón y arrebatador? Ya Pío XII advertía, en la encíclica Sacra virginitas, de 1954, que para conquistarla, el cristiano además de poner los medios humanos requeridos en cada caso, como evitar la ocasión próxima, y guardar los sentidos, debe recurrir a los medios sobrenaturales, sin los cuales no sería posible. O sea, a la oración, a los sacramentos de la Penitencia y de la Sagrada Eucaristía, y a una devoción ardiente hacia la Santísima Madre de Dios.

         Para ello, por cierto, hay que prepararse como corresponde. Hoy casi ni se habla de la virginidad, la pureza y la castidad; incluso suelen ser las grandes ausentes de las predicaciones de nosotros, los curas. El temor a ser ridiculizados, perseguidos, y despreciados; la pereza intelectual, que impide profundizar en lo que nos enseñan la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura, y el Magisterio de la Iglesia y, en algunos casos, la falta de fe en el juicio de Dios, llevan a estruendosos silencios. ¿Podemos, acaso, quedarnos callados cuando tantos millones de hermanos nuestros son arrastrados al pecado mortal, y al sacrilegio?

         La educación para la pureza debe ser una prioridad absoluta de todos los hogares creyentes; e, incluso, de quienes sin tener fe buscan con sinceridad respetar el orden natural. La triste realidad, de cualquier modo, es que la destrucción de la familia arrasa la inocencia de los niños cada vez a más temprana edad. Millones de criaturas, en Argentina y en el mundo, como verdaderos huérfanos con padres vivos, andan a la deriva, a merced de perversos de todo pelaje, en los más diversos ámbitos. Los medios de comunicación y las redes sociales han endiosado las más aberrantes depravaciones, con una impunidad absoluta. Y hasta el hartazgo, en este debate argentino sobre el aborto se ha reclamado, por si fuera poco, una educaciónque no es otra cosa que una imposición sexual, basada en la promiscuidad. Los totalitarios del género quieren que ese adoctrinamiento incluya las más antinaturales variantes. Pero, por supuesto, no se habla, en absoluto, de la virginidad hasta el matrimonio, y la fidelidad en el mismo.

         Es urgente, entonces, más que nunca, enseñar sobre estos temas. Y hacerlo con convicción y firmeza; con sabiduría y coraje. Y, por supuesto, sin buscar adaptar el Evangelio a nuestro pecado. Sino aniquilar el pecado, con el mismo Evangelio.

         No pocos padres me dicen que no pueden hablar de estos temas, con sus hijos, por temor a que estos les recuerden sus pecados juveniles… ¡Pero nosotros no somos el centro ni la medida! ¡Es Cristo nuestro modelo; y sus exigencias son las únicas liberadoras del mundo, el demonio y la carne! ¿Acaso tememos más al qué dirán los otros, que al qué dirá Dios en la hora de nuestro juicio? ¿A qué se debe tanto miedo a anunciar el Evangelio, y decirles a tantos lo que no quieren escuchar?

         Hace un par de meses, en mi artículo, La revolución de la castidad, decía que desde los totalitarismos viejos y nuevos (estos últimos, versiones degradadas de aquellos) siempre se planteó la revolución en clave de lucha contra los poderosos, explotadores y los dueños del dinero… Hoy, por amor a los más débiles, debemos ser revolucionarios de la castidad. Y, a fuerza de noviazgos puros, matrimonios sanos y fuertes, abiertos generosamente a la vida, y familias compactas y numerosas, enfrentar a los poderosos, explotadores y los dueños del dinero; que ahora buscan mostrarse como sensibles y de mente abierta… Hoy en que la supuesta derecha y la supuesta izquierda coinciden absolutamente en la tiranía antivida y antifamilia, más que nunca los militantes de la Vida debemos estar anclados en el Corazón de Aquel que hace nuevas todas las cosas (Ap 21, 5).

         Los escándalos de los abusos sexuales de menores, lacra extendida en el mundo que ha golpeado, incluso, a la Iglesia deben ser un definitivo llamado de atención para terminar con este pansexualismo; que todo lo corrompe, que todo lo pervierte, y que solo siembra destrucción y muerte. Pero, claro, si se llama derecho humano al aborto, y se presenta ese abominable crimen como un problema de salud pública, ¿podremos asombrarnos de que, en algunos países de Europa, se esté promoviendo la legalización de la pedofilia? ¡Clama al Cielo!

         Los católicos debemos encarnar hoy la generación de la pureza y animarnos a ser campeones del mundo, en nuestra fidelidad al Evangelio. ¡Que la tibieza y el temor al ridículo no se apoderen de nosotros! ¡Solo asumiéndonos, con pasión, como una auténtica minoría diferente y sanamente contestataria podremos agradar a Dios, y contribuir a la salvación del mundo!

         Un anciano sacerdote me decía que “la renuncia de tantos a la santidad puede explicarse, en parte, porque hablamos poco y enseñamos menos de la vida de los santos”. ¡Volvamos a mostrar, entonces, en ellos, el rostro radiante y triunfante de Cristo Resucitado!

         A no pocos de mi generación, desde muy niños, nuestros padres y sacerdotes nos hicieron fascinar con los santos. Esperábamos, con impaciencia, aquellos libritos económicos y populares con la vida de Santa María Goretti, virgen y mártir; de Santa Bernardita Soubirous, de Santo Domingo Savio, de San Luis Gonzaga, de San Tarcisio, y de los pastorcitos de Fátima, entre otros. ¡Y queríamos ser como ellos, héroes y santos!

         Hoy que tenemos tantos medios de comunicación a nuestro alcance, no caigamos en pecado de omisión. No seamos esquivos a la hora de hablar, con convicción, de la pureza; y de cómo ellos y otros niños y adolescentes santos la vivieron anclados en Cristo, o sea, inapelablemente felices.

         ¡Que María Santísima, la Virgen niña, la adolescente Madre vuelva a nosotros, esos sus ojos misericordiosos! Para que, llenos de su pureza, vivamos con castidad, cada uno, según nuestro propio estado de vida. Para que el mundo crea y se salve; y entienda, definitivamente, que el Señor bien lejos de ser castrador, es el auténtico, definitivo  y todopoderoso liberador. El único en quien somos, verdaderamente, dueños de nosotros mismos…

 

 

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