4 de octubre: San Francisco de Asís, la pobreza, la “teología de la liberación” y las profanaciones.

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Hoy celebramos la memoria de San Francisco de Asís; fundador de la Orden de los Franciscanos; y del cual relata el Martirologio Romano: Memoria de san Francisco, el cual, después de una juventud despreocupada, se convirtió a la vida evangélica en Asís, localidad de Umbría, en Italia, y encontró a Cristo sobre todo en los pobres y necesitados, haciéndose pobre él mismo. Instituyó los Hermanos Menores y, viajando, predicó el amor de Dios a todos y llegó incluso a Tierra Santa. Con sus palabras y actitudes mostró siempre su deseo de seguir a Cristo, y escogió morir recostado sobre la nuda tierra ( 1226).

San Francisco fue, sin duda, uno de los santos más importantes de la Historia de la Iglesia; y siempre desde el seno de la misma, su labor supuso una auténtica inyección de esperanza en muchos aspectos del mundo cristiano. Tenemos varios testimonios que muestran claramente cómo la figura de San Francisco fue considerada un auténtico renacer de la vitalidad espiritual de la Iglesia Católica.

Pero más que glosada está la vida y milagros de este gran santo; y no voy a detenerme hoy más en él que para encomendarnos a su protección y ayuda; en estos momentos tan complejos que vive la Iglesia Católica, además de para felicitar a los Hermanos Franciscanos y a todos los que hoy celebran su onomástica.

Lo que sí que quiero es aprovechar su memoria para reflexionar sobre cómo la “pobreza” en la que vivió San Francisco, y que es una actitud evangélica que supo seguir desde la radicalidad; ni es sólo pobreza material; ni debe ser la coartada para aquellos sectores postconciliares que han intentado desde hace más de 40 años mezclar churras con merinas, justificar una participación de la Iglesia en política (especialmente en la de izquierdas) y llevar a Nuestra Santa Madre por caminos tan peligrosos como fueron (y son) los de la Teología de la Liberación, y demás herejías modernistas.

 

Lo que sí que quiero es aprovechar para reflexionar sobre cómo la “pobreza” en la que vivió San Francisco, y que es una actitud evangélica que supo seguir desde la radicalidad; ni es sólo pobreza material; ni debe ser la coartada para aquellos sectores postconciliares que han intentado desde hace más de 40 años mezclar churras con merinas, justificar una participación de la Iglesia en política (especialmente en la de izquierdas) y llevar a Nuestra Santa Madre por caminos tan peligrosos como fueron (y son) los de la Teología de la Liberación, y demás herejías modernistas.

 

No. No es esa la pobreza de San Francisco. Por supuesto que es vivir una vida desprendida de los bienes no necesarios y de compromiso con las necesidades del prójimo. Y sobre todo, seguir a Cristo, quien necesitado de todo, falto de las mínimas comodidades, que no se niegan al más desamparado de los hombres, por voluntad y elección propia nace en la gruta de Belén. Pobreza, desamparo y desnudez, se dieron cita al venir al mundo el Rey de los cielos.

Pero también es pobreza interior, junto a la externa. Aunque parezca lo contrario, es mucho más difícil y meritoria aquella; y ésta última debería ser como la manifestación y consecuencia de la interna. Porque la base de la pobreza de espíritu es la renuncia y el dominio del “yo”. Sujetado éste, surgirá como natural consecuencia el total desprendimiento.

Es también una “entrega de todo a Dios”. No es la privación de unos bienes, ni el hacer gastos más o menos necesarios, ni el privarse de un traje que nos agrade. Todo esto puede ayudarnos; pero sin la entrega de la voluntad; sin la donación interior, de poco o nada aprovechan las muestras de pobreza externa.

Y sobretodo también exige que no caigamos en, queriendo quedarnos en lo “externo”, contrariar más a Dios que si nos quedáramos “quietecitos”, porque eso, desde luego, no sólo no sería no seguir el ejemplo de San Francisco; sino caer en el peligro de alejarnos de las Sagradas Escrituras, el Magisterio y la Tradición.

¿Qué que me viene a la cabeza ahora mismo al decir esto? Pues muchos casos de abusos y falsas utilizaciones de la “pobreza” que hemos hecho en la reciente historia de nuestra Iglesia, exhibiendo algunos “cacaos mentales” poco propios de una vida de piedad.

Quizá el más reciente sea como se nos ha quedado la cara a muchos padres que hemos enseñado a nuestros hijos a “no llevar cosas de comer a la Iglesia”, y vemos como el Papa Francisco ha disfrutado de un “almuerzo solidario” con prisioneros, pobres y refugiados dentro de la Basílica de San Petronio en Bolonia (Italia), evento presentado explícitamente como parte del calendario del Santo Padre para su última visita pontifical.

 

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Sin duda los defensores usuales de este tipo de actos de Francisco encontrarán maneras de excusar esta profanación de una casa consagrada para la adoración de Dios. Pueden señalar la “magnanimidad” de Francisco para los marginados, recordarnos que Cristo dio a la gente de comer antes de instruirlos, etc… Pero no me sirve nada de eso; ya que no había necesidad real de comer dentro del edificio sagrado. Nadie estaba a punto de morir de hambre, y la comida podría haber sido muy fácil de servir a todo el mundo fuera de la basílica. Y por supuesto no hace falta decir que Francisco no pasó a continuación de la comida a instruir a nadie en el verdadero Evangelio de Cristo.

 

Sin duda los defensores usuales de los este tipo de actos de Francisco encontrarán maneras de excusar esta profanación de una casa consagrada para la adoración de Dios. Pueden señalar la “magnanimidad” de Francisco para los marginados, recordarnos que Cristo dio a la gente de comer antes de instruirlos, etc… Pero no me sirve nada de eso; ya que no había necesidad real de comer dentro del edificio sagrado. Nadie estaba a punto de morir de hambre, y la comida podría haber sido muy fácil de servir a todo el mundo fuera de la basílica. Y por supuesto no hace falta decir que Francisco no pasó a continuación de la comida a instruir a nadie en el Evangelio de Cristo.

 

Sin olvidar a Jesús echando a los mercaderes del Templo; viene bien traer a colación lo que específicamente San Pablo nos dice acerca de comer y beber en lo que se refiere al culto divino:  ¿Qué? ¿Acaso no tienen sus propias casas para comer y beber? ¿O de veras quieren deshonrar a la iglesia de Dios y avergonzar a los pobres? ¿Qué se supone que debo decir? ¿Quieren que los elogie? Pues bien, ¡de ninguna manera los elogiaré por esto!” (1 Cor 11, 20-22) Yo no soy Papa, pero… a ver… creo que el mandato bíblico lo entiende cualquiera. ¿No?

 

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¿Me entienden ahora cuando digo que la pobreza no es solo material, y que además no puede ser “utilizada” para ofender a Dios?

Quizá, San Francisco de Asís; a quien el Señor le dijo: “Francisco, reconstruye mi iglesia, ¿no ves que amenaza ruina?”, sea uno de los santos más apropiados a los que encomendarnos en estos momentos.

 

Vicente Montesinos

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