Vicente Montesinos

 

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Un sábado, Jesús fue a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando. Había allí, delante de Él, un hombre hidrópico. Entonces preguntó Jesús a los legistas y a los fariseos: «¿Es lícito curar en sábado, o no?». Pero ellos se callaron. Entonces le tomó, le curó, y le despidió. Y a ellos les dijo: «¿A quién de vosotros se le cae un hijo o un buey a un pozo en día de sábado y no lo saca al momento?». Y no pudieron replicar a esto.

 

Jesús odia la hipocresía; y este pasaje del Evangelio es otra clara muestra de ello. Nos enseña además que la santidad es seguirle de forma incondicional; y no únicamente cumplir los preceptos de forma fría y sin pasión por Él.

Pero más allá de esta clara consecuencia de este texto, presente en muchos otros pasajes del Evangelio; me nace en su detenida lectura otra reflexión: y es el de la evidente, fuerte y coherente libertad de Jesús frente a todos, en el cumplimiento incondicional de su misión y de la voluntad del Padre.

La libertad de Jesús ante la situación que le plantean los fariseos debería ser estimulante. Y es que aunque se sienta observado por quienes no le aprueban, Jesús no pierde esa libertad.

Y nosotros… ¿Qué libertad existe en nosotros? ¿Dejamos de ejercer libremente nuestras obligaciones como católicos al sentirnos “observados”? ¿Nos preocupamos más, sacerdotes y laicos, de la opinión humana que de la divina? ¿Nos mueve el carrerismo u otros intereses mundanos antes que la verdadera fidelidad a Cristo; nos conlleve ello las consecuencias que nos conlleve?

Jesús es libre. Valiente. Coherente. Y ello es contrario a plegarse al convencionalismo, el carrerismo o la corrección política.

¿Y si fuéramos volviendo a esta senda?

¡Dios les bendiga, hermanos!

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