Vicente Montesinos

 

 

 

 

Llegamos hoy a esta gran Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús; y nos vienen a la cabeza y al corazón tantas celebraciones, tantas devociones, tanta historia de Amor de Jesús para con nosotros.

Recordamos también esas revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque; y las promesas del Corazón Divino a los hombres.

Pero todavía más importante que todo esto (que lo es) es darnos cuenta de la razón por la cual el Señor se revela. Porque nos recuerda constantemente una realidad, que es la del inmenso Amor que Dios nos tiene. Dios nos amó primero.

Y tanto es así, que en la primera lectura de hoy, del profeta Oseas, se nos recuerda esta grandeza: Cuando Israel era joven lo amé, y de Egipto lo llamé a mi Hijo…, … y los atraje, con vínculos de amor

Jesucristo, a través de los profetas está amando y atrayendo a su pueblo; a su pueblo que ahora es la Iglesia.

El pueblo entonces, y ahora, es duro de entendederas y de respuesta a Dios, pero a pesar de eso constantemente Dios nos sigue regalando su amor.

Está muy extendida la creencia y el “dicho” fácil y sensiblero de que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios terrible y duro; frente al del Nuevo Testamento; un Dios dulce y misericordioso.

Pues bien, no nos dejemos engañar. El Dios del Antiguo Testamento es el mismo que el del Nuevo Testamento. Y sí; nos vendan lo que nos vendan, tiene su exigencia tremenda, y tiene su Amor tremendo. Y en estas profecías bíblicas lo explica perfectamente el Señor: ¡cómo mi Corazón está perturbado al ver el poco caso que el pueblo de Israel me hace”

Y sigue perturbado su Sagrado Corazón, y bueno es recordarlo hoy, al ver el poco caso que los hombres, y especialmente los cristianos, le hacemos.

Pero es más, nos dice: ¡Yo no actuaré con el ardor de mi cólera; y no volveré a destruir a mi pueblo, porque yo soy su Dios! 

El corazón de Dios es un corazón que no es variable como el nuestro; a quienes nos cuesta amar. El Corazón de Nuestro Señor se fija plenamente en lo que Él ha creado, que es el hombre; porque sabe que esa frágil criatura necesita del Amor de Dios.

Y así emerge una más grande realidad: Cristo nos ha redimido muriendo en la Cruz. ¡Cristo ha triturado nuestros pecados muriendo en la Cruz! Como nos dicen hoy la Sagradas escrituras, “su corazón fue traspasado… ¡Mirarán al que traspasaron!” Y Jesucristo con esto nos da dos grandes lecciones: en primer lugar, el inmenso amor que Dios nos tiene; y segundo, como ese Amor llega al cúlmen con la muerte de Jesucristo en la Cruz; para destrozar nuestros pecados.

Por lo tanto… ¿Qué es lo que tiene que hacer el hombre? Fijarse constantemente en este Amor de Dios. Y fijarse en este Amor que a Cristo le costó su Sangre. Y ello nos llevará a la consecuencia a donde quería llegar: si los cristianos queremos hacer realmente una experiencia de Cristo, y queremos realmente colaborar con la Gracia de Dios para ser apóstoles, no podemos rechazar la Cruz de nuestra vida.

La naturaleza humana, herida por el pecado, busca apartar todo lo que le cuesta; todo lo que no es fácil; todo lo que no es cómodo. Pero hay una certeza: no ha habido ningún santo que haya querido llegar al cielo apartando la Cruz de su vida. Luego nosotros tenemos que identificarnos cada vez más con la Cruz del Señor, y sobretodo con la cruz que el Señor quiere para cada uno de nosotros; que es un regalo de Dios, aunque a veces no lo experimentemos así, porque esa cruz es la que limpia, tritura y deshace nuestros pecados, para, imitando el Amor de Dios que se entrega, entregarnos nosotros a Él, cumpliendo la voluntad de Dios en nuestras vidas.

Un voluntad de Dios que a veces es dura, crujiente… Y otras veces es suave, tranquila… Pero ahí está Cristo con nosotros. Y nos lo recuerda constantemente; regalándonos el Sacrificio de la Santa Misa, para que vivamos esa entrega plena, junto a Él, cada día de nuestra vida, hasta el final de los tiempos.

Así Cristo nos va configurando en una constante actividad de fe, esperanza y caridad: el inmenso Amor de Dios basta para salvarte a ti por la Cruz de su Hijo y su Sagrado Corazón amante; pero si queremos santificar nuestra vida, y unirnos a Dios en la Gloria eterna, hemos de ser colaboradores de la Gracia y unirnos a Jesucristo en la Cruz y en su Sagrado Corazón atravesado.

No basta ser una “buena persona”. No basta “vivir cristianamente”. Porque las manchas que nos ensucian hemos de arrancarlas, con la ayuda del Señor, que quiere que lleguemos al final de nuestras vidas con un alma plenamente limpia. Con un corazón, cuanto más mejor, igual al suyo, que para eso se nos ha dado.

Queridos hermanos, siempre, pero más nunca, en este día de gracia, pensar que podemos ser santos sin permitir que el Sagrado Corazón de Jesús vaya limpiando, no solo el pecado mortal, sino la infinidad de impurezas que inundan nuestro ser, es un ejercicio de ingenuidad, temeridad y pecado.

Por lo que conseguir alinear nuestro corazón al Sagrado Corazón de Jesús ha de ser nuestra meta, aunque sepamos que no es algo que podamos conseguir sólo por nosotros mismos; sino siendo dóciles para que la Gracia de Dios nos vaya haciendo ver donde están nuestras imperfecciones.

¿Difícil? ¡Sí! San Pablo, en su carta a los Efesios, con toda su pasión apostólica, intenta hacernos entender cómo se nos ha dado la gracia de anunciar a los gentiles la riqueza insondable de Cristo, e iluminar la realización del misterio escondido desde el principio de los siglos”. ¡Porque nuestra vida es un misterio! ¡Como es un misterio Dios mismo! Pero ese misterio se va revelando, primero a través de la Iglesia, y después a nivel personal, para tener esa experiencia de Cristo que  nos lleve a una vida en plenitud.

Nunca intelectualmente llegaremos a entenderlo todo, y solo cara a cara lo entenderemos en el Cielo junto al Señor, si es que a él llegamos. Pero en este mundo sí que podemos tomar esa actitud de humildad ante el Sagrado Corazón de Jesús, y de permitir que Él vaya purificándonos.

¡Confiemos en la Grandiosidad del Corazón de Cristo, aunque nuestra pobre cabeza y nuestro pobre corazón sean tan pequeños!

Con San Pablo, podemos así decir, que “viviendo de esta forma llegaréis así a vuestra plenitud, y entenderéis lo alto, lo ancho,  lo profundo…” Se le acaban las palabras al Apóstol para definir el Amor del Corazón de Dios para con nosotros…, y su riqueza insondable, que quiere darse a los hombres, pero que requiere de los hombres, no solo para vivir apartados del pecado, sino para aspirar a esa plenitud de Dios.

Colocándoos a todos dentro del Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesús, le pido humildemente que así sea.

 

 

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