Jose Luis Aberasturi (diciembre de 2015)

 

divorciados-vueltos-a-casar

 

El «fracaso matrimonial» se ha convertido en «derecho a comulgar». Bueno, aún no se ha convertido; pero, por parte de algunos -Cardenal Martínez Sistach, padre Costadoat, etc.,- se está en ello, se «trabaja» para ello, y se quiere así. Incluso no dudan en afirmar, públicamente, que el Papa le va a dar el visto bueno: el «via», que dicen en italiano.

¿Cómo se convierte doctrinal, moral, teológica y eclesialmente un «fracaso matrimonial» en un «derecho a comulgar»? Vamos a intentar una «aproximación» al tema, que debe estar más o menos al caer, o no.

En primer lugar, se engloba en el término «fracaso matrimonial» toda ruptura matrimonial entre católicos; incluyendo también ahí -faltaría más-, a los católicos que, divorciados del verdadero matrimonio, se han reajuntado por sus pistolas con una segunda «pareja». «Pareja» que será estable o no -qui lo sá?-, pero que ahí está; y que, hasta no hace mucho tiempo, ni en las leyes eclesiales, ni en la doctrina, ni en la praxis pastoral se le antojaba a nadie que podían ser admitidos a la comunión si no cambiaban de vida.

Por tanto, se engloban ahí las segundas situaciones -los «divorciados reajuntados»-; porque con las primeras -la simple ruptura matrimonial- nadie tiene impedido, solo por ese hecho, el acercarse a comulgar. Que se rompa un matrimonio no impide a los conyuges ir a comulgar porque no están en una situación irregular: confiesan las culpas que personalmente puedan tener, en cualquier orden que sea, y a comulgar con toda conciencia de lo que hacen, y hacen bien     .

Como no es el caso de los «divorciados-arrejuntados» -en absoluto-, hay que meterlos ahí, bajo ese paraguas: ponerlos en la pestaña «fracaso matrimonial»; que lo ha habido evidentemente. Pero luego, y es lo que en principio estorba, hay ese dichoso y molesto añadido del «arrejuntamiento», al que hay que poner, para que «cuele», la vitola de «normalidad», «derecho a rehacer mi vida», «situación estable», «hijos sobrevenidos» -«¡y qué culpa tienen ellos, pobrecillos!» Tampoco dicen de qué culpa se les acusa a los hijos, ni quién los acusa-, «ansias infinitas de comunión y de seguir siendo Iglesia», etc.

Y como esto choca frontalmente con lo que ha vivido la Santa Madre Iglesia -que para estos «nuevos profetas» no ha sido madre nunca, y tiene que empezar a serlo ya, ¡que se le pasa el arroz!-, pues, ¡ya está! Se «cataloga» como de «no-adulterio» su segunda situación, y ¡a correr! ¡Todo arreglado, todo bendecido! Aquí ¡borrón y cuenta nueva! ¡«Paz, y después gloria», que estamos en Navidad!

Así que ¡a comulgar! Y sin confesarse antes: porque ¿de qué tendrían que hacerlo y por qué, si lo suyo es «normal» por obra y milagros de la iglesia «madre», «misericordiosa», «perdonadora», «innovadora», «hecha un pimpollo», «moderna», «superadora de las doctrinas y los legalismos», «con corazón»…? Bueno, corto, que me he cansado de cursiladas: el que las quiera, que las añada.

El «detallito» que se les escapa a este personal tan moderno y misericordioso es que «eso» que traman, «eso» que urden… ya no es la Iglesia Católica.

Y a Jesucristo se le ha echado -es la seña de identidad de la «modernidad»-: se le ha vuelto a dar con la pùerta en las narices, como cuando quiso nacer en Belén.

Todo este desastre, ¿lo veremos?

 

 

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