Francisco es Dios…

Vicente Montesinos

 

“No temo a lo que los hombres puedan hacerme por decir la verdad. Solo temo a lo que Dios me haría si mintiese” (SAN JUAN BOSCO)

 

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Hace dos años; una lesbiana transexual (creo; no recuerdo exactamente si el caso se define así) y su novia, eran recibidos en privado por el Santo Padre en el Vaticano; después de haber recibido dos llamadas privadas invitándoles a ir, a gastos pagados, a verle, encontrarse con él, y abrazarle.

Más allá del hecho puntual , que me ha venido hoy a la mente a raíz de alguna noticia parecida; meditaba sobre qué es lo que estamos haciendo mal.

Y es que por más que busco, no encuentro, entre tanta y tanta palabra, una invitación a la conversión. Motivaciones para cambiar de vida. Invitaciones a ello. Peticiones a los fieles para que dejemos los pecados; esos que tanto mal y dolor causan.

 

Y es que por más que busco, no encuentro, entre tanta y tanta palabra, una invitación a la conversión. Motivaciones para cambiar de vida. Invitaciones a ello. Peticiones a los fieles para que dejemos los pecados; esos que tanto mal y dolor causan.

 

Sólo se habla de la Misericordia; y de cómo Dios quiere perdonarnos; sin ni siquiera esfuerzo alguno por nuestra parte…

Y es verdad… ¡claro que Dios nos quiere perdonar!

Pero nunca se completa ya esta idea como la completaba nuestro Señor. Te perdono. Sí, pero… «Vete y no peques más…». «Tu fe te ha salvado, vete y en adelante no vuelvas a pecar».

No. No hay segunda parte.

Hay misericordia… sin juicio.

Hay misericordia… sin invitación a la conversión.

Hay misericordia… sin dolor de los pecados.

Hay misericordia… sin propósito de enmienda.

¿Y cual es por tanto nuestro problema hoy? Que sin esta segunda parte, la «misercordia» no es tal. Es complicidad con el pecado. Y así el perdón se torna imposible ¡A pesar de nuestro Dios, que sí, claro, es misericordioso, bondadoso, y solo quiere nuestro bien y salvación!

Pero… ¿Como perdonar a quien no pide perdón?

Misercordia… Sin justicia…

«Misericorditis». Aguda. No… Pero… crónica ya… Y en esas andamos…

Es otra consecuencia más del buenismo, de lo políticamente correcto y del acoplamiento del mensaje de Cristo al mundo, y no al revés.

Otra dura realidad del momento eclesial que vivimos.

Quizá, y solo quizá,  volviendo al principio del artículo, se entienda porque el Papa dijera a aquella mujer: «Dios quiere a todos sus hijos estén como estén; y tu eres hijo de Dios y la Iglesia te quiere y te acepta como eres»

Quizá, y solo quizá, por eso, dicha mujer salió de la audiencia diciendo: «Francisco es Dios…»

 

 



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1 respuesta

  1. Santa Faustina Kowalska recibió el mensaje de Jesucristo Nuestro Señor en persona, sobre su Infinita Misericorida. Del mensaje se deduce que por muy abyecto que sea un pecador o muy grave que sean sus pecados, la Infinita Misericordia siempre está dispuesta a salvar esa alma si su disposición a arrepentirse es noble y sincera. Dios ayuda a no pecar, por nuestro propio esfuerzo nada podemos por muy fuertes y sabios que nos creamos. Solo Dios nos puede ayudar a superar cualquier pecado. Es más, solo Dios los supera por nosotros si le dejamos hacer en nosotros confiando en Él.

    Pero ese no es el final del mensaje. Jesucristo reveló a la santa polaca que acogerse a su Infinita Misericordia no autoriza a nadie a abusar de ella. Además, para acogerse a la Infinita Misericordia de Dios es preciso la plena conciencia de haber pecado gravísimamente contra Dios, el prójimo y uno mismo, pues de otro modo no hay verdadero dolor por los pecados y arrepentimiento. El Señor recomendó intensamente meditar la Pasión de Él mismo, sus sufrimientos en la Cruz por todos los pecados del mundo y por la Salvación de todos los hombres y mujeres del mundo, porque le hicimos sentir solo hasta el punto de dolor de decir aquellas terribles palabras «Elí, Elí, lama sabactaní». Bien se puede decir que verse abandonado incluso de los suyos, le dolió y duele mucho más en su Sacratísimo Corazón que los latigazos, bofetones, falsas acusaciones de los fariseos, escupitajos, palos, burlas, insultos, menosprecios, corona de espinas, viacrucis y clavos en manos y pies con agonía de tres horribles horas en la Cruz. Solo cuatro almas piadosas estaban a pie de la Cruz sufriendo con Él, entre ellas su Santísima Madre, la Santísima Virgen María con tanto dolor que una espada cruzaba su Inmaculado Corazón, y su discípulo amado San Juan a quien encomendó Su Santísima Madre.

    Meditar la Pasión, Muerte y Gloriosa Resurrección con gran amor a Dios es algo que le conmueve a Él tan intensamente que está dispuesto a olvidar los pecados y comenzar de nuevo su trabajo de santificación en esa alma. Dios pide latidos de amor y agradecimiento debidos para con Él porque el mundo se ha alejado de Dios y el Señor quiere que toda la humanidad vuelva a Él, que es su Salvador y Redentor. Y cuando se ama a alguien, lo lógico es hacer lo que es del agrado de esa persona, volcarse en su felicidad y bienestar, olvidándose incluso de uno mismo. Cuanto más hay que hacer por el agrado de Dios si es a Dios a quien más queremos de todos y todo y a quien debemos todo lo bueno presente y que está por venir. Y el amor es donación incondicional y desinteresada y búsqueda apasionada de felicidad para aquella persona a la que se ama sin andar midiendo ni sopesando lo que se da, que en el caso de Dios ha de ser TODO.

    Por tanto, sí se puede y debe perdonar incluso al que no pide perdón, pero el que desprecia con evidente soberbia y egolatría el perdón de Dios que en la cruz dijo «Perdónales Padre porque no saben lo que hacen» (en referencia a los romanos que no le conocían, no a los fariseos, salvo los arrepentidos como por ejemplo José de Arimatea o Nicodemo) es tan profundamente necio e insensato que se auto condena para toda la eternidad por su propia voluntad, que nadie le condena salvo él o ella mismo. No es Dios el que condena, es el desgraciado pecador el que por su soberbia rechaza la amistad de Dios y se encamina voluntariamente a la gehenna de fuego para toda la eternidad. A tal grado llega el pecado de los pecados, el del demonio, el de no aceptar a Dios con soberbia ciega y necia.

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